
El Evangelio de la Liturgia del día 10 de abril, (Jn 21,1-14), narra la tercera aparición de Jesús resucitado a los apóstoles. De la cual nos aparecido reseñar ciertos aspectos, que pasamos a exponer:
- Los apóstoles estaban haciendo una tarea humana, pescar y en la noche. Y se presenta Jesús, y todo cambia: empieza a amanecer, y donde no había nada de pesca surge una grandísima pesca (153 peces) que sobrepasa todo cálculo, no caben en las redes. Y Jesús les encomendará más tarde otra tarea: la de ser pescadores de hombres.
- «Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. (…) Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: `Es el Señor´.» Ninguno de los presentes reconoció a Jesús excepto Juan, el que reclinó la cabeza sobre el pecho (corazón) de Jesús en la última cena, el discípulo más entrañable de Jesús, cercano, intimo, contemplativo. Esto son los que verdaderamente conocen al Señor.
- «Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua.». Pedro, que se encontraba como cuando Adán en el Paraíso, desnudo; se sumerge en el agua del bautismo ante la presencia del Resucitado, para resucitar a la nueva vida.
- Otro detalle es este que pasa como desapercibido: «Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús». ¿Tan cambiado estaba? ¿No tenía su aspecto de antes de resucitar? En efecto, estaba en su condición de resucitado, transfigurado. Tenía su corporalidad, era de carne y hueso, no un fantasma. Pero para verlo «perfectamente», tal cual era ahora, se necesitaba una visión sobrenatural, una ruptura de nivel, solo con los ojos de la fe —como Juan— se le podía realmente ver.
- San Pedro se lanzó al agua, para ir al encuentro del Señor. En verdad, que para ir en busca de Jesús y seguirle hay que tener un grado de coraje, de valentía, de echarse adelante, sin cálculos ni especulaciones…, movidos por un insulso que sale de dentro al saber que Dios está ahí delante de ti, te llama, te invita y te espera.
- «Cristo resucitado nos invita a un nuevo impulso, a todos, a cada uno de nosotros, nos invita zambullirnos en el bien sin miedo de perder algo, sin hacer demasiados cálculos. Para ir al encuentro de Jesús hay que comprometerse. Hay que tomar posición con valentía, recomenzar, y recomenzar comprometiéndose, arriesgar.» (Papa Francisco).
Lectura del santo evangelio según san Juan (21,1-14):
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.»
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron: «No.»
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.»
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: «Vamos, almorzad.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
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PALABRAS PAPA FRANCISCO
(Regina Caeli, 1 de mayo de 2022)
El Evangelio de la Liturgia de hoy (Jn 21,1-19) narra la tercera aparición de Jesús resucitado a los apóstoles. Es un encuentro que tiene lugar a orillas del lago de Galilea e implica sobre todo a Simón Pedro. Todo comienza con él que les dice a los otros discípulos: «Voy a pescar» (v. 3). Algo normal, era un pescador, pero había abandonado este oficio desde que dejó las redes para seguir a Jesús, precisamente a orillas de este mismo lago. Y ahora, mientras el Resucitado se hace esperar, Pedro, tal vez algo desmoralizado, les propone a los otros volver a la vida de antes. Y estos aceptan: «También nosotros vamos contigo». Pero «aquella noche no pescaron nada» (v. 3).
También a nosotros nos puede pasar que, por cansancio, desilusión, quizás por pereza, nos olvidemos del Señor y descuidemos las grandes opciones que hemos tomado, para contentarnos con otra cosa. Por ejemplo, no dedicamos tiempo a hablar en familia, y preferimos los pasatiempos personales; nos olvidamos de la oración, dejándonos arrebatar por nuestras necesidades; descuidamos la caridad, con la excusa de las prisas diarias. Pero al hacer esto nos sentimos desilusionados: era precisamente la desilusión que sentía Pedro, con las redes vacías, como él. Es un camino que te hace retroceder y no te satisface.
