La lectura (Mt 11,25-30) del Evangelio de la misa del día de hoy, 12 de junio, Solemnidad del Sagrado Corazón, dice:
En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»
A resaltar que Dios Padre ha querido, porque así a tenido a bien, que sean contemplados -conocidos, sentidos- sus misterios, las cosa del Reino, su intimidad, etc., a los sencillos, a la gente corriente e inocente. ¿Y qué son esas cosas que ofrece Dios a ser contempladas, conocidas? Jesús nos dice: «aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón». La vida cristiana es entrar en esta escuela del Corazón de Jesús. El camino del discipulado es transformar nuestro corazón en el amor gratuito que recibimos de Dios, para tener los mismos sentimientos del Corazón de Cristo.
Para contemplar en Corazón de Jesús se requiere, amén de la gracia divina, la disposición de la inocencia, sencillez y humildad del corazón del que contempla.
Es comúnmente sabido que la devoción al Sagrado Corazón tuvo su inicio a raíz de la revelación de Jesús a santa Margarita María de Alacoque, que se le apareció en una visión en 1675, en la pidió que la fiesta del Sagrado Corazón sea celebrada cada año el viernes siguiente a Corpus Christi,; para que posteriormente en 1873 la devoción al Sagrado Corazón fue formalmente aprobada por el Papa Pío IX. Ya con anterioridad se menciona sus orígenes en el siglo XI, cuando los cristianos piadosos meditaban sobre sus cinco llagas. En el siglo XIII, a santa Gertrudis el Señor le permitió una vez descansar su cabeza sobre su corazón. Esto es algo relevante, para lo que deseamos apuntar: el origen de la devoción contemplativa del Sagrado Corazón tuvo lugar en un momento cumbre de la fe cristiana, en la Ultima Cena: allí como posteriormente ocurriera a santa Gertrudis, el Señor Jesús, permitió a san Juan que reclinara sobre tu pecho divino la cabeza.
Jn 13, 23-25: Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?».
San Juan es le contemplativo del Corazón de Jesús por antonomasia. Reúne el requisito de ser un corazón inocente, es el más joven de los apóstoles; es al que el Padre, en el Bautismo del Hijo, le relevo la identidad de Jesús, como el Mesías prometido, al que esperaban, entre ellos Juan. En la contemplación del Corazón de Jesús como en la Última cena, el Señor mostraba a Juan el inefable sentir del Corazón Divino. Tal era la intimad de amistad de Jesús —que también nos ofrece a todos— que el mismo san Pedro, en aquel entonces, no se atrevía —en un gesto carente de la confianza de san Juan— a pedir a Jesús que dijera el nombre de quién se trataba que le iba a traicionar
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Palabras del papa León XIV
(Homilía del Santo Padre. Santa misa en el Estadio de Gran Canaria. 11 junio 2026.)
Queridos hermanos y hermanas, después de una jornada rica de encuentros y de compartir, ahora celebrando con ustedes esta Eucaristía, quiero antes que nada dar gracias al Señor por tanto bien que se hace aquí cada día, confiándole el compromiso de todos y al mismo tiempo los sufrimientos de los que esta tierra es testigo. Les invito también a rezar juntos, en esta Santa Misa, por los hermanos y las hermanas que han perdido la vida en el mar.
Todo lo llevamos al Altar junto con el pan y el vino, mientras nos introducimos, con la Celebración vespertina de la Vigilia, en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, a quien toda España está consagrada. Pidamos al Señor que en este momento estén vivos en nosotros los mismos sentimientos de humanidad, misericordia y compasión del Corazón del Salvador.
Nos dejamos ayudar, en nuestra meditación, por las Lecturas que hemos escuchado.
En la primera, Dios recuerda a los israelitas la gratuidad con la que los amó. Los eligió no porque tuvieran privilegios, dotes o méritos particulares, sino por puro amor (cf. Dt 7,7-9), y seguirá amándolos siempre, aun cuando, por su corazón endurecido, no correspondan a sus sentimientos.
