El Reino de Dios requiere exclusividad

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El Evangelio (Lc 9,57-62) de la misa del día de hoy, 1 de octubre, nos muestra cómo el Reino reclama una fe total: una confianza y una entrega absolutas.

El Reino de Dios, que no es otro que Cristo mismo, como afirma Orígenes: «Él mismo es el Reino (`autobasileia esti´)«. Cuanto Jesús anuncia que «El Reino de Dios está cerca», eso significaría algo así como : «Dios está cerca; más aún, ya está aquí».  Jesús es la «autobasileia» significaría precisamente que él es el poderío de Dios llegado a nuestra historia.

En Evangelio hay varios que se dicen dispuestos a seguir a Jesús, con un gran entusiasmo de palabra. Pero Jesús les pone en situación: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (les invitamos a leer: «Dios dormía en el suelo«). Después de esta radicalidad; advierte a otros, que ponían alguno pero o pretendían demoras: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios», «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

Si Dios no reina, no ejerce su voluntad sobre nuestros corazones, si no respondemos a su dinamismo, si no somos llevados por su Espíritu, con sus frutos; no pertenecemos al Reino de Dios, pues no estamos bajo su soberanía, bajo su reinado, bajo su órbita de acción; no nos pude mover, animar, a impulsos de santidad, de caridad trinitaria. Y esto requiere de una radicalidad fundamental, incondicional.

Cuando se ha percibido esto se comprende todo, y no hay nada más grande e importante que hacer en la vida; de modo que hay que invertir todo, deshacerse de todo, renunciar a todo, por la exclusividad del Reino de Dios. Así se entiende las parábolas referidas al Reino que Jesús exponía: «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.» (Mt 13,44-46).

Los santos lo entendieron muy bien, de modo que renunciaron a todo por seguir a Jesús, configurándose con Él en su pobreza: «No tenían ni dónde caerse muertos«.

Y también hoy, en la liturgia de la palabra, San Pablo en la lectura de su carta a los Gálatas (5,1.13-18) nos viene a decir: Cristo nos ha liberado para no estar sometidos a la tiranía del capricho del cuerpo, de la carne, del discurso dominante (hecho ley) de que hagas según de plazca, egoístamente. Pertenecer al Reino de Dios, es decir, a Cristo, supone estar libertado de esa tiranía esclavizante. «Caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne»; «si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley.»

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,57-62):

En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, le dijo uno:
«Te seguiré adondequiera que vayas».
Jesús le respondió:
«Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo:
«Sígueme».
El respondió:
«Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó:
«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo:
«Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».
Jesús le contestó:
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

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PALABRAS DEL SANTO PADRE

(Ángelus, 30 de junio de 2019)

En el Evangelio de hoy (cf. Lc 9, 51-62), san Lucas comienza el relato del último viaje de Jesús a Jerusalén, que terminará en el capítulo 19. Es una larga marcha no sólo geográfica sino espiritual y teológica hacia el cumplimiento de la misión del Mesías. La decisión de Jesús es radical y total, y los que le siguen están llamados a medirse con ella. El evangelista nos presenta hoy a tres personajes ―tres casos de vocación, podríamos decir― que ponen de relieve lo que se pide a quien quiere seguir a Jesús hasta el final, totalmente.

El primer personaje le promete: «Te seguiré adondequiera que vayas» (v. 57). ¡Generoso! Pero Jesús responde que el Hijo del Hombre, a diferencia de los zorros que tienen guaridas y los pájaros que tienen nidos, «no tiene donde reclinar la cabeza» (v. 58). La pobreza absoluta de Jesús. Jesús, en efecto, ha dejado la casa de su padre y renunciado a toda seguridad para anunciar el Reino de Dios a las ovejas perdidas de su pueblo. Así, Jesús nos indica a nosotros, sus discípulos, que nuestra misión en el mundo no puede ser estática, sino que es itinerante. El cristiano es un itinerante. La Iglesia por su naturaleza está en movimiento, no es sedentaria y no se queda tranquila en su propio recinto. Está abierta a los horizontes más amplios, enviada ―¡la Iglesia es enviada!― a llevar el Evangelio a los caminos y llegar a las periferias humanas y existenciales. Este es el primer personaje.

