Vivir en la perspectiva del fin, en cuanto a: 1). que es el acabamiento que ineludiblemente nos ha de llegar (el particular de cada cual o el de la Parusía, final total) y 2). de un destino al que estamos convocados, el de la vida eterna. De esto nos habla el Evangelio (Mt 24, 37-44) de la misa de hoy 30 de noviembre.
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Vivir en la perspectiva de la Trascendencia, religados al Espíritu que nos anima, siempre expectante al «maranatha», al continuo viniendo y porvenir del Señor, de su Parusía. Esta actitud es vital es la del ser humano cabal, justo, santo: la del estar pendiente de Dios y de su venida definitiva; de modo que se nos encomienda: ¡Velad!; es decir, estar preparados.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 24, 37-44:
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.
Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor. Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”.
Como indica el mensaje de la palabra sagrada de hoy, debemos vivir estando desapegados de las cosas del mundo («comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían y se casaban»). Quien se aferra a las cosas materiales, corre el serio riesgo de ser arrastrado… de correr su misma suerte: la de su final, que no es otro que el desaparecer.
Lo sucedido en tiempos de Noé y en los de Lot, que sobrevino el fin para muchos, puede ocurrir en cualquier momento, el fin del mundo es una posibilidad real que tarde o temprano acaecerá. En cualquier caso, el luctuoso final de cada uno será siempre temprano, y hay que estar preparado.
La gente, en general, hoy día vive embaucada en sus pasiones caducas, en sus tareas cotidianas, sin reparar que todo esto está sometido a la temporalidad, distraídos (no traídos, no trayéndonos a nosotros mismos), sin hacernos cargo de su verdadero ser.
Quien se desentienda de este mensaje, como ocurrieron a los contemporáneos de Noé, o traten de apegarse a lo que se debe dejar atrás, a las tenencias, como ocurrió a la mujer de Lot, será su perdición. Quien ande ocupado y preocupado en y por estas cosas y se burle de lo trascendente, que se aplique las palabras de Jesús: «El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará.»
El que viva avaramente, haciendo de la vida una posesión, carente de generosidad y amor, corre el riesgo de perderla definitivamente; en cambio, quien viva en «vela» según los designios de Dios, cumpliendo su voluntad, caminado diariamente por esta vida según sus mandamientos, amando a Dios y a los demás, muriendo a sí mismo por hacer de la vida de los otros una prioridad, ese se salvará, será llevado para la vida eterna. Así dice el salmo 118 de hoy: Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.
«Aquella noche» parece hacer alusión a los tres días de oscuridad de que hablan muchos santos y misticos a los que les ha sido revelado, y que la Biblia hace referencia:
Apocalipsis 6, 12.17: «Cuando abrió el sexto sello, se produjo un violento terremoto; y el sol se puso negro como un paño de crin, y la luna toda como sangre […]Porque ha llegado el Gran Día de su cólera y ¿quién podrá sostenerse?»
Isaías 26, 20: «Vete, pueblo mío, entra en tus cámaras y cierra tu puerta tras de ti, escóndete un instante hasta que pase la ira.»
El día de la ira sería el de los tres días de oscuirdad, a cuyo final se dará la Parusía o segunda venida del Señor.
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Palabras del papa Francisco:
(Ángelus, 27 noviembre 2022)
Tu Señor vendrá. Este es el fundamento de nuestra esperanza, es lo que nos sostiene incluso en los momentos más difíciles y dolorosos de nuestra vida: Dios viene. Dios está cerca y viene. No lo olvidemos nunca. Siempre el Señor viene, el Señor nos visita, el Señor se hace cercano, y volverá al final de los tiempos para acogernos en su abrazo. Ante esta palabra, nos preguntamos: ¿cómo viene el Señor? ¿Y cómo lo reconocemos y acogemos? Detengámonos brevemente en estas dos interrogantes.
