El Evangelio (Lc 17,1-6) de la liturgia de hoy, 10 de noviembre, Jesús nos habla en una pocas líneas de tres temas importantes: del escándalo de la infancia (o la pederastia), del perdón y de la fe.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,1-6):
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado.
«Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: «Lo siento», lo perdonarás.»
Los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.» El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar.» Y os obedecería.»
Vamos a reflexionar brevemente sobre estas tres enseñanzas de Jesús, que no tienen conexión entre sí:
1.La gravedad del asunto de los escándalos -en general- de niños, y más si lo concretamos en algo tan de primera página de hoy día, la pederastia o abuso sexual cometido con menores. Escandalización que destruye la inocencia y marca profundamente y de por vida, la mente y el corazón de la persona que lo padece a tan tierna edad. De ahí que Jesús se muestre tan contundente: ¡ay del que los provoca!, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. También nos llama la atención lo que Jesús dice al principio: es inevitable que sucedan escándalos; es decir, que van a ocurrir siempre. Y como decíamos en otra parte: la existencia de esos abusadores se da -por así decir- por una cuestión inevitable de estadística, porque dándose un número de miembros (v.g.: un millar de ciudadanos) se corresponde un 1 de abusador, por enfermedad o maldad, que no han de faltar. De modo que es difícil conseguir que se reduzca hasta desaparecer totalmente esta lamentable lacra. La Iglesia, a la que se la endilgado la etiqueta identificadora socialmente de ser responsables de todos los abusos sexuales, cuando en realidad son solo son el 2 de cada 1.000 casos, está procurando a marchas forzadas menguar esta calamidad. Pero si hacemos caso a Jesús, es inevitable que sucedan estos escándalos; pero hay que reducirlos lo máximo posible.
2.-Ante la ofensa, perdón y ante el odio, amor, aunque sean nuestros enemigos, en todo circunstancia y tiempo, es decir, siempre. Estas son señas genuinas de identidad del alma cristiana. Estar dispuesto al perdón es una bendición, una gracia caída del cielo, que nos hace mucho bien al alma: hay que estar con esa actitud de continuo: disponiblemente abierto a perdonar; esa actitud está más allá de que se nos pida perdón por la ofensa. Jesús nos viene a decir que le hagamos tomar conciencia de que nos ha ofendido: repréndelo; si después no te pide perdón, aunque tu tengas la predisposición de perdonarle (siete o setenta veces siete), es como si no se beneficiara de esa actitud generosa tuya de persónale, de esa gracia misericordiosa sobrenatural que reposa en ti, y que como cristiano siempre está contigo, viviendo sin rencor y en actitud de amar siempre.
3.-Jesús habla a los apóstoles de la fuerza de la fe, de sus importancia, en cuanto que con ella, si de veras la tenemos conseguiremos cuanto nos propongamos en el orden del Reino, en todo aquello que esté en función de nuestro ser trascedente, en sintonía con la voluntad de Dios de lo que pretende para nuestro bien espiritual, para nuestra santidad. Nosotros, por nuestras propias fuerzas, no elevarnos, no podemos superar esos escollos que se nos presentan a cada paso; solo con la ayuda de Dios, de la fe, podemos sortearlos. «Te basta mi gracia, pues mi poder triunfa en la flaqueza. Con gusto, pues, me glorié en mis debilidades para que more en mí el poder de Cristo.» (2 Cor 12,9). “Dios ha dispuesto que combatamos más con la plegaria que con nuestras fuerzas” (San Agustín[1]). Dios se ha comprometido en asistir a aquel que quiera su ayuda, para evitar caer en la tentación y evitar el mal.
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Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 6 de octubre de 2019)
El Evangelio de hoy presenta el tema de la fe, introducido con la demanda de los discípulos: «Auméntanos la fe» (v. 5). Una hermosa oración, que deberíamos rezar tanto durante el día: «¡Señor, auméntame la fe!». Jesús responde con dos imágenes: el grano de mostaza y el siervo disponible. «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: “Arráncate y plántate en el mar”, y os habría obedecido» (v. 6). La morera es un árbol fuerte, bien arraigado en la tierra y resistente a los vientos. Jesús, por tanto, quiere hacer comprender que la fe, aunque sea pequeña, puede tener la fuerza para arrancar incluso una morera; y luego trasplantarla al mar, lo cual es algo aún más improbable: pero nada es imposible para los que tienen fe, porque no se apoyan en sus propias fuerzas, sino en Dios, que lo puede todo.
La fe comparable al grano de mostaza es una fe que no es orgullosa ni segura de sí misma, ¡no pretende ser un gran creyente haciendo el ridículo en algunas ocasiones! Es una fe que en su humildad siente una gran necesidad de Dios y, en la pequeñez, se abandona con plena confianza a Él. Es la fe la que nos da la capacidad de mirar con esperanza los altibajos de la vida, la que nos ayuda a aceptar incluso las derrotas y los sufrimientos, sabiendo que el mal no tiene nunca, no tendrá nunca la última palabra.
