La existencia del Diablo

Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él. (Ap 12, 7-9).

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          No hace muchos años, en la televisión francesa, el cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, fue entrevistado por un periodista que le preguntó:

           Señor cardenal, ¿cree en la existencia del demonio?

           Sí, sí creo.

    —Pero en una época de tantos progresos científicos y tecnológicos, ¿usted sigue creyendo en la existencia del demonio?

           Sí, sigo creyendo en él.

           ¿Ha visto al demonio?

           Sí, lo he visto.

           ¿Dónde?

           En Dacha, en Auschwitz, en Birkenau!

            Entonces el periodista enmudeció.[1]

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Vaya por delante que para los cristianos su existencia del diablo es un dogma de fe (sin que haya definición dogmática).

 Y como afirma Baudelaire ya lo advirtió: “No olviden que la mejor astucia del diablo consiste en convencerles de que no existe“. Es una estrategia para conseguir mejores resultados. En su intento de seducir (desencaminar), engañar, y engañar, como padre de la mentira que es, lo propicio es permanecer oculto; para que como león rugiente que pretende devorar a su víctima, esta se confíe y sea presa fácil. Taimadamente se acerca evitando que el viento trasporte el olor de su presencia a la gacetilla que pasta inocentemente. El creyente, el cristiano, ha de tener el olfato para descubrirlo cuando se acerca…, y ponerse a buen recaudo.

 Hay -hoy más que nunca- mucha gente que niega esta realidad. Seres humano que no quieren reconocer su existencia, pues supone o conlleva implícitamente el reconocimiento de la existencia de Dios. Y por ahí no pasan. Dios les produce urticaria; están -se diría- en la onda del diablo.

Aunque muchos vayan diciendo que el diablo no existe, ¡vaya que existe! Tan sólo hay que mirar al rededor para ver sus destrozos, consecuencia de la maldad, maldad que tiene autoría y reclama responsabilidad. Negar que exista responsabilidad moral del mal, es una forma de no sentirse culpable, de que no haya posibilidad de pena, de juicio con castigo, de condenación, del riesgo del infierno.

Bueno, pues, en realidad quizá sea que lo que no quiere es que haya infierno. Así, si se cargan dueño de la guarida, se libran de ir allí, pues tampoco existirá.

Todo esto son apaños y engaños que nos hacemos a nosotros mismos, para escabullirnos de la responsabilidad a la que nos sujeta el mal que hacemos en colaboración con el Maligno, y que en su día, al final, cuando sea abierto el libro de la vida de cada cual, y se ven las acciones en sus páginas plasmadas, de las que ni un solo pelo caído de nuestra cabeza dejará de ser contado.

El enemigo de la Humanidad y de Dios no es una invención. Lucifer, siendo el más hermoso y más alto ángel en rango, se revolvió en su soberbia contra Dios amor y contra su obra amorosa, los humanos; de esta forma pasó a ser Satanás, el tentador y acusador, que pretende destruir todo cuanto tiene que ver con Dios y “sus hijos”, las personas humanas, a las que odia con todas sus fuerzas, pues esa es ahora su esencia: el odio.

Si nos olvidamos de este peligro real, más fácil será caer bajo la influencia de su poder, y es más, si no existe el peligro, si no hay nada que temer, tampoco se pondrá a prueba la confianza en un Dios salvador.

De modo que la estrategia de hacer como que no existe, es verdaderamente eficaz para perjudicar al ser humano y provocar su perdición. Así, para advertirnos de esto, el Señor calificó al diablo de mentiroso y padre de la mentira (Jn 8,44).

 

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[1] www.motivaciones.org

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