Humildes, servidores, hermanos

Cathopic

En el Evangelio de la liturgia de la misa de hoy, 18 de marzo, Jesús nos transmite varías enseñanzas importantes: que seamos humildes; que estemos a disposición de los demás, sirviéndoles; que nadie es más que otro, pues todos somos hermanos. 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,1-12):

EN aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo:
«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen.
Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido
».
 

La humildad es una virtud propiamente cristiana; en ninguna otra religión es tan ponderada, y en discursos filosóficos como el Nietzsche es despreciada al extremo. Y hoy día, en un mundo laicista y materialista no es valorada ni tenida en cuenta, pues es aspira a ocupar el primer puesto, triunfar a costa de lo que sea, etc.; el Dios cristiano, al contrario del mundo no nos pide tener éxito, sino que le seamos fieles, que nos asemejemos a Él. En términos mundanos, los mártires (el primero Cristo) han sido unos perdedores, según el mundo.

Estar a disposición de los demás, a su servicio, no solo requiere de humildad, también de reconocimiento de los otros, por pequeños que sean, como iguales y dignos de ser atendidos servicialmente, amorosamente.

Humildad, servicialidad, son expresión de la voluntad de Dios. Jesús con su vida y obras nos ha dado muestras de esa manera de ser; él es el «rabbí», el maestro, que nos enseña con verdad y no con la hipocresía de los escribas y los fariseos. La otra gran enseñanza que nos trasmite hoy Jesús, la más importante, es: «Todos vosotros sois hermanos.

Uno solo es vuestro Padre, el del cielo.» No hay mayor grandeza y dignidad que la de ser hijos de Dios, y no hay mayor timbre de igualdad que el de ser hermanos, fraternidad otorgada por la paternidad divina; todo ello es gratuito, recibido por la generosidad del puro amor de nuestro Creador.

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Palabras del papa Francisco

(Audiencia, 5 noviembre 2017)

El Evangelio de hoy (cf Mateo 23, 1-12) está ambientado en los últimos días de la vida de Jesús, en Jerusalén; días cargados de expectativas y también de tensiones. Por un lado Jesús dirige críticas severas a los escribas y a los fariseos, por otra deja importantes mandatos a los cristianos de todos los tiempos, por tanto también a nosotros.

Él dice a la multitud: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan». Esto significa que ellos tienen la autoridad de enseñar lo que es conforme a la Ley de Dios. Sin embargo, justo después, Jesús añade: «pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen» (v. 2-3). Hermanos y hermanas, un defecto frecuente en los que tienen una autoridad, tanto autoridad civil como eclesiástica, es el de exigir de los otros cosas, también justas, pero que ellos no ponen en práctica en primera persona. Tienen una doble vida. Dice Jesús: «Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas» (v. 4). Esta actitud es un mal ejercicio de la autoridad, que sin embargo debería tener su primera fuerza precisamente en el buen ejemplo.

La autoridad nace del buen ejemplo, para ayudar a los otros a practicar lo que es justo y necesario, sosteniéndoles en las pruebas que se encuentran en el camino del bien. La autoridad es una ayuda, pero si está mal ejercida, se convierte en opresiva, no deja crecer a las personas y crea un clima de desconfianza y de hostilidad, y lleva también a la corrupción.

Jesús denuncia abiertamente algunos comportamientos negativos de los escribas y de algunos fariseos: «quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas» (v. 6-7).

Esta es la tentación que corresponde a la soberbia humana y que no siempre es fácil de vencer. Es la actitud de vivir solo por la apariencia.

Después Jesús les da mandatos a sus discípulos: «no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro, y vosotros sois todos hermanos. […] Ni tampoco os dejéis llamar “Directores”, porque uno solo es vuestro Director: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor» (vv. 8-11).

