Milenismo

La lectura primera de la liturgia de la misa de hoy, 25 de noviembre, es del capìtulo antepenúltimo del Apocalipsis y hace referencia a un periodo de tiempo de «mil años» (milenio o milenismo) en que la historia humana seguirá existiendo tras la Parusía de Jesucristo. 

Lectura del libro del Apocalipsis (20,1-4.11-15):

Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo con la llave del abismo y una cadena grande en la mano. Sujetó al dragón, la antigua serpiente, o sea, el Diablo o Satanás, y lo encadenó por mil años; lo arrojó al abismo, echó la llave y puso un sello encima, para que no extravíe a las naciones antes que se cumplan los mil años. Después tiene que ser desatado por un poco de tiempo. Vi unos tronos y se sentaron sobre ellos, y se les dio el poder de juzgar; vi también las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen y no habían recibido su marca en la frente ni en la mano. Estos volvieron a la vida y reinaron con Cristo mil años.
Vi un trono blanco y grande, y al que estaba sentado en él. De su presencia huyeron cielo y tierra, y no dejaron rastro. Vi a los muertos, pequeños y grandes, de pie ante el trono. Se abrieron los libros y se abrió otro libro, el de la vida. Los muertos fueron juzgados según sus obras, escritas en los libros. El mar devolvió a sus muertos, Muerte y Abismo devolvieron a sus muertos, y todos fueron juzgados según sus obras. Después, Muerte y Abismo fueron arrojados al lago de fuego —el lago de fuego es la muerte segunda—. Y si alguien no estaba escrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego.
Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo.

Según el Apocalipsis, el Juicio final y definitivo se dará, sí, al final de la historia humana, pero la Parusía o Retorno glorioso de Jesucristo se coloca al inicio de un largo período de paz y de bienestar universal, que es inaugurado por la condescendiente aparición del Señor de la historia al final de la Gran Tribulación, purificación global que sella los Últimos Tiempos.

Las palabras de San Mateo “como no la ha habido ni la habrá jamás”, referidas a la Gran Tribulación (Mt 24, 21), infieren claramente que la historia humana continuará después de los Últimos Tiempos y que una purificación de este tipo no volverá a suceder.

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Textos con referencias al Milenio o Milenismo

Hechos de los apóstoles 2

14Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. 15No es, como vosotros suponéis, que estos estén borrachos, pues es solo la hora de tercia, 16sino que ocurre lo que había dicho el profeta Joel: 17Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; 18y aun sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días, y profetizarán. 19Y obraré prodigios arriba en el cielo y signos abajo en la tierra, sangre y fuego y nubes de humo. 20El sol se convertirá en tiniebla y la luna en sangre, antes de que venga el día del Señor, grande y deslumbrador. 21Y todo el que invocare el nombre del Señor se salvará.

Joel 3

 [1]«Sucederá después de esto
que yo derramaré mi Espíritu en toda carne
.

Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán,
vuestros ancianos soñarán sueños,
y vuestros jóvenes verán visiones.
[2]Hasta en los siervos y las siervas
derramaré mi Espíritu en aquellos día
s.

[3]Y realizaré prodigios en el cielo y en la tierra,
sangre, fuego, columnas de humo
».
[4]El sol se cambiará en tinieblas
y la luna en sangre,
ante la venida del Día de Yahveh,
grande y terrible.

5          Y sucederá que todo el que invoque el nombre de Yahveh será salvo,          porque = en el monte Sión = y en Jerusalén = habrá             supervivencia =,          como ha dicho Yahveh,          y entre los supervivientes estarán los que llame             Yahveh.

 Zacarías 14

 [16] Y todos los supervivientes de todas las naciones que hayan venido contra Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey Yahveh Sebaot y a celebrar la fiesta de las Tiendas.

