
Hoy, 23 de marzo, el Evangelio (Juan 8,1-11) nos presenta la actitud de Jesús ante la mujer adultera: Dios perdona, salva y alienta a que no se peque; a la vez que pone en evidencia a los que enjuician y condenan a los demás.
La actitud del Señor ante el pecador es de perdón, siempre y en todo lugar, y aunque la ley establecida lo condenen «justamente», como el caso de esta mujer sorprendida en adulterio en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras.
El Señor, revelando el amor misericordioso de Dios, salva a esa persona pecadora de ser cruelmente ejecutada, y no apelando a la misericordia de los rígidos acusadores, sino a la condición de -como la acusada- pecadores: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
El Señor, una vez que perdona el pecado, pide al pecador: «en adelante no peques más». Esta es una constante en todas los episodios en que Jesús sana, libera, perdona, salva…: la de que se levante y que no vuelva a pecar.
Y además, los escribas y los fariseos le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Estos «teólogos entendidos de Dios» preparaban, ya próximos a la Pascua, la manera de comprometer a Jesús y poder acusarle de ser enseñar una religión distinta a la de Moisés o judía. El Señor no niega que no haya pecado, sino que recurre a algo más grande, a la misericordia de Dios de la que todos, como pecadores, estamos necesitados. Jesús les deja en evidencia y les calla, y se van de la escena sin acusar a la mujer, pero también sin hacerlo con Jesús; que ha escrito como Maestro, la nueva ley, la de la del amor misericordioso.
Lectura del santo evangelio según san Juan (8,1-11):
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
«Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
A continuación les ofrecemos las palabras del papa Francisco referidas a este episodio dramático de la mujer adultera[1]:
Jesús «al amanecer se presentó en el Templo y toda la gente se acercó a él» (Jn 8,2). Así empieza el episodio de la mujer adúltera. El escenario se muestra sereno: una mañana en el lugar santo, en el corazón de Jerusalén. El protagonista es el pueblo de Dios, que busca a Jesús, el Maestro, en el patio del templo. Desea escucharlo, porque lo que Él dice ilumina y reconforta. Su enseñanza no tiene nada de abstracto, toca la vida y la libera, la transforma y la renueva. Ese es el “olfato” del pueblo de Dios, que no se conforma con el templo hecho de piedras, sino que se reúne alrededor de la persona de Jesús. En esta página se vislumbra al pueblo de los creyentes de todos los tiempos, el pueblo santo de Dios, que aquí en Malta es numeroso y vivaz, fiel en la búsqueda del Señor, vinculado a una fe concreta, vivida. Les doy las gracias por esto.
Jesús, ante el pueblo que acudía a Él, no tenía prisa: «Se sentó —dice el Evangelio— y comenzó a enseñarles» (v. 2). Pero en la escuela de Jesús hay lugares vacíos. Hay algunos ausentes: son la mujer y sus acusadores. No se acercaron al Maestro como los demás, y las razones de su ausencia son diferentes: los escribas y los fariseos creen que ya lo saben todo, que no necesitan las enseñanzas de Jesús; la mujer, en cambio, es una persona extraviada, que terminó por mal camino, buscando la felicidad por senderos equivocados. Ausencias debidas, pues, a motivaciones diferentes, como diferente es el desenlace de sus historias. Reflexionemos sobre estos ausentes.
En primer lugar, fijémonos en los acusadores de la mujer. En ellos vemos la imagen de los que se jactan de ser justos, observantes de la ley de Dios, personas buenas y honestas. No tienen en cuenta sus propios defectos, pero están muy atentos a descubrir los de los demás. Así se presentan ante Jesús; no con el corazón abierto para escucharlo, sino «para ponerlo a prueba y poder acusarlo» (v. 6). Es una actitud que refleja la interioridad de estas personas cultas y religiosas, que conocen las Escrituras, asisten al templo, pero todo lo subordinan a sus propios intereses, y no combaten contra los pensamientos maliciosos que se agitan en sus corazones. A los ojos de la gente parecen expertos de Dios, pero, precisamente ellos, no reconocen a Jesús; más aún, lo ven como un enemigo que hay que quitar del medio. Para esto, le ponen delante a una persona, como si fuera una cosa, llamándola con desprecio «esta mujer» y denunciando su adulterio públicamente. Presionan para que la mujer sea lapidada, descargando en ella la aversión que ellos sienten por la compasión de Jesús. Y hacen todo esto amparados en su fama de hombres religiosos.
