En el Evangelio (Jn 12,44-50) de la liturgia de la misa de hoy, 29 de abril, Jesús nos habla de su misión en el mundo, que es ser luz para salvarnos de las tinieblas.
El creer en Jesús supone ser iluminado, o lo que es lo mismo: ser liberado de las tinieblas, salir de ese estado de espiritualidad esclava, de guardar servidumbre del mal, estar bajo lal influencia del Maligno.
«El misterio de la iniquidad» (2 Ts 2,7) sólo se esclarece a la luz del «Misterio de la piedad» (1 Tm 3,16). La revelación del amor divino en Cristo ha manifestado a la vez la extensión del mal y la sobreabundancia de la gracia (cf Rm 5,20). (Catecismo, n. 385)
Creer en Jesús no es una declaración sin más, sino que conlleva el guiarse en su vida según su voluntad de Dios, es decir, poner en práctica sus palabras. Y este vivir según lo que el quiere, que nos expresa en sus palabras, es nuestro bien, y comporta salvación.
No se puede recibir una luz de Dios, la fe, sin que esa luz nos penetre y nos trasforme por su gracia, que es fuente de vida. «Yo soy la luz del mundo. El que me siga, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).
Jesús no ha venido a juzgar ni condenarnos sino todo lo contrario, a salvarnos. Esta es su causa y razón de haber venido al mundo. Pero su luz y sus palabras que son para nuestro bien, pueden convertirse en la raya divisoria entre la luz del reino de Dios y las tieniblas; es decir, que quien elige estar de un lado u otro, se reponsabiliza de sus destino y puede correr el riesgo, pese a la voluntad salvadora de Jesús, en su propia condenación.
Todo hombre que nace en este mundo está iluminado por el Espíritu de Dios (Jn 1,9) en la medida de su nobleza, disponibilidad y humildad. Ilumina a unos de una menera y a otros de otra. A cada uno según su situación concreta, no pocas veces limitada y profundamente ambigua.
El alma de cada ser humano se convierte en un campo de batalla, donde Dios trata de reinar liberándola de las tinieblas que la inundan. En este empeño Dios expuso lo máximo: la cruz.
Lectura del santo evangelio según san Juan 12, 44-50:
En aquel tiempo, exclamó Jesús con fuerte voz: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.
Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.
El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene ya quien lo condene: las palabras que yo he hablado lo condenarán en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Y yo sé que su mandamiento es vida eterna. Así, pues, lo que hablo, lo digo como el Padre me lo ha dicho’’.
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 1,5-2,2:
Queridos hermanos:
Este es el mensaje que hemos oído de Jesucristo y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.
Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros.
Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
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PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO:
(Homilia en Santa Marta, 6 de mayo de 2020)
Este pasaje del Evangelio de Juan (cf. Jn 12, 44-50) nos muestra la intimidad que hay entre Jesús y el Padre. Jesús hacía lo que el Padre le decía. Por eso dice: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado» (v. 44). Luego concreta su misión. «Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga entre tinieblas» (v. 46). Se presenta como luz, la misión de Jesús es iluminar: la luz. Él mismo ha dicho: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). El profeta Isaías había profetizado esta luz: «El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una gran luz» (Mt 4,16 y cf. Is 9,1). La promesa de la luz que iluminará al pueblo. También la misión de los apóstoles es llevar la luz. Pablo se lo dijo al rey Agripa: “Fui elegido para iluminar, para llevar esta luz —que no es mía, es de otro— pero para llevar la luz” (cf. Hch 26,18). Es la misión de Jesús: llevar la luz. Y la misión de los apóstoles es llevar la luz de Jesús. Iluminar. Porque el mundo estaba en tinieblas.
Pero el drama de la luz de Jesús es que ha sido rechazada. Lo dice Juan claramente al principio del Evangelio: “Vino a los suyos, mas los suyos no lo recibieron. Amaban más las tinieblas que la luz” (cf. Jn 1,9-11). Acostumbrarse a las tinieblas, vivir en las tinieblas: no saben aceptar la luz, no pueden; son esclavos de las tinieblas. Y esta será la continua lucha de Jesús: iluminar, llevar la luz que hace ver las cosas como están, como son; hace ver la libertad, hace ver la verdad, muestra el camino por el que ir, con la luz de Jesús.
Pablo vivió esta experiencia del paso de las tinieblas a la luz, cuando el Señor lo encontró en el camino de Damasco. Se quedó ciego. Ciego. La luz del Señor lo cegó. Y luego, tras pasar unos días, con el bautismo recobró la luz (cf. Hch 9,1-19). Tuvo esa experiencia de pasar de las tinieblas, en que vivía, a la luz. Es también nuestro paso, que sacramentalmente recibimos en el bautismo: por esto el bautismo se llamaba en los primeros siglos, la Iluminación (cf. San Justino, Apologia, 1, 61, 12), porque te daba la luz, te “hacía entrar”. Por eso en la ceremonia del Bautismo damos un cirio encendido, una candela encendida al padre y a la madre, para que el niño, la niña, sea iluminado, sea iluminada.
