La curación del leproso Naamán

El 16 de marzo, lunes de la 3ª semana de Cuaresma, la primera lectura de la misa trataba del bello relato de la curación de Naamán el sirio y su conversión, y la actitud absolutamente magnánima del profeta Eliseo.

 

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           Naamán, jefe del ejército del rey de Aram (Siria), era hombre muy estimado y favorecido por su señor, porque por su medio había dado Yahveh la victoria a Aram. Este hombre era poderoso, pero tenía lepra.

           Habiendo salido algunas bandas de arameos, trajeron de la tierra de Israel una muchachita que se quedó al servicio  de la mujer de Naamán.  Dijo ella a su señora:

           —Ah, si mi señor pudiera presentarse al profeta que hay en Samaría, pues le curaría de su lepra.

            Fue él y se lo manifestó a su señor diciendo:

           —Esto y esto ha dicho la muchacha israelita.

           Dijo el rey de Aram:

           —Anda y vete; yo enviaré una carta al rey de Israel.

         Fue y tomó en su mano diez talentos de plata, 6.000 siclos de oro y diez vestidos nuevos.

           Llevó al rey de Israel la carta que decía:

         —Con la presente, te envío a mi siervo Naamán, para que le cures de su lepra.

         Al leer la carta el rey de Israel, desgarró sus vestidos diciendo:

           —¿Acaso soy yo Dios para dar muerte y vida,  pues éste me manda a que cure a un hombre de su lepra? Reconoced y ved que me busca querella.

           Cuando Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestidos, envió a decir al rey:

           —¿Por qué has rasgado tus vestidos? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel.

          Llegó Naamán con sus caballos y su carro y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo.

           Eliseo envió un mensajero a decirle:

           —Vete y lávate siete veces en el Jordán y tu carne se te volverá limpia.

           Se irritó Naamán y se marchaba diciendo:

           —Yo que había dicho: ¡Seguramente saldrá, se detendrá, invocará el nombre de Yahveh su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra! ¿Acaso el Abaná y el Farfar, ríos de Damasco, no son mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría bañarme en ellos para quedar limpio?

           Y, dando la vuelta, partió encolerizado.

      Se acercaron sus servidores, le hablaron y le dijeron:

           —Padre mío; si el profeta te hubiera mandado una cosa difícil ¿es que no la hubieras hecho? ¡Cuánto más habiéndote dicho: Lávate y quedarás limpio!

           Bajó, pues, y se sumergió siete veces en el Jordán, según la palabra del hombre de Dios, y su carne se tornó como la carne de un niño pequeño, y quedó limpio.

       Se volvió al hombre de Dios, él y todo su acompañamiento, llegó, se detuvo ante él y dijo:

           —Ahora conozco bien  que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel. Así pues, recibe un presente de tu siervo.

           Pero él dijo:

           —Vive Yahveh a quien sirvo, que no lo aceptaré.

           Le insistió para que lo recibiera, pero no quiso.

           Dijo Naamán:

           —Ya que no, que se dé a tu siervo, de esta tierra, la carga de dos mulos, porque tu siervo ya no ofrecerá holocausto ni sacrificio a otros dioses sino a Yahveh.

 (2 Reyes 5,1-17)

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