Solemnidad de san José y vocaciones sacerdotales

El día 19 de marzo coincidiendo con la festividad de san José se celebra también el día del seminario. ¡Quién mejor que san José, el cuidador de Jesús, para cuidar de los que van a ser su prolongación sacerdotal aquí en la tierra, y para velar porque perduren fielmente en su vocación ministerial y a la santidad!

En España el “Día del Seminario” nació vinculado a la fiesta de San José. En las comunidades autónomas en las que no es festivo, se celebra el domingo más cercano; en este caso, el 21 de marzo. Pero sigue manteniéndose la referencia a San José. La festividad de San José es de precepto para los católicos

Y si san José es importante para poner bajo su auspicio el cuidado de los futuros sacerdotes, también lo es como a aquel al que dirigirnos para pedirle su intercesión en el aumento de las vocaciones, haciendo honor al significado de su nombre: “Dios aumente”.

Sobre el número, y refiriéndonos a España, cabe decir que estamos necesitados de candidatos al sacerdocio. Otrora este país fue un vivero de vocaciones y de misioneros, que se esparcieron generosamente por todos los continentes; hoy, en cambio, es tierra de misión. Y lo es en el doble sentido, en cuanto al número de sacerdotes -que hay más defunciones o abandonos, que ordenaciones- que disminuyen sin remplazo suficiente, y teniendo que importarlos de otros países, sudamericanos o africanos, principalmente, y en el segundo sentido, en cuanto que se hace urgente una reevangelización, pues la increencia avanza a paso agigantados, sobre todo entre las nuevas generaciones.

Los creyentes de a pie tenemos la responsabilidad de hacer cuanto podemos de nuestra parte: Orar por las vocaciones, ser buen ejemplo de fe con los que los rodean y alentar vocaciones y contribuir con nuestra aportación económica a las necesidades del seminario. En este último sentido, hay que dar -como diría santa Teresa de Calcuta- hasta que duela, es decir, rascarse el bolsillo aunque nos cueste; pensad que lo hacemos por amor al Reino de Dios y por cumplir con el mandamiento eclesiástico de “ayudar a la Iglesia de sus necesidades”.

Y algo más:

Una forma de también ayudar a solventar la “crisis de vocación” de Occidente, es un remedio que parece bastante sencillo: rezar en familia y crear una atmósfera de buen juicio y sentimiento religioso en la comunidad de la parroquia local.

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José, esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús.

Padre adoptivo, porque su paternidad sobre Jesús no es la común natural y de algún modo hay que llamarla, aunque la adopción nos suene solo a cosa legal y eso es poco, bien poco, para la clase de paternidad que ejerció, y que al no tener igual no se inventó la palabra que con propiedad indique su condición. Padre nutricio le llaman otros, porque tienen la parte de verdad que expresa una de las obligaciones anejas a la paternidad, la de alimentar a la prole, pero se ve que esto es solo un detalle en comparación con la totalidad. También es común llamarle putativo por ser conceptuado ante los paisanos como padre verdadero, al vivir fielmente las obligaciones del mejor de los padres sin que nada indujera a pensar que no lo era. Es el esfuerzo de la teología, de la piedad, de la expresión de la fe que no deja de recalcar que no es padre de Jesús –el Verbo hecho hombre, engendrado por Dios, y por eso tiene la naturaleza de Dios– al modo como los demás lo son de sus hijos al engendrarlos según la naturaleza humana. El Evangelio, testigo parco en palabras, afirma: Cuidó de la sagrada familia en Belén, Egipto y Nazaret.

Esposo casto, no necesariamente viejo, ni siquiera mayor. El espíritu cristiano que intenta resaltar incluso plásticamente otro tesoro imperdible, el de la virginidad perpetua de su esposa, la Virgen María, lo pintó viejo y hasta el más lerdo entendió el mensaje y así lo dejó; pero lo normal, lo más lógico, lo más noble y digno es que buscaran Joaquín y Ana para su hija doncella todo un doncel, viril, apuesto, noble, trabajador y tiernamente capaz de asumir las responsabilidades del nuevo hogar. Pensar de otro modo sería indignidad.

