Zeitgeist, el espíritu del tiempo; en el que nos adentramos definitivamente

Es el pensamiento anticristo, portador de antivalores o “valores” anticristianos o inhumanos: donde domina el egoísmo, la falta de compromiso, la liquidez de las relaciones, la inestabilidad, el relativismo, sentimiento débil y pasajero, sobre lo que no se puede edificar nada serio y de futuro. El desamparo del ser humano que se ha quedado sin asidero, sin punto de referencia, sin meta alguna, fluyendo sin destino, flotando en el vacío, sin hacer pie. Tiempo sin cimientos, sin nada solido qué construir, sin catedrales, sin familias, sin relaciones perdurables, sin nada a qué atenerse, sin verdad o en la postverdad, en la apariencia, en la ficción, en lo virtual, en el engaño consentido y en la mentira y fabulación complaciente. Tiempo de tiniebla, donde banalización del mal se extiende anegándolo todo.

El gusto por lo feo, por la destrucción, por la maldad, por el odio, o la indiferencia a ello; algo espantoso, que cada vez más común en nuestra vida cotidiana. Malos pasos, pésimos derroteros, por los que se conduce el ser humano actual.

Aumentan los suicidios, las rupturas de hogares, la carencia de hijos, la ausencia de compromiso, disminuyen notablemente los enlaces matrimoniales, aumentan las infidelidades, los enfrentamientos entre padres e hijos y viceversa, los delitos de todo tipo (homicidios, agresiones, violaciones, robos, corrupciones, fraudes, etc.), aumentan las competencias desleales, la falta de respeto por los mayores, las adicciones (drogas, bebida, juego y apuestas, pornografía, etc.), el aborto y la anticoncepción, la eutanasia, la falta absoluta de principios éticos, de conciencia…, y así podíamos seguir y seguir, recopilando datos de nuestros días en los que se ve meridianamente claro el clima turbio, de niebla, en que nos desenvolvemos.  

Este nivel de oscuridad es paralelo a alejamiento de Dios, luz del mundo, en la vida de los humanos, por elección de estos. Nos cabe afirmar con total rotundidad que esta invasión del mal en nuestras vidas es consecuencia del ateísmo reinante.

Lo más triste de esto es que parece definitivo; que en estas circunstancias irreversibles parece haberse instalado entre nosotros el espíritu enemigo, el llamado príncipe de las tinieblas.

Esta es una realidad insobornable, que está ahí delante; de la que no nos podemos evadir ni de la que escapar, pues se ha llegado a un punto de no retorno, por el grado de sometimiento y esclavitud a los poderes inmundos. Lo que no podíamos ni imaginarnos está para suceder. Ya solo Dios nos puede salvar.

 

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