Esta es la caridad de Dios, en la que hunde sus raíces nuestra vocación al amor, que no está fundada en el cálculo, ni en el mero sentimiento, ni es reducible a simple filantropía, sino que invade todo nuestro ser: fuego para el alma, luz para la mente, impulso irresistible para la libertad, paz y al mismo tiempo tormento para el corazón, que late en sintonía con otros corazones, involucrando a toda la persona. Porque amar es connatural al hombre, más aún, es condición de plenitud de su misma existencia.
Así se nos muestra el amor en la humanidad del Salvador y en los movimientos de su Sacratísimo Corazón: inmutable y fiel aun frente a la incomprensión y al rechazo, al miedo, a la tristeza y a la resistencia humana (cf. Lc 22,39-46).
Y es en este rostro de Dios siempre “enamorado”, que anhela total y constantemente nuestro bien y nuestra felicidad plena, que nosotros reconocemos el camino de la vida, aprendiendo un nuevo modo de existir y de relacionarnos, un criterio diferente para evaluar las decisiones, un estilo renovado y estimulante de hacer comunión. A este respecto, el Papa Francisco, hablando de la caridad de Cristo, decía que «la mejor respuesta al amor de su Corazón es el amor a los hermanos» (Dilexit nos, 167) y agregaba: «no hay mayor gesto que podamos ofrecerle para devolver amor por amor» (ibíd.). “Devolver amor por amor”: este es el intercambio maravilloso, el «admirabile commercium» (cf. Primeras Vísperas de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, primera antífona), del que el Evangelio nos invita a dejarnos atraer, traduciendo la medida infinita del amor de Dios en la generosidad con la que lo servimos, cada día, en los hermanos y en las hermanas que Él mismo pone en nuestro camino. Especialmente en aquellos más necesitados, indefensos, incapaces de devolver algo a cambio (cf. Lc 6,32-36). Precisamente como ocurre en esta isla, en la acogida, en el compartir, en el don desinteresado.
La gratuidad del Corazón de Cristo, sin embargo, no se detiene en esto. Va más allá, comprometiéndose en ayudar a cada uno no sólo a sobrevivir, sino también a recuperar la confianza y retomar el camino, para crecer y florecer plenamente en su unicidad, por el bien de todos. A este propósito, el Papa Benedicto XVI escribía que la caridad «de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal […] es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad» (Caritas in veritate, 1).
En la segunda Lectura, san Juan nos ha recordado que «Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4,9). Sus palabras evocan las de Jesús, que dijo que había venido para que tuviéramos vida y vida en abundancia (cf. Jn 10,10), y que ordenó al paralítico sanado: «Levántate, coge la camilla y echa a andar» (Mc 2,9). En estas expresiones reconocemos la invitación a abrazar maternalmente al que sufre, pero al mismo tiempo a preparar y alentar al que está herido para que se levante y vuelva a ponerse en marcha, para una vida libre y digna.
Efectivamente, nuestra caridad no debe ser mero asistencialismo, sino integrar a las personas, para su plena realización —espiritual, intelectual y física— y su inserción digna y constructiva en la comunidad (cf. Fratelli tutti, 129). Sólo así nuestros encuentros, aun frente a acontecimientos difíciles y dolorosos, se convertirán en ocasión para esparcir semillas de esperanza en el camino de la humanidad hacia un futuro mejor.
Pero quisiera detenerme, a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, en una última característica del Corazón de Cristo: la humildad (cf. Mt 11,29). El Corazón de Jesús es humilde, y por eso no sienten sus latidos los “doctos”, los “sapientes”, es decir, aquellos que tienen la presunción de bastarse a sí mismos, de saberlo todo, de no necesitar ni a Dios ni a los demás. A estos, en efecto, aturdidos por los estruendos de un “yo” ampuloso, omnipresente y agitado, les falta el silencio necesario para escuchar en sí y en los hermanos el palpitar escondido del amor.
«No pocas veces, la riqueza nos vuelve ciegos, hasta el punto de pensar que nuestra felicidad sólo puede realizarse si logramos prescindir de los demás» (Dilexi te, 108). Jesús, en cambio, nos enseña lo contrario: para gustar la verdadera alegría de la vida, que reside en el amor, es necesario bajar de los pedestales de la arrogancia que divide, para encontrarnos en la humildad que nos hermana.