Nosotros discípulos de Jesús no debemos buscar título de honor, de autoridad o de supremacía. Yo os digo que a mí personalmente me duele ver a personas que psicológicamente viven corriendo detrás de la vanidad de las condecoraciones. Nosotros, discípulos de Jesús, no debemos hacer esto, ya que entre nosotros debe haber una actitud sencilla y fraterna.

Todos somos hermanos y no debemos de ninguna manera dominar a los otros y mirarlos desde arriba. No. Todos somos hermanos. Si hemos recibido cualidades del Padre celeste, debemos ponerlas al servicio de los hermanos, y no aprovecharnos para nuestra satisfacción e interés personal. No debemos considerarnos superiores a los otros; la modestia es esencial para una existencia que quiere ser conforme a la enseñanza de Jesús, que es manso y humilde de corazón y ha venido no para ser servido sino para servir.

Que la Virgen María, «humilde y alta más que otra criatura» (Dante, Paraíso, XXXIII, 2), nos ayude, con su materna intercesión, a rehuir del orgullo y de la vanidad, y a ser mansos y dóciles al amor que viene de Dios, para el servicio de nuestros hermanos y para su alegría, que será también la nuestra.

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Catena Aurea

 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

Después que el Señor había humillado a los sacerdotes con su contestación dio a conocer la incorregible condición de ellos como sucede a los sacerdotes, que si obran mal ya no se enmiendan. Así como los seglares cuando faltan, se enmiendan fácilmente. Por esto se dirige a sus apóstoles y al pueblo. Prosigue: «Entonces Jesús habló a la multitud y a sus discípulos». Es infructuosa la palabra, cuando por medio de ella, unos son confundidos para que otros no sean enseñados.
 

Orígenes, homilia 23 in Matthaeum

Hay unos discípulos de Jesús que son mejores que los que componen las turbas, y encontrarás en las iglesias algunos que se acercan con más afecto al Verbo divino, y que son discípulos de Jesucristo, mientras que los otros solamente pueden llamarse su pueblo; y a veces, dice ciertas cosas sólo a sus discípulos; otras veces dice algunas cosas a las turbas y a los discípulos a la vez, como son las que siguen: «Sobre la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y los fariseos». Los que creen que pueden gloriarse de interpretar bien la ley de Moisés, son los que se sientan sobre su cátedra, y los que no se separan de la letra de la ley, se llaman escribas; los que, dando a entender que saben algo más, se distinguen a sí mismos, como mejores que los demás, se llaman fariseos, que quiere decir, divididos. Los que comprenden y exponen los escritos de Moisés en sentido espiritual, se sientan, en verdad, sobre la cátedra de Moisés. Pero no son escribas ni fariseos, sino que son mejores que éstos, y discípulos amados de Jesucristo. Por lo tanto, después de la venida de Jesucristo, se sientan sobre la cátedra de la Iglesia, que es la cátedra de Jesucristo.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

Debe observarse cómo se sienta cada uno de estos sobre la cátedra, porque la cátedra no es la que hace al sacerdote, sino el sacerdote a la cátedra. El lugar no santifica al hombre, sino el hombre al lugar. Por lo tanto, un mal sacerdote, del sacerdocio sacará deshonra, no dignidad.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,1

Para que algunos no digan, soy peor para obrar, porque, quien me ha enseñado es malo, rechaza esta razón cuando añade: «Guardad, pues, y haced todo lo que os dijeren», etc. Porque no dicen cosa alguna de sí mismos, sino que hablan cosas de Dios, que publicó su ley por medio de Moisés. Y observa con cuánto honor habla de Moisés, manifestando la unidad que hay entre lo que se dice y el Antiguo Testamento.
 

