Pensamientos de Fe (98)

  1. Las pequeñas virtudes, el cumplimiento del deber cotidiano, lo desapercibido, tiene un gran valor; somos demasiado dados a valorar el heroísmo puntual, cuando en realidad lo verdaderamente meritorio es aquel esfuerzo anónimo…, en cambio el heroísmo puede estar movido por la vanidad.       
  2. La felicidad tiene mucho que ver con el esfuerzo, no con la fácil ni cómodo. Al igual que la virtud, que requiere del trabajo y empeño en lograr una habito o tendencia positiva éticamente. De modo que la felicidad y la virtud están como en cuesta arriba, en cambio; el vicio y la perdición, en cuesta abajo; la dejadez y la pereza y el descuido son su actitud. Es decir, la puerta estrecha y la puerta ancha. «13Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos van por ahí. 14¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos.» (Mt 7,13-14). 
  3. Coraje y mansedumbre, justicia y misericordia, temple y ternura, prudencia y generosidad…, hay que cultivar la virtudes equilibradamente, con humildad y paciencia, con nuestro pequeño esfuerzo y la gracia divina, según la voluntad divina que conduce a la santidad.
  4. En un mundo sin espacio para la candidez y la inocencia, conquistar un corazón noble es recuperar la capacidad de tender hacia el bien y de complacerse en el mismo. Cuando no hay inocencia hay encanallamiento.
  5. El mal se destruye a sí mismo, como la mentira o cualquier perversión que acaba volviéndose, en su afán parasitario sobre el sujeto hecho víctima, lo consume hasta devorarlo. El mal es destructor hasta de los propios.
  6. «La verdad os hará libres», no nuestra autopercepción. Hay que ser humildes para desprender de nuestra soberbia posición o visión. Como dijo santa Teresa de Jesús, «la verdad es la humildad». No hay libertad de estar humildemente dispuestos, es decir, desatados de toda ligación de nuestra visión viciada o ideologizada de la realidad o verdad.
  7. Hay quien —y es más común de lo que se piensa— hace continuamente ideología; es decir, que reinterpreta todo bajo el prisma subjetivo de su particular verdad o visión. Todo lo envuelve de su proyección determinando fanática la realidad y la verdad. Y de ahí no le saques; es incorregible. La santificante conversión continuamente necesaria se hace imposible.
  8. Aferrarse al parecer propio sin consideración a la doctrina testada de siglos, es más que preocupante, por la arbitrariedad y la soberbia que conlleva y el doble peligro de rebeldía y de exposición a la influencia de las fuerzas del mal. Ante todo humildad —humildad, palabra hermosa y principal virtud—, que nos libera de causar graves daños, empezando por uno mismo.
  9. Una de las cosas más tristemente significativa en la actualidad es la pérdida de relevancia pública el cristianismo. Lo que dice la Iglesia no importa a nadie, ni los enemigos se molestan a cuestionarlo, la indiferencia se impone como manifestación de lo poco que somos tenidos en cuenta. A veces se dice algo…, pero solo si es el sentido negativo. Todo esto forma parte de la inquina persecutoria. Cuando nos extingamos dejarán de perseguirnos.
  10. Dispongámonos: pronto seremos minoría, y una minoría a la que nadie defenderá. Cada cristiano ha de reproducir fielmente la misma actitud de Jesucristo: estar dispuesto a ser perseguido hasta la cruz, y en la soledad de la fe, ¡por qué me has abandonado!, quedar solo, sin defensa de nadie, ser mordido por la duda, per persistiendo hasta el final, apoyado en la nuda fe, en la cruda esperanza de que solo al otro lado, a la caída de la tarde estaremos con el Señor en el paraíso. Mantenerse fiel en ese momento tremendo de estar suspendido en una cruz, sin otra posibilidad de esperar la hora del fin para recomenzar…

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