La nueva normalidad

La gente, especialmente los teóricos mediáticos, ideólogos, sociólogos y politólogos, que andan siempre al sol que más calienta, en los aledaños del poder, claro, piensan que cambiando las palabras, denominando las cosas, según nos plazca, dándolas rodeos eufemísticos, pueden alterar la realidad misma, y si no, ésta, si al menos la percepción emocional de la masa, del gran público del que viven, en definitiva.

Todo esto de «nueva normalidad» está muy bien traído, ¡un éxito!, por un lado lo nuevo gusta y por otro -para que no asuste tanto- ese una cosa normal, tradicional-conservadora, o algo así. Es decir, todo nuevo, muy progre, pero sin alarmarse; que para eso ya están los estados de alarma, seudo de excepción.

Y hablando de «nueva/o» ahí está el NOM (nuevo orden mundial). Como para echarse a temblar, lo que hay en cofre de pandora, y que no vemos, pero que nos podemos imaginar, pensado en el cambio de paradigma global y único, para un solo mando…

En un mundo aturdido y acobardado por tanta adversidad, resulta reconfortadle que se le hable en términos esperanzadores de una tan añorada normalidad, que se haga nueva, en manos del dios Estado, que promete cual ser superior bienhechor no dejar a nadie atrás, tirado. De modo que ante esa promesa de dioses, de «nueva normalidad», donde nadie va a pasar penurias, ni lo pobres, que tendrán su renta mínima de subsistencia, y donde todos seres protegidos y viviremos seguros, con una mejor -más amplia y segura- sanidad, etc. Pero todos seremos más individualistas, egoístas, solos, distantes, anónimos… (como ocultos bajo nuestras mascarillas sanitarias).

En lo tocante a lo religioso, que es nuestro espacio vivencial y que nos interesa singularmente, cabe decir que eso de «nueva» apunta a lo de «nueva era», nueva iglesia, renovación,… En fin que tiene un tufo que apesta a la Masonería de siempre pero hoy progre.

Esa «nueva normalidad» representa el nuevo orden, donde el poder protector del Estado, organiza de arriba abajo la vida de toda la ciudadanía, en todos los órdenes sociales: el religioso, dado que incide en el ámbito más sagrado, inviolable y autónomo como el de la conciencia -sobre todo la cristiana- es insometible a cualquier dominio humano. aunque sea estatal o imperial (como en sus tiempos primitivos), será imposible de someter en su totalidad y para siempre. De modo que la nueva normalidad se abre como una forma de vida sin inquietudes, aunque con menor libertad ni opinión propia; en cambio, para los creyentes de Cristo y su Iglesia, tiene una perspectiva inquietante, con sabor a persecución dolorosa. La fe cristiana que mira de frente a la Cruz, no hay nada, ninguna bella palabra, promesa o amenaza, que puedan rendir ni acabar. El Santísimo Sacramento les reunirá en sus iglesias como una familia que comparte su Pan en comunión de amor.

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