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Catena Aurea
Teofilacto
Como los fariseos, tan avarientos, combatían a Jesucristo porque predicaba la pobreza, les propuso la parábola del rico y de Lázaro. A continuación habla con sus discípulos de los fariseos, diciéndoles que eran cismáticos y que obstruían los caminos del Señor, por ello sigue: «Y dijo a sus discípulos: Es imposible que no vengan escándalos», esto es, impedimentos de la predicación buena y agradable a Dios.
Crisóstomo
Hay dos clases de escándalos, unos que impiden la gloria de Dios y otros que sólo aprovechan para ofrecer obstáculos a nuestros hermanos. Porque las invenciones de los herejes y toda palabra que se dice en contra de la verdad, se opone a la gloria de Dios. Pero aquí no parece que se trate de estos escándalos, sino más bien de los que ocurren entre los amigos y los hermanos, como son las riñas, las detracciones y otras cosas por el estilo. Por esto añade después: «Si pecare tu hermano contra ti, corrígele», etc.
Teofilacto, super Necesse est ut veniant scandala
O bien, da a entender que es necesario que se susciten muchos obstáculos a la predicación y a la verdad, así como los fariseos estorbaban la predicación de Jesucristo. Pero se preguntará: Si es necesario que se susciten escándalos, ¿por qué condena el Señor al autor de ellos? Sigue pues: «¡Mas ay de aquel por quien venga el escándalo!». Porque todo lo que nace de la necesidad es venial o digno de perdón, si bien hay que observar que esta necesidad procede del libre albedrío. Viendo, pues, el Señor se esfuerzan cómo los hombres por obrar mal y que no piensan en hacer algo bueno, dijo que los escándalos son una consecuencia necesaria de semejante conducta; como el médico que, viendo la intemperancia de alguno, dice: Preciso es que éste enferme. Por lo tanto, el Salvador dice: ¡Ay de aquel que cause escándalos! Y le amenaza con el castigo diciendo: «Más le valdría que le pusiesen al cuello una piedra de molino y le lanzasen en el mar», etc.
Beda
Habla como era costumbre en la Palestina, porque los mayores crímenes entre los antiguos judíos se castigaban así, atando una piedra al cuello y arrojándola al fondo del mar. En realidad sería mucho mejor que sufriese inocente esta pena que, aunque tan atroz, al fin es temporal y concluye su vida corpórea, que dar a su hermano inocente la muerte eterna de su alma. Y con razón aquel que puede escandalizarse se llama pusilánime, porque el que tiene grandeza de alma, vea lo que viere y ocúrrale lo que le ocurra, no se aparta de la fe. Siempre que podamos, debemos evitar -sin pecar- el escándalo de nuestros prójimos, pero si el escándalo toma ocasión de la verdad, más vale permitir el escándalo que abandonar la verdad.
Crisóstomo
Por la pena del que escandaliza se puede conocer el premio del que salva. Si la salvación de una sola alma no fuese para El de tanta importancia, no amenazaría a los que escandalizan con un castigo tan grande.
San Ambrosio
Después de referir los tormentos del rico, continúa con el precepto de perdonar a aquellos que se separan de sus errores, para que la desesperación no los retenga en la culpa, por ello dice: «Mirad por vosotros».
Teofilacto, ut sup
Como diciendo: es necesario que sucedan los escándalos, pero no es necesario que vosotros perezcáis si vigiláis sobre vosotros, como no es necesario que las ovejas perezcan porque venga el lobo, si el pastor vigila. Y como hay muchas clases de escandalosos, unos incurables y otros curables, añade: «Si pecare tu hermano contra ti, corrígele», etc.
San Ambrosio
De modo que no debe ser difícil el perdón ni completa la indulgencia, ni la corrección ha de ser tan rígida que desanime, ni ha de haber connivencia que invite a pecar. Por esto dice también en otro lugar ( Mt 18,15): «Corrígele estando a solas tú y él», porque aprovecha más la corrección amiga que la acusación violenta. Aquélla inspira la vergüenza, ésta excita la indignación. Considere más bien lo que tema perder el que es amonestado, porque es bueno efectivamente, que el que es corregido te crea más bien amigo que enemigo; ya que así se atiende a los consejos más fácilmente que se sucumbe a la injuria. El temor es mal custodio de la perseverancia y el pudor, por el contrario, enseña a tenerla, porque el que teme se reprime, pero no se enmienda. Muy oportunamente dijo: «Si pecare contra ti», porque hay gran diferencia entre pecar contra Dios y pecar contra el hombre.
