La fe en el camino de Emaús

Este domingo 26 de abril el Evangelio trataba de la aparición de Jesús a los dos discípulos camino de Emaús, que también se leyó el 15 de este mismo mes, y del que ya hablamos algo (aquí lo pueden leer). Hoy queremos ampliar la reflexión sobre este hermoso pasaje tan relevante, centrándonos en la virtud de la fe. (En la parte inferior puede ver la perícopa evangélica).

Estos dos discípulos, decepcionado tras la muerte de Jesús, pierden la fe imperfecta que tenía puesta en Jesús como el rey liberador del pueblo de Israel, y abandonan Jerusalén, donde se encontraban los apóstoles, también en proceso de abandono y de retorno a su vida anterior. Estos dos discípulos, pues, se marcharon de Jerusalén, que representa a la Iglesia, la abandonan al ver frustrada la confianza que tenía en su Cabeza y fundador.

En este camino de retorno al pasado, a su vida anterior, van hablando de lo que ocurrió esos tres días anteriores respecto a Jesús, y lo comentan como algo distante de ellos, como si nos les implicara ya. Entonces les sale al encuentro el Señor, y les predica la Escrituras, y ellos, sin ser conscientes plenamente, reconociendo las explicaciones de Jesús, ni de inmediato lo que sienten y les pasa interiormente, y es el calor ardiente de sus corazones ante aquellas palabras, que reconocerán después. Algo así como ocurre al despertar a la fe ante la predicación o enseñanza o lectura de la Palabra de Dios, que produce un no sé qué interior, un tirón, del que a veces, en principio, no se es consciente, pero que queda flotando en el alma, hasta que si se acoge irrumpe con fuerza la virtud de la fe.

Jesús les achacaba la necedad y la dureza de corazón para entender lo que decían las Escrituras respecto a Él. Algo que nos ocurre a nosotros, y muy especialmente a la gente de estos tiempos, que la mentalidad racionalista, pragmática y mundana impide abrirse al misterio que propone y dispensa la fe.

Jesús al final les abre los ojos, al partir el pan, al repartir y darle a comer su cuerpo, al entrar en comunión con Él, es cuando definitivamente acceden a la fe y verle y reconocerla. Cuando uno descubre el amor de Dios, que se rompe y reparte generosamente, por pura misericordia para que los seres humanos tengan vida, es cuando se entra en comunión con su Cuerpo. Entonces, los dos discípulos, dichosos, sin poder contener la alegría, retornar a Jerusalén, entran en la Iglesia, donde están los apóstoles depositarios y custodios de la fe la fe.  

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana la sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria».
Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adónde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.


ACTUALIDAD CATÓLICA