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Las profecias de Lourdes

Una carta de Bernadette Soubirous al Papa[1]:

“Al final vencerá el signo de la Cruz y todos los musulmanes se convertirán al cristianismo. Seguirá un siglo de paz y de bienestar, pues todas las naciones depondrán las armas. Seguirá una gran riqueza, pues el Señor derramará su bendición sobre los creyentes. En toda la Tierra no quedará ni una familia que viva en la pobreza y que sufra hambre. A un hombre de cada diez Dios le dará el poder de curar las enfermedades de los que piden ayuda. Después de estos milagros se escucharán los gritos de júbilo de un gran número de personas. El siglo XXI será denominado la “segunda Edad de Oro de la humanidad”.

[1] El 4 de noviembre de 1998 se publicó lo siguiente en una revista alemana Der Schwarze Brief nº 45/98 – Verlag Claus Meter Clausen. Lippstadt, Alemania.

La Virgen de la Salette

Jesucristo será servido, adorado y glorificado; en todas partes florecerá la caridad. Los nuevos reyes serán el brazo derecho de la Santa Iglesia que será fuerte, humilde, piadosa, pobre, celosa e imitadora de las virtudes de Jesucristo.

El Evangelio será predicado en todas partes, y los hombres harán grandes progresos en la fe, porque habrá unidad entre los obreros de Jesucristo y los hombres vivirán en el temor de Dios.

Santa Hildegarda

El Espíritu Santo derramará sobre el pueblo el rocío de su gracia con la profecía, la sabiduría y la santidad, de forma que parecerá que el pueblo se haya transformado, asumiendo otra regla de vida, una regla buena.

Entonces los verdaderos ángeles se unirán amistosamente con los hombres.

La Beata Ana María Taigi

Todos los enemigos de la Iglesia, ocultos o aparentes, perecerán en las tinieblas, con excepción de algunos que Dios convertirá después

Los cirios benditos preservarán de la muerte así como las oraciones a la Santa Virgen y a los ángeles. Después de las tinieblas San Pedro y San Pablo descenderán de los cielos, predicarán en todo el universo y designarán el Papa. Una gran luz saldrá de su persona e irá a posar sobre el Cardenal futuro Papa”.

 Después naciones enteras volverán a la unidad de la IGLESIA y muchos turcos, paganos y judíos se convertirán y su fervor llenará de confusión a los viejos cristianos. En una palabra me decía ANA MARIA que el Señor quería limpiar el mundo y su Iglesia, para lo que preparaba un renacimiento milagroso, triunfo de su misericordia… Todo esto ocurrirán cuando parezca que la Iglesia ha perdido todos los medios humanos para enfrentarse a las persecuciones. Las pruebas descubrirán los pensamientos secretos de los corazones. Vencerán aquellos a quienes conceda el espíritu de humildad.

 San Pío de Pîetrelcina

Después de los castigos, los ángeles bajarán del cielo y difundirán el espíritu de paz sobre la tierra.

Un sentimiento de inconmensurable gratitud se apoderará de los que sobrevivan a esta terrible prueba.

Mensajes de la Virgen al padre Gobbi

Se acerca el momento de la segunda venida de Jesús, del regreso de Cristo en la gloria, para instaurar entre ustedes su Reino de gracia, de santidad, de justicia, de amor y de paz.

Es su retorno glorioso, para instaurar entre ustedes su Reino y devolver a toda la humanidad, redimida por su Preciosísima Sangre, al estado de su nuevo Paraíso terrenal.

 Cristo instaurará su Reino Glorioso en el triunfo universal de su Reino Eucarístico,  … llevará a hacer la experiencia de su segundo, renovado y más hermoso Paraíso Terrenal.

Esta versión que henos presentado en las transcripciones no riñe con el Magisterio de la Iglesia. Es la que llamamos milenismo católico, consecuencia de una interpretación literal pero realista, y equilibrada con lo obviamente alegórico. Es la versión aceptada históricamente por los Padres de la Iglesia en los primeros siglos, en personas y obras como los siguientes: los escritores de la Didajé o doctrina de los Apóstoles, la epístola de San Bernabé, San Papías, San Justino, San Ireneo, Tertuliano, Nepote, San Victorino, San Metodio, Commodiano, Lactancio, Quinto Julio Hilariano, San Zenón, y San Ambrosio.

 El demonio, uno de los tres enemigos del alma será neutralizado

La redención conlleva necesariamente la completa liberación de la humanidad del poder de Satanás.

