La aparición a María Magdalena

Aparicion de Jesús a Magdalena. Alexander-Ivanov-1835.-Museo-de-San-Petesburgo

El Señor es así, agradecido y sorprendente. La conversa y contemplativa, María Magdalena, que tenía verdadera adoración por Jesucristo, fue la escogida contra todo pronóstico —por ser mujer para ser testigo entonces— para ser la primera conocedora y anunciadora de su Resurrección.

Es una constante: Dios es así escoge lo menos valoradora y débil del mundo para manifestar su grandeza.

El Evangelio de la liturgia de hoy, martes de la octava de Pascua, nos narra con sencillez y sin grandes alharacas o artificios —lo cual lo hace más creíble— este acontecimiento grandioso, histórico y trascendente, en que Dios en las segunda persona de la Trinidad da a conocer su Resurrección.  

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,11-18):

EN aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice.
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos
:

«He visto al Señor y ha dicho esto».

 La escena es llamativa: María transida por la pena está focalizada en la ausencia de su Señor, no hace mayor reflexión ante es dos personajes angelicales, y luego ante la figura del jardinero u hortelano. María no sospecha la trascendencia de Jesús, «no sabía que era Jesús», ni como anteriormente la de los ángeles, todo parece físicamente normal, hasta que Jesús menciona su nombre «¡María!«, entonces ella exclamó «¡Maestro!«.

María reconoce a Jesús cuando este la llama por su nombre, no por sus facciones físicas ni por el timbre de voz, sino cuando se dirige a ella por la singularidad de su nombre, por la comunicación personalizada. Tal y como quiere hacerlo con cada uno de nosotros; Dios nos sale al encuentro en nuestras vidas y nos invita a que le reconozcamos de manera persona y trascendente. Se hace ver íntimamente, a los ojos del alma. Lo cual acaece en la naturalidad de la cotidianidad de nuestras vidas, por de manera sobrenatural, pues todo es gracia. Jesús, el hijo de Dios Padre, se nos acerca y nos llama hermanos.

 

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PALABRAS PAPA FRANCISCO

 (Audiencia, 17  mayo  2017)

En estas semanas nuestra reflexión se mueve, por así decir, en la órbita del misterio pascual. Hoy encontramos a aquella que, según los Evangelios, fue la primera en ver a Jesús resucitado: María Magdalena. Había terminado hacía poco el descanso del sábado. En el día de la Pasión no hubo tiempo para completar los ritos fúnebres; por esto, en esa alba llena de tristeza, las mujeres van a la tumba de Jesús con los ungüentos perfumados. La primera en llegar es ella: María Magdalena, una de los discípulos que habían acompañado a Jesús desde Galilea, poniéndose al servicio de la Iglesia naciente. En su recorrido hacia el sepulcro se refleja la fidelidad de tantas mujeres que son devotas durante años a los caminos de los cementerios, en recuerdo de alguien que ya no está. Las uniones más auténticas no se rompen ni siquiera con la muerte: hay quien continúa queriendo, aunque la persona amada se haya ido para siempre.

El Evangelio (cf. Juan 20, 1-2.11-18) describe a la Magdalena destacando enseguida que no era una mujer de entusiasmos fáciles. De hecho, después de la primera visita al sepulcro, ella vuelve decepcionada al lugar donde los discípulos se escondían; cuenta que la piedra fue movida de la entrada al sepulcro, y su primera hipótesis es la más sencilla que se puede formular: alguien ha robado el cuerpo de Jesús. Así el primer anuncio que María lleva no es el de la resurrección, sino un robo que alguien desconocido ha perpetrado, mientras toda Jerusalén dormía.

Después los Evangelios cuentan un segundo viaje de Magdalena hacia el sepulcro de Jesús. ¡Era cabezota! Fue, volvió… ¡porque no se convencía! Esta vez su paso es lento, muy pesado. María sufre doblemente: ante todo por la muerte de Jesús, y después por la inexplicable desaparición de su cuerpo.

