La virtudes

   

             “El Reino de Dios no consiste en la palabrería, sino en la virtud.” (1 Cor 4,20).

         “Por eso debéis esforzaros con toda diligencia en mostrar en vuestra fe virtud, en la virtud ciencia, en la ciencia templanza, en la templanza paciencia, en la paciencia piedad, en la piedad amor fraterno, en el amor fraterno caridad.”  (2 Pe 1,5-7).             

           

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           Dijeron unos cortesanos al rey don Enrique IV de Castilla:

           —Señor, no parece bien que un rey tan poderoso como Vuestra Majestad vista de paño basto, como la gente del pueblo. La corte toda vería con mucho júbilo que Vuestra Majestad gastara ricas galas y lujosos trajes en vuestras caballerizas, como los monarcas extranjeros.

           —Engañados estáis —respondió don Enrique—. Un rey no debe llevar ventaja a sus súbditos en el traje sino en las virtudes. El dinero lo da Dios a cualquiera; la virtud, sólo a los buenos.

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                 No me habléis de la realeza ni del que se ciñe diadema. Si no posee la virtud, es más miserable que el más pobre harapiento. (San Juan Crisóstomo).

 

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           El filósofo Sócrates fue condenado a muerte. Cuando ya se aproximaba la ejecución, uno de sus jóvenes discípulos, Critón, le preguntó:

           -¿Qué nos recomiendas como importante a tus hijos?

           —Te repito lo que siempre os dije: que seáis ricos en virtudes.

               

 

           El centro de la ética socrática es el concepto de virtud, para Sócrates, es la disposición última y radical del hombre, aquello para lo cual ha nacido propiamente.

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Virtud significa “fuerza”, y las virtudes arraigadas en el alma constituyen una “fuerza” de esta para el bien (J. L. Aranguren).

“La virtud puede definirse como el hábito operativo bueno (Cfr. S.Th.,I-II,q.55,a.3,c). Esto quiere decir que son un tipo de cualidades estables, y por eso son hábitos y no meras disposiciones o cualidades transeúntes.”[1]        

“La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas su fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas.”[2]

“El bien de la virtud moral consiste en la adecuación a la medida de la razón” (Santo Tomás de Aquino y también San Agustín).

 Las virtudes humanas (y los vicios) se adquieren y aumentan por repetición de actos.

“No hay virtud sin religión, ni felicidad sin virtud” (Ramón y Cajal).

“La naturaleza no nos otorga la virtud: ser buenos es un arte.” Séneca. La naturaleza humana está herida, por el pecado original, dañada no tiende per se hacia las virtudes; para que esto sucede hay que conquistarlas a base de esfuerzo ascético y de gracia divina. “Considerar cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo sino de la gracia de Dios. ” (San Juan Crisóstomo [3]).

“La virtud no es algo abstracto, separado de la vida, sino, al contrario, tiene profundas «raíces» en la vida misma, brota de ella y la forma. La virtud incide sobre la vida del hombre, sobre sus acciones y sobre su conducta. Se deduce de ello que, en todas estas reflexiones nuestras, no hablamos tanto de la virtud como del hombre que vive y actúa «virtuosamente»; hablamos del hombre prudente, justo, valiente” (San Juan Pablo II[4]).

“La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto” (San Alfonso María de Ligorio) . “Practiquemos la caridad, sin la cual todas las demás virtudes pierden su brillo (San León Magno[5]). “Así como las ramas de un árbol reciben su solidez de la raíz, así también las virtudes, siendo muchas, proceden de la caridad. Y no tiene verdor alguno la rama de las buenas obras si no está enraizada en la caridad” (San Gregorio Magno[6]). “Toda virtud halla su vida en el amor” (Santa Catalina de Siena).

“(La humildad es) madre y maestra de todas las virtudes” (San Gregorio Magno[7]). “Amad la humildad, que es fundamento y guarda de todas las virtudes” (San Bernardo[8]).