Orígenes, homilia 23 in Matthaeum

Si los escribas y los fariseos que se sientan sobre la cátedra de Moisés son los doctores de los judíos, que enseñan según la letra los preceptos de la ley, ¿cómo es que el Señor nos manda hacer lo que éstos nos ordenan; siendo así que los apóstoles prohiben a los fieles, en el libro de los Hechos (cap. 15), que vivan, según la letra de la ley? Pero aquéllos la enseñan según la letra porque no conocen su espíritu; lo que nos dicen pues acerca de la ley, lo hacemos y observamos, conociendo su sentido, pero no obrando como ellos obran; porque ellos no obran como la ley enseña, ni comprenden que hay un velo sobre la letra de la ley. Y cuando se oyen estas cosas, no vayamos a creer que todas ellas son preceptos de la ley, porque hay muchas que tratan de las comidas, de los sacrificios, y otras cosas por el estilo; sino únicamente las que corrigen las costumbres. ¿Y cómo es que no mandó esto mismo acerca de la ley de gracia, sino únicamente acerca de la ley de Moisés? Porque todavía no era tiempo de dar a conocer los preceptos de la nueva ley, antes de su pasión. También a mí me parece que dijo esto, previendo algo más: como había de vituperar a los escribas y a los fariseos en sus palabras siguientes, para que no pareciera que deseaba la jefatura entre los necios, o que hacía esto por enemistad, primeramente retira toda sospecha; y entonces empieza a reprender, con objeto de que las turbas no caigan en los mismos defectos, pero comprendan que aunque deben oírlos, no deben imitarlos en sus acciones; por esto añade: «Mas no hagáis según las obras de ellos». ¿Qué cosa hay más miserable que un doctor, cuyos discípulos se salvan no siguiendo su ejemplo, y se condenan cuando le imitan?
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

Así como el oro se saca de la tierra, despreciando a ésta, así también reciban la enseñanza los que la oyen, y no hagan caso de las costumbres de los que la predican. Frecuentemente suelen enseñar buena doctrina los hombres malos. Y así como los sacerdotes juzgan preferible enseñar junto con los buenos a los malos, y no despreciar por éstos a los buenos, así también los súbditos honren también a los malos sacerdotes en vistas a los buenos, para que no sean despreciados también los buenos junto con los malos. Pues mejor es favorecer, aunque injustamente, a los malos, que quitar lo que sea justo a los buenos.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,1

Considera también cómo empieza a vituperarlos, pues sigue: «Porque dicen y no hacen». Especialmente, es digno de censura, aquel que teniendo obligación de enseñar, quebranta la ley. En primer lugar, porque falta cuando debe corregir a otro; en segundo lugar, porque el que peca es digno de mayor castigo, cuanto mayor es su dignidad; y en tercer lugar, porque hace más daño, en atención a que peca siendo doctor. Además, reprende también a aquéllos, porque son duros para los que les están subordinados. Por esto prosigue: «Pues atan cargas pesadas e insoportables», etc. En esto da a conocer la malicia doble de éstos: lo uno, porque exigen una vida perfecta a los que les están subordinados, sin dispensarles lo más mínimo; y lo otro, porque son altamente condescendientes consigo mismos. Pero conviene que el jefe proceda como juez inexorable en las cosas que a él afectan; y que sea bueno y pacífico en las que afectan a sus subordinados. Obsérvese, pues, cómo agrava su reprensión: no dijo que no pueden, sino que no quieren; ni dijo llevar, sino mover; esto es, ni aun acercarse, ni tocar.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

Indudablemente llama a esas observancias de la ley cargas pesadas e insoportables, a propósito de los fariseos y de los escribas, de quienes está hablando. De estas cargas dice el apóstol San Pedro dice en los Hechos de los Apóstoles: «¿A qué fin queréis colocar sobre los cuellos de los discípulos un yugo que no hemos podido llevar ni nosotros ni nuestros padres?» ( Hch 15,10). Porque algunos, al recomendar con falsas razones a sus oyentes las cargas de la ley, ataban como con ciertos lazos sus corazones, a fin de que, creyéndose obligados por la razón, no se atreviesen a arrojar lejos de sí semejantes ligaduras. Mas éstos no cumplían ninguna de sus obligaciones, no sólo por completo, sino ni siquiera ligeramente, es decir, ni aun tocando con los dedos.
 

