El misterio de la Resurrección: Apariciones del Resucitado

Una de las cosas que “a simple vista” —y nunca mejor dicho— llama la atención es que ninguno de los que vieron a Jesús resucitado lo reconocía físicamente con sus facción tal y como era en vida de la tierra.

En el huerto junto a la tumba (Jn 20,11-18), en la orilla del mar de Galilea (Jn 21,1-14), en el camino con los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35), etc., no reconocen a Jesús. María Magdalena le confunde con el hortelano, hasta que pronuncia su nombre; los discípulos desde la barca no lo reconocen, excepto Juan, el discípulo más íntimo; los discípulos que caminaron con El camino de Emaús), tampoco, hasta un momento dado de la bendición del pan…

Jn 20

13Le dijeron: ¿Por qué lloras, mujer? Ella les dijo: Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Diciendo esto, se volvió para atrás y vio a Jesús que estaba allí, pero no conoció que fuese Jesús. 15Díjole Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: Señor, si lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto, y yo lo tomaré. 16Díjole Jesús: ¡María! Ella, volviéndose, le dijo en hebreo: ¡Rabboní!, que quiere decir Maestro.

 Jn 21

4Llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa; pero los discípulos no se dieron cuenta de que era Jesús.

5Díjoles Jesús: Muchachos, ¿no tenéis en la mano nada que comer? Le respondieron: No. 6Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. La echaron, pues, y ya no podían arrastrar la red por la muchedumbre de los peces. 7Dijo entonces a Pedro aquel discípulo a quien amaba Jesús: Es el Señor. Así que oyó Simón Pedro que era el Señor, se ciñóla sobretúnica, pues estaba desnudo, y se arrojó al mar.

 Lc 24

13El mismo día, dos de ellos iban a una aldea que dista de Jerusalén sesenta estadios, llamada Emaús, 14y hablaban entre sí de todos estos acontecimientos.

15Mientras iban hablando y razonando, el mismo Jesús se les acercó e iba con ellos, 16pero sus ojos no podían reconocerle.  (…)

 28Se acercaron a la aldea adonde iban, y Él fingió seguir adelante. 29Obligáronle diciéndole: Quédate con nosotros, pues el día ya declina. Y entró para quedarse con ellos. 30Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. 31Se les abrieron los ojos y le reconocieron, y desapareció de su presencia. 32Se dijeron uno a otro: ¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos declaraba las Escrituras? 

La realidad corpórea del Resucitado pertenece a un orden inaccesible para el conocimiento de los hombres, el hecho de ver al Resucitado no se reduce una visión simplemente física.

Ver a Dios es gracia. No puede contemplar al Resucitado aquel que careza de un mínimo de fe y de actitud religiosa. El ver al Señor no radica en la iniciativa del ojo humano, sino Él que se da a conocer. Jesús resucitado y exaltado se revela y se hace visible “desde Dios” en su realidad humana, aunque espiritualizada.

De ello se desprende que tras la resurrección el cuerpo de Cristo, es un cuerpo espiritual, pneumatizado, sobrenaturalizado. Puede hacer y expresar todo lo que un cuerpo normal, pero sin estar sometido a ninguna de sus servidumbres.

Hay una revelación de quién es, de reconocimiento, a través de una conexión que va más allá de lo físico, de entrar en comunión. También de que Jesús es el que toma la iniciativa: se “aparece”, “hacerse ver” o “dejarse ver”, en vez de “ver” o “ser visto”. Los presentes son como elevados a la situación de realidad espiritual del Resucitado,  que desborda la pura realidad material.

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