La primera pregunta: ¿cómo viene el Señor? Muchas veces hemos oído decir que el Señor está presente en nuestro camino, que nos acompaña y nos habla. Pero tal vez, distraídos como estamos por tantas cosas, esta verdad nos queda sólo en teoría; sí, sabemos que el Señor viene pero no vivimos esta verdad o nos imaginamos que el Señor viene de una manera llamativa, tal vez a través de algún signo prodigioso. (cf. v. 37). ¿Y qué hicieron en los días de Noé? Porque Él dice “como en los días de Noé”. Simplemente las cosas normales y corrientes de la vida, como siempre: «comían y bebían, tomaban mujeres y tomaban maridos» (v. 38). Tengamos esto en cuenta: Dios se esconde en nuestras vidas, siempre está ahí, se esconde en las situaciones más comunes y corrientes de nuestra vida. No viene en eventos extraordinarios, sino en cosas cotidianas. El Señor viene en las cosas de cada día, porque está ahí, se manifiesta en lo cotidiano. Él está ahí, en nuestro trabajo diario, en un encuentro fortuito, en el rostro de una persona necesitada, incluso cuando afrontamos días que parecen grises y monótonos, justo ahí está el Señor, llamándonos, hablándonos e inspirando nuestras acciones.
Pero, sin embargo, hay una segunda pregunta: ¿cómo reconocemos y acogemos al Señor? Debemos estar despiertos, alertas, vigilantes. Jesús nos advierte: existe el peligro de no darse cuenta de su venida y no estar preparados para su visita. He recordado en otras ocasiones lo que decía San Agustín: «Temo al Señor que pasa» (Serm. 88.14.13), es decir, ¡temo que pase y no lo reconozca! De hecho, de aquellas personas de la época de Noé, Jesús dice que comían y bebían «y no se dieron cuenta de nada hasta que llegó el diluvio y arrastró a todos» (v. 39). Prestemos atención a esto: ¡no se dieron cuenta de nada! Estaban absortos en sus cosas y no se dieron cuenta de que el diluvio se acercaba. De hecho, Jesús dice que cuando Él venga, «habrá dos hombres en el campamento: uno será llevado y el otro dejado» (v. 40). Pero, ¿cuál es la diferencia? ¿En qué sentido? Simplemente que uno estaba vigilante, estaba esperando, capaz de discernir la presencia de Dios en la vida cotidiana; el otro, en cambio, estaba distraído, «apartado», como si nada y no se daba cuenta de nada.
Hermanos y hermanas, en este tiempo de Adviento, ¡sacudamos el letargo y despertemos del sueño! Preguntémonos: ¿soy consciente de lo que vivo, estoy alerta, estoy despierto? ¿Estoy tratando de reconocer la presencia de Dios en las situaciones cotidianas, o estoy distraído y un poco abrumado por las cosas? Si no somos conscientes de su venida hoy, tampoco estaremos preparados cuando venga al final de los tiempos. Por lo tanto, hermanos y hermanas, ¡permanezcamos vigilantes! Esperando que el Señor venga, esperando que el Señor se acerque a nosotros, porque está ahí, pero esperando: atentos. Y la Virgen Santa, Mujer de la espera, que supo captar el paso de Dios en la vida humilde y oculta de Nazaret y lo acogió en su seno. Nos ayude en este camino a estar atentos para esperar al Señor que está entre nosotros y pasa.
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Catena Aurea
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 77,2
Habiendo indicado el Señor todas las cosas que precederán a la venida del Cristo, y habiendo llevado la narración hasta las mismas puertas, quiso guardar silencio acerca del día; por esto dice: «Mas de aquel día ni de aquella hora nadie sabe», etc.
San Jerónimo
Mas en algunos códices latinos se ha añadido: «Ni el Hijo», mientras que en los ejemplares griegos, especialmente en los de Ademancio y Pierio no se encuentra añadido esto. Mas como quiera que se lee en algunos, parece que debe discutirse acerca de ello.
Remigio
El evangelista San Marcos ( Mc 13,32), dice que no solamente lo ignoran los ángeles, sino que también el Hijo.
San Jerónimo
En lo que se regocijan Arrio y Eunomio: pues dicen, no puede ser igual el que sabe y el que ignora. Contra ellos diremos brevemente, que habiendo hecho Jesús, es decir, el Verbo de Dios, todos los tiempos (pues todas las cosas fueron hechas por El), y sin El nada se hizo ( Jn 1,3) y hallándose contenido el día del juicio en todos los tiempos, ¿cómo puede deducirse que ignora una parte del mismo el que conoce el todo? También hay que decir esto. ¿Qué es más, el conocimiento del Padre o el conocimiento del juicio? Si conoce lo que es más, ¿cómo ignora lo que es menos?
San Hilario, in Matthaeum, 26
¿Acaso también Dios Padre pudo denegar al Hijo el conocimiento de aquel día, habiendo dicho éste: «Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre» ( Lc 10,22)? Luego no le han sido entregadas todas las cosas, si hay alguna que se le niega.
