Santa Isabel de Hungría, 17 de noviembre

Vendar los corazones rotos (Is 61,1).

Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, arrojad a los demonios: gratis lo habéis recibido, dadlo gratis (Mt 10,8).

 “Hasta el más caído y humilde sigue siendo un hombre y merece el nombre de hermano” (Dostoiewski[1]).

          

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          Entre la colina en que se asentaba el castillo y las altas cumbres de las montañas, se extendía una vasta pradera. En una escotadura del terreno se formaba una explanada a cuyo fondo se abría una gruta natural. Era el centro de reunión adonde acudían diariamente centenares de menesterosos en espera de la caritativa Princesa. A la pradera ya se la llamaba “Valle de Isabel”, y a la gruta, el “Reposo de los pobres”.

           La Princesa pasaba allí horas enteras de conversación fraternal con sus protegidos. Isabel, venciendo la natural repugnancia, se acercaba y curaba a los pobres leprosos, lavaba con sus propias manos las llagas de los enfermos, y que, llevada de su imprudente caridad, llegaba hasta a besar a los enfermos.

              Esos enfermos eran los más abandonados por la repugnancia y el miedo que inspiraban a todos, y para mitigarles los sufrimientos, Isabel pensó hacerles subir hasta el castillo el Jueves de Pasión, día del amor fraterno.

         Entre los más vergonzosos y desesperados casos de los miserables que acudieron al castillo, había un viejecito que, en cierto momento de la comida, cerró los ojos como si fueses a morir. Isabel hizo que lo llevasen a su cámara y lo acostasen en su cama.

                Los espías de su suegra, la Reina Sofía, corrieron a contarle el suceso; y la Reina entró precípitemente en la sala en donde estaba su hijo, el Príncipe Ludovico.

             —¡Te amenaza un peligro inminente de muerte, hijo mío! Vente conmigo a tus habitaciones y lo verás por tus propios ojos. Tu mujer no sólo invita a los leprosos al castillo para limpiarlos y atenderlos, ¡sino que llega a meterlos en su misma cama!

             Ludovico entró airado en la habitación, y ordenó a su esposa que le destapase la cara al leproso, que al acercarse el Príncipe se había cubierto con la sábana. Isabel obedeció temblando. Ludovico y Sofía lanzaron un grito y cayeron de rodillas. En lugar del leproso vieron la dulce y pura imagen de Jesucristo.

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En efecto, Santa  Isabel, hija del rey de Hungría, había dado acogida al enfermo de lepra en la convicción de que en él acogía al mismo Cristo. (Acogida en la cama, en lo más íntimo, en lo más interior, profundo…, adentro del corazón de su ser).    

Jesús se esconde, anónimo, detrás de cada rostro humano. La fe nos obliga a tratar de mirar con profundidad el rostro del hermano, a amarlo, a darle de comer, de beber y de vestir, y a visitarle en la cárcel, porque al visitarle, al vestirle y al darle de comer y de beber, estamos hospedando y sirviendo al propio Cristo. Por eso el hombre constituye la principal manifestación de Dios en medio del mundo. Quien rechaza al hermano, rechaza al mismísimo Cristo; porque quien rechaza la imagen y semejanza de Dios y de Cristo rechaza al propio Dios y al propio Cristo. Sin el sacramento del hermano, nadie podrá salvarse. Es aquí donde se manifiesta la identidad del amor al prójimo y el amor a Dios. Sabemos por la fe que el Señor está presente en cada hermano.

Amando y dejándose amar por los otros, el hombre descubre su propia y verdadera profundidad y su misterio.

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Biografía[2]

Isabel de Hungría, reina (1207-1231)

Sin que toda su vida llegara al cuarto de siglo, dio para mucho. Reina, esposa y madre de cuatro hijos. Su principal bandera, la dedicación a los enfermos. En el Hospital de la Caridad de Sevilla se conserva un Murillo que la representa atendiendo delicadamente con sus propias manos a la limpieza y atención sacrificada a los enfermos y pobres. No en vano es la principal patrona de la Orden Tercera Franciscana y de las obras caritativas católicas. Es una de las santas más populares de Alemania. Nació en Bratislava (hoy Eslovaquia), en Pressburgo, el año 1207, hija de Andrés II, rey de Hungría, y de Gertrudis de Merania. Fue sobrina de santa Eduvigis y, siguiendo las costumbres del siglo XIII, la prometieron en matrimonio –con solo cuatro años– a Luis (futuro Luis IV), hijo del landgrave de Turingia, Hernán I.

