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Ángelus, 11 de febrero de 2024. La sanación de un leproso

 

El amor necesita concreción, el amor necesita presencia, encuentro, necesita tiempo y espacio donados: no puede reducirse a hermosas palabras, a imágenes en una pantalla, a selfies de un momento o a mensajes apresurados.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta la sanación de un leproso (cf. Mc 1,40-45). Al enfermo, que lo implora, Jesús le responde: «Quiero: queda limpio» (v. 41). Pronuncia una frase sencillísima, que pone inmediatamente en práctica. De hecho, «la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio» (v. 42). He aquí el estilo de Jesús con quien sufre: pocas palabras y hechos concretos.

Muchas veces, en el Evangelio, lo vemos comportarse así con quien sufre: sordomudos (cf. Mc 7,31-37), paralíticos (cf. Mc 2,1-12) y otros tantos necesitados (cf. Mc 5). Siempre hace así: habla poco y a las palabras les siguen enseguida las acciones: se inclina, toma de la mano, cura. No se entretiene en discursos o interrogatorios, y mucho menos en pietismos y sentimentalismos. Más bien demuestra el pudor delicado de quien le escucha atentamente y actúa con diligencia, preferiblemente sin llamar la atención.

Es un modo maravilloso de amar, ¡y cuánto bien nos hace imaginarlo y asimilarlo! Pensemos también en cuando nos encontramos a personas que se comportan así: sobrias en las palabras, pero generosas en la acción; reacias a exhibirse, pero dispuestas a ser útiles; eficaces en la ayuda porque están dispuestas a escuchar. Amigos y amigas a los que se puede decir: “¿Quieres escucharme?” “¿Quieres ayudarme?”, con la confianza de escuchar una respuesta, casi con las palabras de Jesús: “Sí, quiero, estoy aquí para ti, para ayudarte”. Esta concreción es tanto más importante en un mundo, como el nuestro, en el que parece que se abre camino, cada vez más, una virtualidad evanescente de las relaciones.

Escuchemos, en cambio, cómo nos provoca la Palabra de Dios: «Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» (St 2,15-16). Esto lo dice el apóstol Santiago. El amor necesita concreción, el amor necesita presencia, encuentro, necesita tiempo y espacio donados: no puede reducirse a hermosas palabras, a imágenes en una pantalla, a selfies de un momento o a mensajes apresurados. Son instrumentos útiles, que pueden ayudar, pero no bastan en el amor, no pueden sustituir a la presencia concreta.

Preguntémonos hoy: ¿Yo sé escuchar a las personas, estoy disponible a sus buenas peticiones? ¿O pongo escusas, postergo las cosas, me escondo detrás de palabras abstractas e inútiles? Concretamente, ¿cuándo fue la última vez que fui a visitar a una persona sola o enferma – que cada uno se responda en el corazón – o  cuándo fue la última vez que cambié mis planes para satisfacer las necesidades de quien me pedía ayuda?

Que María, solícita en el cuidado, nos ayude a estar preparados y ser concretos en el amor.

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