Hermanos y hermanas, estos personajes nos dicen que también en nuestra religiosidad pueden insinuarse la carcoma de la hipocresía y la mala costumbre de señalar con el dedo. En todo tiempo, en toda comunidad. Siempre se corre el peligro de malinterpretar a Jesús, de tener su nombre en los labios, pero desmentirlo con los hechos. Y esto también puede producirse elevando estandartes con la cruz. ¿Cómo verificar, entonces, si somos discípulos en la escuela del Maestro? Por nuestra mirada, por el modo en que miramos al prójimo y nos miramos a nosotros mismos. Este es el punto para definir nuestra pertenencia.
Por el modo en que miramos al prójimo: si lo hacemos como Jesús nos muestra hoy, es decir, con una mirada de misericordia; o de una manera que juzga, a veces incluso que desprecia, como los acusadores del Evangelio, que se erigen como paladines de Dios, pero no se dan cuenta de que pisotean a los hermanos. En realidad, el que cree que defiende la fe señalando con el dedo a los demás tendrá incluso una visión religiosa, pero no abraza el espíritu del Evangelio, porque olvida la misericordia, que es el corazón de Dios.
Para entender si somos verdaderos discípulos del Maestro, también es necesario examinar cómo nos miramos a nosotros mismos. Los acusadores de la mujer están convencidos de que no tienen nada que aprender. Ciertamente, su estructura exterior es perfecta, pero falta la verdad del corazón. Son el retrato de esos creyentes de todos los tiempos, que hacen de la fe un elemento de fachada, donde lo que se resalta es la exterioridad solemne, pero falta la pobreza interior, que es el tesoro más valioso del hombre. Para Jesús, en efecto, lo que cuenta es la apertura y disponibilidad del que no siente que haya alcanzado la meta, sino más bien que está necesitado de salvación. Entonces nos hace bien, cuando estamos rezando y también cuando participamos en hermosas ceremonias religiosas, preguntarnos si hemos sintonizado con el Señor. Podemos preguntárselo directamente a Él: “Jesús, estoy aquí contigo, pero Tú, ¿qué quieres de mí? ¿Qué quieres que cambie en mi corazón, en mi vida? ¿Cómo quieres que vea a los demás?”. Nos hará bien rezar así, porque el Maestro no se conforma con la apariencia, sino que busca la verdad del corazón. Y cuando le abrimos el corazón en la verdad, puede hacer grandes cosas en nosotros.
Lo vemos en la mujer adúltera. Su situación parece comprometida, pero ante sus ojos se abre un horizonte nuevo, antes impensable. Cubierta de insultos, lista para recibir palabras implacables y castigos severos, con asombro se ve absuelta por Dios, que le abre ante sí, de par en par, un futuro inesperado: «¿Nadie te ha condenado? —le dijo Jesús— Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar» (vv. 10.11). ¡Qué diferencia entre el Maestro y los acusadores! Estos habían citado la Escritura para condenar; Jesús, la Palabra de Dios en persona, rehabilita completamente a la mujer, devolviéndole la esperanza. De esta situación aprendemos que cualquier observación, si no está movida por la caridad y no contiene caridad, hunde ulteriormente a quien la recibe. Dios, en cambio, siempre deja abierta una posibilidad y sabe encontrar caminos de liberación y de salvación en cada circunstancia.
La vida de esa mujer cambió gracias al perdón. Se encontraron la Misericordia y la miseria. Misericordia y miseria estaban allí. Y la mujer cambió. Incluso se podría pensar que, perdonada por Jesús, aprendió a su vez a perdonar. Quizá haya visto en sus acusadores ya no personas rígidas y malvadas, sino personas que le permitieron encontrar a Jesús. El Señor desea que también nosotros sus discípulos, nosotros como Iglesia, perdonados por Él, nos convirtamos en testigos incansables de la reconciliación, testigos de un Dios para el que no existe la palabra “irrecuperable”; de un Dios que siempre perdona, siempre. Dios siempre perdona. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Un Dios que sigue creyendo en nosotros y nos brinda a cada momento la posibilidad de volver a empezar. No hay pecado o fracaso que al presentarlo a Él no pueda convertirse en ocasión para iniciar una vida nueva, diferente, en el signo de la misericordia. No hay pecado que no pueda ir por este camino. Dios perdona todo. Todo.