Es mientras ella se arrodilla cerca de la tumba, con los ojos llenos de lágrimas, que Dios la sorprende de la forma más inesperada. El evangelista Juan subraya cuánto es persistente su ceguera: no se da cuenta de la presencia de dos ángeles que le preguntan, y tampoco sospecha viendo al hombre a sus espaldas, que ella pensaba que era el guardián del jardín. Y sin embargo descubre el acontecimiento más asombroso de la historia humana cuando finalmente es llamada por su nombre: «¡María!» (v. 16).

¡Qué bonito es pensar que la primera aparición del Resucitado —según los Evangelios— sucedió de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre. Es una ley que encontramos esculpida en muchas páginas del Evangelio. En torno a Jesús hay muchas personas que buscan a Dios; pero la realidad más prodigiosa es que, mucho antes, está sobre todo Dios que se preocupa por nuestra vida, que la quiere revivir, y para hacer esto nos llama por nuestro nombre, reconociendo el rostro personal de cada uno. Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno de nosotros Dios nos llama por el propio nombre: nos conoce por el nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. ¿Es verdad o no es verdad? Cada uno de nosotros experimenta esto.

Y Jesús la llama, «¡María!»: la revolución de su vida, la revolución destinada a transformar la existencia de cada hombre y mujer, comienza con un nombre que resuena en el jardín del sepulcro vacío. Los Evangelios nos describen la felicidad de María: la resurrección de Jesús no es una alegría dada con cuentagotas, sino una cascada que abarca toda la vida. La existencia cristiana no está tejida con felicidad suave, sino de olas que cubren todo. Intentad pensar también vosotros, en este instante, con el bagaje de desilusiones y derrotas que cada uno de nosotros lleva en su corazón, que hay un Dios cercano a nosotros que nos llama por nuestro nombre y nos dice: “¡Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte!”. Esto es bonito.

Jesús no es uno que se adapta al mundo, tolerando que en él perduren la muerte, la tristeza, el odio, la destrucción moral de las personas… Nuestro Dios no es inerte, sino que nuestro Dios —me permito la palabra— es un soñador: sueña la transformación del mundo, y la ha realizado en el misterio de la Resurrección.

María quisiera abrazar a su Señor, pero Él está ya orientado al Padre celeste, mientras que ella es enviada a llevar el anuncio a los hermanos. Y así esa mujer, que antes de encontrar a Jesús estaba a merced del maligno (cf Lucas 8, 2), ahora se ha convertido en apóstola de la nueva y más grande esperanza. Su intercesión nos ayude a vivir también a nosotros esta experiencia: en la hora del llanto y del abandono, escuchar a Jesús Resucitado que nos llama por nuestro nombre, y con el corazón lleno de alegría ir y anunciar: «¡He visto al Señor!» (v. 18). ¡He cambiado de vida porque he visto al Señor! Ahora soy distinto que antes, soy otra persona. He cambiado porque he visto al Señor. Esta es nuestra fuerza y esta es nuestra esperanza. Gracias.

 

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Catena Aurea

 

San Gregorio, In Evang. hom. 25

María Magdalena que en la ciudad había sido pecadora, lavó con lágrimas las manchas de su crimen, amando a la verdad. Y he aquí cumplida la voz de la verdad, que dice: «Perdonados le han sido sus muchos pecados, porque amó mucho» ( Lc 7); pues la que había permanecido fría pecando, ardía después en amor. Y añade después, y es digno de considerarse cuánta era la fuerza del amor que la inflamaba, que aun cuando los discípulos del Señor se retiraban del sepulcro, ella persistía. Dice, pues:
 

San Agustín, in Ioannem, tract., 121

«Y se volvieron otra vez los discípulos a su casa». Mientras los hombres se retiraban, un amor más fuerte encadenaba en el mismo lugar a las mujeres «María, pues, estaba junto al sepulcro, llorando a la parte de afuera».
 