San Jerónimo
Así, pues, habiendo probado que el Hijo no ignora el día de la consumación, se ha de manifestar la causa por qué se diga que lo ignora. Interrogado después de la resurrección por los apóstoles acerca de este día, bien claramente respondió ( Hch 1): No toca a vosotros saber los tiempos y los momentos que puso el Padre en su propio poder. Con ello da a entender que El lo sabe, pero que no conviene sea conocido por los apóstoles, para que estando siempre inciertos de la venida del Juez, vivan de tal manera todos los días como si hubiesen de ser juzgados en el mismo día.
San Agustín, de Trinitate, 1,12
De consiguiente cuando dice que ignora, se ha de entender que lo hace para que queden ignorantes, esto es, que no lo sabía para darlo a conocer entonces a sus discípulos. Como fue dicho a Abraham ( Gén 22,12): Ahora conozco que temes a Dios, esto es, ahora he hecho que lo conocieras. Porque también él mismo se conoció por medio de aquella prueba.
San Agustín, sermones, 97,1
Al decir que el Padre sabe, dijo que en el Padre también el Hijo sabe, pues ¿qué puede haber en el día que no esté hecho en el Verbo, por quien se hizo el día?
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 60
Bien, por tanto, se interpreta lo que se dijo (que sólo el Padre lo sabe) según el predicho modo de saber, porque hace que el Hijo lo sepa. Pero se dice que el Hijo ignora, porque no hace que los hombres sepan.
Orígenes, in Matthaeum, 30
O de otro modo: hasta la Iglesia (que es el cuerpo de Cristo) ignora el día aquel y la hora, y por lo tanto, se dice que ni el mismo Hijo sabe aquel día y la hora. Mas se dice que lo sabe en un sentido propio, según la costumbre de las Escrituras: pues el Apóstol ( 2Cor 5) presenta al Salvador, no conociendo el pecado porque no pecó. Mas el Hijo prepara el conocimiento de aquel día y la hora, a los coherederos de sus promesas, para que todos a un mismo tiempo lo sepan (esto es, lo experimenten por la misma cosa) en la hora y en el día que preparó Dios para los que le aman ( 1Cor 2).
San Basilio
He leído también, en cierto libro, que este Hijo se debe entender que es, no unigénito, sino adoptivo, pues no hubiera antepuesto los ángeles al Hijo unigénito. Porque dice así: ni los ángeles de los cielos ni el Hijo 1.
San Agustín, epistola 80
Dice por tanto el Evangelio de este modo: «De aquel día y hora nadie sabe». Y tú dices: Pero yo digo, que ni puede saberse el mes ni el año de su venida. Pues esto parece indicar que no se puede saber en qué año ha de venir, pero que se puede saber en qué semana de años, o en qué década; como si pudiera decirse y darse por sentado que ha de venir en el periodo de siete años, o de diez, o de cien, o de cualquier otro, bien sea de mayor o menor número. Y si presumes que no has comprendido esto, estás acorde conmigo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 77,2
Y para que comprendas que no es efecto de su ignorancia lo que calla, acerca del día y de la hora del juicio, aduce otro pronóstico cuando añade: «Y así como sucedió en los días de Noé, así será también la venida del Hijo del hombre». Esto lo dijo dando a entender que vendrá repentina e inopinadamente, y cuando muchos estarán entregados al pecado. Esto mismo dice San Pablo ( 1Tes 5): porque cuando digan: paz y seguridad, entonces les sobrecogerá una muerte repentina. Por lo que añade también aquí: «Porque así como en los días antes del diluvio se estaban comiendo y bebiendo», etc.
Rábano
Y no es que aquí se condenen los matrimonios o las comidas, según el error de Marción y de Manes (siendo así que en los primeros están establecidos los auxilios de la sucesión, y en las segundas los de la conservación de la naturaleza), sino que lo que se increpa es el uso inmoderado de lo que es permitido.
