Sus gentes como conjunto no tiene nada qué decir, qué aportar de madurez, de grandeza espiritual, de conciencia noble y elevada. En este sentido, es un mundo de muertos vivientes, de zombis, que se creen estar vivos pero que pululan cual espectro.
Si todos somos buenos por naturaleza y nuestro único objetivo es la auto-realización, la confesión carece de sentido: no hay pecados que debamos confesar.
Los seres humanos, cuando se limitan a disfrutar de la vida, pierden incluso la percepción de la corrupción, que mortifica la dignidad y envenena el sentido. Cuando se pierde la percepción de la corrupción, y la corrupción se vuelve una cosa normal. Y viven sin preocupación también la corrupción, como si fuera parte de la normalidad del bienestar humano.