San Agustín, De cons. evang. 3, 24

Esto es, delante de la caverna del sepulcro de piedra, pero dentro del espacio que mediaba con la entrada en el mismo jardín.
 

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 85

No te admires de que María llorara amargamente junto al sepulcro, y que Pedro no padeciera igual sentimiento, porque el corazón de la mujer es más débil y compasivo.
 

San Agustín, in Ioannem, tract., 121

Los ojos que habían buscado al Señor, y no le encontraban, se desahogaban en las lágrimas, doliéndose más de que hubiese sido quitado del sepulcro, que cuando había sido muerto en la cruz, porque desaparecería toda memoria de la vida de tan gran Maestro.
 

San Agustín, De cons. evang. 3, 24

Había visto con las demás mujeres al ángel, sentado a la derecha sobre la piedra separada del monumento, a cuya voz, cuando estaba llorando, miró al sepulcro.
 

Crisóstomo, ut supra

Ved cómo encontró consuelo mirando al sepulcro; vedla más tranquila al inclinarse, para ver el lugar donde descansó el cuerpo del Señor. Por eso dice: «Mientras lloraba, se bajó y miró en el sepulcro».
 

San Gregorio, In Evang. hom. 25

Al que ama, no le basta mirar una sola vez, porque la fuerza del amor multiplica el afán de buscar.
 

San Agustín, in Ioannem, tract., 121

Porque su pena era mucha y no daba crédito a sus ojos ni a los de los discípulos, o tal vez un instinto divino la movía a mirar.
 

San Gregorio, ut supra

Buscó, pues, el cuerpo, y de ningún modo lo encontró. Perseveró en buscar, y sucedió que lo encontró; porque creciendo los deseos con la dilación, encontró lo que buscaba. Los deseos santos se aumentan con la tardanza, pero si desfallecen, no eran verdaderos deseos. Observemos cómo obró la fuerza del amor en esta mujer, que después de examinar el sepulcro vuelve a inclinarse de nuevo, redoblando el trabajo de investigación. Sigue: «Y vio dos ángeles vestidos de blanco», etc.
 

Crisóstomo, ut supra

Como el espíritu de esta mujer no se había elevado a comprender la resurrección al ver los sudarios, se encuentra con dos ángeles en traje de fiesta, a fin de que se consuele de la pena de la pasión.
 

San Agustín, ut supra

¿Qué quiere significar el que uno se sentó a la cabeza y otro a los pies? ¿Acaso porque los que son llamados ángeles en griego, son en latín nuncios? Son los que dan testimonio de que el Evangelio será predicado desde la cabeza hasta los pies, esto es, desde el principio hasta el fin.
 

San Gregorio, ut supra

O bien se sienta un ángel a la cabeza, cuando los Apóstoles predican «En el principio era el Verbo» ( Jn 1,1), y el otro a los pies, cuando se dice «El Verbo se hizo carne» ( Jn 1,14). Podemos también entender por los dos ángeles los dos Testamentos que anuncian al Señor, en igual sentido, encarnado, muerto y resucitado, colocado el antiguo a la cabeza y el nuevo a los pies.
 

Crisóstomo, ut supra

Al aparecer los ángeles, nada hablan de resurrección; sino que entran suavemente en esta materia, y para que la mujer no se alarme viéndolos, como no era de esperar, en traje de fiesta, le dirigieron palabras de compasión. Por eso sigue: «Dícenle: Mujer, ¿por qué lloras?». Los ángeles enjugaban sus lágrimas anunciándole una alegre noticia, y por eso le dijeron, ¿por qué lloras? como si le dijeran: No llores más.
 

San Gregorio, ut supra

Las Santas Escrituras avivan en nosotros el amor; son las que nos consuelan cuando nos prometen la esperanza de nuestro Redentor.
 