¿Qué hace Jesús con Pedro? Vuelve de nuevo a la orilla del lago donde lo había elegido a él, y a Andrés, Santiago y Juan, a los cuatro los había elegido allí. No hace reproches —Jesús no reprocha, toca el corazón, siempre—, sino que llama a sus discípulos con ternura: «Muchachos» (v. 5). Luego los exhorta, come en el pasado, a echar de nuevo las redes con valentía. Y una vez más las redes se llenan hasta lo inverosímil. Hermanos y hermanas, cuando en la vida tenemos las redes vacías, no es el momento de autocompadecernos, de divertirnos, de volver a los viejos pasatiempos. Es el momento de ponerse en camino con Jesús, es el momento de hallar el valor de recomenzar, es el momento de navegar mar adentro con Jesús. Tres verbos: volver a empezar, recomenzar, zarpar de nuevo. Siempre, ante una desilusión, o ante una vida que ha perdido un poco su sentido —“hoy siento que he retrocedido…”—, ponte de nuevo en camino con Jesús, reinicia, navega mar adentro. ¡Está esperándote! Y Él piensa solo en ti, en mí, en cada uno de nosotros.
A Pedro le hacía falta ese “shock”. Cuando oye a Juan gritar: «¡Es el Señor!» (v. 7), se lanza inmediatamente al agua y nada hasta donde estaba Jesús. Es un gesto de amor, porque el amor va más allá de lo útil, lo conveniente y lo debido; el amor genera asombro, inspira impulsos creativos, gratuitos. Así, mientras Juan, el más joven, reconoce al Señor, es Pedro, más anciano, quien se lanza al agua para ir a su encuentro. En esa zambullida está todo el impulso recobrado de Simón Pedro.
Queridos hermanos y hermanas, hoy Cristo resucitado nos invita a un nuevo impulso, a todos, a cada uno de nosotros, nos invita zambullirnos en el bien sin miedo de perder algo, sin hacer demasiados cálculos, sin esperar a que empiecen los otros. ¿Por qué? No esperar a los otros, porque para ir al encuentro de Jesús hay que comprometerse. Hay que tomar posición con valentía, recomenzar, y recomenzar comprometiéndose, arriesgar. Preguntémonos: ¿soy capaz de un arranque de generosidad, o contengo los impulsos del corazón y me cierro en la costumbre, en el miedo? Lanzarse, zambullirse. Esta es la palabra de hoy de Jesús.
Luego, al final de este episodio, Jesús le hace tres veces a Pedro la pregunta: «¿Me quieres?» (vv. 15.16). Hoy el Resucitado nos lo pregunta también a nosotros: ¿Me quieres? Porque en la Pascua quiere que resurja también nuestro corazón; porque la fe no es una cuestión de saber, sino de amor. ¿Me quieres?, te pregunta Jesús a ti, a mí, a nosotros, que tenemos las redes vacías y muchas veces tenemos miedo de recomenzar; a ti, a mí, a todos nosotros, que no tenemos el valor de zambullirnos y quizás hemos perdido empuje. ¿Me quieres?, pregunta Jesús. Desde entonces, Pedro dejó de pescar para siempre y se dedicó al servicio de Dios y de los hermanos, hasta entregar su vida aquí, donde nos encontramos ahora. Y nosotros, ¿queremos amar a Jesús?
Que la Virgen, que con prontitud dijo “sí” al Señor, nos ayude a encontrar el impulso del bien.
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(Regina Caeli. 10 abril 2016)
El Evangelio de hoy narra la tercera aparición de Jesús resucitado a los discípulos a orillas del lago de Galilea, con la descripción de la pesca milagrosa (cf. Jn 21, 1-19). El relato se sitúa en el marco de la vida cotidiana de los discípulos, que habían regresado a su tierra y a su trabajo de pescadores, después de los días tremendos de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Era difícil para ellos comprender lo que había sucedido. Pero, mientras que todo parecía haber acabado, Jesús va nuevamente a «buscar» a sus discípulos. Es Él quien va a buscarlos. Esta vez los encuentra junto al lago, donde ellos habían pasado la noche en las barcas sin pescar nada. Las redes vacías se presentan, en cierto sentido, como el balance de su experiencia con Jesús: lo habían conocido, habían dejado todo por seguirlo, llenos de esperanza… ¿y ahora? Sí, lo habían visto resucitado, pero luego pensaban: «Se marchó y nos ha dejado… Ha sido como un sueño…».
