Resulta difícil reconocer como fe verdadera aquella donde no se percibe vigilia ante el retorno inminente del Señor
Lo primero que hay que tener en cuenta – opinión personal, aunque urge convertirla en extensiva – es que vivimos un tiempo excepcional: un tiempo cuya complicación suprema, ya iniciada, exige máxima cercanía a Dios en la vida cotidiana. Ese es el punto de partida absoluto: la comunión de vida con Jesús. Pero es fácil decirlo y la cuestión no es decirlo, sino vivirlo. Para vivirlo se necesita, ante todo, fe. Y la fe parece ser la gran desconocida de nuestra “civilización” apóstata y extraviada. En este momento, resulta difícil reconocer como fe verdadera aquella donde no se percibe vigilia ante el retorno inminente del Señor. Habría que hablar sólo de remedos de fe que, ciertamente, anuncian a Jesucristo como Salvador, pero carecen de convicción, porque les falta esa tensión expectante del Evangelio que la vivifica: Una fe incompleta, sin auténtica esperanza teologal, y por ello incapaz de resistir frente al reclamo de las utopías inmanentes.
No es necesaria especial perspicacia para ver la gran apostasía escatológica en esa “profunda crisis de fe que afecta a muchas personas” según el lenguaje prudente del Papa… De hecho, quienes siguen sin poder leer los signos que se acumulan padecen ya una insensibilidad programada y característica. Nuestra generación es la específicamente llamada a “escrutar el horizonte desde una atalaya, cada vez más intensamente” como exhortaba el cardenal Newman en su IV sermón sobre el Anticristo. Los que “no escrutan” están, definitivamente, fuera de onda. Sólo resta rezar por ellos. Y esa atalaya, que necesitamos tan imperiosamente, se levanta – no hay otros cimientos posibles – sobre la vida eucarística y sobre la atención filial a las advertencias de María, Reina de los profetas.
La fe es un don precioso, cuya fragilidad se revela especialmente cuando sufre el acoso despiadado de toda una “cultura”. Sin fe no hay comunión auténtica con Cristo, y el aparato religioso de nuestras vidas se convierte en una ficción destinada a desvanecerse tarde o temprano. Estos días de suprema vigilia exigen como presupuesto básico – que algunos no acaban de entender – una jerarquía radical de prioridades: Sería incongruente abnegarse en el trabajo, inmolarse en el matrimonio, desvivirse en la familia y en la parroquia, entregarse en la beneficencia y arriesgarse por la libertad y por la patria, si toda esa benemérita tensión quedase contaminada en su misma raíz porque permitimos que aniquilen la fe que lo sostiene todo. Y, no lo dudemos, hoy la guadaña envenenada puede segar la yerba bajo nuestros pies al menor descuido.
El punto primero y básico de este programa de vida adecuado a la gran tribulación es pues la preservación – o, en su caso, recuperación – de la fe. Ello requiere aplicar medidas de prevención personales y familiares: La importancia del estado de gracia y de la confesión frecuente; el carácter básico de la vida eucarística perseverante y continua; los sacramentales; la preservación de los sentidos externos (apagar – sería mejor desconectar por completo – la tv); la centralidad cotidiana e insustituible de la oración personal y familiar: en lugar de reunirse ante la pantalla, hacerlo ante la Cruz o ante la Virgen. La adoración eucarística, al menos semanal; la asistencia espiritual mediante una dirección adecuada (ya no sirve cualquier sacerdote) y la selección cuidadosa de las influencias religiosas externas, directas e indirectas, a través de la conjugación permanente de todos estos factores. Un abanico de elementos sin el cual nuestra fe estará seriamente amenazada.
Esperanza en una próxima revisión del derrotero humano por obra de Jesucristo. Una esperanza que cada uno tiene que forjarse, desoyendo los cantos de sirena envolventes y seductores del control anímico y psicológico sectario – ahora hegemónico – con frecuencia combinados con la dormidina espiritual que reparte un amplio sector eclesiástico…
Tal esperanza, ciertamente, complica todas nuestras actividades cotidianas, porque alimenta un estado permanente de expectativa. Nos convierte en profetas en nuestro propio terreno y, por lo tanto, en incómodos blancos del sarcasmo. Hay que hacerse a la posibilidad de ser considerados “bichos raros”, de quedar aislados y calumniados en medio de un ambiente enrarecido por el mal. Resistirse a un veneno asimilado casi universalmente… Pero, sin esa verdadera esperanza, abrazada contra viento y marea a Jesucristo, nuestro día a día carecerá de realismo y, en el fondo, de resortes para la perseverancia: La dinámica de la esperanza auténtica está ahora ligada íntimamente con la cercanía filial a María, con la apertura coloquial al Sagrado Corazón y con una recepción renovada, supremamente efectiva, del Espíritu Santo.
Vivimos la etapa de mayor confusión existencial de la historia humana y padecemos una densidad de enemigos invisibles por metro cuadrado jamás igualada. No podemos extrañarnos de reacciones extrañas o hirientes de aquellos a quienes queremos, porque nadie es totalmente inmune a la siembra de rencillas. Afortunadamente, las ayudas espirituales pueden ser, para quienes les hacen espacio, igualmente poderosas: pero hay que abrirles espacio. Con súplicas de asistencia, pero, sobre todo, con el alineamiento de nuestra voluntad con la divina: la única receta válida para corresponder al Amor.
Fuente y texto completo: https://www.religionenlibertad.com/vida-cristiana-en-la-tribulacion-24428.htm
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