San Jerónimo
Se trata de averiguar, cómo se ha dicho anteriormente: «Se levantará gente contra gente y reino contra reino, y habrá pestilencia, y hambres, y terremotos». Y al mencionar ahora las cosas que han de suceder, se diga que son indicios de paz. Pero hay que tener en cuenta que, después de las guerras y de todo lo demás que ha de desolar al género humano, ha de seguir una paz corta, que aparente estar ya tranquilo todo, para que sea probada la fe de los creyentes.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 77,2
O bien paz y disipación para aquéllos que insensiblemente están dispuestos al placer. Por este motivo no dijo el Apóstol: cuando haya paz, sino cuando digan: paz y seguridad ( 1Tes 5,3), indicando la insensibilidad de aquéllos semejantes a la de los que vivieron en los días de Noé, cuando los malos se entregaban a la disolución. Mas no así los justos que vivían constantemente en la tribulación y en la tristeza. Con esto da a entender que, cuando venga el Anticristo, los apetitos más indecentes tendrán aceptación en aquéllos que a la sazón serán hombres inicuos, quienes desesperarán de su propia salvación. Y por lo mismo pone un ejemplo que viene muy a propósito a este caso: cuando, pues, se construía el arca estaba puesta a la vista de todos, prediciendo los males futuros. Mas los hombres malos no lo creían, y se entregaban a la disipación (como si ningún mal hubiese de venir). Y dado que muchos no dan crédito a las cosas futuras, el ejemplo de las pasadas hace creíble lo que se predice.
Fija después otra señal, por la que da a conocer también que aquel día vendrá de una manera impensada, y que no ignora aquel día, cuando dice: «Entonces estarán dos en el campo: el uno será tomado, y el otro será dejado». Con estas palabras da a entender que serán tomados y dejados los siervos y los señores, los ociosos y los que trabajan.
San Hilario, in Matthaeum, 26
O el día del Señor sorprenderá a dos en el campo, a saber, los dos pueblos de los fieles y de los infieles en el siglo, como en el trabajo de esta vida. Serán, con todo, separados, y el uno dejado y tomado el otro; en lo cual se da a conocer la separación de los fieles e infieles. Porque al agravarse la ira de Dios, los escogidos se ocultarán en sus moradas; mas los pérfidos serán dejados para combustible del fuego del cielo. Lo mismo hay que decir, respecto de los que muelen; de donde sigue diciendo: «Dos mujeres molerán, etc.» La muela es la obra de la ley, mas, porque una parte de los judíos, así como creyó por los apóstoles, ha de creer también por Elías y ha de ser justificada por la fe; por eso, una parte será tomada por la misma fe, a causa de sus buenas obras, y la otra será dejada en el trabajo infructuoso de la ley, moliendo en vano, y no amasará el pan del manjar celestial.
San Jerónimo
O dos se encontrarán a un tiempo en el campo, teniendo la misma labor, y como igual sementera; pero no recibirán igualmente el fruto de su trabajo. También en las dos que muelen a un tiempo, debemos entender la sinagoga y la Iglesia, que parecen moler a un tiempo en la ley, y obtener de las mismas Escrituras santas la harina de los preceptos de Dios. O las demás herejías que, o bien de ambos testamentos, o bien de uno de ellos, parecen moler la harina de sus doctrinas.
Continúa: «Dos en un mismo lecho: uno será tomado y otro será dejado».
San Hilario, in Matthaeum, 26
Mas dos en un lecho son los que predican el descanso de la pasión del Señor, acerca de la cual es una misma la confesión de los herejes y de los católicos. Pero como quiera que la fe de los católicos predicará la unidad de la Divinidad del Padre y del Hijo, e impugnará la falsedad de los herejes, el juicio de la voluntad divina comprobará la fe en la confesión de unos y otros, dejando a los unos y tomando a los otros.
Remigio
O por estas palabras se da a conocer los tres órdenes de la Iglesia. Por dos en el campo, el orden de los predicadores, a quienes se ha confiado el campo de la Iglesia; por dos en el molino, el orden de los casados, que cuando por sus diversos cuidados son llamados ora a estos asuntos, ora a los otros, parece que llevan a su alrededor piedras de molino; por dos en el lecho el orden de los que guardan continencia, cuyo descanso es designado con el nombre de lecho. En estos órdenes están los buenos y los malos, los justos y los injustos, y de consiguiente unos de ellos serán dejados y otros serán tomados.
Orígenes, in Matthaeum, 31
O de otro modo: el cuerpo está como enfermo en el lecho de las pasiones carnales; y el alma muele en la pesada muela de este mundo; mas los sentidos corporales obran en el campo del mundo.
Notas
- San Basilio está refiriéndose a una doctrina errónea. La frase «ni el Hijo» es una variante dudosa que San Basilio consideraba una adición inauténtica.