San Agustín decía: «donde está la caridad está la paz, y donde está la humildad, allí está la caridad» (Sobre la Primera Carta de San Juan a los Partos, Prólogo). Es así. Donde hay auténtica humildad hay amor, y donde hay amor hay paz, porque sólo en la humildad conocemos realmente quiénes somos y, por tanto, podemos amarnos, encontrarnos, entregarnos y perdonarnos en la verdad.
Queridos hermanos, hermanas, hoy adoramos el Sagrado Corazón de Jesús, un corazón que a menudo representamos coronado de espinas y encendido con una llama, según las visiones que tuvo santa Margarita María Alacoque. Recordemos que nosotros somos la presencia viva del Señor en el mundo (cf. Lumen gentium, 8). Por eso, mirémonos unos a otros, no sólo en esta jornada, sino siempre, con respeto y confianza, y renovemos, en esta conciencia, el compromiso de realizar en nosotros, en la caridad, lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por el bien de la Iglesia (cf. Col 1,24). Encendidos por la caridad de su Corazón, seamos portadores de su misericordia y de su paz, para que en el mundo cesen las guerras y crezca a nuestro alrededor una nueva humanidad, reconciliada en el amor.
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Palabras del papa san Juan Pablo II
(Audiencia general, 20 de junio de 1979)
El misterio del Corazón de Cristo
- Pasado mañana, próximo viernes, la liturgia de la Iglesia se concentra, con una adoración y un amor especial, en torno al misterio del Corazón de Cristo. Quiero, pues, ya hoy, anticipando este día y esta fiesta, dirigir junto con vosotros la mirada de nuestros corazones sobre el misterio de ese Corazón. El me ha hablado desde mi juventud. Cada año vuelvo a este misterio en el ritmo litúrgico del tiempo de la Iglesia.
Es sabido que el mes de junio está consagrado especialmente al Corazón Divino, al Sagrado Corazón de Jesús. Le expresamos nuestro amor y nuestra adoración mediante las letanías que hablan con profundidad particular de sus contenidos teológicos en cada una de sus invocaciones.
Por esto quiero detenerme, al menos brevemente, con vosotros ante este Corazón, al que se dirige la Iglesia como comunidad de corazones humanos. Quiero hablar, siquiera brevemente de este misterio tan humano, en el que con tanta sencillez y a la vez con profundidad y fuerza se ha revelado Dios.
- Hoy dejamos hablar a los textos de la liturgia del viernes, comenzando por la lectura del Evangelio según Juan. El Evangelista refiere un hecho con la precisión del testigo ocular. «Los judíos, como era el día de la Parasceve, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que estaba crucificado con Él; pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua» (Jn19, 31-34).
Ni siquiera una palabra sobre el corazón.
El Evangelista habla solamente del golpe con la lanza en el costado, del que salió sangre y agua. El lenguaje de la descripción es casi médico, anatómico. La lanza del soldado hirió ciertamente el corazón, para comprobar si el Condenado ya estaba muerto. Este corazón —este corazón humano— ha dejado de latir. Jesús ha dejado de vivir. Pero, al mismo tiempo, esta apertura anatómica del corazón de Cristo, después de la muerte —a pesar de toda la «crudeza» histórica del texto— nos induce a pensar incluso a nivel de metáfora. El corazón no es sólo un órgano que condiciona la vitalidad biológica del hombre. El corazón es un símbolo. Habla de todo el hombre interior. Habla de la interioridad espiritual del hombre. Y la tradición entrevió rápidamente este sentido de la descripción de Juan. Por lo demás, en cierto sentido, el mismo Evangelista ha inducido a esto cuando, refiriéndose al testimonio del testigo ocular, que era él mismo, ha hecho referencia, a la vez, a esta frase de la Escritura: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37; Zac 12, 10).
En realidad así mira la Iglesia; así mira la humanidad. Y de hecho, en la transfixión de la lanza del soldado todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del Corazón del Hombre crucificado, que era el Hijo de Dios.