San Agustín, ut supra

Pero ella, creyendo que los ángeles le preguntaban por saber, reveló la causa de sus lágrimas, diciéndoles: «Porque quitaron a mi Señor». Llama su Señor al cuerpo inanimado, designando la parte por el todo, a la manera que todos confesamos a nuestro Señor Jesucristo Hijo de Dios sepultado, siendo así que tan sólo fue sepultada su carne. Sigue: «Y no sé dónde le pusieron». Y ésta era la causa de su mayor pena, porque no sabía a dónde ir a consolar su dolor.
 

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 85

Ella no había comprendido todavía nada de la resurrección, sino que se imaginaba que había sido trasladado.
 

San Agustín, De cons. evang. 3, 24

Y fue necesario que los ángeles se levantaran, así como fueron vistos en la referencia de San Lucas.
 

San Agustín, in Ioannem, tract., 121

Pero había llegado ya la hora de que lo que habían anunciado los ángeles indirectamente, diciendo que no llorase, se convirtiese en alegría, y por eso sigue: «Y habiendo dicho esto, volvió la cabeza atrás».
 

Crisóstomo, ut supra

¿Y por qué mientras hablaba con los ángeles, y sin esperar su respuesta, se vuelve de espaldas? Me parece que cuando estaba ella hablando, se apareció Cristo por detrás de ella, y viendo los ángeles al Señor, dieron a entender al momento en su figura, mirada y movimiento que habían visto al Señor; y por esto la mujer se volvió.
 

San Gregorio, ut supra

Es de notar, que estando María aún en duda acerca de la resurrección del Señor, se volvió a mirar atrás para ver a Jesús, cuya resurrección no creía. Pero como amaba y dudaba, aunque le veía no lo reconocía. Por eso sigue: «Y vio a Jesús en pie, y no lo conoció», etc.
 

Crisóstomo, ut supra

Jesús se apareció a los ángeles como Señor; pero no así a la mujer, para no asustarla, pues no convenía revelarle de pronto una cosa tan grande como su presencia, sino paulatinamente.

Jesús le dice: «¿Por qué lloras, mujer?»
 

San Gregorio, ut supra

El le pregunta la causa de su dolor para aumentar su deseo, a fin de que cada vez que nombrara al que amaba, se encendiese más su amor.
 

Crisóstomo, ut supra

Y como había aparecido en una forma vulgar, ella creyó que era un hortelano. Por eso sigue: «Ella, creyendo que sería un hortelano, le dice: Señor, si tú lo has tomado, dime dónde lo has puesto, yo me lo llevaré»; esto es: si por temor a los judíos lo has ocultado, dímelo a mí, yo lo recibiré.
 

Teofilacto

Temía que los judíos se ensañaran en El, todavía muerto, y quería trasladarlo a otro lugar desconocido.
 

San Gregorio, ut supra

Tal vez esta mujer, ni aún equivocándose erró, creyendo a Jesús un hortelano. ¿Acaso no lo era espiritualmente para ella, en cuyo corazón sembraba por la fuerza del amor las semillas fecundas de las virtudes? ¿Pero qué significa el que, habiendo visto al que creía hortelano, y a quien ella no había dicho aún lo que buscaba, le pregunta si él lo ha tomado? Pero la fuerza del amor suele producir en el ánimo la idea de creer que nadie ignora lo que él está pensando siempre. Después que el Señor le nombró con el vocablo común de su sexo, y no fue reconocido, la llama por su propio nombre. Por eso sigue: «Y le dice Jesús: María», como si dijera: reconoce a aquel que te conoce a ti. María, pues, oyéndose llamada por su nombre, reconoce exteriormente al que ella buscaba interiormente. Y por eso sigue: «Y volviéndose ella le dice Rabbuní, que quiere decir Maestro».
 