Todo lo tanto que ha sido efecto de la activa presencia en la vida humana de Satanás, deberá desaparecer. Ya no habrán falsas ideologías, filosofías inmanentistas racionalmente absurdas. No habrá gobiernos ateos y perseguidores, escándalos sociales, legislaciones inmorales, instituciones laicistas que niegan…

Al hombre le queda la necesidad de la lucha espiritual para mantenerse digno de Dios. No será una era de solo bienestar así como fue concebida por los varios milenaristas. No será pues un reino hecho de bienes materiales, no un reino de Dios que ignore el esfuerzo ascético de la lucha espiritual, no un tiempo áureo afianzado por un poder político directo o controlado por la Iglesia, no un reino visible de Dios a la Chaubaty sobre una humanidad pura, sin pecado original. Seguiremos afectados por la pérdida de las cuatro inmunidades (del dolor, de la muerte, de la ignorancia y de la concupiscencia), debidas al pecado original.

El pecado original y sus consecuencias seguirá pesando sobre los hombres durante el milenio.

Con su redención Cristo nos ha alcanzado, a través del bautismo, la remisión del pecado original, no la liberación de las consecuencias que son la pérdida de las cuatro inmunidades (del dolor, de la muerte, de la ignorancia y de la concupiscencia).

Todo esto quiere decir que continuará la posibilidad de pecados y sufrimientos.

La concupiscencia, afirma el Concilio de Trento, permanece en los hombres para la lucha, y por lo tanto para la conquista del mérito y del premio a favor de aquellos que han sabido vencerla, puesto que, dice san Pablo. “No será coronado sino aquel que haya luchado legítimamente” (2 Tim. 3,5).

No ignoramos la advertencia del Concilio Vaticano II: “Toda la historia humana está invadida por una lucha tremenda contra las potencias de las tinieblas; lucha comenzada desde el origen del mundo, que durará, como dice el Señor, hasta el último día” (Gaudium Spes, 37). No nos parece que este texto esté en contradicción con todo lo que estamos diciendo a costa del encarcelamiento de Satanás predicho por el Apocalipsis.

 

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Relato novelado sobre el Milenismo [1]

Había transcurrido dos mes y medio desde que Dios interviniera contundentemente para salvar a la Tierra. Hoy se cumplían los cuarenta y cinco días depuse de los mil doscientos noventa días, en que se diera la gran tribulación. El Hacedor del mundo, el Dueño de la Historia, después de purificar su creación, el mundo y a su iglesia y de arrancar de cuajo toda la mala hierba y arrojarla al fuero infernal, preparaba un renacimiento milagroso para toda la Humanidad.

Los que cedieron al Anticristo, recibiendo su marca en la frente o en la mano, no por complicidad sino por temor, que fueron los más, una vez vencido el aquel, hicieron penitencia, reconocieron a Cristo como el Señor del mundo y se integraron a su Iglesia, la de los viadores durante el Milenio.

Con la experiencia purificadora vivida y los cuarenta y cinco días posteriores, los sobrevivientes habían cambiado por completo. La transformación psíquica y espiritual había sido extraordinaria, las almas arrepentidas, purgadas, estaban dispuestas, como tierra desbrozada, a recibir la semilla de la gracia divina.

 Hoy viernes 14 de junio de 2024, día de la Solemnidad de los Sagrados Corazones, el de Jesús, hoy, y el Inmaculado de María, mañana sábado. Todos los habitantes de la tierra, tras los duros días vividos, abarrotaban las iglesias y las catedrales, en espera impaciente de las palabras de Dios a través del profeta Daniel: “Dichoso aquel que sepa esperar y alcance mil trescientos treinta y cinco días”[2].

 A las doce del medio día, cuando en todos los templos se adoraba el Cuerpo de Cristo, expuesto en custodias, y se pedía en oración: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor, envía tu espíritu y todo será creado, y renovarás la faz de la tierra”[3], de pronto, se hizo un silencio excepcional e irrumpió una hermosísima luz; envuelto en ella apareció la figura majestuosa y gloriosa de Jesucristo, junto a su Madre María.