Glosa

O también: atan las cargas, esto es, recogen de todas partes esas tradiciones, que lejos de elevar la conciencia, la rebajan y la abaten.
 

San Jerónimo

Los hombros, los dedos, las cargas y los lazos con que son atadas las cargas de los que se ven oprimidos deben tomarse en sentido espiritual. Aquí también habla el Señor en general contra todos los maestros, que mandan lo más pesado y ellos no hacen ni aun lo menor.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

Tales son los que imponen un gran peso sobre los que vienen a hacer penitencia, y así, mientras se huye de la pena presente, se menosprecia el castigo de la otra vida. Por lo tanto, si colocas un gran peso sobre los hombros de un joven que no pueda llevarlo, tendrá necesidad o de arrojar la carga, o de sucumbir debajo de ella. Y al hombre a quien se le imponga una penitencia grave le sucederá que: o la despreciará o, si la acepta, cuando no pueda llevarla, escandalizado, pecará más. Por lo tanto, aunque no obremos bien imponiendo poca penitencia ¿no será mejor errar a causa de la caridad que de la crueldad? Cuando el padre de familia es condescendiente, el que dispensa sus gracias, debe serlo también. Si Dios es bueno, ¿por qué su sacerdote ha de ser austero? ¿Quieres aparecer como santo? En toda tu vida no dejes de ser austero contigo, y benigno respecto de los demás; que los hombres te oigan exigiendo poco y que te vean haciendo cosas grandes. El sacerdote que es condescendiente consigo, pero que exige cosas graves de los demás, es como un mal repartidor de contribuciones en una ciudad, que se dispensa de pagar y carga a los demás.

 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,2

Había reprendido el Señor a los escribas y a los fariseos por crueles y perezosos, y ahora les reprende su vanagloria, que los separa de Dios. Por esto dice: «Todo lo hacen por ser vistos de los hombres», etc.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

En todas las cosas hay siempre un algo que las perjudica; así está el gusano para el tronco, y la polilla para el vestido. Por esto el demonio se esfuerza en corromper el ministerio de los sacerdotes, que ha sido establecido para fomentar la santidad, procurando que esto que es tan bueno, se convierta en malo en cuanto depende de los hombres. Quitemos el mal proceder del clero y todo saldrá perfectamente; de aquí se desprende que es difícil el arrepentimiento de los sacerdotes que pecan. Y el Señor quiere manifestar en esto la causa de por qué no podían creer en Jesucristo, esto es, porque todo lo hacen para ser vistos por los hombres. Es imposible, pues, que crean en Jesucristo cuando quien predica las cosas del cielo únicamente desea la gloria terrena de los hombres. He leído que algunos interpretan este lugar de este modo: «Sobre la cátedra», esto es, según el honor y grado en que estuvo Moisés, fueron constituidos los escribas y los fariseos. Predicaban a otros la doctrina que anunciaba al Cristo que había de venir, pero ellos no le recibían cuando estaba presente. Por esto exhorta al pueblo a que oiga la ley que predicaban, esto es, a creer en Jesucristo anunciado por la ley, y no a imitar a los escribas y a los fariseos que eran incrédulos. Y explicó la causa de por qué predicaban que Jesucristo había de venir según la ley, y no creían en él, esto es, porque hacían todas sus obras con el fin de ser vistos por los hombres. No predicaban que Jesucristo vendría, por deseo de su venida, sino para que como doctores de la ley fuesen vistos por los hombres.
 

