Objetivo: abatir al ser humano

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Sin duda que estamos envueltos en un proceso —diabólico— por acabar con la verdad y la naturaleza humana (y cabría añadir: especialmente en cuanto cristiana). Este es el fundamental objetivo de la actual cultura de la muerte, que cabalga lomos del llamado progresismo (tanto de izquierdas como de derechas).  Apelando a los instintos a los que se les dota del derecho de una pretendida libertad, sin responsabilidad moral propia alguna, es decir, sin conciencia, sin verdad a la que reconocer y a la que respetar, ni incluso si se trata del algo tan objetivo como el orden biológico. Es decir, se pretende acabar con el ser humano como tal, acabando con su naturaleza espiritual a través de su animalizándolo, reduciéndolo a una «voluntad» caprichosa de deseos, gustos y sentires, convirtiéndolo en un simple animal entre animales.

Esto viene a afirmar Juan Manuel de Prada: «La naturaleza es algo dado, un dato inamovible, dado por Dios, y para el progresismo, liberal e izquierdista, no es estable, la naturaleza el reformateable, que pretende ampliar derechos… Lo que nos hace dignos es adheridnos a lo dado y no el aberracionismo de que todo es evolutivo, cambiante, fluido… Los conservadores se dedican a conservar las revoluciones de las izquierdistas; es decir, van de tontos útiles de los progresistas. Ante estas visiones está en Tradicionalismo».

La labor está bastante avanzada. Hoy día se está dando un autentico proceso de aniquilación de la naturaleza humana, de su conciencia, de su esencia, de su alma o dimensión espiritual, que le hace ser lo que es. La moral y lo religioso por naturaleza está siendo extirpado de ese ser singularísimo llamado humano, a fuerza de hacerlo desaparecer.

El Maligno y cuantos se han apuntado a sus filas trabajan con ahínco en el cometido de demoler la genuidad del ser humano. El destrozo de lo humano pasa por el negarle unas leyes propias, un orden específico del ser, una conciencia, una necesaria fidelidad a lo que lleva inscrito, a su vocación; la negación de esta verdad y de la Verdad; no hay nada propio a respetar; la libertad de decidir no tiene límites pues no hay derecho natural, lógica moral humana, etc., y de ahí hasta la confusión y el caos, y la entropía mal…

Esto que salta a la vista de cualquier sentido común como un disparate, como una aberración loca, está siendo consentido, asumido con total normalidad.

Esta irresponsable desespiritualización del ser humano es mortal. En la medida en que la persona humana se aleja de Dios, en esa misma medida deja de ser ella misma. Es decir, que somos especie humana en cuanto que somos presenciados por Dios, agraciados divinamente. Somos portadores de la marca de fábrica «hechos a su imagen y semejanza». De modo que cualquier intento de revertir esta realidad en cuanto al ser humano, es quedarnos sin él, para convertirlo en otra cosa («un humanoide», «un bruto», «un bípedo implume», «un simio ilustrado»,…). La naturaleza humana es así, nunca se ha hallado en estado de «naturaleza pura», acabada; es más, cuanto más se «diviniza», se «asemeja a la divina», más ella misma es. Así se entienden las palabras de San Ignacio de Antioquia, cuando decía «cuando llegue al cielo, seré hombre»; por lo que en la realidad de esta vida nos hallamos en un estado de humanización progresiva (santificación), o deberíamos. Por lo tanto, sólo en el cielo será el ser humano tal y como Dios quiso que fuera.

Y hoy día se está en esto: en el intento monstruoso de acabar con el ser humano. Cosa que no es nueva, sino tan antiguo como la existencia de este; ya desde el paraíso se comenzó con este proceso infernal de volver al ser humano en un enajenado, en un extraño a su Origen. Como venía a decir el sabio Xavier Zubiri: El ser humano actual es un ser que se ha alejado de sí mismo, convirtiéndose en un extraño, no se autorreconoce, se ha enajenado y perdido contacto con la Realidad verdadera. Y ciertamente, en Occidente, esto está sucediendo. Muchos poderes muy influyentes —político, económicos, mediáticos, etc.— se han puesto manos a la obra de alcanzar este siniestro objetivo de ingeniería social:  adoctrinarnos, convencernos, de que no somos lo que somos y aceptemos la mentira como verdad.

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