
«¿Por qué los impíos prosperan en sus caminos? ¿Por qué viven en paz los pérfidos?» (Jr 12,1b).
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«¿Por qué los impíos prosperan en sus caminos? ¿Por qué viven en paz los pérfidos?» (Jr 12,1b).
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«La generosidad es como un paraíso de bendiciones,/ y la limosna permanece para siempre.» (Eclo 40,17).
«Con largueza repartió, dio a los pobres; su justicia permanecerá para siempre». (2 Cor 9, 6-9).
Hace un parte de años escribíamos -después de otros artículos al respecto y de tenor parecido- un último artículo titulado «Las cuentas de Vaticano«, que terminaba así:
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Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en lazos y en muchas codicias insensatas y funestas que hunden a los hombres en la ruina y la perdición, porque la avaricia es la raíz de todos los males (1 Tim 6,9-10a).
«Para San Pablo, el más execrable pecado es la avaricia. Y esto porque la avaricia consisten en tomar los medios por fines«[1] (Unamuno).
«La avaricia generalmente embota el buen juicio humano y pervierte los criterios«[2] (San Ambrosio).
Quien ama el oro no escapará sin pecado, y quien ama el lucro en él se extraviará (Eclo 31,5).
Habéis acumulado riquezas en esto días que son los último. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza (St 5,3-5).