Jesús trae la luz. Pero el pueblo, la gente, su pueblo lo ha rechazado. Está tan acostumbrado a las tinieblas que la luz lo deslumbra, no sabe caminar (cf. Jn 1,10-11). Y este es el drama de nuestro pecado: el pecado nos ciega y no podemos soportar la luz. Tenemos los ojos enfermos. Y Jesús lo dice claramente en el Evangelio de Mateo: “Si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará malo. Si tu ojo ve solamente las tinieblas, ¿cuánta oscuridad habrá en ti?” (cf. Mt 6,22-23). Las tinieblas… Y la conversión es pasar de las tinieblas a la luz.
¿Qué es lo que hace enfermar los ojos, los ojos de la fe? Nuestros ojos están enfermos: ¿cuáles son las cosas que “los debilitan”, que los ciegan? Los vicios, el espíritu mundano, la soberbia. Los vicios que “te derrumban” y también estas tres cosas —los vicios, la soberbia, el espíritu mundano— te llevan a asociarte con los otros para permanecer seguro en las tinieblas. Hablamos a menudo de mafias: es esto. Pero hay “mafias espirituales”, hay “mafias domésticas”, siempre, buscar a otro para ocultarse y permanecer en las tinieblas. No es fácil vivir en la luz. La luz nos hace ver muchas cosas feas dentro de nosotros que no queremos ver: los vicios, los pecados… Pensemos en nuestros vicios, pensemos en nuestra soberbia, pensemos en nuestro espíritu mundano: todo esto nos ciega, nos aleja de la luz de Jesús.
Pero si comenzamos a pensar en estas cosas, no encontraremos un muro, no, encontraremos una salida, porque Jesús mismo dice que Él es la luz, y también: “Vine al mundo no para condenar al mundo, sino para salvar al mundo” (cf. Jn 12,46-47). Jesús mismo, la luz, dice: “Ten valor: déjate iluminar, déjate ver por lo que tienes dentro, porque soy yo quien te lleva adelante, para salvarte. No te condeno. Yo te salvo” (cf. v. 47). El Señor nos salva de nuestras tinieblas interiores, de las tinieblas de la vida cotidiana, de la vida social, de la vida política, de la vida nacional, internacional… Hay muchas tinieblas interiores. Y el Señor nos salva. Pero nos pide que las veamos primero; tener el valor de ver nuestras tinieblas para que la luz del Señor entre y nos salve.
No tengamos miedo del Señor: es muy bueno, es manso, está cerca de nosotros. Vino a salvarnos. No tengamos miedo de la luz de Jesús.
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Catena Aurea
Crisóstomo In Ioannem hom., 68.
Como el amor de la gloria humana era lo que impedía a los príncipes confesar la fe, el Señor les habla contra esta pasión: «Y Jesús alzó la voz y dijo: Quien cree en mí no cree en mí, sino en Aquel que me envió». Como si dijera: ¿Por qué teméis creer en mí? Vuestra fe llega a Dios por mí.
San Agustín In Ioannem tract., 54.
Como el hombre era el que aparecía en el momento en que Dios se ocultaba, con el fin de que no pensasen ellos que El era solamente lo que parecía, y queriendo que le creyesen tal como a su Padre y tan grande como El, dice: «Quien cree en mí, no cree en mí (esto es, en lo que ve) sino en Aquel que me envía» (esto es, en el Padre). Y en efecto, el que cree que el Padre no tiene más que hijos adoptivos según la gracia, y que no tiene un Hijo igual a El y coeterno, ése no cree en el Padre que lo ha enviado, porque el Padre que lo ha enviado no es lo que él cree. Pero para que no pensasen que quería hablar del Padre como de un padre de muchos hijos por la gracia y no del Verbo único que es igual a El, añade al punto: «El que me ve a mí», etc. Como diciendo: Tan ninguna diferencia hay entre El y entre mí, que aquel que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Ciertamente el mismo Señor es el que envió a los apóstoles y, sin embargo, ninguno de ellos se atrevió jamás a pronunciar estas palabras: «El que cree en mí». Porque creemos al apóstol, pero no creemos en el apóstol. Con razón el Hijo unigénito dice: «Quien cree en mí no cree en mí, sino en Aquel que me envió», con cuyas palabras El no destruye la fe del creyente; antes por el contrario, eleva esta misma fe más allá de la forma de siervo.
Crisóstomo ut supra.
O las palabras «quien cree en mí no cree en mí, sino en Aquel que me envió», equivalen a estas otras: Quien bebe el agua de la corriente, no bebe la de la corriente, sino la de la fuente. Empero, para mostrar que el que no cree en El no cree en el Padre, añade: «El que me ve a mí, ve a Aquel que me envió». ¿Qué significa esto? ¿Dios tiene figura corporal? No; mas la consideración de la verdad que se adquiere por el entendimiento, se llama aquí visión. Después, en las palabras que siguen, manifiesta qué clase de conocimiento se puede tener del Padre: «Y Yo, la luz, he venido al mundo». Como el Padre es llamado luz, El se sirve también de ese nombre. Y aquí en particular se llama luz, porque arranca el error y disipa las tinieblas al entendimiento. Y por eso añade: «Para que todo aquel que en mí cree, no permanezca en tinieblas».
