Palabras del papa Francisco en el ángelus del 30-07-2017Si el Reino de Dios “se ofrece a todos”, no se da “en una bandeja de plata” sino que exige “buscar, caminar, molestarse”, ha subrayado el Papa. “La búsqueda” es “la condición esencial” para encontrar el Reino de Dios. El valor inestimable del tesoro, “conduce a una decisión que implica también sacrificio, desapego y renuncia”. “El discípulo de Cristo no es alguien que se ha privado de algo esencial; es alguien que ha encontrado mucho más: ha encontrado la alegría plena que solo el Señor puede dar”.
“Dos características que conciernen a la posesión del Reino de Dios: la búsqueda y el sacrificio. Es verdad que el Reino de Dios se ofrece a todos, es un don, es un regalo, es una gracia. Pero no se pone a disposición en una bandeja de plata, exige un dinamismo: se trata de buscar, de caminar, molestarse. La actitud de la búsqueda es la condición esencial para encontrar; el corazón tiene que arder de deseo de unirse al bien precioso, es decir al Reino de Dios que se hace presente en la persona de Jesús. Él es el tesoro escondido, Él es la perla de gran valor. Él es el descubrimiento fundamental, que puede dar una vuelta decisiva a nuestra vida, llenándola de sentido. La evaluación del valor inestimable del tesoro conduce a una decisión que implica también sacrificio, desapego y renuncia. Cuando el tesoro y la perla han sido descubiertos, es decir cuando hemos encontrado al Señor, es necesario no dejar estéril este descubrimiento sino sacrificar por él cualquier otra cosa. No se trata de despreciar el resto sino de subordinarlo a Jesús poniéndolo a él en el primer lugar. La gracia en el primer lugar. El discípulo de Cristo no es alguien privado de lo esencial sino que es alguien que ha encontrado mucho más: ha encontrado la alegría plena que solo el Señor puede dar, es la alegría evangélica de los enfermos curados; de los pecadores perdonados; del ladròn al que se le abre la puerta del paraíso. La alegría del Evangelio colma el corazón y la vida entera de quienes se encuentran con Jesús. Aquellos que se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría (cfr Evangelii Gaudium, n. 1). Es la alegría de cada uno de nosotros cuando descubrimos la cercanía y la presencia consoladora de Jesús en nuestra vida. Una presencia que transforma el corazón y nos abre a las necesidades y a la acogida de los hermanos, especialmente a los más débiles. Oremos, por la intercesión de la Virgen María, para que cada uno de nosotros sepa testimoniar, con las palabras y gestos cotidianos, la alegría de haber encontrado el tesoro del Reino de Dios, es decir el amor que el Padre nos ha dado por Jesús.
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