Si Dios no existe, el ser humano tampoco

Recordaba Frossard haber oído al Papa Juan Pablo II en  una de sus frecuentes conversaciones, que el error del hombre de hoy, “su pecado”, era el de “vivir como si Dios no existiera”.

Negar a Dios implica serias e imprevisibles consecuencias; no por lo que afecta a Dios, e incluso en relación al hombre, con el que seguirá siendo fiel a su empeño original de proveerlo y sostenerlo, sino por el mismo hombre, que negando a Dios, renuncia a El, a su gracia vivificadora, santificante,  y salvífica.

Una de las revelaciones más importantes, si no la más, es la del Génesis: “Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza” (Gen 1,27). Es decir, que además de  crear al ser humano también le ha hecho parecido a Él.

 Y no solo eso, sino que también le ha vocacionado, le ha creado con un designio y un destino: Dios nos ha llamado a todos a ser santos: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lev 19,2)  “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 4,48). “Lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: Seréis santos, porque yo soy santo.” (1Pe 1,15-16).

Todos los seres humanos están llamados a la santidad que, en última instancia, consiste en vivir como hijos de Dios, en esa “semejanza” a Él, según la cual, han sido creados”  (Papa Benedicto XVI).

De modo que allí donde no hay Dios, se desmorona todo lo anterior. Como decía Decía san Ireneo de Lyon: “si Dios faltara completa­mente al hombre, el hombre dejaría de existir”.

No obstante, y como decíamos, aunque el hombre abandone a Dios, Dios no abandona al hombre. El, que ha creado al hombre, asume la responsabilidad de ser fiel a su compromiso con su obra creada, aunque esta le vuelva la espalda. Porque si Dios se retira, el hombre se desintegra. Pero esto no va a suceder porque el amor y la bondad de Dios son más grandes e importantes que cualquier desprecio por parte de los seres que Él creó.

Por la parte humana, el verdadero drama es el gravísimo error de no comprender hasta qué punto necesitamos de Dios. El hombre de hoy en su soberbia y precaria ignorancia prescinde de Dios, como si no necesitara de Él y de ser salvado; incapaz de comprender es realidad, desecha a Dios de su vida como algo innecesario.

Es ateismo (a-teo = sin Dios) pretende realizarse como hombre -o hasta superhombre- por sí mismo, sin Dios. Cuando esto es imposible, pues Dios es la base constitutiva del ser humano. Pero y entonces, ¿por qué, pues, no se manifiesta esa deshumanización más explícita y contundente en un mundo -como el occidental- que progresa hacia el ateísmo? Porque Dios no abandona al hombre; de lo contrario el mundo sería un infierno, y nos destruiríamos en poco tiempo. Aunque el hombre niegue a Dios, Dio son niega al hombre. Pero existe el riego…, y, de hecho, se da progresivamente que hay ciertos atisbos alarmantes de deshumanización.

Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios“, decía el Cardenal  Ratzinger. El hombre no encuentra más que una cosa: su cuerpo… La droga, el sexo, la violencia, la avaricia (en todas sus versiones), etc., son los sustituti­vos “naturales” de la desaparición de Dios.

Dios no se retira del ser humano, de cualquier ser humano, sea cual sea su circunstancia…, Dios sigue presente en él, insuflando su aliento, sosteniéndole como persona, hasta que muera. La asistencia de Dios es en todo momento y lugar, y por lo ello, sea como sea cada uno, malo o bueno, este equivocado o acertado, etc., Dios sigue ahí, fiel,  con su imagen y semejanza, con su dinamismo de bien y amor. Lo peligroso de todo esto, es que teniendo la capacidad –siempre y todo hombre- de hacer obras buenas y de amar, crea que está en la plena comunión con Dios, y soberbiamente se crea en la verdad, en el camino correcto, etc., sin dejarse encauzar según la más objetiva y verdadera voluntad de Dios, que proporciona el no subjetivizar y relativizar la verdad y asumir y compartir lo que los demás –sobre todo los de vidas ejemplares y probadas- a lo largo de la historia nos han enseñado y transmitido, y sobre todo en lo que se tiene por revelado, y su interpretación correcta. En todo ello, la Iglesia tiene la más preclara y última palabra.

En fin, es de todo punto imposible alcanzar situaciones más humanas y humanizantes si se prescinde de Dios. Pero  hoy, a diferencia de decenas de años atrás, esta cuestión casi resulta irrisoria, para desgracia nuestra y de nuestra época, pues es algo que no ocupa ni preocupa, sin estima, aprecio o importancia. Un drama. Una drama mayor del imaginado. Un drama colosal y definitivo.

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