“La primera virtud del cristiano y la que comprende todas las demás, es vivir como caminante y extranjero en la tierra: no tomar parte en las cosas y asuntos del mundo; mirarlas todas sin apego, como que están fuera y separadas de nosotros.” (S. Juan Crisóstomo[9]).

“El objetivo de una vida virtuosa es ser semejantes a Dios” (San Gregorio de Nisa).

No hay persona buena sin virtudes, al igual que no ha cristiano sin ellas. Se decía en la Grecia clásica: se afirmaba que no hay hombre si no hay virtud. “La verdadera dignidad y excelencia del hombre consiste […]en la virtud. La virtud es patrimonio común de todos los mortales, e igualmente la pueden alcanzar los altos y los bajos, los ricos y los pobres” (León XIII[10]).

La virtud es un hábito  orientado hacia el bien, y hacia la felicidad. Tanto en Grecia: “Los que obran bien son los únicos que pueden aspirar en la vida a la felicidad”(Aristóteles[11]) ;  como en Roma: “La felicidad dependía de la virtud: la felicidad sigue a la virtud como la sombra al cuerpo” (Séneca y el estoicismo), y posteriormente Boezio: “El que es virtuoso, es sabio; el que es sabio es bueno, y el que es bueno es feliz”.

Estoicismo  cifra su felicidad en el simple ejercicio de la virtud. ¿La virtud por la virtud puede dar la felicidad? La virtud que termina siendo virtud por ella, es una virtud que se corrompe; pues ha de estar acompañada de la humildad y la inocencia (no pena conciencia de su virtud).

“No piensan que la felicidad resida en todo placer sino sólo en aquel que es bueno y honesto y que a esto como a la perfecta bienaventuranza nuestra naturaleza es llamada y atraída precisamente por la virtud, la única a la que los que nos son de contraria opinión atribuyen la felicidad. Pues ellos definen que la virtud es la vida ordenada de acuerdo con la naturaleza y que nosotros estamos orientados a esto pro Dios” (Tomás Moro, p.149)

Unas virtudes pueden proporcionar, desarrollar… sentimientos. Y las emociones y los sentimientos pueden ser asumidos por las virtudes.

“S. Tomás vio cómo, si los `buenos sentimientos´ comienzan en la pasión y terminan en la razón, con las virtudes ocurre lo contrario, porque ellas son el fruto de un anclaje en la realidad buena, conforme a la inteligencia. En resumen: los sentimientos nos son dados, no dependen de nosotros, en tanto que las virtudes son adquiridas, comenzando por la razón y terminando -diríamos hoy-  en la praxis. Una relativa `constancia temporal’ le es necesaria a la virtud.”[12]

“Es necesario cultivar con solidez estas dos virtudes: la dulzura con el prójimo y la santa humildad con Dios.” (San Pío de Pieltrecina)  

“No existe en esta vida una virtud más eminente que el hacer sencillamente lo que tenemos que hacer.” (José María Pemán)

“La virtud es una disposición del alma que se ajusta a la razón. Todo lo que es contrario a la recta razón es pecado.” ( San Clemente de Alejandría).  La conducta de hoy día, en cambio, no se fundamenta en ley natural o recta razón, lo racional y razonable, sino en el capricho y el interés.

“Se virtuoso y te tendrán por excéntrico.” (Mark Twain.) Hoy diríamos “fiqui”, raro, poco frecuente. Con lo que está todo dicho. Es decir, algo que no se aprecía, estima ni desea.  Las virtudes están descreditadas, y carentes de reconocimiento. Las actitudes hacia el valor moral y espiritual son las virtudes. Lo moral y lo espiritual cada vez son menos reconocibles, hoy domina la materia y el placer mostrenco.

“Ser pequeño es también no atribuirse a uno mismo las virtudes que se practican, creyéndose capaz de algo, sino reconocer que Dios pone ese tesoro en la mano de su hijito para que se sirva de él cuando lo necesite; pero es siempre el tesoro de Dios. También es no desanimarse por las propias faltas, pues los niños caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño”. (Santa Teresa de Lisieux[13] ).