Orígenes, homilia 24 in Matthaeum

Hacen sus buenas obras con el fin de ser vistos por los hombres, aceptando visiblemente la circuncisión, pero ocultando las riquezas de sus casas, y haciéndolo todo por el mismo estilo. Los discípulos de Jesucristo cumplen la ley en secreto, porque -como dice el Apóstol- están constituidos judíos en secreto ( Rom 4).
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,2

Observa que los reprende con cierta intención, porque no dice sencillamente que hacen sus obras para ser vistos por los hombres, sino que añade «todas». Y después demuestra que no se glorían tampoco de grandes cosas, sino de algunas de poca importancia. Por esto añade: «Y así ensanchan sus pergaminos», etc.
 

San Jerónimo

Por lo tanto, como el Señor había dado los mandatos de la ley por medio de Moisés, los cumplió hasta el extremo como decía el Deuteronomio: «Llevarás los preceptos en tu mano, y los tendrás siempre a la vista» ( Dt 6,8). Lo que quiere decir: que estén mis preceptos en tu mano, y los cumplirás con las obras; estén ante tus ojos, para que medites en ellos de día y de noche. Los fariseos interpretando esto en mal sentido, escribían en pergamino el Decálogo de Moisés, esto es, los diez preceptos de la ley, llevándolos plegados y atados sobre la frente, formando con ellos una especie de corona, de modo que siempre los tenían delante de sus ojos. También había mandado Moisés, que llevasen en las cuatro puntas de sus mantos cenefas de jacintos, como distintivo del pueblo de Israel, para que, así como se distinguían en sus cuerpos de los gentiles por medio de la circuncisión -que era un signo judaico, así el vestido llevase también alguna diferencia (ver Núm 15,38). Pero los maestros, como supersticiosos, deseando captar la atención de los demás, y apeteciendo las ganancias que podrían obtener de las mujeres, hacían sus cenefas más grandes, y ataban en ellas espinas agudísimas, para que al andar y al sentarse se punzasen, y con esta advertencia pudiesen consagrarse mejor al ministerio del servicio divino. Llamaban a aquella especie de distintivo, filacterías del Decálogo; tablas en que están escritos los nombres de los jueces, esto es, conservadurías, porque todos los que las tenían las conservaban para defenderse y protegerse a sí mismos. No entendían los fariseos que debían llevar estos preceptos más bien en su corazón que en sus cuerpos. De otro modo, quedaban reducidos a ser armarios o cajas que tienen libros, pero que no conocen a Dios.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

Imitando el ejemplo de éstos, hay muchos ahora que inventan nombres hebreos de ángeles, los escriben y se los colocan, para que sirvan de admiración a los que no entienden. Otros llevan colgado al cuello algún trozo escrito del Evangelio. Pero ¿no se lee todos los días el Evangelio en la iglesia para que lo oigan los hombres? ¿Cómo pueden salvar los Evangelios colgados al cuello a aquel a quien nada aprovechan cuando los tiene puestos en sus oídos? Además, ¿dónde estará la virtud del Evangelio: en las figuras de las letras, o en el conocimiento de su sentido? Si está en las figuras, obrarán bien llevándolo colgado al cuello; pero si está en el entendimiento, más aprovecharán si se lleva en el corazón, que si se suspende del cuello. Otros exponen este mismo pasaje fijándose en que dilataban sus discursos ocupándose del modo como ellos observaban la ley como filacterios, esto es, como conservadores de la salvación. Y así, en este sentido era como predicaban al pueblo con asiduidad. Las cenefas hermoseadas de sus mantos, significan las excelencias de los mandamientos de la ley de Dios.
 

San Jerónimo

Como dilataban en vano las filacterías, y hacían mayores sus orlas, se captaban la admiración de los hombres, pero les vituperaban en las demás cosas. Por esto prosigue: «Y aman los primeros lugares en las cenas; y ser saludados en las plazas», etc.
 

