Alabar a Dios en los momentos difíciles, nos abren las puertas de un camino muy grande hacia el Señor y nos purifican siempre. La alabanza purifica siempre.
Llegamos a ser adoradores del Señor mediante un camino gradual. No se llega a adorar al Señor sin pasar antes a través de la maduración interior que nos da el ponernos en camino.Quien se deja modelar por la gracia, normalmente, con el pasar del tiempo, mejora.
A veces parece que todo se derrumba, que la vida vivida hasta ahora ha sido vana. Y en estas situaciones aparentemente sin escapatoria hay una única salida: el grito, la oración: «¡Señor, ayúdame!». La oración abre destellos de luz en la más densa oscuridad. «¡Señor, ayúdame!». Esto abre el camino, abre la senda.