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 85

Así como El se había manifestado con frecuencia a los judíos, del mismo modo se dejaba ver como quería. ¿Pero cómo se dice que ella se volvió en el instante en que Cristo le habló? Yo creo que después de haber pronunciado ella estas palabras: «¿Dónde le has puesto?» se volvió otra vez a los ángeles, para que averiguase el motivo de su admiración, y en seguida, nombrándola Cristo por su nombre, la hizo volver en sí, descubriéndose por su propia voz.
 

San Agustín, in Ioannem, tract., 121

O bien porque vuelta ella primero corporalmente, le tomó por lo que no era; ahora, vuelta en su corazón, conoció quién era. Pero nadie calumnie a esta mujer, porque llamó Señor al hortelano y a Jesús Maestro; porque primero honraba al hombre a quien pedía favor, y después reverenciaba al doctor, de quien aprendía las cosas humanas y divinas. Ya había dicho de otro modo: «Quitaron a mi Señor»; y también de este modo: «Si tú le has tomado».
 

San Gregorio, ut supra

No dice el Evangelista lo que hizo la mujer; pero se infiere de lo que se le dijo. Sigue, pues: «Dícele el Señor: No me toques». Estas palabras demuestran que María quiso abrazar los pies del que había reconocido. Pero por qué no deba tocarle, da la razón cuando añade: «Pues aún no he subido a mi Padre».
 

San Agustín, ut supra

Si estando en tierra no se deja tocar, sentado en el cielo, ¿cómo le tocará el hombre? Ciertamente que, antes de su ascensión, se ofreció a sus discípulos para que le tocasen, diciendo: «Palpad, y ved que el espíritu no tiene carne y hueso» ( Lc 24,39); como dice San Lucas. Sería absurdo suponer que quiso ser tocado por sus discípulos antes de subir al Padre y no lo consintió a las mujeres sino después de haber ascendido al Padre. Pero se lee que también las mujeres, entre las que se encontraba la misma María Magdalena, tocaron a Jesús después de su resurrección y antes de que subiera al cielo. Cuenta San Mateo que Jesús les salió al encuentro, diciendo: «Os saludo», y ellas, entonces, acercándose, abrazaron sus pies. O esto está dicho figurando María Magdalena a la Iglesia de los gentiles, que no creyó en Cristo sino después de la ascensión al Padre; o quiso Jesús significar espiritualmente que no podía ser tocado sin que ella creyera que El y el Padre son uno mismo. En efecto, El ascendió en cierta manera al Padre por sus sentidos íntimos, hasta reconocerse su identidad con el Padre. ¿Cómo no había de ser todavía carnal la fe de esta mujer en Aquel que lloraba como hombre?
 

San Agustín, De Trin. 1, 9

El tacto es la última prueba del conocimiento, y por eso no quiso el Señor que ella quedara solamente en la creencia de lo que pensaba y veía.
 

Crisóstomo, ut supra

Esta mujer quería tratar todavía al Señor como antes de su pasión, y preocupada con el gozo no comprendía el admirable cambio operado en la humanidad de Jesús resucitado. Para apartarla de este error, el Señor le dijo: «No intentes tocarme», a fin de que le trate con la debida reverencia. Por esto no se aparece a los discípulos ni habla con ellos, para que le atiendan con más respeto. Diciendo, pues, «Todavía no he subido al Padre», manifiesta que a esto va. No convenía que Aquel que debía ausentarse y no volver a tratar con los hombres, fuese visto de la misma manera que anteriormente, y esto es lo que manifiesta con las siguientes palabras: «Ve, pues, a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre».
 

San Hilario, De Trin. l. 11

Entre otras impiedades, suelen los herejes abusar de estas palabras del Señor, pretendiendo que no es participante de la naturaleza divina, por cuanto su Padre es también Padre de sus discípulos, y su Dios es Dios de ellos. Pero es de advertir, que, conservando la forma divina, tomó la forma de siervo. Habiendo hablado a los hombres Jesucristo en forma de siervo, no hay dificultad en que llame Padre al que es también Padre de sus discípulos, considerándose como hombre, y que le llame su Dios, como Dios de ellos, con relación a su naturaleza de siervo. Después se expresa del mismo modo, diciendo: «Ve a mis hermanos». Son hermanos suyos en la carne, pero como Hijo único de Dios no tiene hermanos.
 

