San Francisco Javier, 3 de diciembre

Este grandísimo santo es una iluminaria de la fe en Cristo nuestro Señor. De noble cuna, lo dejó todo , familia, riqueza y el castillo en que nació, para vivir dedicado a predicar el Evangelio en Asía (India, Indonesia, Japón, China). Con toda razón y merecimiento es el patrón de los misioneros.

Solo alguien arrebatado por el amor a Dios que pasaba noches enteras delante del Sagrario puede embarcarse en una aventura misionera de tal envergadura, entre otras cosas porque las dificultades extremas de los tiempos del siglo XVI no volverán.  De modo que solo se entiende si se comprende el alcance de la santidad de su espíritu, que decía: “En la mayor desolación, el mayor gozo”; para Francisco Javier  «su vivir era Cristo», encarnaba perfectamente aquello de san Pablo: «con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí»  (Gál 2,19-20).

Durante el proceso de beatificación que se instruyó en la India sobre el jesuita P. Francisco Javier, un hombre indio que testificó en el proceso reveló, con su declaración, el verdadero rostro de San Francisco Javier:

«El P. Francisco Javier era tan dado a todos y esto de darse a todos lo hacía con tanta alegría que:
en su rostro había siempre expresión de contento;
siempre andaba con la sonrisa en los labios;
su boca siempre estaba llena de risa,
su boca estaba llena de la gracia de Dios;
y conseguía todo cuanto se proponía.»[1]

Agradecemos a la Fundación GRATIS DATE que ha puesto a disposición la memoria del gran santo y patrón de las misiones católicas, San Francisco Javier, a través de las cartas de San Francisco Javier, que expresan de modo impresionante su celo apostólico devorador, y constituyen su biografía más exacta e íntima. Ya en vida suya, fueron copiadas y traducidas a varios idiomas, y leídas en todo el mundo cristiano. Suscitaron muchas vocaciones para la recién nacida Compañía de Jesús, y también innumerables vocaciones misioneras.

Aquí pueden acceder a la obra: http://www.gratisdate.org/texto.php?idl=47

 

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Biografía

Los padres de San Francisco Javier fueron Juan de Jaso Atondo, natural de la Baja Navarra –hoy Francia– y María Azpilicueta Aznárez, nacida en el navarro Baztán o quizá en Javier. El padre, doctor en leyes por Bolonia, fue presidente del Real Consejo de Navarra. Y la madre, como Aznárez, aportó al matrimonio el Castillo de Javier, edificado en el siglo XIII sobre otro más antiguo, un castillo fuertemente defensivo, frente al vecino Reino de Aragón.

Este matrimonio profundamente cristiano, según afirma el padre Juan de la Peña, maestro y amigo de Javier en París, «tenía especial empeño de criar bien a sus hijos y enseñarles bien en la Ley de Dios, aficionándolos a la virtud, conociendo ser ésta la mejor herencia que les podían dejar».

Hermanos de Javier fueron Miguel de Jaso, el heredero del Castillo, y Juan, conocido como el Capitán Azpilicueta, ambos dedicados a las armas. Y tuvo dos hermanas, Magdalena, primero dama de honor de Isabel la Católica, y después clarisa, abadesa de Gandía, y Ana de Jaso, casada con el señor de Beire, en Navarra.

Francisco, el menor de los hermanos, nace el 7 de abril de 1506, martes de la Semana Santa. A los dieciocho años, en 1524, con grandes ambiciones de triunfar en la vida, va a estudiar a la Universidad de París, donde lleva una vida bastante alegre y disipada. Las costumbres de alumnos y profesores son entonces con frecuencia ligeras e inmorales, y aunque «salían del colegio por la noche con uno de los profesores y le llevaban a él», el Señor le guardó especialmente, y pasó por ello «sin haber experimentado corrupción de la carne».

