En este día, 5 de septiembre, litúrgicamente dedicado a Santa Teresa de Calcuta, queremos recordar una anécdota suya sobre la oración. Cómo se sostenía ella, con una confianza total.
Previamente hemos de decir, que ella, como todos los santos, consciente de la importancia de la oración, la dedicaba mucho tiempo. Estas son expresiones suya que muestran lo que apreciaba el orar, como algo absolutamente imprescindible, y no ya solo como una necesidad a cumplimentar, que se diría como una obligación de cualquier cristiano, sino como determínate para mover todas las acciones propias y humanas en general.
«Tenemos tanta necesidad de orar como respirar.»
«Yo sitúo la oración en primer lugar. La oración es mi primer alimento.»
«Tengo la convicción de que los políticos pasan poco tiempo de rodillas.»
«Sin la oración no podemos hacer nada. Para mí, la raíz de los males que nos aquejan está en la falta de oración.» [1]
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Cuenta el arzobispo Angelo Comastri, recordando un encuentro que tuvo con la Madre Teresa:
Ella me miró con dos ojos límpidos y penetrantes. Luego me dijo:
—¿Cuántas horas reza por día?’
Me quedé muy sorprendido por tal pregunta e intentando defenderme le repliqué:
—Madre, de usted me hubiera esperado un reclamo a la caridad, una invitación a amar a los pobres. ¿Por qué me pregunta cuántas horas rezo?
La Madre Teresa me tomó las manos y las apretó entre las suyas, casi como para transmitir lo que tenía en el corazón; luego me confió:
—Hijo mío, sin Dios somos demasiado pobres para poder ayudar a los pobres. Recuerda: yo soy sólo una pobre mujer que reza. Rezando, Dios pone en mí su Amor en el corazón y así puedo amar a los pobres. ¡Orando!.
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En una ocasión algunas religiosas que la Madre Teresa visitaba en cierto país, hablaron con ella, y como tenían mucho trabajo consideraban que debían reducir el tiempo de oración.
La Madre Teresa les preguntó:
—¿Cuánto tiempo oran al día?»
Una de las religiosas le contestó:
—Una hora.
—Muy bien -dijo la Madre Teresa-, a partir de mañana que sean dos.
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Un político, en un probable cuarto de hora de buena voluntad, que se coincidió con una ocasional proximidad a la Madre Teresa, le pidió un «consejo especial» para el mejor desempeño de su tarea:
La Madre Teresa le contestó:
—Dedique un poco más de tiempo a estar de rodillas.
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No ha habido santo de oración profunda y prolongada en el tiempo: de horas y/o muchos momentos, y a veces toda la noche (Santo Domingo de Guzmán, San Juan de Ávila, San Pedo Alcántara, San Francisco Javier… pasaban noches enteras delante del Sagrario.) No es ya importante y necesaria para la santidad, sino que también para la salvación, como decía san Alfonso de Ligorio: «Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente«.
Quizá el mejor consejo que les podría dar para su vida de cristiano sería este: haced media hora de oración dos veces por día. O una hora seguida, pues con frecuencia la intensidad de la oración se da a partir de ese tiempo. Y añadido a este, otro consejo: se fiel al tiempo de la oración, cueste lo que cueste. Este tiempo es, nunca mejor dicho, sagrado.
“Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras externas, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejando aparte el buen ejemplo que de si darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración… Cierto, entonces harían más y con menos trabajo, y con una obra que con mil” (San Juan de la Cruz[2]).
Luego, las obras que se hagan tendrán “una eficacia mayor”; llevarán impregnadas el ungüento de la gracia. De modo que hay que hablar en relación a la vida practica que el tiempo de la contemplación no es tiempo sustraído a las obra, sino ganado, también para estas.
Ese tiempo de estar con Quien nos quiere de veras, es único, especial; Él es lo más importante de cuanto hay y existe, olvídate, pues, de todo, y ofrécele todas tus preocupaciones, inquietudes, angustias, imperfecciones, etc. Él es quien más te quiere, y pretende tu bien, tu felicidad, tu santidad. Delante de Él uno puede estar a gusto, te conoce perfectamente, y quiere colaborar contigo para que crezcas como persona. Él te va a ir transformando poco a poco, interiormente, sin que apenas te des cuenta. En una ocasión leí esta línea que ahora comparto contigo: “Una vez que hayas comenzado a orar, ya no volverás a ser el mismo. El hará uso de ti. Será lo más grande que pueda sucederte en tu vida.”
“Es preciso que vosotras –decía a las hermanitas de la caridad- y yo tomemos la resolución de no dejar de hacer oración todos los días. Digo todos los días, hijas mías, pero si pudiera ser, diría más: no la dejemos nunca y no dejemos pasar tiempo sin estar en oración; esto es, sin tener nuestro espíritu elevado a Dios” (San Vicente de Paúl).
Quien abandona la oración se abandona a sí mismo; pues la oración es portadora de gracia, sin la que el ser humano decae. Como decía el san Vicente de Paúl: “La oración es para el alma lo que el alimento para el cuerpo”.
La oración nos ha de abrirnos a recibir, disponerlos a acoger la gracia, que es lo que Dios nos da. Pedir es, pues, aceptar la gracia de Dios, no resistirnos, y poner todo de nuestra parte para que ocurra, y ocurrirá.
Este hecho de Jesús nos ha de hacer considerar la importancia que tiene la oración y la necesidad de dedicarla tiempo: Antes de dar el trascendentalísimo paso de elegir a sus doce apóstoles, pasó toda la noche en oración. Lo cual nos enseña también como debemos proceder nosotros en la vida antes de dar un paso de importancia.
Suele hablarse de una hora diaria. Es el tiempo tradicionalmente establecido para la oración “mental” en la mayor parte de las Reglas religiosas.
La hora de oración silenciosa debe ser importante para ti en relación a toda su vida de cristiano, religioso o sacerdote.
Como también que, al hacer esto, abrimos nuestra vida a Dios y le permitimos que él nos abra el corazón y comience a cambiarnos, a transformarnos. Es imposible dedicar una hora diaria a la oración de repente, sino después de haber sido verdadera y profundamente transformados en toda nuestra vida, en todo nuestro ser. A veces podría parecernos que, cuando se dedica un ahora a la oración, se malgasta una gran parte de ella; no importa. Si perseveramos y esa hora constituye un verdadero signo de nuestro fiel amor al Señor; si estamos dispuestos a malgastar nuestro tiempo por él, entonces él nos transformará profundamente de un modo lento pero seguro.
Para mí, la oración es una tabla de salvación: tengo necesidad de ella, me guste o no; tengo necesidad de ella, y consiguientemente, la practico, aun cuando haya tenido que renunciar algunas veces a la recreación, casi siempre al sueño, y, en ocasiones, a ciertos tipos de trabajo. Pero el Señor debe tener la prioridad.[3]
Nos dice la palabra del Señor a través de san Pablo: “Orad sin cesar” (1 Tes 5,17).
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[1] MADRE TERESA DE CALCUTA, Orar, Planeta, Barcelona, 1997, pp.23 y30.
[2] Cántico espiritual, 29,3.
[3] BORST, J., Método de oración contemplativa, Sal Terrae, Santander, 1981, pp. 38, 41, 87 y 91.
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