        —Paz a vosotros.

        Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado, que irradiaban torrentes de luz.

        Oh, con qué alegría encendió a todas las almas!
         Luego dijo:

      —Hoy derramo sobre vosotros mi Espíritu de un modo tan grandioso, como en el primer Pentecostés. Esta nueva efusión del Espíritu Santo, como un celestial rocío de gracia, renovará la faz de la tierra, haciendo un mundo más espiritual. Con el Advenimiento de mi Reino en las almas, será el Espíritu Santo el que con el fuego de su amor y con los carismas mantendrá purificada la nueva Iglesia. Un fuego que quema y limpia, transforma y santifica, que renueva la Creación desde sus mismos fundamentos, que abre los corazones a una realidad de vida y lleva a las almas a la plenitud de santidad y de gracia. Este renovado soplo del Espíritu Santo planificará sus dones, carismas e inspiraciones. Dios Padre ha querido bendeciros con este segundo Pentecostés. Vais conocer un amor que es más grande y una santidad que es más perfecta que ninguna de las que habéis conocido hasta ahora. El Espíritu Santo viene para instaurar mi reino glorioso y será un reino de gracia, de bondad, libertad, justicia, fraternidad y de paz.

         Y diciendo esto, exhaló su aliento:
        —Recibid el Espíritu Santo en mayor plenitud.

El Espíritu Santo, como una lengua de fuego en siete colores se suspendió singularizándose sobre Pedro Fáñez, que se hallaba en la basílica de Vaticano donde los prelados sobrevivientes de todo el mundo habían sido convocados. Monseñor Pedro Fáñez, al igual que cuando Moisés descendió de la montaña del Sinaí, se le puso piel radiante y rostro resplandeciente. La Iglesia entera comprendió que Dios le había elegido como nuevo vicario de Cristo en la tierra.

Después, Jesucristo y María desaparecieron en la luz que les envolvía; ésta, seguidamente, se fue difuminando poco a poco hasta extinguirse.

 El “venga a nosotros tu reino” se estaba haciendo realidad en aquel momento: un reino espiritual de Dios en los corazones de todos los hombres, convertidos en hijos dóciles a la voluntad del Padre. Se percibía patente el esplendor de la vida superior manifestarse en los corazones y una santa emoción de bienaventuranza embargar a todos los seres humanos. Se cumplían las palabras de Dios través del profeta:

“Sucederá después de esto
que yo derramaré mi Espíritu en toda carne.
Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán,
vuestros ancianos soñarán sueños,
y vuestros jóvenes verán visiones.”
[4]

La radiante gracia divina se manifestó en todos los seres humanos. Una santa y alegre emoción les embargo. Sólo era cuanto podían soportar, una ínfima parte del esplendor que habrá un día…

Al salir de las iglesias, el cielo comenzó llover en todas las partes; durante tres días estuvo lloviendo sin parar. La tierra se empapó de agua, los manantiales se renovaron con aguas potables, y pronto, en la tierra yerma y abrasada, comenzaron a germinar brotes verdes.

 La naturaleza, en poco tiempo, renacía con  brío, más fructífera y generosa que nunca. La Humanidad sobreviviente, en una comunión fraterna admirable y con un entusiasmo desbordante, comenzaba a reconstruir las partes habitables del planeta.

La “ciudad del Gran Rey” es Jerusalén[5]. Ella, en el monte santo de Sión, como sede del Reino de Cristo, sería en adelante donde estaría ubicada la Iglesia. El Sumo Pontífice Santiago I se trasladó de Filadelfia a la ciudad santa, donde a partir de ahora, tras la conversión del pueblo judío y de todos los pueblos de la tierra, estaría la sede papel. En el tabernáculo del templo, templo de Ezequiel, estará hasta la consumación final del mundo la Santa Forma incorrupta que Pedro trasladó consigo, el Corpus Christi, Santa Alianza eterna de Dios Padre con sus hijos en el Hijo.