Beda
Debe tenerse en cuenta que no manda perdonar igualmente a todo el que peca, sino al que ha de arrepentirse. Podemos, pues, evitar los escándalos con este orden, si no hacemos daño a nadie, si corregimos al que peca por celo de la justicia y si nos ofrecemos con entrañas de caridad al que se arrepiente.
Teofilacto
Pero alguno dirá: Si perdono a mi hermano muchas veces y vuelve a ofenderme ¿qué deberé hacer con él? A esta pregunta responde diciendo: «Y si pecare contra ti siete veces al día y siete veces al día se volviere a ti diciendo: me pesa, perdónale», etc.
Beda
No se pone término al perdón con el número siete, sino que se manda que se perdonen todos los pecados, o bien que se perdone siempre al que se arrepienta. Muchas veces se indica con el número siete la universalidad de cualquier cosa o tiempo.
San Ambrosio
O bien porque en el día séptimo Dios descansó de sus creaciones. El día séptimo, después de la semana de este mundo se nos ofrece el descanso eterno, de suerte que así como concluirán las malas acciones de este mundo, así también descansará la severidad del castigo.
Teofilacto
Habiendo oído los discípulos al Señor tratar de asuntos arduos, esto es, de la pobreza y de evitar los escándalos, piden que se les aumente la fe para poder practicar la pobreza por medio de ella -ninguna cosa fomenta más el deseo de la pobreza que creer y esperar en el Señor-, pudiendo también por medio de ella resistir a los escándalos. Por ello dice: «Y dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe».
San Gregorio, Moralium 1,22
Como ya ésta había sido aceptada en principio, debía venir por grados, aumentándose hasta llegar a la perfección.
San Agustín, De quaest. Evang. 2,39
Puede entenderse muy bien que los apóstoles pedían el aumento de la fe para sí, porque por ella creían en lo que no veían; sin embargo, también se entiende por fe a la que no nace de la palabra sino de las cosas presentes, por las que se cree en las futuras, cuando se ofrecerá a la contemplación de los santos la sabiduría de Dios que ha hecho todas las cosas.
Teofilacto
El Señor les da a conocer que lo que piden es bueno y que deben creer con constancia, manifestándoles lo mucho que puede la fe, por esto sigue: «Si tuviereis fe como un grano de mostaza», etc. Dos grandes cosas concurren aquí: la trasplantación del árbol arraigado en la tierra y su plantación en el mar -¿pero qué puede plantarse en las aguas?-. Por medio de ambas da a conocer el poder de la fe.
Crisóstomo In Matthaeum hom.58
Hace mención de la mostaza, porque su semilla, aun cuando es pequeña, es la más fecunda de todas. Da a conocer, por tanto, que un poco de su fe puede mucho. Si los apóstoles no trasportaron un árbol no los acuséis, porque no dijo: trasladaréis, sino: podréis trasladar, pero no lo hicieron porque no era necesario habiendo hecho cosas de mayor importancia.
Crisóstomo, hom. in Epistola 1Cor
Alguno preguntará: ¿Cómo pudo decir Jesucristo que una pequeña parte de fe podía transportar un monte o un árbol, cuando San Pablo dice que es la verdadera fe la que transporta los montes? Puede decirse que el Apóstol atribuye a la fe perfecta el poder trasladar un monte no porque únicamente esta fe pueda hacerlo, sino porque esto parecía demasiado grande a los hombres carnales, por el volumen y peso de una montaña.
Beda
O bien, aquí el Señor compara la fe perfecta al grano de mostaza porque en su aspecto es humilde, pero ardiente en lo interior. Hablando en sentido místico, se entiende por el árbol llamado morera -en cuyo color de sangre se ven brillar el fruto y las ramas- al Evangelio de la cruz que por la predicación de los apóstoles ha sido arrancado del pueblo judío -donde, por decirlo así, había nacido- y trasplantado en el mar de los gentiles.
San Ambrosio
También se dice esto porque la fe prescinde del espíritu inmundo, muy especialmente cuando la naturaleza del árbol se presta a esta opinión. Porque el fruto de la morera es blanco primero en su flor, cuando está formado toma color amarillo y negro cuando madura. También el diablo, caído por su prevaricación, de la blanca flor de su naturaleza angélica y del brillo de su poder, se ha vuelto negro y horrible por la fetidez del pecado.
Crisóstomo
También puede compararse a la morera con el diablo, porque así como los gusanos se alimentan con las hojas de la morera, así el diablo por los pensamientos que suscita en nosotros, alimenta nuestro eterno gusano. Pero la fe puede arrancar esta morera de nuestras almas y sepultarla en el abismo.
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[1] Contra Iulianum 6,15: PL 45,1535.