Rábano

Debe advertirse que no prohibe el que sean saludados en la plaza, ocupen o se sienten en los primeros puestos aquellos a quienes se deben estos respetos por razón de sus cargos o dignidades. Pero sí nos enseña, que nos guardemos como de unos malvados de aquellos que exigen injustamente de los fieles todas estas cosas, ya tengan o no derecho a ellas.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

No vitupera a aquéllos que ocupan los primeros lugares, sino a los que los desean; refiriendo su reprensión al deseo y no al hecho. Se humilla, pues, sin motivo respecto del lugar, aquel que da a sí mismo la preferencia en su corazón. Alguno hay que se jacta oyendo que es laudable el colocarse en el último lugar, y por esto se sienta después que todos. Y no sólo no abandona la arrogancia de su corazón, sino que además adquiere la vanagloria de la humildad, como el que quiere aparecer como justo, y se presenta como humilde. Hay muchos que siendo soberbios se colocan en los últimos sitios, y por el orgullo de su corazón, les parece que se sientan a la cabeza de los demás, y también hay muchos humildes, que aun cuando se sientan en los primeros puestos, están convencidos en sus conciencias que deben ocupar los últimos puestos.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,2

Véase dónde se encuentra la vanagloria que los dominaba: en las sinagogas, en donde entraban a dirigir a otros. Que se condujesen de este modo en las cenas, era todavía tolerable, aun cuando conviene que el doctor llamase la atención, no sólo en la iglesia, sino en todas partes. Si el desear ocupar estos sitios merece reprensión, ¿cuánto peor será que otro los ocupe sin deber?
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

También desean los primeros saludos, no sólo según el tiempo, sino también según la palabra para que les saludemos primero, levantando la voz y diciendo: que Dios te guarde, Maestro. Y en cuanto al cuerpo, para que les inclinemos la cabeza, y en cuanto al lugar, para que les saludemos en público. Por esto dice: «Y las salutaciones en la plaza».
 

Rábano

Aun cuando no están exentos de culpabilidad en este punto todos aquellos que se mezclan en las disputas del foro y ambicionan sentarse en la cátedra de Moisés y el que los hombres les llamen maestros de la sinagoga.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

Esto es, quieren ser llamados aunque no lo son; apetecen el nombre, pero desprecian el oficio.
 

Orígenes, homilia 24 in Matthaeum

En la Iglesia de Jesucristo también se encuentran algunos que desean los primeros puestos de las mesas, para ser parecidos a los diáconos; por lo tanto ambicionan ocupar los primeros puestos de aquellos que se llaman presbíteros; y otros trabajan porque los hombres les llamen obispos, esto es, maestros. Pero el verdadero discípulo de Jesucristo, desea los primeros puestos en las cenas espirituales, para comer lo mejor de los manjares espirituales. Desea también cuando los apóstoles se sienten sobre doce tronos, ocupar los primeros puestos; es muy justo que se hagan acreedores por sus buenas acciones a ocupar estos sitios. Desea también las salutaciones que tienen lugar en las alegrías de la gloria, esto es, en las reuniones celestiales de los hombres nacidos primitivamente para el cielo, y no desean llamarse maestros ni por los hombres ni por ninguna otra criatura cuando son buenos, porque sólo hay uno que es el maestro de todos. Por esto sigue: «Mas vosotros no queráis ser llamados Rabbí».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,3

O dicho de otra manera: vituperaba a los fariseos por todo aquello, sin embargo pasaba en silencio algunas cosas pequeñas y de poca importancia dando a entender que sus discípulos no necesitaban ser instruidos acerca de ellas. Pero lo que era la causa de todos los males era el apetecer la cátedra de maestro. Toca esta cuestión para enseñar a los discípulos cómo deben portarse respecto de ellas. Por esto añade: «Mas vosotros no queráis ser llamados Rabbí», etc.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

No queráis ser llamados Rabbí, no sea que os atribuyáis lo que se debe a Dios: ni tampoco llaméis a otros maestros, para que no concedáis a los hombres lo que se debe a Dios. Unicamente hay un maestro de todos, y que enseña a todos los hombres naturalmente. Por lo tanto, si un hombre enseñase a otro, todos los hombres sabrían que tienen doctores. Pero ahora, como no es un hombre quien enseña sino Dios, son muchos los que son enseñados pero pocos los que aprenden. Porque no es el hombre quien da el entendimiento a los demás hombres cuando se les enseña, sino que ejercita por medio de la enseñanza el que Dios les ha concedido.
 