Este es el Señor Jesús. Lo conocen verdaderamente quienes experimentan su perdón. Quienes, como la mujer del Evangelio, descubren que Dios nos visita valiéndose de nuestras llagas interiores. Es precisamente allí donde al Señor le gusta hacerse presente, porque no ha venido para los sanos sino para los enfermos (cf. Mt 9,12). Y hoy es esta mujer —que ha conocido la misericordia en su miseria y que regresa al mundo sanada por el perdón de Jesús— la que nos sugiere, como Iglesia, que volvamos a empezar en la escuela del Evangelio, en la escuela del Dios de la esperanza que siempre sorprende. Si lo imitamos, no nos enfocaremos en denunciar los pecados, sino en salir en busca de los pecadores con amor. No nos fijaremos en quienes están, sino que iremos a buscar a los que faltan. No volveremos a señalar con el dedo, sino que empezaremos a ponernos a la escucha. No descartaremos a los despreciados, sino que miraremos como primeros aquellos que son considerados últimos. Esto, hermanos y hermanas, nos enseña hoy Jesús con su ejemplo. Dejémonos asombrar por Él y acojamos su novedad con alegría.
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[1] Homilía, 3 de abril de 2022. Quinto domingo de Cuaresma. © Copyright – Libreria Editrice Vaticana
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Catena Aurea
Alcuino
El Señor tenía la costumbre, especialmente poco antes de su pasión, de predicar la palabra de Dios durante el día en el templo que había en Jerusalén, acompañando su predicación con señales y milagros. Y cuando llegaba la tarde se volvía a Betania, hospedándose en la casa de Lázaro y sus hermanas, de donde volvía a la mañana siguiente a la misma actividad. Y como hubiese estado el último día de la scenopegia ocupado en la predicación, a la tarde se marchó al monte de los Olivos. Y esto es lo que dice: «Y Jesús se fue al monte del Olivar», etc.
San Agustín, in Joannem, tract. 33
Y ¿en dónde debía predicar Jesús sino en el monte de los Olivos, en el monte del ungüento, monte del crisma? El nombre Cristo quiere decir crisma; y crisma en griego quiere decir unción. Y en verdad que nos ungió, porque nos puso en condiciones de pelear contra el diablo.
Alcuino
La unción de aceite suele hacerse a los cansados y sirve de alivio a los que padecen dolores en sus miembros. El monte de los Olivos también significa la sublimidad de la piedad divina, porque eleos en griego, quiere decir misericordia. También corresponde la naturaleza del óleo al misterio de que se trata, se queda encima de todos los demás líquidos, y como dice el Salmista: «Las misericordias del Señor están por encima de todas sus obras» ( Sal 144,9). Prosigue: «Y otro día de mañana volvió al templo», esto es, a dar a conocer su misericordia, y a ofrecérsela a sus fieles, cuando empezaba a mostrarles la luz del Nuevo Testamento (en su templo). Porque el volver al amanecer designa que comenzaba el día de la nueva gracia.
Beda
Significaba que después que empezó a habitar en el templo por medio de la gracia (esto es, en la Iglesia), todas las gentes empezaron a creer en El. Por esto sigue: «Y vino a El todo el pueblo, y sentado les enseñaba».
Alcuino
El acto de estar sentado representa la humildad de la Encarnación. Y cuando el Señor estaba sentado, el pueblo venía a El, porque después que se hizo visible por la naturaleza humana que tomó, empezaron a oírle muchos y a creer en El, porque veían que se había aproximado a ellos por medio de la humanidad. Mientras que los pacíficos y sencillos admiraban las palabras del Salvador, los escribas y los fariseos le preguntaban, no para aprender, sino para estorbar a la verdad. Por esto sigue: «Y los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio, la pusieron en medio, y le dijeron: ‘Maestro, esta mujer ha sido ahora sorprendida en adulterio'».
San Agustín, ut sup
Habían conocido que el Salvador era enormemente bondadoso, porque de El estaba escrito: «Pasa y reina por medio de la verdad, de la mansedumbre y de la justicia» ( Sal 44,5). Trajo por lo tanto la verdad como Doctor, la mansedumbre como Libertador y la justicia como Conocedor. Cuando hablaba, era conocida la verdad, como no se irritaba contra los enemigos, era alabada su mansedumbre. Por ello tentaron su justicia, poniendo a su vista un escándalo. Dijeron para sí: «si juzga que debe dejársela estar, no tiene justicia». La Ley no podía mandar lo que no era justo y por esto invocan la Ley, diciendo: «Moisés nos mandó en la Ley apedrear estas tales». Pero como no debía abandonar la mansedumbre, por medio de la que ya se había hecho amar de las gentes, habrá de decir, que debe dejársela estar. Por esto exigen su determinación, diciendo: «Tú, pues, ¿qué dices?». Se proponían con esto encontrar ocasión de poderlo acusar, haciéndole aparecer como infractor de la Ley. Por esto añade el Evangelista: «Y esto lo decían tentándole, para poderle acusar».
Pero el Señor obrará en justicia al contestar, y no abandonará su mansedumbre. Prosigue: «Mas Jesús, inclinado hacia abajo, escribía con el dedo en la tierra».
