Un dios a medida

«El conocimiento que tenemos de Dios es verdadero cuando sentimos que no podemos conocerle plenamente… »  (san Gregorio Magno)

¿Dios y su voluntad son como nosotros pensamos?

Con cuánta facilidad nos inventamos un dios a nuestra medida:  cuya manera de ser, pensar, razonar, querer, actuar… se acomode a nuestra idea, deseo y voluntad. De tal manera que este que se ajuste a lo que nosotros pretendemos… resulta ser una burda manipulación de Dios, con el que nos encontremos a gusto, que no nos exija nada, que nos dé la razón en todo y nos consienta todo, pretendiendo a la vez -como si de un ídolo se trata, que haga nuestra voluntad y no nosotros la suya, cual siervo puesto a nuestro servicio.

Esto es gravísimo en la medida que esta falsificación de Dios nos aleja de Él. Y, a la postre, como ocurre con los ídolos, acaban volviéndose contra sus progenitores.

De modo, que hemos de estar en alerta con nosotros mismos, para evitar que esto ocurra: que confundamos a Dios con lo que proyectamos y que concibamos su voluntad como una ocurrencia y capricho nuestro. Es un estar en guardia por lo que pueda salir de nosotros mismos y un estar en continua conversión —conversión que no termina nunca mientras vivimos, pues nuestro conocimiento es contingente y limitado—.

A Dios no se le ve; nos lo imaginamos, lo situamos cerca o lejos de nosotros, según; lo creamos según nos parece bien, a nuestra comodidad, incluso a veces a nuestra imagen y semejanza. Y Él nos deja hacer. Calla. Respeta el compromiso de libertad otorgada.

Si pretendes buscar a Dios, ponte en marcha sin ir cargado de tus ideas preconcebidas de Él. Si pretendes tratar con Él deshazte de tus prejuicios (juicios previos). Ten siempre presente que tus concepciones  acerca de Dios se pueden convertir en grilletes. Delante de Dios hay que estar constantemente resituándonos, pues aunque Él es siempre el mismo y no cambia, tu -—ser inestable e imperfecto— puedes perder el sitio, que no es otro el que te corresponde que el de la humildad.

Hay que estar dispuesto humildemente a morir a muchas representaciones espontáneas que nos hacemos de Dios. Cuando poseemos un ídolo nos distanciamos de Dios y lo perdemos de vista. Un ídolo es más cómodo que Dios. Es hechura muestra, a nuestra imagen y semejanza. Hay que tener el coraje de obedecer a Dios que pide: «Consumirás en el fuego las imágenes talladas de sus dioses» (Dt 7,25).

Mientras no nos despojemos de nuestras imágenes ante la Palabra, no la daremos acogida tal y como es —transformadora y creadora—, no estaremos amando la voluntad de Dios, o lo que es lo mismo no Le estaremos amando, por muy devotos que seamos, por mucho que vayamos a misa, recemos, por muy voluntariosos que seamos… «No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos» (Is 55,8).

Cualquier intento por manejar a Dios es, en definitiva, hacernos trampas a nosotros mismos, aunque sea de manera inconsciente. Esta inconsciencia es lo más inmediato sobre lo que tenemos que estar vigilantes. Pues podemos estar distanciándonos de Dios, sin apercibirnos de ello; es más, creyendo «inocentemente» que estamos en su sintonía, cuando en realidad nos es un extraño, con el que no estamos en comunión. ¡Y Dios guarda pacientemente silencio, esperando… Porque su amor es así de respetuoso con la libertad otorgada a la dignidad humana! Aunque resulte dramático.

Con y ante Dios hay que ser humildes, como niños, expectantes, pues «… conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento» (Ef. 3,19), dispuestos a recibir siempre algo nuevo de Él, una nueva revelación; sabiendo que nunca llegaremos a conocerle del todo, siempre abismal, ni a su voluntad, siempre renovada y sorprendiéndonos.

«No se trata de construirte una vida según los propios ideales, sino de dejar que Dios nos regale cada día la verdadera vida de la gracia y la libertad»[1]. Si buscas a Dios no te quedes en ti mismo, en tus pensamientos. Habrás de ir más allá, más allá, siempre más allá. «Dios es grande, y nosotros no podemos comprenderle» (Job 36,26). «Buscabas a Dios y le encontraste como quien es más allá de lo que se puede pensar… Luz inaccesible, verdaderamente no lo veo porque está demasiado junto a mí» (S. Anselmo). Esperemos en silencio, estemos en expectativa, como María. Dios está cerca y en cualquier momento comunica su gracia, siempre nueva y sorprendente.

«Es imposible que Dios no nos desconcierte cada vez más, hasta que lo veamos cara a cara. Los santos son gente que un buen día aceptaron estar siempre desconcertados: esto llegó a ser su pan de cada día. No os extrañéis de extrañaros: no estamos a la altura de la doctrina de la Iglesia, es inagotable»[2].

«Dejar a Dios por Dios«, decía santa Magdalena Sofía Barat.       

 

……………………………………

[1] RAHNER, K.: «Tengo un problema», Sal Terrae, Santander, 1984, p.65.

[2] MOLINIE, M.-D. «El coraje de tener miedo», Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p.5.

 

ACTUALIDAD CATÓLICA