Aunque con toda lógica la boda se celebraría bastante tiempo más adelante, la enviaron a Turingia para educarse cerca de su futuro esposo al castillo de Wartbourg donde ya dio los primeros signos de humildad, pobreza y mortificación.

La boda real se celebró en 1221, cuando tenía catorce años; a la salida de la ceremonia, al tropezar sus ojos se encontraron con un Cristo doliente, tuvo la imprevista reacción de destocarse, porque «no permita Dios que yo tenga el valor de ponerme una rica corona de pedrería sobre mi cabeza en la presencia de mi Dios coronado de espinas y enclavado en una cruz por mi amor».

Del matrimonio nacieron cuatro hijos.

Parecía que estaba unida a los pobres por un extraño parentesco; era incapaz de pasar de largo de un menesteroso sin socorrerlo y alguna vez, sin tener más posibilidades al alcance, entregó su manto a un pordiosero. Toda su dote la empleó en ayudarles; y, si había alguna predilección especial, era la que mostraba con los leprosos, a los que lavaba con sus propias manos, llegando ella misma a desear que la consideraran como uno de ellos.

Al difundirse por Alemania la Tercera Orden franciscana, la gente de Turingia la aceptó con verdadera fruición; Isabel es la primera terciaria alemana. Parte de culpa en su santidad la tuvieron sus confesores. El primero, fray Rodingher, murió pronto; pero el predicador de fama universal que era Conrado de Marburgo la sometió a una rígida disciplina espiritual.

En 1227 enviudó por la muerte de Luis, enrolado en la cruzada de Federico II; murió en Otranto (Calabria). Su cuñado Enrique, que se había comprometido bajo juramento a cuidarse de ella y de sus hijos, la traicionó, tomando parte en la conjura cortesana –argumentó que estaba derrochando las rentas de sus propiedades en limosnas–, impidió la legítima sucesión del primogénito de Isabel y expulsó a la familia real de palacio. No es la nobleza y la lealtad patrimonio común y menos, cuando hay intereses de poder y de dinero por medio.

Ella y sus hijos tienen que depender algún tiempo de la caridad de su tía, la abadesa de Kitzingen y de su tío materno, el obispo de Mamberg. Marcha a Marburgo por consejo de Conrado, su confesor. Allí comenzó la construcción de un hospital para enfermos pobres; ella ocupó una miserable casucha de arcilla y tablas donde comenzó a proyectar su futuro de renuncia total al mundo, pero no sin dar la batalla por defender los derechos de la familia; cuando recuperó la regencia de Turingia aceptó la herencia del principado para su hijo, pero renunció a su propio poder como regente.

En esta época se produce una elevación de su vida de oración con éxtasis, revelaciones, coloquios sobrenaturales que tienen como testigo excepcional la criada Isentrudis.

Murió el 16 de noviembre de 1231, cuando solo contaba 24 años.

Su vida está llena de circunstancias extraordinarias que pudieran parecer resultado de la imaginación o exponente de un excesivo fervor. En este caso, no es así. Nadie ha puesto en duda su autenticidad histórica porque hasta los más mínimos detalles de sus milagros fueron registrados por historiadores dignos de fe a raíz de su muerte; y, como hacían falta milagros para canonizar a la reina de Turingia, el rígido Conrado –a quien modernamente se considera dotado de «una deplorable insensibilidad» por haber permitido y aconsejado el modo de vivir de Isabel en el último tramo de su vida, cuando solo comía yerbas o legumbres cocidas con agua y mendrugos de pan duro, vistiendo de tela tosca, remendada y sin ceñir, con la intención de favorecer en ella el desprendimiento de todo lo material– anotó los centenares de hechos sobrenaturales extraordinarios que se sucedieron junto a sus restos en la catedral de Marburgo. Se cuentan quince resurrecciones de muertos y centenares de enfermos curados, aparte de innumerables conversiones. Conrado los puso en conocimiento del papa Gregorio IX, quien mandó comenzar el proceso de canonización; con escrupulosidad modélica lo realizaron el arzobispo de Hildesheim y los abades Herman de Georgenthal y Raimundo de Herford.

Fue canonizada en 1235, a tan solo cuatro años de su muerte, por el papa Gregorio IX.

Se ve que tomarse en serio y hasta las últimas consecuencias la pobreza evangélica da resultado. Quizá en nuestro mundo haya muchos pobres descreídos porque haya algunos ricos que afirman tener fe.

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[1] Humillados y ofendidos, parte 1ª, cap. VI.

[2] Archimadrid

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