- Camino a la locura: el ser humano no quiere ser como es; pretende saltar fuera de su propia sombra. Trata de reinventarse. ¡Se va a pegar un galletazo!
- Tener las manos abarrotas de cosas («buenas obras»), pueden convertirse en un impedimento para que Dios pueda depositar su cosas (su gracia) en las palmas de nuestras manos.
- Las actitudes hacia el valor son las virtudes. Y claro, como ya no hay valores hacía los que disponerse, las virtudes decaen hasta dejar de existir. Actualmente, en estas nos encontramos (o por mejor decir, nos perdemos).
- Dios no osa vulnerar nuestra resistencia a su amor. Su paciente respeto es digno de un Dios.
- Dios ejerce su misericordia en la miseria. Donde ésta abunda, abunda aquélla. Es en la necesidad donde sobreabunda la gracia. El perdón se manifiesta donde hay ofensa, pecado, culpa…
- Los defectos… también tiene la virtualidad de poder hacernos humildes.
- Creer supone, conlleva aparejado entitativamente, hacer la voluntad de quien se cree; si no, es un creer débil, superficial; es una fe sin virtud, y la fe es una virtud (virtud=fuerza) teologal. Creer sin hacer su voluntad es, pues, un creer sin fuerza, sin virtud; en definitiva, sin “verdadera” fe. La fe verdadera se plasma en el mandato del amor, si no, es una fe muerta.
- Hay cosas, cualidades, virtudes, valores, sensibilidades, cualidades… que simplemente las tenemos: que nos han sido dadas o que no se nos han arrebatado. Son gracia. Y una de ellas -sin la cual las demás perecen- es la gratitud.
- La ingratitud es de los pecados más feos. La incapacidad de dar gracias es mezquino y ruin. ¡Cuánta gente anónima que con su sacrificio hicieron posible condiciones mejores de vida para los que vinieron detrás! (entre estos, el ingrato).
- El orgullo de la propia virtud es mortal, es la pérdida de la inocencia, y está lleno de temores e intereses.
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