San Agustín ut supra.
En lo cual El manifiesta de una manera clara, que ha encontrado a todo el mundo en las tinieblas; mas a fin de que no permanezca en las tinieblas, en que lo encontró, debe creer en la luz que vino al mundo. En otro lugar había dicho a sus discípulos ( Mt 5,14): «Vosotros sois la luz del mundo». Pero no les había dicho: vosotros, luz, vinisteis al mundo, para que todo el que crea en vosotros no permanezca en las tinieblas. Todos los santos son luces, pero con su fe (creyendo) son iluminados por Aquel de quien si alguno se apartase caerá en las tinieblas.
Crisóstomo ut supra.
Pero para que ellos no pensasen que no tenía poder para castigar a los que lo menospreciaban y que por eso los dejaba ir impunes, añade: «Y si alguno oyese mis palabras y no las guardase, no le juzgo yo».
San Agustín ut supra.
Estas palabras deben entenderse de este modo: «Yo no le juzgo ahora», teniendo presente que en otro lugar dijo ( Jn 5,22): «El Padre ha dado todo juicio al Hijo». Y en las palabras siguientes demuestra por qué ahora no juzga: «Porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo», es decir, para hacerlo salvar. Ahora es tiempo de misericordia; más tarde lo será de juicio.
Crisóstomo ut supra.
Después, para que con estas palabras no se hiciesen perezosos y negligentes, habla en seguida de su terrible juicio: «El que me desprecia y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue».
San Agustín In Ioannem tract., 54.
No dijo, yo no lo juzgaré en el último día, porque esto hubiera sido contrario a aquellas palabras ( Jn 5,22): «El Padre ha dado todo juicio al Hijo». Porque después de haber pronunciado las palabras «el que me desprecia tiene quien le juzgue», como ellos esperasen saber quién fuese, añade: «La palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero», donde se manifiesta bien claramente que El mismo era el que los había de juzgar en el día postrero. Como quiera que habló de sí mismo y se manifestó a sí mismo, así de una manera serán juzgados los que oyeron, y de otra los que oyeron y despreciaron.
San Agustín De Trin.1, 12
He ahí por qué juzga la palabra que habló el Hijo; porque el Hijo no habló de sí mismo. O así: Yo no juzgaré conforme a la potestad humana, porque soy Hijo del hombre, sino que juzgaré según la potestad del Verbo de Dios, porque soy Hijo de Dios.
Crisóstomo In Ioannem hom., 68.
O de otra manera: «Yo no lo juzgo», esto es, no soy la causa de su perdición, sino él mismo, que desprecia mis palabras; porque las palabras que acabo de pronunciar, estarán en frente de él como acusadoras para quitarle toda excusa. Y esto significa lo que añade: «La palabra que yo he hablado será su juez». ¡Y qué palabra! Porque yo no he hablado por mí mismo, sino el Padre que me envió me encomendó lo que había de decir y hablar. Todas estas cosas, pues, se dijeron contra ellos para que no tuviesen ninguna excusa.
San Agustín In Ioannem tract., 54.
El Padre dio el mandato, pero no porque el Hijo no lo tuviese, pues en la sabiduría del Padre, es decir en el Verbo del Padre, están todos los mandatos del Padre. Pero aún así se dice que el mandato le ha sido dado, pues El, a quien se da este mandato, no es por sí mismo. Y dar al Hijo aquello sin lo cual nunca ha estado significa lo mismo que engendrar al Hijo, que nunca no ha existido.
Teofilacto.
Siendo, pues, el Hijo la palabra del Padre que en toda su integridad revela, o esclarece y expone, dice que El ha recibido como mandato lo que ha de decir y hablar. Así también como nuestra palabra, si queremos expresar la verdad, profiere aquellas cosas que la mente sugiere.
«Y sé, prosigue, que su mandato es vida eterna».
San Agustín ut supra.
Si, pues, vida eterna es el Hijo y vida eterna es el mandato del Padre, ¿qué otra cosa se ha dicho sino yo soy el mandato del Padre? A esto obedece lo que añade: «Así, lo que yo hablo, lo hablo tal como dijo mi Padre». Y las palabras me dijo no deben entenderse en el sentido de que hubiese hablado a su Hijo único por medio de palabras. Habló el Padre al Hijo de la misma manera que le dio vida, no porque ignoraba o no tenía, sino porque era el Hijo mismo. ¿Qué otra cosa significa «según me dijo, así hablo», sino yo que soy el Verbo hablo? El me habló de esta manera porque es veraz, y yo así hablo porque soy la verdad. El Veraz engendró a la Verdad. ¿Qué podría entonces haber dicho a la verdad? Pues la Verdad no es imperfecta, como para que se le pueda añadir algo.
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