El precio de la fe

Arrostrar lo que supone hoy día ser creyente es un decir inmediatamente «¿Y qué pasa?». Pues como ya dijera san Pablo, y es palabra de Dios: «El hombre psíquico no acepta las cosas del Espíritu de Dios; son locura para él y no puede entenderlas, ya que hay que juzgarlas (estimarlas) espiritualmente» (1 Cor 2,14).

Vivir la fe hoy día se ha convertido en un hecho casi heroico por lo que supone de desaprobación social, tan es así que la gente oculta su condición religiosa, de que va a misa y practica su creencia. Ahora se lleva el no creer o no tener religión. En un mundo despiadado lo que se sale de la norma («normal») es marginado, enajenado, expulsado.

Vivir la fe humildemente requiere mucho coraje. Ser sencillos, frágiles, confiados, vulnerables, fáciles de burlar, de humillar, de faltar al respeto…, requiere mucho valor y, en cierto sentido, mucho amor a sí mismo.

Actualmente no es nada fácil vivir la fe, pues todo alrededor te susurra al oído o -por mejor decir- proclama a voces intimidatorias: ¡no creas!, no seas tonto. Hoy día creer supone estar dispuesto a pagar un precio: soportar coronas de espinas…

Tener fe es tener la capacidad de ser “tontos”, de perder a los ojos del mundo, y eso es una gracia, una fuerza que maravilla. «Yo te alabo, Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños» (Mt 11,25): Jesús no dice los tontos, sino los pequeños, que son los sabios pues penetran en la trascendencia divina.

 Ser inocente es lo natural al hombre. Pero llegado a un punto, ya no hay retorno. Entonces lo sencillo se nos vuelve extraño y difícil. Si lo simple, lo espiritual, se nos hace complicado, dificultoso, no es porque lo sea, sino porque nosotros hemos dejado de ser inocentes y se nos hace inaccesible, incomprensible, lejano. Y así cabe dar razón a C. G. Jung cuando afirmaba que lo sencillo es siempre lo más difícil.

La cosa más sencilla y humilde. Si está animada por la gratuidad divina, vale más que todo el mundo entero, porque aquello es eterno como cosa de Dios, como todo lo suyo. Lo otro, lo intramundano es perecedero. Una insignificante florecilla silvestre si es tocada por el dedo de Dios vale más que los jardines de Babilonia.

 Bienaventurados aquellos que no tienen nada que ofrecer sino a sí mismos: su vida, su tiempo …pues para todo lo demás son inútil.

La lógica humana actual no comprende la lógica de la gratuidad de Dios y le es inadmisible la fe. Aunque secretamente, en su íntimo silencio, la admiren, la envidien y hasta por momentos y sin admitirlo, la desean.

 Orad pues al Espíritu Santo para que recobréis la estimativa espiritual, el don de la sabiduría, que es como una luz interior del alma que os hará ver y gustar la belleza del Señor, su verdad y su amor. 

Jesús dijo: “…¡Felices los que creen…!” (Jn 20,29).

 

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