San Agustín, de cons. Evang. 4, 10
Para manifestar que aquéllos 1 únicamente debían escribirse en la tierra, y no en el cielo, donde había dicho que sus discípulos se alegrarán de haber sido inscritos. También puede decirse que, humillándose (como lo demostraba en la inclinación de su cabeza), hacía señales en la tierra; o que ya era tiempo de que su Ley se escribiese en la tierra y fructificase (y no en piedra estéril, como antes).
Alcuino
Por la tierra debe entenderse el corazón humano, que suele dar su fruto por medio de acciones buenas o malas. Con el dedo, que es flexible en sus articulaciones, se expresa la sutileza del discernimiento. Nos da a conocer en esto que cuando veamos una acción mala en nuestro prójimo, no debemos condenarla en seguida, sino que primeramente, volviendo al secreto de nuestro corazón, examinémosla con cuidado y solicitud.
Beda
Por lo que respecta a la historia, al escribir en tierra con el dedo sin duda quiso dar a entender que en otro tiempo había escrito su Ley en una piedra.
Prosigue: «Y como porfiasen en preguntarle, se enderezó».
San Agustín, in Joannem, tract. 33
No dijo no sea apedreada, para que no pareciese que hablaba contra la Ley. Tampoco dijo sea apedreada, porque había venido, no a perder lo que había encontrado, sino a buscar lo que se había perdido. ¿Pues qué responderá? «El que entre vosotros esté sin pecado, tire contra ella la piedra el primero». Esta es la voz de la justicia. Sea castigada la pecadora, pero no por los pecadores. Cúmplase la Ley, pero no por medio de los mismos que la quebrantan.
San Gregorio, Moralium 14, 15
El que no se juzga a sí mismo antes, desconoce lo recto al juzgar a otro, y si esto lo sabe únicamente de oídas no podrá juzgar rectamente los méritos ajenos, porque la conciencia de su inocencia propia no le suministra la regla del juicio.
San Agustín, ut sup
Y habiéndoles herido con los rayos de la justicia, ni se dignó de verlos caer, sino que separó de ellos su mirada. Por esto sigue: «E inclinándose de nuevo, continuaba escribiendo en la tierra».
Alcuino
Puede muy bien entenderse que el Señor hizo esto, como tenía costumbre, para que así como si El estuviera ocupado en otras cosas y mirando a otra parte, pudieran irse más cómodamente. En esto nos enseña, de un modo figurado, que antes de corregir la falta de un hermano, así como después de haberle corregido, examinemos con detenimiento si estamos exentos de aquella culpa que reprendimos, o de algunas otras culpas.
San Agustín, ut sup
Así pues, aquéllos, heridos por la voz de la justicia como por una flecha, y encontrándose culpables, uno tras otro se retiraron todos. Y esto es lo que dice en seguida: «Ellos, cuando esto oyeron, se salieron los unos en pos de los otros, y los ancianos primeros».
Glosa
Los que eran quizá más culpables o conocían mejor sus faltas.
San Agustín, ut sup
Unicamente quedaron dos, la miseria y la misericordia, pues sigue: «Y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en pie, en medio». Yo creo que aquella mujer se quedó aterrada, porque esperaba ser castigada por Aquél en quien no se podía encontrar culpa alguna. Mas Aquél que había rechazado a sus adversarios con la lengua de la justicia, levantando hacia ella sus ojos de mansedumbre, le preguntó: «Y enderezándose Jesús, le dijo: mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿ninguno te ha condenado?» Dijo ella: ninguno, Señor». Hemos oído antes la voz de la justicia; oigamos ahora la voz de la mansedumbre: «Y Jesús, ni yo tampoco te condenaré» 2. Esto dice aquél por quien, acaso, has temido ser condenada, por ser el único en quien no has encontrado culpa. ¿Qué es esto, Señor? ¿Fomentas los pecados? No, en verdad. Véase lo que sigue: «Vete, y no peques ya más». Luego el Señor condenó, pero el pecado, no al hombre. Porque si hubiese sido fomentador del pecado, hubiese dicho: «vete, y vive como quieras; está segura que yo te libraré; yo te libraré del castigo y del infierno, aun cuando peques mucho». Pero no dijo esto. Fíjense los que desean la mansedumbre en el Señor, y teman la fuerza de la verdad, porque el Señor es dulce y recto a la vez ( Sal 24,8).
Notas
- Se refiere aquí a los nombres de los fariseos y maestros de la Ley que le habían planteado el caso de la mujer adúltera para ponerlo a prueba.
- Se trata de la respuesta del Señor: «Ni yo tampoco te condenaré».
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