“No hay que alimentar voluntariamente pensamientos de orgullo. Si, por ejemplo, me dijese a mí misma: “He adquirido tal virtud y estoy segura de poder practicarla”, eso sería apoyarse en los propias fuerzas , y cuando se hace eso, se corre el peligro de caer al abismo. Pero si soy humilde, si soy siempre que pequeña, tendré el derecho de hacer pequeñas travesuras hasta el día de mi muerte sin ofender a Dios. Mira, los niños: están siempre rompiendo cosas, rasgándolas, cayéndose, a pesar de querer mucho a sus padres”. (Santa Teresa de Lisieux[14])

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“La prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza se llaman virtudes cardinales (de cardo, que significa quicio o gozne), porque son como la base que sostiene toda la vida moral  y a la que se reducen las demás virtudes.”[15]  

“Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales son infundidas pro Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf. 1 Co 13,13).”[16]

“Las virtudes naturales se adquieren por medio del esfuerzo natural, Las virtudes sobrenaturales se nos infunden por medio del la gracia, que es participación en la naturaleza de Dios. Estas virtudes representan el modo  como nuestro espíritu finito queda capacitado para co-relizar la infinita vida divina. Se le da al espíritu finito queda capacitado para co-realizar la infinita divina. Se le da al espíritu  finito la capacidad para ello  -la palabra “infusión” es suficientemente significativa-; se le da no meramente como una “facultad”, sino como una plenitud de vida, de la que sólo necesita sacar agua para regar todo el jardín de su finitud y su temporalidad, y hacer brotar en él plantas eternas.”[17]

“Para entender rectamente la vida divina de la gracia en nosotros es esencial que no tergiversemos la infusión de las virtudes divinas, interpretándola como una especie de adquisición. La fe y la caridad, a las que se añade la esperanza, hay que entenderlas ante todo como la expresión aquí abajo inteligible, comunicable, de la vida eterna. Como algo que se encuentra muy por encima de las posibilidades del entendimiento y la voluntad naturales. Como algo que brota directamente de la fuente intimísima de la vida trinitaria”.[18]

“El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es “el vínculo de la perfección” (Col 3,14); es la forma de las virtudes; las articula y ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino.”[19]

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

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[1] IRODRIGUEZ LUÑO, A.: “Ética”, Ed. Universidad de Navarra, SA, p.131.

[2] CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1992, n. 1803.

[3] hom. in Mt 19,5.

[4] Aud. gen. 22-11-1978.

[5] Sermón 72, sobre la Ascensión del Señor.

[6] Hom. 27 sobre los Evang.

[7] Moralia, 23.

[8] Sermón en la Natividad del Señor, 1.

[9] Homi. 24, ad Hebr., sent. 386, Tric. T. 6, p. 384.

[10] Enc. Rerum novarum, 15-V-1891.

[11] La virtud del alma nos hará vivir bien. Decimos que “vivir bien y obrar bien” no es otra cosa que la felicidad: luego, ser feliz y la felicidad están en vivir bien. Y vivir bien consiste en vivir de acuerdo con la virtud. La virtud es, por tanto, el fin, la felicidad y lo mejor. (ARISTOTELES: “Gran Etica”, Sarpe, Madrid 1984.  Libro I, Cap. IV, p. 40).

[12] DIAZ, C.: “El sujeto ético”, Ed. Narcea, Madrid, 1983, p.204.

[13] Manuscritos 4,22.4.

[14] Manuscritos  4,23.4.

[15] IRODRIGUEZ LUÑO, A.: “Etica”, Ed. Universidad de Navarra, SA, p.139.

[16] CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1992, n.1813.

[17] URS von BALTHASAR, H.: “Ensayos teológicos”, I, Guadarrama, Madrid, 1964, pp.215-6.

[18] URS von BALTHASAR, H.: “Ensayos teológicos”, I, Guadarrama, Madrid, 1964, pp.218.

[19] CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1992, n.1827.