San Juan Bosco, 31 de Enero

Hoy celebramos a san Juan Bosco. Don Bosco es famosos amén de por su santidad, su alegría, sus milagros, su dedicación a la juventud, las fundaciones de los salesianos y las hijas de María auxiliadora, etc., lo es también por sus profecías.

En la parte inferior exponemos algunos detalles de su biografía, ahora nos queremos detener en sus profecías, por su relevancia y porque tenemos que algunas de ellas pueden hacer referencia a nuestro tiempo. Como estas:

Habrá una lucha terrible entre la luz y las tinieblas. Cesará la obscuridad, lucirá un sol espléndido. La tierra está arrasada, muchísimos han desaparecido. El Papa vuelve. El pecado tendrá fin

A continuación recogemos uno de sus famosos sueños proféticos, de una importancia excepcional, el de las dos columnas:

 El 30 de mayo de 1862, dijo Don Bosco a todo el alumnado salesiano reunido:

Os quiero contar un sueño ?o parábola­? ­que he tenido:

Me encontraba a la orilla del mar, o para ser más preciso, sobre un escollos o alta roca, aislado, desde donde no se divisaba más tierra que la de debajo de mis pies. En aquella inmensa superficie líquida se veía una multitud incontable de naves dispuestos en orden de batalla. La proa de cada barco poseía un afilado espolón de hierro a modo de lanza que hiere dispuesto a traspasar y destrozar cuanto se atravesara por delante. También todos los barcos estaban armados de cañones, cargados de fusiles y armas de diferentes clases; de material incendiario, y también de libros dañinos.

 Todas estas naves se dirigían contra su barco mucho más alto tratando de destruirlo con sus proas de hierro, con sus armas…, o de incendiarlo o hacerle el mayor daño posible.

A esta majestuosa nave, provista de todo, la escoltan numerosos barcos pequeños, que reciben órdenes de aquélla, realizando las oportunas maniobras para defenderse de la flota enemiga. El viento que sopla les es adverso; la agitación del mar favorece a los enemigos.

En medio de la inmensidad del mar, sobre las olas y en plena batalla, vi levantarse, próximas entre sí, dos grandes columnas, robustas y de gran altura. Sobre una de ellas campea la estatua de la María Inmaculada, a cuyos pies se ve un amplio cartel con esta inscripción: Auxilium Christianorum (Auxilio de los cristianos). Sobre la otra columna, que es mucho más alta y más gruesa, hay una Santa Hostia de tamaño proporcionado al pedestal y debajo de ella otro cartel con estas palabras: Salus credentium (Salvación de los que creen).

El Comandante Supremo de la nave mayor, que era es el Romano Pontífice, al darse cuenta del furor con el que atacaban los enemigos y la situación tan peligrosa en la que se encontraban sus leales subalternos, convocó a una reunión en la nave capitana a todos los pilotos de las naves menores, subalternas para celebrar consejo y decidir la conducta a seguir. Pero al percibir que el viento arrecia cada vez más y que la tempestad es cada vez más violenta y peligrosa, son enviados otra vez los capitanes, cada uno a dirigir su barco.

Al restablecerse al poco tiempo la calma, el Papa volvió a reunir a los pilotos, pero la tempestad se tornó de nuevo  espantosa.

Entonces el Papa empuña el timón de la nave capitana y con toda la fuerza y energía la dirige rápidamente hacia el espacio existente entre aquellas dos columnas y colocarlas entre ellas, de cuya parte superior penden numerosas áncoras y gruesas argollas unidas a robustas cadenas.

Los barcos enemigos se lanzan a atacar la nave de tripula el Papa, haciendo lo posible por detener su navegación, destrozarla y hundirla. Unos lo atacaban malvadamente con escritos y libros, otros con materiales incendiarios que intentan arrojar a bordo, otros disparan sus cañones, fusiles, otros con espolones, extremos afilados de hierro que tenían sus barcos. Los ataques contra la gran nave son violentísimos y encarnizados. Las proas enemigas arremeten contra ella con saña; pero sus esfuerzos y su ímpetu resultan inútiles. En vano reanudan el ataque y gastan energías y municiones: la extraordinaria nave prosigue su curso, segura y serena.