- Es diversa la medida del conocimiento que de este misterio han adquirido muchos discípulos y discípulas del Corazón de Cristo, en el curso de los siglos. Uno de los protagonistas en este campo fue ciertamente Pablo de Tarso, convertida de perseguidor en Apóstol. También nos habla él en la liturgia del próximo viernes con las palabras de la Carta a los efesios. Habla como el hombre que ha recibido una gracia grande, porque se le ha concedido «anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio oculto desde los siglos en Dios, Creador de todas las cosas» (Ef 3, 8-9).
Esa «riqueza de Cristo» es, al mismo tiempo, el «designio eterno de salvación» de Dios que el Espíritu Santo dirige al «hombre interior», para que así «Cristo habite por la fe en nuestros corazones» (Ef 3, 16-17). Y cuando Cristo, con la fuerza del Espíritu, habite por la fe en nuestros corazones humanos, entonces estaremos en disposición «de comprender con nuestro espíritu humano» (es decir, precisamente con este «corazón») «cuál es la anchura, la longura, la altura y la profundidad, y conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia…» (Ef 3, 18-19).
Para conocer con el corazón, con cada corazón humano, fue abierto, al final de la vida terrestre, el Corazón divino del Condenado y Crucificado en el Calvario.
Es diversa la medida de este conocimiento por parte de los corazones humanos. Ante la fuerza de las palabras de Pablo, cada uno de nosotros pregúntese a sí mismo sobre la medida del propio corazón. «…Aquietaremos nuestros corazones ante Él, porque si nuestro corazón nos arguye, mejor que nuestro corazón es Dios, que todo lo conoce» (1 Jn 3, 19-20). El Corazón del Hombre-Dios no juzga a los corazones humanos. El Corazón llama. El Corazón «invita». Para esto fue abierto con la lanza del soldado.
- El misterio del corazón, se abre a través de las heridas del cuerpo; se abre el gran misterio de la piedad, se abren las entrañas de misericordia de nuestro Dios (San Bernardo, Sermo61, 4; PL 183, 1072).
Cristo dice en la liturgia del viernes: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).
Quizá una sola vez el Señor Jesús nos ha llamado con sus palabras al propio corazón. Y ha puesto de relieve este único rasgo: «mansedumbre y humildad». Como si quisiera decir que sólo por este camino quiere conquistar al hombre; que quiere ser el Rey de los corazones mediante «la mansedumbre y la humildad». Todo el misterio de su reinado está expresado en estas palabras. La mansedumbre y la humildad encubren, en cierto sentido, toda la «riqueza» del Corazón del Redentor, sobre la que escribió San Pablo a los efesios. Pero también esa «mansedumbre y humildad» lo desvelan plenamente; y nos permiten conocerlo y aceptarlo mejor; lo hacen objeto de suprema admiración.
Las hermosas letanías del Sagrado Corazón de Jesús están compuestas por muchas palabras semejantes, más aún, por las exclamaciones de admiración ante la riqueza del Corazón de Cristo. Meditémoslas con atención ese día.
- Así, al final de este fundamental ciclo litúrgico de la Iglesia, que comenzó con el primer domingo de Adviento, y ha pasado por el tiempo de Navidad, luego por el de la Cuaresma, de la Resurrección hasta Pentecostés, domingo de la Santísima Trinidad y Corpus Christi, se presenta discretamente la fiesta del Corazón divino, del Sagrado Corazón de Jesús. Todo este ciclo se encierra definitivamente en Él; en el Corazón del Dios-Hombre. De Él también irradia cada año toda la vida de la Iglesia.
Este Corazón es «fuente de vida y de santidad».
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Catena Aurea
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 28
Como sabía el Señor que muchos habían de poner en duda la verdad anterior, es decir, el por qué los judíos no le quisieron recibir y los gentiles sí lo recibieron con prontitud, contesta a las opiniones de todos diciendo: «Yo te confieso, Padre», etc.
Glosa
Esto es, a ti, que haces los cielos y gobiernas en la tierra.