Cuando el 29 de junio, día de la festividad de san Pedro y San Pablo, el nuevo papa con nombre de Santiago I inauguró oficialmente su pontificado, renunció a la ceremonia de su coronación, simbolizando su humilde condición humana y su vocación de servicio. Celebró la Eucaristía, como fuente y cumbre hacia donde tienda toda la vida de la Iglesia. En sermón litúrgico se dirigió a la humanidad entera:

Nosotros esperamos, según la promesa de Dios, cielos nuevos y una tierra nueva en la que reine la justicia”[6], estas palabras de esperanza del primer papa, san Pedro, se ven hechas realidad en las de san Pablo, que tienen lugar hoy: Vetera transierunt et ecce facta sunt omnia nova, pasó lo antiguo y he aquí que se han hecho nuevas todas las cosas.[7] Hoy, amadísimos hermanos, principiamos de manera extraordinaria las promesas y los gozos del Reino de Dios. Jesús dijo que destruído el templo en tres días lo edificaría[8]. En su día no le creyeron; entonces su Cuerpo fue sujeto a la muerte ante los ojos de los hombres y a la oscuridad durante tres días. En el presente, de igual modo la tierra entera ha sido sujeta a la oscuridad durante tres días.

Gracias a la intervención divina, Satanás ya no tiene lugar entre nosotros. El Demonio ha sido encadenado, arrojado de la tierra y encerrado en el Abismo, y ya no seducirán a las naciones. A partir de ahora, el mundo conquistado por Cristo, estará glorificado por la presencia de su Espíritu, bajo su reinado solo cabe la comunión fraterna de todos los habitantes de la tierra, como hijos de Dios. Hoy, queridos hermanos, cobran pleno sentido las palabras del santo papa Pío XII cuando proclamó la certeza de que “la restauración del Reino de Cristo por María no podrá dejar de realizarse, de manera que, por su poderosa intercesión y su auxilio constante, se realice por fin el Reino de Cristo, reino de verdad y de vida, reino de santidad y gracia, reino de justicia, de amor y de paz.” Hoy, amados hermanos, se está haciendo realidad el Reino Milenario. Aquel que Dios anunciara a través de sus profetas. El reinado del Hijo de Dios, Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores.

Hoy queda inaugurado el Reinado Eucaristico y de los Sagrados Corazones de Jesús y María, proclamada Reina y Señora de Cielo y Tierra.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo. Tu rex glóriæ, Christe.

La gloria del Reino Celestial es también la gloria del Reino Milenario de Cristo, su Iglesia Militante. En “el séptimo tiempo, cuando la militante sea conforme a la triunfante en cuanto es posible en este mundo”[9] . La Iglesia -y en ella la Humanidad incorporada- estaba siendo renovada y glorificada por el Nuevo Pentecostés, un nuevo eón histórico donde la Humanidad purificada sigue en prueba, muy favorecida tanto sobrenatural como naturalmente, libre de la influencia demoniaca, abarcando toda la humanidad que vivía la “Civilización del Amor y de la Paz”.

Durante este tiempo milenario la vida en la tierra se convertía en un paraíso, la tierra prometida, una arcadia feliz, un mundo cimentado en los valores cristianos, un mundo santificado, donde la presencia de Dios se sentía como en el un jardín en Edén, y el ser humano había recobrado su en buena medida inocencia original.

La tierra fue fi­nalmente de los bienaventurados: de los sencillos, de los justos, de los misericordiosos, de los pobres y humildes, de los manos y pacíficos, de los inocentes y limpios de corazón.

Los que se habían sometido al Anticristo, recibiendo su marca en la frente o en la mano, no por complicidad sino por temor invencible, tras arrepentirse y hacer penitencia, fueron integrados la Iglesia. En cuanto a los que se negaron a prosternarse ante el Anticristo y sobrevivieron, los que Jesús dijo “dichosos los que crean sin haber visto”[10], fueron singularmente transfigurados y agraciados con todo tipo de carismas. Dones místicos que se manifiestan en las almas santas: profecía, poder de sanación, discernimiento de espíritus, don de lenguas, visiones, revelaciones, habilidad infusa para el ejercicio de las artes, ciencia, estigmas, éxtasis, bilocación, levitaciones, sutilezas, luminosidad…, conocer los pensamientos, inedia o ayuno absoluto, vigilia (privación prolongada de sueño). En ellos se cumplían plenamente las promesas de Jesús: “A los que creyeren les acompañarán estos prodigios: En mi nombre arrojarán los demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán en sus manos las serpientes y, aunque bebieren algo mortífero, no les dañará; pondrán sus manos sobre los enfermos y estos sanarán[11]. «En verdad, en verdad os digo que el que cree en mí, hará las obras que yo hago, y las hará aún mayores que éstas[12].

