Contemplación del Sagrado Corazón

La lectura (Mt 11,25-30)  del Evangelio de la misa del día de hoy, solemnidad del Sagrado Corazón, dice:


En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

A resaltar que Dios Padre ha querido, porque así a tenido a bien, que sean contemplados -conocidos, sentidos- sus misterios, las cosa del Reino, su intimidad, etc., a los sencillos, a la gente corriente e inocente. ¿Y qué son esas cosas que ofrece Dios a ser contempladas, conocidas? Jesús nos dice: “aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. La vida cristiana es entrar en esta escuela del Corazón de Jesús. El camino del discipulado es transformar nuestro corazón en el amor gratuito que recibimos de Dios, para tener los mismos sentimientos del Corazón de Cristo.

Para contemplar en Corazón de Jesús se requiere, amén de la gracia divina, la disposición de la inocencia, sencillez y humildad del corazón del que contempla.

Es comúnmente sabido que la devoción al Sagrado Corazón tuvo su inicio a raíz de la revelación de Jesús a santa Margarita María de Alacoque, que se le apareció en una visión en 1675, en la pidió que la fiesta del Sagrado Corazón sea celebrada cada año el viernes siguiente a Corpus Christi,; para que posteriormente en 1873 la devoción al Sagrado Corazón fue formalmente aprobada por el Papa Pío IX. Ya con anterioridad se menciona sus orígenes en el siglo XI, cuando los cristianos piadosos meditaban sobre sus cinco llagas. En el siglo XIII, a santa Gertrudis el Señor le permitió una vez descansar su cabeza sobre su corazón. Esto es algo relevante, para lo que deseamos apuntar: el origen de la devoción contemplativa del Sagrado Corazón tuvo lugar en un momento cumbre de la fe cristiana, en la Ultima Cena: allí como posteriormente ocurriera a santa Gertrudis, el Señor Jesús, permitió a san Juan que reclinara sobre tu pecho divino la cabeza.

Jn 13, 23-25: Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.  Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?». 

San Juan es le contemplativo del Corazón de Jesús por antonomasia. Reúne el requisito de ser un corazón inocente, es el más joven de los apóstoles; es al que el Padre, en el Bautismo del Hijo, le relevo la identidad de Jesús, como el Mesías prometido, al que esperaban, entre ellos Juan. En la contemplación del Corazón de Jesús como en la Última cena, el Señor mostraba a Juan el inefable sentir del Corazón Divino. Tal era la intimad de amistad de Jesús -que también nos ofrece a todos- que el mismo san Pedro, en aquel entonces, no se atrevía -en un gesto carente de la confianza de san Juan- a pedir a Jesús que dijera el nombre de quién se trataba que le iba a traicionar

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