Tampoco se le dice nunca ‘carpintero’, solo lo llaman así –faber lignanus– los apócrifos, esos libros piadosos, pero no inspirados, que disfrutan presentando como real la imaginación de lo posible y que la Iglesia nunca aceptó en su Canon. Sí que fue artesano.

José pertenecía a la estirpe davídica y su familia procedía de Belén, la ciudad de David. Así queda Jesús perfectamente entroncado con la familia real que portaba, dentro de la tribu de Judá, el estandarte de las profecías que habían de cumplirse en la posteridad.

Encantador en sus reacciones. Figura amable y desconcertante por su humildad a pesar de ser tanta su grandeza.

José contempló el inefable misterio del nacimiento de Jesús en Belén y quedó admirado con la maravillosa visita de los pastores y magos adorantes.

Presentó a Jesús en el Templo a la usanza judía, rescatándolo con el modo acostumbrado por los pobres.

Fue defensor de Jesús y de su Madre, cuando la matanza cruel de los inocentes; dispuso marchar a Egipto, sin tardanza y con la valentía de quien ha asumido una responsabilidad. El regreso de Egipto tuvo lugar quizá en el año 4, después de la muerte de Herodes. José no lo tuvo fácil.

Jesús se quedó en el Templo con doce años y esta es la última aparición de José en los Evangelios.

Varón justo y silencioso. Fiel a Dios que se apoyó en él hasta el punto de entregarle su familia. Probablemente muerto ya en el Calvario, y quizá incluso antes de las bodas de Caná.

San José es venerado por la Iglesia ortodoxa (el primer domingo después de Navidad para la oriental) y por la Iglesia católica, apostólica, romana. Pero es inexplicablemente tardío el culto occidental. La devoción de tres santos del tiempo de la Reforma y Contrarreforma: Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola y Francisco de Sales contribuyeron a extender y popularizar su devoción. No aparece en el misal romano hasta el siglo xv, con Sixto IV (m. 1481). Hasta Gregorio XV, en 1621, no fue su fiesta universal. Incluido en el canon Romano por el papa Juan XXIII, ya en la segunda mitad del siglo xx.

Hoy es el santo más y mejor tratado, con lógica aplastante; su ambiente, su atmósfera habitual es la santidad. Por eso es Patrono de la Iglesia universal, porque nadie la defenderá mejor. Patrono de los carpinteros y artesanos. Patrón de la buena muerte, sin duda asistido por Jesucristo y en presencia de la Virgen. Custodio de los seminarios, ¡quién mejor para dar protección a los chicos que un día van a ser otros Cristos!. Patrón ¡cómo no! de los padres de familia que le miran para aprender a agradar a Dios ante tanto desvío, ignorancia, autosuficiencia, para aprender de él a respirar en los ambientes de trabajo un aire limpio menos egoísta; sí, le piden ayuda para bien gobernar con mano firme el timón de la barca de su casa y poder acertar a llevarla a buen puerto cuando la ven tan bamboleada por vientos racheados que presagian zozobra o desvío.

Si existiera un hagiómetro para medir o pesar a lo humano el grado de santidad, sería con la lógica de los mortales el primero de los santos. Miembro de pleno derecho de la llamada y tan invocada trinidad de aquí abajo.

Vara florida. Silencio en el evangelio, ni una palabra, solo referencias; quizá sea intencionado para dejar que hable lo insondable de la contemplación, del embeleso, lo sublime de su vida. Prestó ese servicio –aún más eficaz que oculto– al proyecto divino de la redención humana. Aunque no siempre entendiera o comprendiera la voluntad de Dios, José la cumplió y basta.

Archimadrid

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