San Agustín, in Ioannem, tract., 121

O de otro modo: No dice nuestro Padre, sino «mi Padre y vuestro Padre»: mi Padre de un modo, vuestro Padre de otro; mío por naturaleza, vuestro por la gracia. Ni tampoco dijo nuestro Dios, sino mi Dios en cuanto a la humanidad, y vuestro Dios; entre El y vosotros yo soy vuestro mediador.
 

San Agustín, De cons. evang. 3, 24

Entonces ella salió del sepulcro, esto es, de aquella parte del jardín en donde estaba abierto el sepulcro y con ella las que, según San Marcos, estaban poseídas de temor, sin decir palabra a nadie. Por eso dice: «Vino María Magdalena anunciando a los discípulos», etc.
 

San Gregorio, ut supra

He aquí borrada la culpa del género humano en el mismo sitio donde se cometió. Porque en el paraíso una mujer transmitió la muerte a la humanidad, y desde el sepulcro una mujer anunció a los hombres la vida, y refiere las palabras del que la vivifica la misma que había referido las de la serpiente.
 

San Agustín, ut supra

Mientras ellas iban, Jesús les salió al encuentro (según dice San Mateo), diciéndoles: «Os saludo» ( Mt 28,9). Nosotros colegimos que habían hablado dos veces con los ángeles en el sepulcro, y una con el mismo Señor cuando María le tomó por un jardinero, y ahora otra vez se les presenta en el camino para confirmarlas lo mismo. Y así, María Magdalena, con las demás que cita San Lucas, fue a anunciarlo a los discípulos.
 

Beda

En sentido místico, Jesús sale al encuentro de los que entran en el camino de la virtud, y les saluda, ofreciéndoles su auxilio para llegar a la vida eterna. He aquí dos mujeres del mismo nombre y de la misma piedad; a saber: María Magdalena y la otra María, que vinieron a ver el sepulcro del Señor, representando dos pueblos fieles: el pueblo judaío y el gentil, que desean con el mismo celo celebrar la pasión, muerte y resurrección de su Salvador. Con razón la mujer que anunció la primera el gozo de la resurrección a los discípulos, sumidos en la tristeza, es la que fue librada de los siete demonios, esto es, purificada de todos los vicios, a fin de que nadie desespere del perdón con una digna penitencia, viendo a ésta elevada súbitamente a la plenitud de la fe y del amor, de tal manera, que anuncia a los mismos Apóstoles el milagro de la resurrección.
 

Glosa

Por esta mujer, que fue la más solícita en reconocer el sepulcro de Cristo, se designa a toda persona que ansía conocer la divina verdad y, por tanto, es digna de anunciar a los demás el conocimiento de tal gracia, como María lo anunció a los discípulos, para que no deba ser reprendida por haber escondido el talento. No se os ha concedido este gozo para que lo ocultéis en el secreto de vuestro corazón, sino para enseñarlo a los que aman.
 

Beda

También místicamente, María (que significa Señora iluminada, iluminadora, estrella del mar) es figura de la Iglesia; y Magdalena también significa bastión de torre. Esto es, Magdal en hebreo es lo mismo que en latín torre. Este nombre, pues, derivado de torre, conviene justamente con el de Iglesia, por aquello que se dice en el salmo 60,4: «Has sido hecho para mi torre de fortaleza». En aquello, pues, que esta mujer anunció a los discípulos la resurrección de Cristo, se encarga a todos, principalmente a los predicadores, que procuren transmitir a su prójimo lo que a ellos les fue divinamente revelado.

 

 

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