El peligro de condenarse   

«El que obra mal odia la luz» (Jn 3,20). Esta refracción o rechazo de la luz es un peligro real: una situación que pude prolongarse en el tiempo, hasta hacerse eterna.

Dios que se encaramó a la cruz para salvarnos, por las muchas ofensas, rebeldías y desobediencias que cometamos; y que en el fondo es –más que a Èl- un autoinflingirnos daño a nosotros mismo. Su sangre tiene un valor infinito, inimaginable, paga cualquier deuda o precio por nosotros. Todo es gratis, fruto de su misericordia. Ya le podemos poner causas y negarle, que Dios no se va a desdecir ni echarse para atrás. Su disposición amatoria y su infinita misericordia son por siempre mayores a cualquiera de nuestras irresponsabilidad y pecados por el mal uso de la libertad con que nos ha engrandecido en dignidad. Pero existe el peligro cierto de acostumbrarse a pecar, a negar a Dios de manera continua y sistemática, de manera que a la hora de la muerte, cuando el Señor nos salga a encuentro con los brazos abiertos y nos invite a ir a su seno, a su gloria, no le reconozcamos porque nos parecerá alguien ajeno, extraño, con el que no tuvimos nada que ver durante la vida, habiendo cortado todos los puentes.

El infierno existe. ¿Dónde está? Donde está el mal (el Malo). Es una realidad, una verdad innegable, un dogma de fe –los Evangelios  hablan del infierno unas sesenta veces-. Al igual que la posibilidad de que prefiramos ese estado de tinieblas. «La causa de la condenación consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. En efecto, quien obra mal odia la luz, y no va a la luz, para que no se descubran sus obras.» (Jn 3,19-20).

De modo que el «juicio» final será la constatación de una evidencia: la del hombre encanallado que se niega a ser salvado; es decir, y en definitiva: un «autojuicio» (a la luz de la doctrina de amor).

Dice el Señor: «Yo he venido como la luz al mundo, para que todo el que crea en mí, no quede en las tinieblas. Yo no juzgo al que oye mis palabras y no las guarda, pues no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo. El que me rechaza y no acepta mi doctrina, ya tiene quien lo juzgue; la doctrinan que yo enseñé lo juzgará en el último día.» (Jn 12,47-28).

El peligro de condenarse es una posibilidad cierta, una verdad terrible. El único pecado que realmente aparte de Dios, el que bloquea el acceso a Dios e impide que su misericordia actúe es precisamente la oposición lúcida a aquello que Dios es, la oposición a su misericordia, el pecado contra la luz y contra el Espíritu Santo. No se deja perdonar, porque ya pertenece irremisible a las profundidades de las tinieblas; “ha vaciado a base de maldad, la gracia” que de creación constituye a cada ser humano que viene al mundo; de alguna manera habrá perdido su humanidad, para ser en parte diabólico.

La Iglesia en su Catecismo dice: n.1035 “La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno” y n.1033 “Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno

ACTUALIDAD CATÓLICA