
La mentalidad materialista del hombre actual se aprecia fundamental en aquello en lo que cifra su felicidad. Que radica en tener toda clase de bienes sensibles, satisfacciones epidérmicas, engrandecer el escalafón, triunfar, etc.; en el mejor de los casos, a lo más que se aspira es a «tener calidad de vida«.
Pero… una “calidad de vida” que se confunde con el “nivel de vida”; es decir, la cualidad se confunde con la cantidad (propio de la mentalidad materialista): con el tener, con el bienestar de cosas: coches, doble residencia, tener de todo, no privarse ni renunciar a nada, consumir, ocio, equipos de música, videojuegos, ordenadores, viajes, etcétera.
La acumulación constante de bienes no aporta gran cosa —por ser generoso— a la realización personal. Más bien, la sobreabundancia deja en el corazón una lacerante tristeza. Quien edifica su felicidad sólo en base a las cosas materiales visibles, como el éxito, la carrera y el dinero, ignora que estas cosas no podrán llenar nunca nuestro interior. Lo meramente material no puede saciar la dimensión espiritual de la persona. El consumo voraz se convierte en una terapia; una terapia insaciable, que cada vez necesita más y más para aplacarse. Comprar, gastar excesivamente, consumir, deglutir…, es síntoma de carencias profundas, de insatisfacción vital. La insatisfacción interior se traduce en un ansia de satisfacción exterior, que llene o sepulte el vacio; poseer, destruir, manipular, dominar, tener…, cosas, personas.
Las nuevas generaciones están siendo formadas en esta mentalidad; envenenadas desde los primeros pasos con seudocultura del tener y el consumir: a su alrededor no se habla más que de dinero, posesiones y llegar alto. El bien material propio, la ambición personal y el consumismo son los principales motores de sus vidas. El valor máximo de sus existencias está representado en el ídolo dinero; la razón fundamental que animaba todo principio de conducta: se estudia, se trabaja, se esfuerza, se corrompe (si hace falta), se hace cualquier cosa por él.
También, gran parte de los jóvenes actuales ente las arduas perspectivas de alcanzar logros materiales, asequibles ya para unos pocos excepcionales, han renunciado a esas metas (materialistas), para conformarse (con no otras menos materialistas) con ser esclavos felices, cubiertos de comodidades, viviendo holgazanamente de sus progenitores, desprovistos de libertad a no ser la de un deseo ilimitado, indigentes del pensamiento y de una pasividad durmiente que les incapacita para reaccionar contra la catastrófica situación social, moral, cultural y económica; carentes de principios estables y sin nada interior, sin ideales, sueños, promesas, inquietudes y capacidad crítica, se desentienden de todo, pasan de todo, todo les da igual, el bien que el mal, que ni distinguen; son irresponsables de todo e incapaces de comprometerse con la realidad y tratar de cambiar las cosas y mejorar el mundo; desencantados, sacian su supuesta rebeldía en el “botellón” y en el sexo. Es posiblemente la apoteosis de la personalidad materialista, carente de principios estables y sin nada interior. Están interiormente muertos, y, dramáticamente, no lo saben, o se desentienden de saberlo.
Todo esto es síntoma de una decadencia de magnitud desconocida, que nos amenaza cada día más. Lo cual tiene un cariz muy malo; tal vez ya no haya marcha atrás. Al desvanecerse sus fundamentos, esta juventud actual, como toda la sociedad, ha sido desarmada espiritualmente; va a la deriva…
Algo gordo se avecina. Estemos atentos.
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