El segundo personaje con el que Jesús se encuentra recibe la llamada directamente de Él, pero responde: «Señor, déjame que vaya primero a enterrar a mi padre» (v. 59). Es una petición legítima, basada en el mandamiento de honrar al padre y a la madre (cf. Ex 20,12). Sin embargo, Jesús contesta: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (v. 60). Con estas palabras, deliberadamente provocadoras, tiene la intención de reafirmar la primacía del seguimiento y la proclamación del Reino de Dios, incluso por encima de las realidades más importantes, como la familia. La urgencia de comunicar el Evangelio, que rompe la cadena de la muerte e inaugura la vida eterna, no admite retrasos, sino que requiere inmediatez y disponibilidad. Por lo tanto, la Iglesia es itinerante, y aquí la Iglesia es decidida, actúa con prontitud, en el momento, sin esperar.

El tercer personaje también quiere seguir a Jesús pero con una condición, lo hará después de haber ido a despedirse de sus parientes. Y esto es lo que se escucha decir del Maestro: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios» (v. 62). Seguir a Jesús excluye las nostalgias y las miradas hacia atrás, pero requiere la virtud de la decisión.

La Iglesia para seguir a Jesús es itinerante, actúa con prontitud, deprisa y decidida. El valor de estas tres condiciones puestas por Jesús ―itinerancia, prontitud y decisión― no radica en una serie de “noes” a las cosas buenas e importantes de la vida. El acento, más bien, hay que ponerlo en el objetivo principal: ¡convertirse en discípulo de Cristo! Una elección libre y consciente, hecha por amor, para corresponder a la gracia inestimable de Dios, y no un modo de promoverse a sí mismo. ¡Esto es triste! Ay de los que piensan seguir a Jesús para promoverse, es decir, para hacer carrera, para sentirse importantes o adquirir un puesto de prestigio. Jesús nos quiere apasionados de él y del Evangelio. Una pasión del corazón que se traduce en gestos concretos de proximidad, de cercanía a los hermanos más necesitados de acogida y cuidados. Precisamente como vivió Él.

¡Que la Virgen María, icono de la Iglesia en camino, nos ayude a seguir con alegría al Señor Jesús y anunciar a nuestros hermanos y hermanas, con renovado amor, la Buena Nueva de la salvación!

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Catena Aurea

 