San Agustín, sermones, 67,1
Si Cristo, que está muy lejos de todo pecado, dijo: «Yo confieso», la confesión consiguientemente no es de sólo el que peca, sino alguna vez también del que alaba. Confesamos, pues, ya alabando a Dios, ya acusándonos a nosotros mismos. Luego cuando dijo: «Yo te confieso», quiso decir, yo te alabo y no, yo me acuso.
San Jerónimo
Los que calumnian al Salvador diciendo que no había nacido, sino que había sido creado, apoyan su calumnia en que el Señor llama a su Padre Señor del cielo y de la tierra; pero si El es una creatura y la creatura puede llamar a su autor padre suyo, fue una necedad el que no le llamara también igualmente Señor del cielo y de la tierra o padre. El da las gracias a Dios de haber revelado su venida a los Apóstoles, cosa que no supieron los escribas y los fariseos, que se tenían por sagaces y prudentes. Por eso sigue: «porque ocultaste a los sabios, etc».
San Agustín, sermones, 67,8
Bajo el nombre de sabios y prudentes, se entiende los soberbios, según manifiesta el Señor por las palabras: «Revelaste estas cosas a los pequeñuelos». ¿Y quiénes son los pequeñuelos, sino los humildes?
San Gregorio Magno, Moralia, 27
Y no añade: Revelaste estas cosas a los necios, sino a los pequeñuelos, en cuya exclusión da a entender que no condenó la penetración de espíritu, sino el orgullo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1
Al decir «a los sabios», no se refiere a la verdadera sabiduría, sino a aquella que pretendían tener los escribas y los fariseos. Y por eso no dijo: «Revelaste estas cosas a los necios», sino a los pequeñuelos, esto es, a los sencillos o rústicos. En esto nos enseña el cuidado que debemos tener de huir del orgullo y de amar la humildad.
San Hilario, in Matthaeum, 11
Están ocultos a los sabios los secretos y las virtudes de las palabras de Dios y para los pequeñuelos están abiertos: a los que son pequeños en malicia, mas no en inteligencia; a los que son sabios a los ojos de la presunción, mas no a los de la prudencia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1
Debemos alegrarnos de que se haya hecho la revelación a éstos y debemos lamentar el que se haya debido ocultar a aquellos.
San Hilario, in Matthaeum, 11
El Señor confirma, según el juicio de la voluntad del Padre la equidad del hecho de que todos aquellos que no han querido hacerse pequeños delante de Dios se queden hechos unos necios en su propia sabiduría. Así dice: «Así es, Padre, porque de esta manera te agradó».
San Gregorio Magno, Moralia, 25
Estas palabras nos dan una lección de humildad, a fin de que no intentemos discutir temerariamente los juicios divinos sobre la vocación de unos y la desaprobación de otros, manifestándonos al mismo tiempo que no puede haber injusticia en aquel a quien tanto complace lo justo.
San Jerónimo
También en estas palabras dice el Señor con mucha ternura a su Padre, que culmine la obra comenzada en los Apóstoles.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1-2
Todo lo que el Señor dijo a los Apóstoles en este pasaje, tiene por objeto el hacerlos más precavidos, porque era natural que tuviesen un concepto elevado de sí mismos, aquellos que lanzaban los demonios. De aquí el reprimir este concepto, porque cuanto se había hecho en su favor no era resultado de su celo, sino de la revelación divina. Por eso los escribas y los fariseos, teniéndose por sabios y prudentes, cayeron por efecto de su orgullo. De donde resulta que si por su orgullo no les fue revelado nada, también nosotros debemos tener miedo y ser siempre pequeños: pues esto hizo que vosotros gozaseis de la revelación. Y como dice San Pablo: «Los entregó Dios a su réprobo sentido» ( Rom 1,26). No dice esto para afirmar que Dios es el que produce ese efecto, pues Dios no hace mal, sino que aquellos fueron causa inmediata de ello. Por esta razón dice: «Ocultaste estas cosas a los sabios y a los prudentes». ¿Y por qué razón se las ocultó? San Pablo expone la razón en estos términos: «Porque queriendo establecer su propia justicia, no estuvieron sometidos a la justicia de Dios» ( Rom 10,3).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2
Después de haber dicho antes el Señor: «Yo te alabo, oh Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios». A fin de que nadie creyera que da las gracias al Padre, porque El está privado de ese poder, añade: «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre». Cuando escuchares que «todo me ha sido entregado por mi Padre», no debéis entender nada humano. Pues, este modo de expresarse que tiene el Señor, es para darnos a entender que no son dos los dioses engendrados, porque desde el momento en que El fue engendrado, fue hecho Señor de todas las cosas.
