«Sin misericordia será juzgado el que no hace misericordia» (Sant 2,13a).
«Por la misericordia y la fe se limpian los pecados» (Prov 15,27).
«La misericordia hace sublime el juicio» (Sant 2,13b).
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Se efectuó el juicio final, todos los seres humanos fueron pasando por la balanza de la justicia, y al final todo fueron salvos. Tan sólo a uno, pese a los esfuerzos del cielo por vencer el fiel de la balanza del lado de ese hombre, fue imposible salvarlo. María, la madre de Dios, que se hallaba presente se entristeció a tal extremo por aquella única pérdida, que se le escapó una lágrima, yendo a caer en el platillo vacío de la balanza del haber de aquel hombre condenado. Y, ¡oh!, el fiel de la misma se elevó súbitamente. San Pedro, con regocijo, llamó la atención del Señor, y Este, al ver lo sucedido, le dijo: —Pedro, ya ves, nada hay invencible para la tiernísima compasión del corazón de una madre.
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María no es la que salva, pero seduce al que salva. (Él ha querido que fuera así).
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«Grande es el premio de la misericordia. Dios ha prometido que en atención a ella perdonaría todos los pecados. Si oyeres -dice- a los que te suplican, yo escucharé tus ruegos. Si te compadecieres de los que sufren, yo me compadeceré de ti en tus aflicciones.» (Lactancio)
Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.