La Iglesia en Laodicea

La primera lectura de la liturgia de la misa de hoy, 15 de noviembre, nos habla, además de la de Iglesia de Sardes, de la de Laodicea. Suponiendo que nos encontramos en la sexta Iglesia, la de Filadelfia, la que nos ha precedido en el tiempo sería, pues, la de Sardes, y la de Laodicea, que sería la séptima, es a la que nos vamos a referir, será la que está por suceder y que ya más que la de Sardes nos puede, de alguna manera, afectar; más que nada en cuanto a arrojar una luz de esperanza sobre nuestro tiempo presente:

 Lectura del libro del Apocalipsis (3,1-6.14-22):

Yo, Juan, escuché al Señor que me decía:
«Escribe al ángel de la Iglesia en Sardes:
“Esto dice el que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas. Conozco tus obras, tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Sé vigilante y reanima lo que te queda y que estaba a punto de morir, pues no he encontrado tus obras perfectas delante de mi Dios. Acuérdate de cómo has recibido y escuchado mi palabra, y guárdala y conviértete. Si no vigilas, vendré como ladrón y no sabrás a qué hora vendré sobre ti. Pero tienes en Sardes unas cuantas personas que no han manchado sus vestiduras, y pasearán conmigo en blancas vestiduras, porque son dignos.
El vencedor será vestido de blancas vestiduras, no borraré su nombre del libro de la vida y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.
Escribe al ángel de la Iglesia en Laodicea:
“Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios. Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca. Porque dices: ‘Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada’; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas; y vestiduras blancas para que te vistas y no aparezca la vergüenza de tu desnudez; y colirio para untarte los ojos a fin de que veas. Yo, a cuantos amo, reprendo y corrijo; ten, pues, celo y conviértete. Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.
Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.
El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias».

 

Esta Iglesia representa a la Iglesia del milenarismo. El tiempo de esta Iglesia abarca desde la Parusía o advenimiento de Cristo hasta el Juicio Final. Periodo histórico que el libro del Apocalipsis, capítulo 20, cifra en mil años, mil años significa un largo período de la historia.

La Iglesia que vivirá más plenamente, dentro de los límites de las coordenadas terrenas e históricas, el espíritu del Reino o Reinado de Cristo.

Cristo, que se dirige a esta comunidad, su Iglesia, lo hace como el que es en toda su magnitud: el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios (Ap 3,14). Cristo es reconocido como quien es: El Rey y Señor, el principio y fin de la historia. Cristo es el Kyrios, el Señor de la Historia, porque es el Cordero degollado digno de abrir el libro y sus sellos (Ap 5,5), manifestando así su dominio plenario sobre el acaecer histórico, como alfa y omega de todo lo creado.

Con Cristo místicamente presente y Satanás encadena­do, los sobrevivientes de la Iglesia ante­rior, los fieles cristianos y los hombres justos según la con­ciencia natural que Dios ha impreso en cada uno, construirán un mundo cimentado en los valores cristianos. Para los que hasta entonces no creyeron, Cristo eliminará todo engaño y les otorgará la posibilidad de dar libremente su respuesta personal a la propuesta de salvación, y unirse a Él, a su cuerpo místico suyo, la Iglesia.

Cristo estará “manifiesto” en el mundo, invisible para los ojos mortales pero no para los de la fe; pues ésta ha sido renovada y fortalecida con una nueva efusión sobrenatural del Espíritu Santo. Como indica San Buenaventura, “el séptimo tiempo, cuando la militante sea conforme a la triunfante en cuanto es posible en este mundo” será renovada y glorificada por el Nuevo Pentecostés.

El reinado de Cristo durante el milenarismo o nuevo periodo histórico que se abre para la Humanidad, será de una espiritualidad más ferviente e intensa, hasta su tramo final, mediante una Presencia espiritual de Poder y Gracia, que se entibiará hasta que se arríe la historia del milenio.

La relación será semejante a la que Cristo glorificado sostuvo con sus apóstoles en los cuarenta días que precedieron a la Ascensión del Señor. Él, la Santísima Virgen y los santos se aparecerán a los hombres, sobre todo a los justos y elegidos, de manera más frecuente que ahora…

No se tratará de un paraíso en la tierra ya que los conflictos continuarán siempre, pero sí un tiempo en que la Iglesia manifieste más claramente a Cristo por estar Él reinando mística y gloriosamente en los corazones de los hombres. 

La esperanza cristiana no implica concepto alguno de una plenitud intrahistórica. Esa esperanza expresa, por el contrario, la imposibilidad de que el mundo llegue a la plenitud interior. El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20,7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21,2-4). La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua.

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