San Jerónimo
Porque de otra manera, si interpretamos este pasaje según nuestra frágil manera de ver las cosas, deberíamos admitir que desde el momento en que aquel que recibe empieza a tener, principiará a no tener aquel que ha dado. O también: por «todas las cosas me fueron entregadas» puede entenderse no el cielo, la tierra, los elementos y todo lo demás que hizo y creó Dios, sino todos aquellos que mediante el Hijo tienen entrada a donde está el Padre.
San Hilario, in Matthaeum, 11
O también: se expresó de esa manera, para que nadie juzgase que en el Padre había cosas que no las había en el Hijo.
San Agustín, contra Maximinum, 3,12
Porque si tiene menos poder que el Padre, no tiene todas las cosas que tiene el Padre. Y en el acto de ser engendrado por el Padre, este dio a su Hijo el poder, porque El ha dado lo que hay en su naturaleza a aquel que fue engendrado en su naturaleza.
San Hilario, in Matthaeum, 12
En seguida nos demuestra, que en el conocimiento del Padre y del Hijo, no hay en el Hijo cosa distinta y que sea completamente desconocida del Padre: «Y ninguno conoce al Hijo, sino el Padre y ninguno conoce al Padre, sino el Hijo».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2
En el mismo hecho de no conocer nadie al Padre, sino el Hijo, nos prueba de una manera bien clara que es de la misma naturaleza. Como si dijera: ¿por qué ha de admirarse nadie de que yo sea Señor de todas las cosas, teniendo yo una cosa superior a todas ellas, a saber: el conocer al Padre y ser de su misma naturaleza?
San Hilario, in Matthaeum, 11
Nos enseña el mismo Salvador, que la sustancia del Padre y del Hijo está contenida en el conocimiento mutuo del uno y del otro. De manera, que el que conoce al Hijo, conoce también, en el Hijo, al Padre, puesto que éste entregó al Hijo todas las cosas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2
Cuando dice que nadie conoce al Padre, sino el Hijo, no quiere decir que todos le desconozcan completamente, sino que nadie tiene el conocimiento que el Hijo tiene del Padre. Lo mismo debe entenderse con respecto al Hijo. Porque no habla aquí de un Dios desconocido, como decía Marción.
San Agustín, de Trinitate, 1,8
Finalmente, como la naturaleza divina es inseparable, basta algunas veces nombrar o las dos personas o el Hijo sólo, o sólo el Padre, no separándose por esto el Espíritu de los dos, Espíritu que con toda propiedad es llamado Espíritu de verdad.
San Jerónimo
Avergüéncese el hereje Eunomio de expresar su idea del Padre y del Hijo, diciendo que el Padre engendra al Hijo y el Hijo al Padre. Porque si tomara por base de semejante insensatez las palabras: «Y a quien el Hijo lo quisiera revelar», le contestaríamos: una cosa es conocer por igualdad de naturaleza y otra por gracia de revelación.
