La parábola del Hijo Pródigo

Todos los años por el mes de marzo, como ayer 6, en la liturgia de la misa se lee el evangelio según san Lucas 15,1-3.11-32, (que pueden leer abajo). Es un párrafo rico, lleno de matices y sugerencias; pero para no alegorizarla la parábola, fijémonos brevemente en lo central del tema que es -como dice el mismo texto-:  “este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”-.

El sacerdote en su sermón comentó que el título del Hijo Pródigo no era el más acertado, sino que tendría que haber sido el del Padre Misericordioso. Pues es el padre -Dios- quien en sí, -como ocurre en la vida real de todos nosotros-, el que hace todo por su hijo, dándole al principio cuanto quiso y luego en un derroche de generosidad y misericordia, acogerle y recibirle amorosa y misericordiosamente. Todos los días esperaba su vuelta, se asomaba por ver si lo veía llegar, hasta que por fin un día lo vio aparecer a lo lejos y corrió a su encuentro para abrazarlo con gran amor y alegría por recuperarlo y restituirlo en su dignidad de hijo.

Según el sacerdote el Padre misericordioso hace el 99%, desde el darle todo al principio, como Dios que nos da la vida y el ser, hasta después que está pendiente de cuando nos descarríanos para recuperarnos y salvamos, posibilitando el encuentro: Él espera cada día el retorno… y cuando lo ve corre a abrazarlo y a agasajarlo, revitalizarlo.

Dios es así, eternamente misericordioso, y lo pone todo por salvar a sus hijos, tanto que él mismo, en la persona del Hijo, ofreciendo su sangre, posibilitó el 99% de la salvación de todos nosotros, descarriados y perdidos. Dios el Señor de la Vida, lo hace todo para que vivamos; excepto el 1%.

Este 1% al que el sacerdote no hizo referencia, es sustantivo en la parábola; pues, una vez que Dios lo ha hecho todo, por siempre y para siempre, por puro amor misericordioso, -desbordando los límites de cualquier lógica de justicia humana; porque Él es así-, solo cabe esperar la respuesta de nosotros, sus hijos, a los que nos corresponde el 1%.

Es un porcentaje ínfimo, el 1%, pero sin él todo se vendría abajo, no habría salvación -el hijo pródigo no volvería a la vida-. En esa respuesta nos jugamos todo; es nuestra responsabilidad, grave y definitiva. Pues Dios, como el padre de la parábola, no coarta la libertad del hijo para que se vaya ni luego va a por él para traerlo a rastras contra su voluntad. ¡No! Es el precio de la libertad, de la dignidad dada, de la grandeza de ser personas creadas a imagen y semejanza divina. Ese 1% es de una importancia sobrecogedora, pues nos corresponde a nosotros, de quien depende en definitiva el que seamos salvados para la vida eterna.    

En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
– «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
– «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.”
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. ”
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, ”
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

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