8 santos que enfrentaron y vencieron grandes epidemias  

Luis-Gonzaga-y-Padre-Damián

Durante la plaga de Cipriano del siglo III, -que se volvió famosa por matar más de 5.000 personas por día en Roma-, los cristianos fueron vistos corriendo en dirección a los pacientes, ansiosos para cuidar de ellos a cualquier costo.

En Alejandría, donde dos tercios de la población murieron por esa plaga, San Dionisio escribió sobre los cristianos: “Indiferentes al peligro, ellos cuidaban de los enfermos, atendiendo a todas sus necesidades.”
De hecho, tantos cristianos murieron cuidando de los enfermos en Alejandría que ese grupo de héroes anónimos recibió un día de fiesta (28 de febrero). Y ellos son venerados hasta hoy como mártires.

A medida que el coronavirus se esparce por el mundo, dejando muchos enfermos y muchos más asustados, haríamos bien en pedir la intercesión de aquellos que lucharon contra plagas y epidemias y testimoniaron a Cristo en medio a las turbulencias.

 

1- Santa Godeberta de Noyon (640 – 700) Fue una abadesa con gran influencia sobre las personas que vivían a su alrededor; Godeberta alentó al pueblo a rezar por el fin de una plaga. Después de pasar tres días ayunando, la plaga terminó repentinamente.

 

2- San Roque (1295 – 1327) Partiendo de Francia, embarcó en una peregrinación a Roma a los 20 años, rezando durante todo el camino. Cuando llegó a Italia, descubrió un país devastado por la peste. Roque comenzó a cuidar de los enfermos que encontró (muchas veces curándolos milagrosamente) hasta que él mismo contrajo la enfermedad. Sin conocer a nadie, Roque se arrastró hasta una floresta para morir, pero un perro del lugar trajo comida y lamió sus heridas hasta Roque recuperarse.

 

3- San Carlos Borromeo (1538 – 1584)  Era cardenal cuando el hambre y la plaga alcanzaron Milán. Aunque la mayoría de los nobles huyó de la ciudad, el cardenal Borromeo organizó a los religiosos que restaban para alimentar y cuidar de los hambrientos y enfermos. Ellos alimentaban más de 60.000 personas por día, en una iniciativa costeada totalmente por el cardenal, que se endeudó para alimentar a los hambrientos. Él también visitaba personalmente a los que sufrían de la epidemia y lavaba sus heridas. A pesar de estar en la línea de frente junto a los enfermos, el buen cardenal no resultó contagiado, habiendo vivido otros seis años después de lo que sería llamada de “la Plaga de San Carlos”.

 

4- San Enrique Morse (1595 – 1645) San Enrique era inglés. Él nació protestante, se tornó sacerdote jesuita y retornó a Inglaterra para ejercer su apostolado; servía secretamente. Gran parte de su trabajo consistió en servir a las víctimas de la peste, tanto en la epidemia de 1624 como, después que él fue expulsado de Inglaterra, pero retornó secretamente, en 1635. Entre 1635 y 1636, Morse contrajo la plaga tres veces, pero se recuperó en todas. Cuando fue capturado más tarde, su trabajo con las víctimas de la gran peste fue reconocido y él fue liberado. Pero la segunda vez que fue capturado, no hubo clemencia, y Morse fue martirizado.

 

5- Santa Virginia Centurione Bracelli (1587 – 1651) Era una viuda rica cuando explotó una plaga en Génova. Ella albergó muchos enfermos en su casa; quedando sin espacio, alquiló un convento vacío y construyó más moradas. Aunque la peste haya terminado, el hospital de Virginia continuó atendiendo centenas de personas enfermas, y la orden religiosa que Virginia fundó en medio de todo eso continua hasta hoy.

 

 6 – Bienaventurado Peter Donders (1809 – 1887) Fue un padre redentorista holandés que sirvió en Surinam por 45 años. Él luchó por los derechos de las personas esclavizadas, evangelizó a los indígenas y cuidó de los enfermos durante una epidemia. Peter Donders pasó sus últimas tres décadas de vida sirviendo en una colonia de leprosos y abogando junto a las autoridades para obtener mejores cuidados para su pueblo.

 

 7- San José Brochero (1840 – 1914) Fue un sacerdote argentino. Inmediatamente después de su ordenación, Padre José cuidó de los enfermos durante una epidemia de cólera y salió ileso. Entonces, para servir a sus parroquianos, él construyó 250 kilómetros de estradas y conectó su parroquia con servicios de correo, telégrafo y una línea ferroviaria. Al final de su vida, él contrajo lepra y comenzó a quedar ciego. Él pasó más de 40 años sirviendo como padre, enfermero, carpintero y trabajador de la construcción civil.

 

 8 – Santa Marianne Cope (1838 – 1918) Atendió al llamamiento del rey de Hawai para traer a sus hermanas a Hawai y servir a los leprosos al lado de San Damián de Molokai. Aunque muchos temiesen que la enfermedad fuese extremamente contagiosa, Marianne garantizó a las hermanas que ninguna de ellas la contraería. Por medio de rígidas prácticas de higiene y mucha disciplina, las Hermanas trabajaron con los leprosos de Molokai por casi un siglo, sin que ninguna de ellas contrajese la terrible enfermedad. (ARM)

 
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