San Agustín, de Trinitate, 7,3
El Padre es revelado por su Hijo, esto es, por su Verbo. Pues así como las palabras que proferimos nos revelan de un modo temporal y transitorio a nosotros mismos y aquello de que hablamos, ¿cuánto más la Palabra de Dios por la que se hicieron todas las cosas? Esta Palabra nos dice lo que es el Padre, en el concepto de Padre y así mismo qué es lo que es el Padre.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 2,1
Cuando dijo: «Ninguno conoce al Hijo, sino el Padre», no dijo: y a quien el Padre quisiere revelar. Pero esto no quiere decir que el Hijo no puede ser conocido más que sólo por el Padre. El Padre puede ser conocido, no sólo por el Hijo, sino por todos aquellos a quienes lo revelare el Hijo. Así decimos, que por revelación del Hijo conocemos al Padre y al Hijo, porque el Hijo es la luz de nuestra inteligencia. Y en lo que sigue: «Y a quien el Hijo lo quisiere revelar» comprendemos no sólo al Padre, sino también al Hijo, porque estas palabras están relacionadas con las anteriores. Porque es expresado el Padre por su Verbo y el Verbo, no sólo revela lo que El expresa, sino también se revela a sí mismo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2
Luego si revela al Padre, se revela a sí mismo. Dejó de poner esto último por ser evidente y puso lo primero, por si alguno lo ponía en duda. Nos demuestra también que está El tan identificado con el Padre, que es imposible llegar al Padre, sino mediante el Hijo y esto era lo que principalmente escandalizaba a los judíos, porque lo creían contrario a la idea de Dios y esta creencia es la que trató de destruir por todos los medios.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2
El había encendido el deseo de sus discípulos por todo lo que precede, que no es más que la expresión de su inefable virtud y ahora los llama a sí por las palabras: «Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados».
San Agustín, sermones 69,1
¿Por qué nos cansamos todos, sino porque somos mortales, que llevamos vasos de barro que nos ponen en tantas angustias? Pero si los vasos frágiles de la carne nos angustian, nos desplegamos en los espacios de la caridad. ¿A qué dice: «Venid a mí todos los que trabajáis», sino para que no nos cansemos?
San Hilario, in Matthaeum, 11
Llama a sí a todos los que trabajan por las dificultades de la ley y la carga del pecado.
San Jerónimo
Asegura el profeta Zacarías, que es carga muy pesada la del pecado, diciendo: «que la iniquidad está sentada sobre una masa de plomo» ( Zac 5,7) y el Salmista completó esta verdad con las palabras: «mis iniquidades están pesando sobre mí» ( Sal 37,5).
San Gregorio Magno, Moralia, 30
Es ciertamente un yugo áspero y una dura sumisión el estar sometido a las cosas temporales, el ambicionar las terrenales, el retener las que mueren, el querer estar siempre en lo que es inestable, el apetecer lo que es pasajero y el no querer pasar con lo que pasa. Porque mientras desaparecen, a pesar de nuestros deseos, todas estas cosas que por la ansiedad de poseerlas afligían nuestra alma, nos atormentan después por miedo de perderlas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2
Y no dice: Venid éste y aquel, sino todos los que estáis en las preocupaciones, en las tristezas y en los pecados; no para castigaros, sino para perdonaros los pecados. Venid, no porque necesite de vuestra gloria, sino porque quiero vuestra salvación. Por eso dice: «Y yo os aligeraré». No dijo: Yo os salvaré solamente, sino (lo que es mucho más) os aliviaré, esto es, os colocaré en una completa paz.
Rábano
No sólo os aliviaré, sino que os saciaré con un manjar interior.
Remigio
Venid, dice, no con los pies, sino con las costumbres; no con el cuerpo, sino con la fe, porque ésta es la entrada espiritual que nos aproxima a Dios. Por eso dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros».
Rábano
El yugo del Señor Jesucristo es el Evangelio que une y asocia en una sola unidad a los judíos y a los gentiles. Este yugo es el que se nos manda que pongamos sobre nosotros mismos, esto es, que tengamos como gran honor el llevarlo, no vaya ser que poniéndolo debajo de nosotros, esto es despreciándolo, lo pisoteemos con los pies enlodados de los vicios. Por eso añade: «Aprended de mí».
San Agustín, sermones, 69,2
No a crear el mundo, no a hacer en él grandes prodigios, sino aprended de mí a ser manso y humilde de corazón. ¿Quieres ser grande? Comienza entonces por ser pequeño. ¿Tratas de levantar un edificio grande y elevado? Piensa primero en la base de la humildad. Y cuanto más trates de elevar el edificio, tanto más profundamente debes de cavar su fundamento. ¿Y hasta dónde ha de tocar la cúpula de nuestro edificio? Hasta la presencia de Dios.