En el Colegio universitario internacional de Santa Bárbara vive Javier once años completos. Es buen estudiante, Bachiller en Artes, en 1529, y al año siguiente Licenciado. Ya Maestro, en 1530, enseña tres años filosofía en el vecino Colegio de Beauvois, mientras estudia teología.

Francisco, después de ocho años en París, ya cerca del fin de sus estudios, conoce a Ignacio de Loyola, un guipuzcoano muy espiritual y devoto, cojo, dieciséis años mayor que él, y que en las murallas de Pamplona había luchado, al servicio de Castilla, contra sus dos hermanos Miguel y Juan, partidarios de la dinastía francesa del Reino de Navarra.

Quiso la Providencia divina que Ignacio y Javier llegaran a hospedarse en la misma habitación del Colegio de Santa Bárbara. De los primeros hombres de la Compañía de Jesús, es Francisco el último de los conquistados por Ignacio: «¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si al final pierde su alma?»… En agosto de 1534, a los veintiocho años, hace con sus compañeros en Montmartre sus votos. En septiembre se retira para practicar los Ejercicios espirituales. Termina sus estudios de teología y viaja a Venecia en 1537 con sus ocho compañeros, para reunirse con Ignacio.

Esta incipiente Compañía tenía intención de embarcarse para Tierra Santa, pero el peligro de las naves turcas hizo imposible el proyecto. Trabajaron entonces en hospitales de Venecia. Fueron después a Roma, donde se pusieron a la disposición del Papa. Él les permitió ordenarse sacerdotes y les autorizó peregrinar a Jerusalén. El 24 de junio de 1537 recibió Javier el orden sagrado sacerdotal.

Al persistir la imposibilidad de viajar a Tierra Santa, permanecen en Italia, donde se ocupan en diversas obras apostólicas y asistenciales. El Papa Pablo III aprueba la Compañía de Jesús en septiembre de 1540. Y poco después, solicita misioneros jesuitas para evangelizar la India, sujeta entonces al protectorado portugués. Es elegido Javier, que enviado así por el Papa y por la Compañía, parte con gran entusiasmo para evangelizar el Lejano Oriente.

Bajo el impulso del Espíritu Santo, la vida misionera de San Francisco Javier dura once años y medio, y en ella, sin contar otros viajes menores, realiza cuatro grandes viajes principales.

Muere en la isla de Sanchón, muy cerca de la costa de China, el 23 de diciembre de 1552. Su cuerpo se conserva incorrupto en Goa. Fue canonizado por el papa Gregorio XV en 1622, y San Pío X, en 1904, lo nombró Patrono de las Misiones.

En 1624 las Cortes de Navarra acordaron declarar Patrono del Reino a Javier, recientemente canonizado. El Ayuntamiento de Pamplona protestó, porque ese patronazgo venía a suprimir el del santo obispo mártir San Fermín. Después de enfrentamientos no pequeños, Alejandro VI declaró en 1657 como copatronos del Reino de Navarra a San Fermín y a San Francisco Javier.

La fiesta litúrgica de Javier es el 3 de diciembre, aniversario de su muerte. Y a primeros de marzo se celebran las conocidas javieradas, peregrinaciones masivas, de jóvenes sobre todo, al Castillo de Javier.

Una última cuestión, ésta acerca del su nombre personal. El nombre de Francisco Javier está asimilado completamente en la tradición popular, y son muchos los cristianos que se honran llevando ese nombre. En todo caso, recordemos que Javier firma al principio sus cartas como Francés de Xavier (en 1535, doc. 1, desde París), como Francisco de Xavier después (años 1540-1542, docs. 8,10,11,12, 15,16,17,19), y finalmente, hasta su muerte, firma simplemente Francisco. En paralelo, pues, a otros nombres, como Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Francisco de Sales, parece que su más propio nombre es Francisco de Javier, aunque sin duda sea Francisco Javier el más popularizado y el que seguiremos usando.

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[1] Alimbau, J.M. (2001).  Palabras para la alegría. Barcelona: Ediciones STJ.

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