San Jerónimo
El Señor manifiesta claramente lo que ya dijo antes: «Mas de aquel día nadie sabe sino sólo el Padre» ( Mt 24,36). Esto es, porque no convenía que los apóstoles tuvieran conocimiento de ello, para que vacilando como pendientes de expectación, crean constantemente que ha de venir aquél, cuya venida ignoran en qué tiempo ha de suceder. Y por lo mismo, como sacando la conclusión de las anteriores premisas, dice: «Velad, pues, porque no sabéis», etc.; y no dijo: Porque no sabemos, sino sabéis, para hacer comprender que El no ignora el día del juicio.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 77,2
Quiere, pues, que los discípulos siempre anden solícitos. Por esto les dice: «Velad».
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 13
Vela el que tiene los ojos abiertos en presencia de la verdadera luz; vela el que observa en sus obras lo que cree; vela el que ahuyenta de sí las tinieblas de la indolencia y de la ignorancia.
Orígenes, in Matthaeum, 31
Pero dice algún sencillo que este discurso lo refería a la segunda vez que había de venir. Y algún otro, que hablaba de la futura venida del Verbo, en un sentido inteligible a la capacidad de sus discípulos, porque todavía no podían ellos comprender de qué manera había de venir.
San Agustín, epistola 80
No dijo: velad, tan sólo a aquéllos a quienes entonces hablaba y le oían, sino también a los que existieron después de aquéllos y antes que nosotros. Y a nosotros mismos, y a los que existirán después de nosotros hasta su última venida (porque a todos concierne en cierto modo), pues ha de llegar aquel día para cada uno. Y cuando hubiera llegado, cada cual ha de ser juzgado así como salga de este mundo. Y por esto ha de velar todo cristiano, para que la venida del Señor no le encuentre desprevenido; pues aquel día encontrará desprevenido a todo aquel a quien el último día de su vida le haya encontrado desprevenido.
Orígenes
Falaces son, pues, todos; ora los que declaran que saben cuándo tendrá lugar el fin del mundo; ora los que se glorían de saber el fin de su propia vida, el cual nadie puede conocer como no sea por las luces del Espíritu Santo.
San Jerónimo
Después de haber puesto el ejemplo del Padre de familia, hace saber claramente el motivo de guardar reserva acerca del día de la consumación, cuando añade: «Mas sabed que, si el Padre de familia supiese», etc.
Orígenes, in Matthaeum, 31
El padre de familia es el entendimiento del hombre, y la casa de éste es el alma, mas el ladrón es el diablo. Es, pues, contrario todo razonamiento que no penetra en el alma del hombre negligente, por la entrada natural, sino como quien mina la casa, destruyendo primero ciertas defensas naturales del alma (esto es, su inteligencia natural) y habiendo penetrado por la misma brecha, despoja al alma. Algunas veces encuentra alguno al ladrón en la misma perforación, y asiéndole, y dirigiéndole palabras agresivas, lo mata. El ladrón no viene durante el día, cuando el alma del hombre solícito está iluminada por el sol de la justicia, sino por la noche; esto es, en el tiempo en que todavía permanece su malicia. En la que encontrándose alguno, es posible, que aun cuando carezca de la eficacia del sol, esté, sin embargo, ilustrado con algún esplendor del Verbo, que es la lumbrera; permaneciendo, ciertamente, aun en la malicia, pero teniendo, sin embargo, resolución formada de hacerse mejor, y vigilancia, para que no sea barrenado su propósito; cuando el ladrón quiere minar la casa del alma, suele venir principalmente, en el tiempo de las tentaciones o de cualesquiera otras calamidades.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 13
O el ladrón mina la casa sin saberlo el padre de familia, porque mientras el espíritu duerme sin tener cuidado de guardarla, viene la muerte repentina y penetra violentamente en la morada de nuestra carne, y mata al Señor de la casa, a quien halló durmiendo. Porque mientras el espíritu no prevé los daños futuros, la muerte, sin él saberlo, le arrastra al suplicio. Mas resistiría al ladrón, si velase, porque precaviendo la venida del Juez, que insensiblemente arrebata a las almas, le saldría al encuentro por medio del arrepentimiento, para no morir impenitente. Quiso, pues, el Señor, que la última hora sea desconocida, para que siempre pueda ser sospechosa; y mientras no la podamos prever, incesantemente nos prepararemos para recibirla. Por lo que sigue: «Y así, estad preparados, porque ignoráis en qué hora», etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 77,3
Con esto parece confundir aquéllos que no ponen tanto cuidado en guardar su alma, como en guardar sus riquezas del ladrón que esperan.