Se cumplió el “venga a nosotros tu reino”, la promesa divina de un único rebaño bajo un solo Pastor y las palabras de Dios, a través de su profeta Zacarías: “Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí.”[13] La religiosidad floreció en la tierra de manera admirable. La Iglesia se universalizó, y como madre guió el destino espiritual de la Humanidad según la voluntad de Dios. El Aliento del Espíritu Divino la impregnó la vida la Iglesia y de la sociedad entera. No hubo ya fuera de la Iglesia Católica ninguna religión ni secta. Dios fue adorado, amado y reconocido y servido en realidad y verdad.

 El estilo de vida de comunión fraterna de las comunidades cristianas como Filadelfia se había extendido al mundo entero. La Humanidad entera se habrá convertido en una gran familia, una comunidad de amor. Donde todos cuidarán de todos: ya nadie morirá de hambre, solo, abandonado… La vida en la tierra durante el milenio sería la plasmación espiritual del reino de Cristo, un reverbero de la Gloria, el reinado del amor fraternal que dimana de la vida trinitaria.

Aunque la Humanidad había recibido un plus de vida, de sobrenaturalidad, de gracia elevante, aún estaba sometido a su radical contingencia de su condición ser humano, que perdió la inocencia y seguirá siendo imperfecto aunque haya ganado en santidad. Estará hasta el fin sometido a la debilidad de la carne y su concupiscencia.      Si alguien tenía ocasionalmente un comportamiento impropio, se le corregía fraternamente y se le perdonaba.

Los nuevos gobernantes, respetando la autonomía de lo humano, conducirán servicialmente a sus conciudadanos según la voluntad de Dios, en comunión con la Iglesia. La Santa Iglesia será guía y madre, celosa e imitadora de las virtudes de Jesucristo: pobre y generosa, fuerte y misericordiosa, humilde y piadosa.

Se vivía en una paz paradisíaca… sin armas ni ejércitos; cumpliéndose las palabras del profeta: forjarán ellas sus espadas en azadones, y sus lanzas en podaderas. No blandirá más la espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra[14]. Se gozaba de un tiempo de paz y espiritualidad como nunca hubo existido en tierra. Una resurrección de conciencia hacia la santidad de los hombres. La paz más bella y universal reinaba y reinaría durante siglos.

 Un Reino verdaderamente universal, cumpliéndose así las profecías veterotestamentarias: A él se le dio el poder, la gloria y el reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán[15]; le adorarán todos los reyes de la tierra, todas las naciones le servirán[16]. Era un Reino de justicia y de paz[17]. Era un Reino de prosperidad, consecuencia de la paz y la justicia[18]. Era sobre todo un Reino de amor, en que Dios se mostrará especialmente afectuoso con los hombres[19].

 

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[1] Texto del capítulo 51 de la novela «El fin de los tiempos», de Luis Miguel Mata Morales.

[2] 12,12.

[3] Salmo 104,30.

[4] Joel 3,1.

[5] Cf. Mt 5,35.

[6] 2 Pe 3,13.

[7] 2 Cor 5,17.

[8] Mt 26,61.

[9] Cf. San Buenaventura.

[10] Juan 20,29.

[11] Mc 16,17-18.

[12] Jn 14,12.

[13] Zac 12,10.

[14] Miq 4,3.

[15] Dan 7,14.

[16] Ps 71,11.

[17] Cf. Is 60,18; 32,17; Ps 71,3.

[18] Cf. Ez 34,26-27; Os 2,23-24; Am 9,13.

[19]Cf. Is 66,12-13.

 

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