La contemplación es lo mejor. María Magdalena

Juan reclinó su cabeza sobre el corazón de Jesús, quien le revelo los misterios de su Sagrado Corazón. Juan es el contemplativo por antonomasia, y también lo es María Magdalena, quien se extasiara ante Jesús, adorándole: derramando los mejores perfumes y sus lagrimas sobre sus pies, a los que besaba… (Cf. Lc 7,44ss).  Ambos representan dos recorridos existenciales distintos. El uno, por así decir, le viene de natural el trato cercano con Jesús; la otra, es una pecadora arrepentida, a la que Jesús rescata…

María, la hermana de Marta, sentada a los pies de Jesús, le escuchaba embelesada. Marta, que andaba de allá para acá, con los preparativos de la mesa…, se quejó a Jesús, para que Jesús mandara a María que la echara una mano. Entonces Jesús le dijo terminantemente: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada». (Lc 10,41-42). Esto está superclaro, ¿verdad?; pues luego vienen los del pero… y convertirán la oración principal en secundaria y la adversativa en la principal; haciendo caso omiso a lo que Jesús, el Señor, señaló con nitidez. Estos ocurre con cierta frecuencia, para nuestra desgracia.

 María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada» (Lc 10,39-42).

Santo Tomás de Aquino dice que los hombres mundanos han perdido el sentido del gusto por las cosas espirituales. En un mundo donde la eficacia, la cantidad, el tener, etcétera, sea la lógica dominante, lo espiritual se bate en retirada, pues no tiene nada que hacer; se despreciada por considerarla nada práctico e inútil. Ese mundo no puede comprender otra realidad. Ya lo dicen las Escrituras: El hombre psíquico no acepta las cosas del Espíritu de Dios; son locura para él y no puede entenderlas, ya que hay que juzgarlas espiritualmente.[1] A ello responden los contemplativos: muertos para el mundo, libres de cuanto en éste se ambiciona, sólo para Dios por los hombres y la Iglesia.  

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[1] 1 Cor 2,14.

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