San Cirilo
Aun cuando el Señor de todos es altamente generoso, no concede sus gracias simple e imprudentemente a cualquiera, sino sólo a aquellos que son dignos de recibirlas, esto es, a aquellos que apartan su alma de las manchas del pecado. Esto es lo que nos enseña la palabra evangélica, cuando dice: «Y aconteció, que yendo por el camino, dijo uno a Jesús: Yo te seguiré», etc. Primeramente se acerca con mucha tibieza. Después se manifiesta que estaba lleno de pretensión, pues no pide simplemente seguir a Cristo, como otros muchos del pueblo, sino que aspiraba a las dignidades apostólicas. Y sobre esto dice San Pablo: «Ninguno tome para sí este honor, sino el que es llamado por Dios» ( Heb 5,4).
San Atanasio
Se atrevió a compararse con el poder inconcebible de Dios, cuando dice: «Te seguiré a donde quiera que vayas». Porque seguir sencillamente para oír su doctrina le es posible a la propiedad de la naturaleza humana; la cual es realizada en frente de los hombres, pero no es posible concurrir con El donde quiera que exista, porque es incomprensible y no está circunscrito a lugar.
San Cirilo
No sin razón le hace también recusable de este modo; pues debían tomar su cruz para seguir al Señor y renunciar a todas las afecciones de esta vida, y esto es lo que el Señor reprendió en él, no censurándolo, sino corrigiéndolo.
Prosigue: «Y Jesús le dijo: Las raposas tienen cuevas», etc.
Teofilacto
Como veía que el Señor llevaba tras sí mucha concurrencia, esperaba que obtendría alguna subvención y que, si le seguía, podría reunir algún dinero.
Beda
Por lo cual se le dice: ¿Cómo deseas seguirme por la avaricia de ganar riquezas de esta vida, siendo así que soy tan pobre, que ni aún donde vivir tengo ni techo donde cobijarme?
Crisóstomo
Observa cómo el Señor practica la pobreza que había enseñado; no tenía mesa, ni candelero, ni casa, ni nada que se le parezca.
San Cirilo
En sentido místico, llama zorras y aves del cielo a las astutas y malas potestades de los demonios. Como diciendo: Cuando las aves y las zorras encuentran habitación en tu alma, ¿cómo podrá Cristo descansar en ti? ¿Qué hay de común entre la luz y las tinieblas?
San Atanasio
En esto nos dio a entender el Señor la magnificencia de sus dones; como diciendo: Todas las criaturas pueden concretarse a un solo lugar, pero el Verbo de Dios es de un poder incomprensible; por tanto no digas: «Te seguiré a donde quiera que fueses». Mas si quieres ser mi discípulo, abandona las cosas irracionales, porque es imposible que quien vive en la irracionalidad sea discípulo del Verbo.
San Ambrosio
O compara las zorras a los herejes, porque este animal engañoso, siempre ocupado en emboscadas, ejerce la rapiña del engaño; nada hay seguro, nada puede estar quieto, nada permite que esté protegido; porque busca la presa dentro de la misma morada de los hombres. Además, la zorra (animal astuto) se prepara una cueva y desea estar oculta en ella. Así son los herejes, que saben prepararse una casa (el sofisma) e intentan seducir a otros con sus argumentos. Este animal ni se amansa nunca, ni es para el uso. Por lo que dice el Apóstol: «Evita el trato con el hereje después de la primera y segunda corrección» ( Tit 3,10). Las aves del cielo, que se toman frecuentemente para significar la malicia espiritual, hacen nidos, por decirlo así, en el corazón de los malos; y por tanto, dominando la maldad en los afectos de cada uno, no puede haber posesión de Dios. Mas cuando halla un alma inocente, reclina, por decirlo así, sobre ella la plenitud de su majestad, porque derrama con profusión la gracia en el corazón de los buenos. Así, pues, no parece razonable considerar sencillo y fiel a aquel hombre que el Señor juzgó digno de repulsión, cuando prometía seguirle con celo infatigable. Pero el Señor no se fija en la clase de servicios, sino en la rectitud de la intención, ni recibe los servicios de aquél cuya buena intención no está bien probada. La hospitalidad de la fe debe ser circunspecta; no sea que, abriendo a los infieles el interior de nuestra casa, caigamos en la perfidia ajena por una credulidad imprevisora. Y también el Señor actuó así para que adviertas que Dios no desprecia los servicios que se le hacen, sino las falsedades, puesto que rechaza al falso y acepta al inocente.
Prosigue, pues: «Y a otro dijo: Sígueme». Decía esto a aquel cuyo padre sabía que se había muerto. Por lo que sigue: «Y él respondió: Señor, déjame ir antes a enterrar a mi padre».
Beda
No es que desprecia el honor de ser discípulo, sino que, después de cumplir los deberes de buen hijo, desea poder obrar con más libertad.
San Ambrosio