San Hilario, in Matthaeum, 24

Y para que los discípulos tengan presente que son hijos de un solo padre, y que por efecto de un nuevo nacimiento han pasado los umbrales de su origen terrenal, añade: «Y vosotros, todos sois hermanos».
 

San Jerónimo

Todos los hombres pueden llamarse hermanos por afecto, y éste puede ser de dos maneras, especial y general. Especial, porque todos los cristianos se llaman hermanos; general, porque todos los hombres proceden de un solo padre y viven unidos a nosotros como hermanos.
 

Prosigue: «Y a nadie llaméis vuestro padre sobre la tierra», etc.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43

Aunque en el mundo un hombre engendra a otro hombre, sin embargo únicamente hay un Padre que nos ha criado a todos. No tenemos, pues, el principio de nuestra vida en nuestros padres, sino que únicamente recibimos de ellos el poder de transmitir esta vida.
 

Orígenes, homilia 24 in Matthaeum

¿Y quién es el que no dice padre en el mundo? Aquel que en todos los actos practicados según Dios, dice: «Padre nuestro que estás en los cielos» ( Mt 6,9).
 

Glosa

Y como daba a entender que Dios era Padre de todos, porque había dicho: «Que estás en los cielos», quiere dar a conocer quién sea este maestro universal. Por esto repite otra vez lo mandado acerca del maestro: «No os llaméis maestros, porque uno solo es vuestro maestro, Jesucristo».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,3

Cuando se dice que Jesucristo es maestro, no se prescinde del Padre, como tampoco se prescinde de Jesucristo, cuando se dice que Dios Padre es el Padre de todos los hombres.
 

San Jerónimo

Se pregunta por qué se llama el Apóstol doctor de las gentes, en contraposición de lo que aquí se ordena (ver 1Tim 2), y por qué en los monasterios se usa con tanta facilidad de la palabra padre. A esto se contesta, que una cosa es ser padre o maestro por naturaleza, y otra cosa es serlo por gracia. Si nosotros llamamos padre a un hombre, le dispensamos este honor en razón a su edad, y con ello no confesamos que sea el autor de nuestra vida. También se le llama maestro a aquel que en cierto sentido está unido con el verdadero maestro. Y (para no repetir esto muchas veces), del mismo modo que habiendo un solo Dios por naturaleza y un solo Hijo, esto no obsta para que haya muchos que se llamen abusivamente dioses, o que otros se llamen hijos por adopción; así, el que haya un padre o un maestro, no obsta para que haya otros muchos que por abuso puedan llamarse padres y maestros.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,3

No sólo prohibe el Señor ocupar los primeros puestos, sino que por el contrario, quiere excitar a que se deseen los últimos. Por esto añade: «El que es mayor entre vosotros, será vuestro siervo».
 

Orígenes, homilia 24 in Matthaeum

Y si alguno predica la palabra divina, sabiendo que Jesucristo es quien la hace fructificar, que no quiera llamarse maestro, sino ministro. Por esto sigue: «El que es mayor entre vosotros, será vuestro siervo». El mismo Jesucristo, siendo verdaderamente maestro, se presentó como ministro, cuando decía: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» ( Lc 22). Después de todo añadió para aquellos a quienes prohibió el deseo de la vanagloria: «Porque el que se ensalzare será humillado, y el que se humillare, será ensalzado».
 

Remigio

Lo cual debe entenderse de este modo: todo el que se ensalza por sus propios méritos, será humillado delante de Dios, pero el que se ensalza en virtud de los beneficios recibidos de Dios, será ensalzado delante de Dios.

 

 

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