He aquí que al amanecer Jesús se presenta en la orilla del lago; pero ellos no lo reconocen (cf. v. 4). A estos pescadores, cansados y decepcionados, el Señor les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis» (v. 6). Los discípulos confiaron en Jesús y el resultado fue una pesca increíblemente abundante. Es así que Juan se dirige a Pedro y dice: «Es el Señor» (v. 7). E inmediatamente Pedro se lanzó al agua y nadó hacia la orilla, hacia Jesús. En aquella exclamación: «¡Es el Señor!», está todo el entusiasmo de la fe pascual, llena de alegría y de asombro, que se opone con fuerza a la confusión, al desaliento, al sentido de impotencia que se había acumulado en el ánimo de los discípulos. La presencia de Jesús resucitado transforma todas las cosas: la oscuridad es vencida por la luz, el trabajo inútil es nuevamente fructuoso y prometedor, el sentido de cansancio y de abandono deja espacio a un nuevo impulso y a la certeza de que Él está con nosotros.
Desde entonces, estos mismos sentimientos animan a la Iglesia, la Comunidad del Resucitado. ¡Todos nosotros somos la comunidad del Resucitado! Si a una mirada superficial puede parecer, en algunas ocasiones, que el poder lo tienen las tinieblas del mal y el cansancio de la vida cotidiana, la Iglesia sabe con certeza que en quienes siguen al Señor Jesús resplandece ya imperecedera la luz de la Pascua. El gran anuncio de la Resurrección infunde en el corazón de los creyentes una íntima alegría y una esperanza invencibles. ¡Cristo ha verdaderamente resucitado! También hoy la Iglesia sigue haciendo resonar este anuncio gozoso: la alegría y la esperanza siguen reflejándose en los corazones, en los rostros, en los gestos, en las palabras. Todos nosotros cristianos estamos llamados a comunicar este mensaje de resurrección a quienes encontramos, especialmente a quien sufre, a quien está solo, a quien se encuentra en condiciones precarias, a los enfermos, los refugiados, los marginados. A todos hagamos llegar un rayo de la luz de Cristo resucitado, un signo de su poder misericordioso.
Que Él, el Señor, renueve también en nosotros la fe pascual. Que nos haga cada vez más conscientes de nuestra misión al servicio del Evangelio y de los hermanos; nos colme de su Santo Espíritu para que, sostenidos por la intercesión de María, con toda la Iglesia podamos proclamare la grandeza de su amor y la riqueza de su misericordia.
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Catena Aurea
San Agustín, in Ioannem, tract., 122
Por lo que anteriormente dijo el Evangelista, parece que indica el fin de este libro. Pero sigue contando cómo se manifestó el Señor en el mar de Tiberíades. Por esto dice: «Después se manifestó otra vez junto al mar de Tiberíades».
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 86
Dice después, porque ya no iba de continuo con ellos como antes. Y dice se dejó ver, porque no lo hubieran visto si El no lo hubiese permitido, y porque su cuerpo era inmortal. Hace también mención del lugar, como demostrando que el Señor les había quitado el temor y se atrevían ya a alejarse de casa; no se encerraban en ella, y sin temor de los judíos habían ido a Galilea.
Beda
El Evangelista refiere primero el hecho según acostumbra, y después cuenta cómo sucedió, diciendo: «Se manifestó de este modo».
Crisóstomo, ut supra
Como el Señor no estaba siempre con ellos, ni les había sido dado el Espíritu Santo, ni tenían encargo que desempeñar, ni nada que hacer, se ocupaban en la pesca. Y así dice: «Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, conocido por Dídimo, y Nathanael, que era de Caná de Galilea (que es el que fue llamado Felipe), y los hijos de Zebedeo (Santiago y Juan), y otros dos discípulos. Díceles Simón Pedro: Voy a pescar».
San Gregorio, In Evang. hom. 24
Puede preguntarse por qué Pedro, que fue pescador antes de su conversión, volvió a su oficio después de ella, siendo así que la Verdad dijo: «Ninguno que ha puesto la mano en el arado y vuelve la vista atrás es apto para el reino de Dios» ( Lc 9,62).
