No hay santidad sin humildad ni lo pequeño y cotidiano

         “Cada puntada de aguja sea un acto de amor a Dios” (Santa María Dominica Mazzarello)

         “Siendo pobre y sin honores ni preeminencias, serás humilde. Cuando seas humilde estarás entrenado en el supremo grado de la perfección cristiana.” (Manuel García Morente) (1)

         “La santidad no consiste en llevar a cabo cosas extraordinarias. Consiste en aceptar con una sonrisa lo que Jesús nos envía. Consiste en aceptar y seguir la voluntad de Dios.” (Madre Teresa) (2)

         “Sólo la bondad interior santifica las obras buenas. Y La bondad interior es la humildad, cuya forma es la fe.” (Unamuno) (3).

 

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           Se dirigió a Santa Teresa una hermana, diciéndola:

           Madre, enséñeme a ser santa.

           Sí, lo haré, mi hija; que ahora tengo de hacer una fundación, y la llevaré allá, y allá se lo enseñaré.

            Y fue así que la llevó. Y como después a la dicha hermana se le ofreciesen algunos trabajos y se los dijese a la Madre, ella le dijo:

           Hermana, ¿pues ella no me dijo que la enseñase a ser santa? Pues sepa que así lo ha de ser. (4)

 

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            Habiendo entrado en uno de sus conventos donde Santa Teresa estaba, una mujer que fácilmente se extasiaba descuidando sus quehaceres, le dijo la Madre solícita en curarla:

           Mire, hermana, aquí no necesitamos santas, sino gente que friegue bien los platos, y haga bien las cosas.

             Y a fe que el dicho puede ser oportuno para espantar a seudo-místicos. (5)        

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            Quien no es capaz de ser pequeño no será grande.

         Es peligrosísimo el hacer cosas “importantes”, grandes obras, sacrificios, etc., porque lo que importa se puede tornar causa de orgullo.

         No hay obstáculo mayor para la misma —aunque parezca sutil y paradójico—  que buscar la santidad o perfección por misma; pues justamente se halla en el olvido de sí y, por lo mismo, de esa búsqueda.

         La única santidad verdadera es vivir para los demás, como Cristo. Y eso requiere de mucho valor, de mucho coraje, de mucha renuncia, sobre todo de cosas pequeñas, de esas a las que creemos que tenemos derecho. Quien pierde su vida la encontrará; quien no busca la perfección la hallará.

         Todos hemos sido elegidos; todos estamos llamados a la beatitud (beato => a ser colmados, a la plenitud), todos estamos invitados al banquete, a la eucaristía, a la comunión con Dios. Todos estamos llamados a ser hostias vivas de amor. Todos estamos siendo llamados -vocacionados- por Dios a la santidad. Quien niega esto se opone a Dios, a sus planes, a su designio.

       “Desgraciadamente hemos acotado la santidad dentro de la esfera moral. La palabra “santidad” está reservada a los hombres que se distinguen por su virtud heroica. Parece presuntuoso aspirar a la santidad. Pero la santidad es, antes que nada, una realidad ontológica, es decir, ligada al mismo ser. Es porque no nos consideramos santo por lo que no podemos actuar como santos. “Sois… vivid pues…” (Ef 5,8). La santidad debería ser nuestro punto de partida y nuestra finalidad.” (6)

         No hay santidad sin humildad. A ésta San Jerónimo la llama la virtud de los cristianos, precisamente porque en ella entran todas las virtudes, y sin humildad hasta las cosas buenas se estropean. San Cipriano dirá de ella que es fundamento insustituible de la santidad (7). “El más humilde de la tierra es el más santo, dice San Agustín” (8).

         Sorprende que Dios pueda ser tan humilde, tan metido en lo pequeño.  Si descubriéramos a Dios ahí, en lo aparentemente insignificante, comprenderíamos a amar nuestra rutina cotidiana, la nada de nuestras circunstancias.

         Lo pequeño “no” es grande, es divino. Es el campo en el que Dios se hace cotidianamente presente.

         La presencia de Dios es humildad. Y nosotros queremos hacer grandes cosas, y cuanto tendríamos que hacer es ser humildes. Siéndolo estaríamos siendo como Dios es. Y ser como Dios es, es cuanto podemos ser. Y esto requiere mucho coraje, dejar caer nuestras pretensiones y de construir el Reino con cosas importantes o sólo con cosas.  No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf. 2Tm 4). El combate se dirime principalmente en las cosas pequeñas, en el cada día, en el instante.

         Un santo se muestra atento, receptivo, disponible a acoger los toques de Dios en su alma, con quien está en íntima comunión. Da igual lo que se haga, sea “grandes” o “pequeño”, cotidiano o extraordinario. La más ínfima cosa que hagamos si responde a un movimiento interior de amor es “divino”.

 

          “Siento que El está en mí, en cada instante; El me guía y me inspira lo que debo decir o hacer”, decía Santa Teresa del Niño Jesús.

 

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         “Kierkegaard hace un siglo largo sospechaba que buena parte de los seres humanos son santos, sin pompa ni autoconciencia, simplemente lo son. Bien es cierto que los santos y los moralistas no coinciden. Un ingrediente esencial de la santidad es que el santo no sabe de sí, ni le interesa. Obra como debe, se sacrifica, es humilde, no se observa, no se juzga. Es virtuoso sin necesidad de saber qué sean las virtudes. No utiliza el imperativo categórico, no se pregunta si puede querer porque va más allá del deber y el querer. No es un genio. se acomoda a lo finito. Expresa lo sublime en lo pedestre. Es absurdo. Es santo. Y al menos, la mitad, si no la mayor parte de las personas con las que funciona este vicioso mundo, son así, de creer a Kierkegaard.” (9)

         “Es verdad que la idea de la vida religiosa en la Iglesia muestra lo que Dios quiere en cierto sentido para todos. Pero existen “claustros de sustitución”. Los más espectaculares son las prisiones, los hospitales, los campos de concentración. Los más escondidos, pero no los menos eficaces, son consecuencia una situación familiar sin salida, una separación dolorosa, una injusticia amarga… o más sencilla y frecuentemente, un defecto de carácter, un complejo; es decir, un vicio contra el que se lucha y que nos aísla de los demás, arrinconándonos en un movimiento de huida, con las renuncias que implica.” (10)

 

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1.- “Ejercicios Espirituales”, Espasa-Calpe, Madrid 1961, pp. 104-5

2.- En Rev. Reinado Social nº793, Octubre 1997, p.41.

3.- “Diario íntimo”, Alianza Editorial, Madrid 1983, p.95

4.- RUIZ, A.: “Anécdotas teresianas”, Ed. Monte Carmelo, Burgos 1982, p.126

5.- Id, p.219.

6.- STINISSEN, W.: “Meditación cristiana profunda”, Sal Tarrae, Santander, 1980, p. 42

7.- Cf. SALES, L.: “La vida espiritual”, Madrid, 1977, p. 384.

8.-  UNAMUNO, “Diario íntimo” Alianza editorial, Madrid, 1983, p. 187

9.- VALCARCEL, A.: “El rapto de la moral”, en VV.AA.: “Etica día tras día”,    Ed. Trotta, Madrid 1991, p.424.

10.- MOLINIE, M.-D.: o. c., p.196.

 

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