Aun cuando los barcos enemigos logran hacer considerables desperfectos y profundadas hendiduras al barco del Pontífice, de inmediato soplaba una brisa desde las dos columnas, cerrándose milagrosamente las vías de agua y desapareciendo las hendiduras en el casco de la gran nave.

Disparan entre tanto los cañones de los asaltantes, y, al hacerlo, revientan, se rompen los fusiles, lo mismo que las demás armas y espolones. Muchas naves se abren y se hunden en el mar. Entonces, los enemigos, llenos de furor, comienzan a luchar empleando armas cortas, las manos, los puños, las injurias, las blasfemias, maldiciones, y así continúa el combate.

Entonces el Papa cae herido gravemente. Enseguida los acompañantes acuden a socorrerle. Pero es herido por segunda vez; cae y muere. Un grito de victoria resonó en los barcos enemigos. En sus cubiertas reina el júbilo. De inmediato se reúnen los pilotos y eligen un nuevo Papa. El cual aferra entre sus manos el timón de la nave capitana. Los enemigos comenzaron a desanimarse.

El nuevo Pontífice, manejando muy bien la nave, sorteando y venciendo todos los obstáculos, guía la nave entre las dos columnas; con una cadena amarró la proa del barco a la columna donde estaba la Santa Hostia y con otra cadena sujetó la popa a otra áncora colgada de la columna que sirve de pedestal a María Auxiliadora.

 Entonces se produjo una gran confusión entre los barcos enemigos de la nave capitaneada por el Papa. Todos se dieron a la fuga, dispersándose y chocando entre sí, hundiéndose y destruyéndose en cadena. Los barcos amigos que habían estado fielmente a las órdenes del Papa, se acercaron a las dos columnas y se amarraron fuertemente a ellas.

 Otras naves que por miedo al combate se habían retirado y se encontraban distantes observando prudentemente los acontecimientos, al ver que desaparecían en el abismo las naves enemigas, navegaron aceleradamente hacia las dos columnas y allí permanecieron tranquilas y serenas en compañía de la nave capitana dirigida por el Papa. En el mar reinaba una calma absoluta…

 

Las dos columnas salvadoras son la devoción a María Santísima y al Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

 

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Algunas notas biográficas de San Juan Bosco:

Juan Bosco nació un 16 de agosto de 1815 en I Becchi, Castelnuovo D’ Asti (Italia) y murió el 31 de enero de 1888, día que la Iglesia celebra su fiesta, y después de haber hecho vida aquella frase que le dijo a su alumno Santo Domingo Savio: “Aquí hacemos consistir la santidad en estar siempre alegres”.

A los nueve años Juanito tuvo un sueño profético en el que vio una multitud de chiquillos que se peleaban y blasfemaban. Él trató de hacerlos callar con los puños, pero se apareció Jesús y le dijo que debía ganarse a los muchachos con la mansedumbre y la caridad. Asimismo, Cristo le mostró a la que sería su maestra: la Virgen María.

Luego, la Madre de Dios le indicó que mirara donde estaban los muchachos y Juan vio a muchos animales que después se transformaron en mansos corderos. Al final, la Virgen le dijo estas memorables palabras: “A su tiempo lo comprenderás todo”.

Brindó alojamiento a chicos abandonados, ofreció talleres de aprendizaje y, siendo un sacerdote pobre, construyó una iglesia en honor a San Francisco de Sales, el santo de la amabilidad.

En 1859 fundó a los Salesianos con un grupo de jóvenes y más adelante cofunda las Hijas de María Auxiliadora con Santa María Mazzarello. Luego también dio  inicio a los Salesianos Cooperadores. Además, sólo con donaciones, construyó la Basílica de María Auxiliadora de Turín y la Basílica del Sagrado Corazón en Roma.

El fundador de los salesianos fue un sembrador de alegría. Derrochó generosidad entre la infancia y juventud abandonada a la que proporcionó toda clase de recursos. Con una pedagogía excepcional condujo a muchos a la conversión.

 “Uno solo es mi deseo: que sean felices en el tiempo y en la eternidad”, dejó escrito a sus jóvenes el gran San Juan Bosco, fundador de la Familia Salesiana y declarado “padre y maestro de la juventud” por San Juan Pablo II.

 

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