San Agustín, ut supra
Si esto lo hubieran hecho los discípulos después de la muerte de Jesús y antes de su resurrección de entre los muertos, creeríamos lo hacían dominados de desesperanza. Pero ahora, después de recobrarle vivo del sepulcro, de inspeccionar las cicatrices de sus heridas y de recibido el soplo del Espíritu Santo, vuelven en seguida a ser lo que antes eran: pescadores, no de hombres, sino de peces. Debe a esto responderse que no les había sido prohibido ganarse el sustento en un arte lícito, salvada la integridad de su apostolado, siempre que no tuvieran de qué vivir. Porque si el bienaventurado San Pablo, renunciando al derecho que con razón le pertenecía como a los demás predicadores del Evangelio, no quiso usar de él como los demás, sino que vivió de su peculio, a fin de que las naciones que eran extrañas al nombre de Cristo, no menospreciaran su doctrina como venal, se dedicó a aprender un arte que antes ignoraba, para no gravar a sus oyentes y vivir del trabajo de sus manos, ¿con cuánta más razón el bienaventurado San Pedro, que ya había sido pescador, podía volver a su oficio, si en aquella ocasión no tenía de qué vivir? Pero responderá alguno: ¿Y por qué no encontró, habiéndoselo prometido el Señor cuando dijo «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás os será ofrecido» ( Mt 6,33)? Sin duda que el Señor cumplió lo que ofreció, pues ¿quién fue el que aprontó los peces para que fuesen cogidos? Y es de creer que les puso en la necesidad de tomarse el trabajo de ir a pescar, porque tenía dispuesto hacer un milagro.
San Gregorio, ut supra
No fue pecado volver a tomar, después de su conversión, el oficio que sin pecado habían tenido antes de convertirse. Esta es la razón por qué Pedro volvió a la pesca después de su conversión. Y Mateo no volvió al negocio de la recaudación de los impuestos, pues hay muchos cargos que difícilmente se desempeñan sin pecado, y éstos deben renunciarse después de convertirse.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 86
Otros de los discípulos seguían a Pedro. Y continúa: «Dijéronle: Vamos contigo», y todos, reunidos como estaban querían ver el resultado de la pesca. Sigue: «Y salieron y subieron al barco». Pescaban de noche, porque aún temían.
San Gregorio, ut supra
Pero se les hizo la pesca muy difícil, a fin de que, viniendo el Maestro, resultara admirable y sublime. Por esto sigue: «Y en aquella noche no cogieron nada».
Crisóstomo, ut supra
En medio de los trabajos y aflicción de los discípulos, se presenta Jesús. Y sigue: «Amanecido el día, se situó Jesús en la playa». No quiso descubrírseles de repente, sino entablar con ellos conversación. Empieza por hablarles a manera humana. Y sigue: «Jesús les dice: Muchachos, ¿tenéis algo que comer?» Lo pregunta como quien desea comprar algo; pero en cuanto ellos temieron, les hizo seña para que le conocieran. Sigue, pues: «Díjoles: Echad la red a la derecha del barco y encontraréis». A esto siguieron grandes cosas, siendo la primera la pesca de muchos peces. Y así, sigue: «Echaron la red y no podían ya sacarla por la multitud de peces». Pero en este movimiento de Cristo, Pedro y Juan demostraron su diferente modo de ser. Juan era perspicaz y así conoció enseguida al Señor. Por esto sigue: «Dice, pues, a Pedro aquel discípulo a quien amaba Jesús: El Señor es».
Beda
Con esta indicación demuestra en esta ocasión, como en muchas, su persona. Conoció, pues, el primero al Señor, bien por esta milagrosa pesca, bien por el conocido sonido de la voz, o bien por el recuerdo de la primera pesca.
Crisóstomo, ut supra
Como Pedro era más impetuoso, llegó primero a Cristo. Sigue: «Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó la túnica (porque estaba desnudo)».