Pero el Señor tiene buen cuidado de llamar a los que quiere. Por lo que prosigue: «Y Jesús le dijo: Deja a los muertos que entierren a sus muertos». Cuando se nos impone el religioso cargo de enterrar a los cadáveres de nuestros semejantes, ¿cómo es que se prohibe a éste que entierre a su padre, sino para dar a conocer que las cosas de Dios deben ser preferidas a las de los hombres? Bueno es el deseo, pero mayor es el impedimento. Porque quien divide el celo, disminuye el afecto; y quien divide el cuidado, difiere el provecho. Por tanto, debe darse la preferencia a las cosas de mayor importancia. Así los apóstoles, para no ser absorbidos por el cuidado de los pobres, ordenaron ministros que hiciesen sus veces.
Crisóstomo in Mat. hom. 34
¿Qué cosa más necesaria que enterrar a su propio padre? ¿Qué cosa más fácil? Pues en esto no había que gastar mucho tiempo. Luego se nos enseña por ello que no conviene pasar en vano ni un instante de tiempo (aunque mil cosas nos obliguen a ello), sino que más bien debemos preferir las cosas espirituales, aun a las más necesarias. El demonio, que siempre vigila, insiste deseando encontrar alguna ocasión, y si sorprende una pequeña negligencia, produce en nosotros una gran pusilanimidad.
San Ambrosio
No es que se prohíba enterrar al padre, sino que se da la preferencia a la vida de fe sobre las exigencias de la naturaleza. Aquello se deja a los que aún no siguen a Cristo; esto se manda a los discípulos. Mas ¿cómo pueden los muertos enterrar a los muertos, si no entiendes aquí dos muertes: una de la naturaleza y otra de la culpa? Hay también una tercera muerte, con la que morimos al pecado y vivimos para Dios.
Crisóstomo in Mat. hom. 28
Habiendo dicho: «Sus muertos», demuestra que aquel muerto no era de El, sin duda porque había muerto en la infidelidad.
San Ambrosio Sal. 5
O porque, como la boca de los impíos es un sepulcro abierto, se manda olvidar su memoria porque su importancia concluye con su vida. De esta manera no se aparta al hijo de la piedad filial, sino que se separa al fiel de la comunión del infiel. No es que haya prohibición de sepultar, pero nuestra comunión no será con gente muerta.
San Cirilo
O de otro modo: El padre ya era anciano, y creía que haría algo laudable proponiéndose observar con él la debida piedad, según aquellas palabras: «Honra a tu padre y a tu madre» ( Ex 20,12). Por lo que, al ser llamado al ministerio evangélico, diciéndole el Señor: «Sígueme», buscaba una tregua que fuese bastante para sostener a su padre decrépito. Por lo que dice: «Déjame antes ir a sepultar a mi padre». No porque rogase enterrar a su difunto padre, ni Cristo, queriendo hacer esto, se lo hubiese impedido, sino que dijo sepultar, esto es, sustentar en la vejez hasta la muerte. Pero el Señor le dijo: «Deja a los muertos que entierren a los muertos». Es decir, había otros en su familia que podrían desempeñar estos deberes; pero me parece que muertos, porque no habían creído aun en Cristo. Aprende de ahí que la piedad para con Dios debe ser preferida al amor de los padres, a quienes reverenciamos, porque por ellos hemos sido engendrados. Pero Dios nos ha dado la existencia a todos cuando no éramos todavía, mientras que nuestros padres sólo son los instrumentos de nuestra entrada a la vida.
San Agustín, de cons. evang. 2, 23
Esto lo decía el Señor, dirigiéndose a aquel a quien había dicho: «Sígueme». Otro discípulo se puso en medio sin ser llamado. Por lo que sigue: «Y otro dice: Señor, yo te seguiré; mas déjame primero despedirme de los que están en casa».
San Cirilo
Esta oferta es admirable y digna de alabanza; sin embargo, querer despedirse de los que estaban en su casa, para renunciar a ellos, muestra que uno está dividido en el servicio de Dios, hasta que se decida firmemente a la renuncia. Porque el querer consultar a sus parientes, que no han de consentir con este propósito, es mostrarse vacilante. Por esto el Señor desaprueba su ofrecimiento. Y prosigue: «Ninguno, que pone la mano en el arado y mira atrás, es apto para el reino de Dios». Pone la mano en el arado quien se encuentra dispuesto a seguir al Señor; pero mira hacia atrás el que pide tiempo para encontrar ocasión de volver a casa y conversar con sus parientes.
San Agustín de verb. dom. serm 7
Como diciéndole: Te llama el Oriente y tú miras al Occidente.
Beda
Poner la mano en el arado (como cierto instrumento de penitencia), es quebrantar la dureza del corazón con el leño y el hierro de la pasión del Señor y abrirle para que produzca frutos de buenas obras. Si alguno empieza a hacerlo y a semejanza de la mujer de Lot se deleita mirando lo que ha dejado, se priva ya de la recompensa del reino futuro.
Griego
La repetida mirada a aquello que hemos dejado nos vuelve a la costumbre abandonada. Siempre es violento dejar lo que se ha poseído por mucho tiempo. ¿Acaso el hábito no nace del uso y la naturaleza del hábito? Difícil es quitar o alterar la naturaleza; porque, aunque ceda algo por violencia, vuelve velozmente a sí misma.
Beda
Si, pues, el discípulo que iba a seguir al Señor, es reprendido porque quiere dar cuenta de ello en su casa, ¿qué será de aquéllos que, sin utilidad alguna, visitan las casas de los que dejaron en el mundo?

 

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