Rábano
Mandándonos nuestro Salvador que seamos sobrios en las costumbres y humildes en nuestros sentimientos, nos manda también que no ofendamos a nadie, que no despreciemos a nadie y que tengamos dentro de nuestro corazón todas las virtudes que manifestamos en nuestras obras exteriores.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2
Por eso El desde el principio comienza la exposición de las leyes divinas por la humildad y propone la recompensa en las palabras: «Y encontraréis la tranquilidad en vuestras almas». Esta es la mayor recompensa, porque con ello no sólo se hace uno útil para los demás, sino que encuentra en sí mismo la tranquilidad y concede esta recompensa antes de la que ha de dar en el tiempo venidero, ya que en ese tiempo se gozará de una tranquilidad eterna.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,3
Y para que no se llenaran de temor al oír las palabras, carga y yugo, añade: «Porque mi yugo, etc».
San Hilario, in Matthaeum, 11
Y nos propone la idea consoladora del yugo suave y de la carga ligera, a fin de dar a los que creen en El unos indicios del bien que sólo El ha visto en el Padre.
San Gregorio Magno, Moralia, 4,39
¿Qué carga pesada impone a nuestras almas el que nos manda evitar todo deseo que nos pueda perturbar? ¿Qué cosa más ligera que el abstenerse de la maldad, querer el bien, no querer el mal, amar a todos, no aborrecer a nadie, alcanzar lo eterno, no engolfarse en lo presente y el no hacer a otro lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros?
San Hilario, in Matthaeum, 11
¿Y cuál es este yugo más suave y cuál esta carga más ligera? Buscar ser más considerado, abstenerse demaldades, querer el bien, odiar el mal, amar a todos, no odiar a nadie, perseguir lo eterno, no aferrarse a las cosas presentes, no querer hacer a otro lo que no se quiere para sí.
Rábano
Pero cómo se entiende que es suave el yugo de Cristo, cuando se dice más arriba: «¿Es estrecha la senda que conduce a la vida?» ( Mt 7,14). Porque lo que al principio se nos hace dificultoso, pasado algún tiempo, mediante la dulzura inefable del amor, se nos hace sumamente fácil.
San Agustín, sermones,70,1
Los que llevaron intrépidamente sobre sus cabezas el yugo del Señor, han afrontado peligros tan difíciles, que parece como que son llamados, no del trabajo al descanso, sino de la inacción al trabajo, como dice el Apóstol de sí mismo ( 2Cor 6): El Espíritu Santo es ciertamente el que renueva de día en día al hombre interior en medio de las ruinas del hombre exterior y una vez que ha gustado la tranquilidad espiritual, en esta afluencia de las delicias de Dios, en la esperanza de los bienes eternos, todo lo presente pierde su aspereza y todo lo pesado se aligera. Sufren los hombres el ser despedazados y quemados, no solamente a fin de no sufrir los dolores eternos, sino aún para evitar mediante un dolor muy vivo pero momentáneo, otros sufrimientos prolongados. ¿Qué tormentas e inclemencias no sufren los comerciantes, a fin de conseguir riquezas banales? Las mismas penas experimentan los que no buscan esas riquezas como los que las buscan. Pero en éstos no son tan terribles, porque el amor suaviza y hace fáciles las cosas más inclemente y difíciles. ¿Con cuánta más razón hará más fácil todo lo difícil, la caridad que tiene por objeto la verdadera felicidad, que no la pasión, que en cuanto está de su parte tiende a un fin miserable?
San Jerónimo
¿Cómo el Evangelio es más suave que la ley, puesto que ésta sólo castiga el homicidio y el adulterio y el Evangelio hasta la ira y la concupiscencia? ( Mt 5). Hay en la ley muchos preceptos, que según enseña con toda erudición el Apóstol ( Hch 15) son impracticables. En la ley se exige la obra, en el Evangelio la intención, con la que puede obtenerse la recompensa sin que se haya realizado la obra. El Evangelio nos manda lo que nos es posible, esto es, el no desear y esto queda dentro de nuestras facultades. La ley, al castigar al adulterio, no castiga la intención, sino el hecho. Figuraos que en una persecución ha sido violada una virgen, el Evangelio la recibe como virgen porque no ha pecado por su voluntad, pero la ley la repudia porque ha sido violada.
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