Beda
Se dice que Pedro estaba desnudo en comparación de la demás ropa que acostumbraba usar, como cuando decimos a alguno que viste un traje sencillo ¿por qué vas desnudo? O puede entenderse que iba al estilo de los
pescadores.
Teofilacto
El haberse ceñido Pedro es señal de recato. Se vistió, pues, del lienzo con que los pescadores de Tiro y de Fenicia solían envolverse para conservar los demás vestidos, ya estuvieran o no desnudos.
Beda
Con el mismo ardor con que hacía otras muchas cosas, fue a Jesús. Y sigue: «Y se entró en el mar», los demás discípulos llegaron en el barco. Pero no se ha de entender que Pedro fue andando sobre las aguas, sino nadando o por su propio pie, porque estaban cerca de tierra, pues sigue: «No estaban lejos de tierra».
Glosa
Aquí hay trasposición porque sigue: «tirando de la red con los peces», porque para que haya coordinación debería decir: «Y los otros discípulos vinieron en el barco tirando de la red con los peces».
Crisóstomo, ut supra
En seguida cita otro milagro, diciendo: «Cuando bajaron a tierra vieron ascuas colocadas», etc. No obra aun los milagros en materia preexistente, sino de una manera más admirable, demostrando que antes de su muerte hacía los milagros de una manera misteriosa sobre materia que ya existía.
San Agustín, in Ioannem, tract., 122
No se ha de entender que el pan estuviese colocado sobre las brasas, sino como si dijera: Vieron colocadas las brasas y el pez puesto sobre ellas, y también vieron el pan.
Crisóstomo, ut supra
Para demostrarles que no era ilusión lo que veían, les manda traer de los peces que habían cogido. Sigue, pues: «Les dice Jesús: Traed de los peces que habéis cogido ahora». A continuación se vio otro milagro, como el que la red no se había roto, a pesar de la multitud de los peces. Sigue, pues: «Subió Simón Pedro y trajo a tierra la red llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres, y siendo tantos, la red no se había roto».
San Agustín, ut supra
En sentido espiritual, esta captura de los peces es una figura de que la Iglesia deberá existir en la última resurrección de los muertos. Esto lo da a entender la interposición del capítulo que, como adicionado al libro que deja concluido, sirve de introducción a una narración nueva. Los siete discípulos presentes a esta pesca significan el fin del tiempo, porque éste está comprendido en los siete días.
Teofilacto
Esta noche antes de la presencia de Cristo, significa los profetas que no pudieron coger nada antes de la salida del sol, Jesucristo. Porque aunque se esforzaron en convertir a Israel, esta nación reincidía frecuentemente en la idolatría.
San Gregorio, In Evang. hom. 24
Se puede preguntar por qué razón, mientras los discípulos luchaban en medio del mar, se presentó en la playa, después de su resurrección, el que antes de ella había andado sobre las olas en presencia de sus discípulos. Pero la mar significa el siglo presente, que se combate a sí mismo por el choque de las tumultuosas olas de esta vida corruptible, al paso que la tierra firme de la playa significa la estabilidad del eterno descanso. Y como los discípulos luchaban todavía con las olas de esta vida mortal, se fatigaban en el mar, mientras nuestro Redentor, después de su resurrección, habiendo sacudido la corrupción de la carne, permanecía firme en la playa.
San Agustín, ut supra
La playa es el límite del mar, y significa el fin del mundo, pues así como en este pasaje se figura a la Iglesia tal como se encontrará en el fin del mundo, del mismo modo el Señor significó en otra pesca a la Iglesia tal cual es ahora; por lo que en la primera pesca no estaba en la playa, sino que, subiendo a la nave de Pedro, le rogó que se alejara un poco de tierra. En aquella pesca no se echaron las redes a la derecha para significar sólo a los buenos, ni a la izquierda para designar sólo a los malos, sino indiferentemente dijo: «Echad vuestras redes para pescar» ( Lc 5,4), a fin de que entendamos mezclados los buenos con los malos. Pero aquí dice «Echadla a la derecha de la nave», para señalar sólo aquellos buenos que estaban a la derecha. Aquello lo hizo al principio de su predicación; esto, después de su resurrección. Allí, manifestando en la pesca de buenos y malos a los que hoy están en la Iglesia; y en ésta, tan sólo a los buenos, que conservará eternamente en el fin del mundo, después de la resurrección de los muertos. Aquellos, pues, que pertenecen a la resurrección de la vida (esto es, a la derecha), y que están prendidos en las redes del nombre cristiano, éstos aparecerán en la playa cuando resucitaren al fin del mundo. Esta es la razón por qué no pudieron sacar las redes para descargar en la nave los peces que habían cogido, como en otras ocasiones lo hicieron. La Iglesia guarda estos peces de la derecha (como en profundo sueño de paz) ocultos para después del fin de esta vida, hasta que de la red descansen en la playa. En cuanto a la pesca primera en dos barcos distantes de ésta doscientos codos, creo que representan las dos clases de elegidos y la circuncisión y el prepucio.
Beda
O los doscientos codos representan los dos preceptos de la caridad, pues por el amor a Dios y al prójimo nos acercamos a Cristo. El pez asado, es Cristo crucificado. Este se dignó ocultarse en las aguas del humano linaje; quiso ser prendido en el lazo de nuestra muerte; y el que se hizo por nosotros pez por la humanidad, ha sido nuestro pan restaurador por su divinidad.
San Gregorio, ut supra
A Pedro, pues, le ha sido confiada la Santa Iglesia, y por esto se dice al mismo de una manera especial: «Apacienta mis ovejas». Lo que después se demuestra en palabras, ahora se significa por las obras. Este, pues, lleva los peces a la playa firme, porque enseña a los fieles la estabilidad de la vida eterna. Esto hizo siempre con la predicación y las epístolas, y ahora lo hace todos los días por signos y milagros. Pero al decir que la red estaba llena de grandes peces, expresa cuántos, y dice así: «Llena de grandes peces: ciento cincuenta y tres».
San Agustín, ut supra
En la otra pesca no se expresa el número de peces, como si sucediera en aquella lo que dijo el profeta: «Anuncié, y hablé, y se multiplicaron sin número» ( Sal 39,6). Pero aquí el número es cierto, y debe darse la razón. El número, pues, significa la Ley, cuyo nombre es diez por el Decálogo. Pero cuando se añade a la Ley de gracia, esto es, la letra a su espíritu, se añade en cierto modo el número siete al diez; porque el Espíritu Santo, autor de la santificación, es designado con el número siete, pues ésta es, en verdad, la primera vez que en el día séptimo brilló la santificación en la Ley ( Gén 2). El profeta Isaías nos muestra al Espíritu Santo autor de siete dones de operaciones. Uniéndose, pues, a la decena de la Ley el septenario del Espíritu Santo, resultan diez y siete, cuyo número, computado desde el uno hasta el mismo (poniendo en orden de suma desde el uno hasta el diez y siete inclusive) asciende a ciento cincuenta y tres.
San Gregorio, ut supra
Multipliquemos el siete y diez y siete por tres, y resultarán cincuenta y uno, en cuyo año todo el pueblo descansaba de todo trabajo; pero el verdadero descanso consiste en la unidad, porque donde hay división no hay verdadero descanso.
San Agustín, ut supra
No sólo resucitarán a vida eterna los ciento cincuenta y tres santos figurados en los ciento cincuenta y tres peces, sino que en este número están comprendidos todos los que recibieron la gracia del Espíritu Santo. Este número contiene tres veces el número cincuenta, y además sobre éste el tres, por el misterio de la Trinidad. Complétase, pues, el número cincuenta por la multiplicación del siete por sí mismo, añadiéndole uno en significación de que los tres son uno. No en vano había dicho que los peces eran grandes, pues habiendo dicho el Señor ( Mt 5,17) «No he venido a destruir la Ley, sino a cumplirla» (dándoles el Espíritu con el cual pudiese la Ley ser cumplida), añade poco después: «El que hiciere y enseñare, será llamado grande en el reino de los cielos» ( Mt 5,19). En la primera pesca se rompió la red, significando los cismas. Pero en ésta, como denota la suprema paz de los santos en la que no se conocerá el cisma, tuvo derecho el Evangelista para decir y como fuesen tantos, esto es tan grandes, no se rompió la red, como si en vista de aquel mal recomendara este bien.
San Agustín, in Ioannem, tract., 123
Hecha la pesca, el Señor los llama a comer. Y sigue: «Jesús les dice: Acercaos a comer».
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 86
Este Evangelista no dice que comió con ellos. Esto lo dice San Lucas. Comía, no por necesidad de la naturaleza, sino por condescendencia, para probar su resurrección.
San Agustín, De civ. Dei 13, 22
En la futura resurrección, los cuerpos de los justos no necesitarán del árbol de la vida que les preserve de la muerte por enfermedad ni decrepitud, ni tampoco de ningunos otros alimentos que los libren de las molestias del hambre y de la sed, porque se hallarán revestidos de una verdadera e inviolable inmortalidad, y no tendrán, si no quieren, necesidad de comer, pues aunque no estarán privados de la facultad, estarán exentos de esta necesidad, así como nuestro Salvador, después de resucitado en verdadera carne, aunque espiritual, comió y bebió con sus discípulos, no por necesidad, sino por potestad.
Sigue: «Y ninguno de los comensales se atrevía a preguntarle».
San Agustín, in Ioannem, tract., 123
Nadie osaba dudar quién fuese, pues tanta era la evidencia de la verdad, que nadie se atreviera, no sólo a negar, pero ni aun a dudar, porque de haber dudado hubieran preguntado.
Crisóstomo, ut supra
O quiere decir con esto que los discípulos no tenían ya la misma confianza que antes para hablarle, sino que estaban sentados con gran respeto y reverencia, fijos los ojos en El, viéndole transformado admirablemente y queriendo preguntarle estupefactos. Pero por cuanto sabían que era el Señor, el temor les contenía de preguntar, y sólo comían lo que les daba con supremo dominio. Ahora no mira al cielo, ni hace nada que no demuestre que obra por pura condescendencia. Sigue: «Y vino Jesús», etc.
San Agustín, ut supra
Místicamente, es el pez asado figura de Cristo crucificado; El mismo es el pan que bajó del cielo. A éste está incorporada la Iglesia para participar de la bienaventuranza eterna. Por esto les dijo: «Traed de los peces que cogisteis ahora», a fin de que todos los que participamos de la misma esperanza sepamos que en el número de los siete discípulos (en el que está figurada la universalidad de los fieles) estamos llamados a la comunión de tan grande sacramento y a la sociedad de la misma bienaventuranza.
San Gregorio, ut supra
El convite último de los siete discípulos revela que en el banquete de la gloria sólo estarán con Jesús aquellos que están llenos de los siete dones del Espíritu Santo. También los siete días comprenden todo el tiempo de este mundo, y con frecuencia se designa la perfección con este número. Aquellos, pues, que animados del deseo de perfección se sobreponen a las cosas terrenas, son los que gozarán del eterno convite de la verdad.
Crisóstomo, ut supra
Como no estaba continuamente con ellos como antes, dice el Evangelista: «Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a sus discípulos después que resucitó de entre los muertos».
San Agustín, ut supra
Este número no se refiere a las entrevistas, sino a los días, esto es, el primer día, el de la resurrección, y después de ocho días, cuando Tomás oyó y creyó, y éste en el que hizo el milagro de los peces, y después cuantas veces quiso hasta el día cuadragésimo, en que subió a los cielos.
San Agustín, De cons. evang. 3, 26
Nosotros encontramos acordes a los cuatro evangelistas en que el Señor fue visto diez veces después de su resurrección: una vez en el sepulcro por las mujeres; otra por las mismas en el camino, cuando regresaban del sepulcro; la tercera vez por Pedro; la cuarta por los dos discípulos que iban a la aldea; la quinta por muchos en Jerusalén, en donde no estaba Tomás; la sexta cuando le vio Tomás; la séptima en el mar de Tiberíades; la octava por todos los once en el monte de Galilea, como afirma Mateo; la nona en la última comida, después de la cual ya no volverían a comer con El, según refiere Marcos, y la décima en el día de la ascensión, no ya en tierra, sino elevado en una nube.
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