El Evangelio de hoy, 20 de mayo, según san Juan, está cargado de contenido muy apropiado para hoy día: Jesús eleva una oración de intercesión al Padre, en un momento que él va a retornar al cielo, pendiendo que cuide a sus discípulos, que el Padre dispuso cuando le envió a él la tierra, al mundo, y a los que ahora él a su vez envía al mundo; por los que pide que les cuide: en la unidad y de la maldad del mundo.
Lectura del santo evangelio según san Juan (17,11b-19):
En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: «Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad.»
Al inicio del evangelio de mañana (Jn 17,20-26) se dice: «Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: `Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos´»; es decir, que no solo lo dicho era para los apóstoles, sino también para todos nosotros, en todo tiempo. Como toda la palabra de Dios, pero ahora enfáticamente expresado, y como continuidad de la misión de Jesús encomendada a sus discípulos. Lo cual nos hace tomar conciencia de que esto es algo importante a tener en cuenta.
Hay una relación de vocablos, como la unidad, la alegría, la palabra, la verdad, en referencia a Dios, en contraste con lo que referente al mundo, en el que existe una atmósfera de mal, de odio.
Jesús, su palabra, la misma que la del Padre, son despreciadas, odiada, por el mundo, por el espíritu del tiempo, por la mundanidad, por esa atmósfera de mal, que contamina el mundo, que yace en tinieblas, y que rechaza fóbicamente lo que no tiene que ver con el mismo; la mundanidad es refractaria a la palabra de Jesús, entonces, como ahora.
Jesús pide que consagre -haga sagrados- en la verdad de su palabra a los sus discípulos y a los discípulos de sus discípulos…. Su palabra es la verdad, y el camino y la vida; su palabra lo es todo, la unidad en la santidad. Y esto parece ser el distintivo del cristiano: en canto más seamos de Dios, santos, más seremos odiado por su oponente, el mundo en el que operan las fuerzas del mal. Pero Cristo, para los tentados de abandonar… y apartarse de la dificultades de lo que supone el escenario actual de la realidad adversa y persecutorio de cristianismo, pidió al Padre: «No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal«.
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Palabras del papa Francisco
(Audiencia general, 8 de octubre de 2014)
Las divisiones entre los cristianos, mientras hieren a la Iglesia, hieren a Cristo, y nosotros divididos provocamos una herida a Cristo: la Iglesia, en efecto, es el cuerpo del cual Cristo es la cabeza. Sabemos bien cuánto interesó a Jesús que sus discípulos permanecieran unidos en su amor. Basta pensar en sus palabras referidas en el capítulo diecisiete del Evangelio de san Juan, la oración dirigida al Padre en la inminencia de su pasión: «Padre Santo guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros» (Jn 17, 11). Esta unidad era ya amenazada cuando Jesús estaba aún entre los suyos: en el Evangelio, en efecto, se recuerda que los apóstoles discutían entre ellos sobre quién era el más grande, el más importante (cf. Lc 9, 46). El Señor, sin embargo, insistió mucho en la unidad en el nombre del Padre, haciéndonos entender que nuestro anuncio y nuestro testimonio serán tanto más creíbles cuanto más nosotros primero seamos capaces de vivir en comunión y amarnos. Es lo que después sus apóstoles, con la gracia del Espíritu Santo, comprendieron profundamente y tomaron en serio, de modo que san Pablo llegará a implorar a la comunidad de Corinto con estas palabras: «Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir» (1 Cor 1, 10).
Durante su camino en la historia, la Iglesia es tentada por el maligno, que busca dividirla, y lamentablemente ha estado marcada por separaciones graves y dolorosas. Son divisiones que a veces se han prolongado a lo largo del tiempo, hasta hoy, por lo que resulta ya difícil reconstruir todas sus motivaciones y sobre todo encontrar las posibles soluciones. Las razones que llevaron a las fracturas y a las separaciones pueden ser las más diversas: desde las divergencias sobre principios dogmáticos y morales y sobre concepciones teológicas y pastorales diferentes, los motivos políticos y de conveniencia, hasta las discusiones debidas a antipatías y ambiciones personales… Lo cierto es que, de un modo u otro, detrás de estas laceraciones está siempre la soberbia y el egoísmo, que son causa de todo desacuerdo y que nos hacen intolerantes, incapaces de escuchar y aceptar a quien tiene una visión o una postura diversa de la nuestra.
Ahora, ante todo esto, ¿hay algo que cada uno de nosotros, como miembros de la santa madre Iglesia, podemos y debemos hacer? Desde luego no debe faltar la oración, en continuidad y en comunión con la de Jesús, la oración por la unidad de los cristianos. Y junto con la oración, el Señor nos pide una apertura renovada: nos pide que no nos cerremos al diálogo y al encuentro, sino que acojamos todo lo que de válido y positivo se nos ofrece también de quien piensa diverso de nosotros o mantiene posturas diferentes. Nos pide que no fijemos la mirada sobre lo que nos divide, sino más bien sobre lo que nos une, buscando conocer mejor y amar a Jesús, y compartir la riqueza de su amor. Y esto implica concretamente la adhesión a la verdad, junto con la capacidad de perdonar, de sentirse parte de la misma familia, de considerarse un don el uno para el otro y hacer juntos muchas cosas buenas, y obras de caridad.
Es un dolor pero hay divisiones, existen cristianos divididos, estamos divididos entre nosotros. Pero todos tenemos algo en común: todos creemos en Jesucristo, el Señor. Todos creemos en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y todos caminamos juntos, estamos en camino. ¡Ayudémonos unos a otros! Pero tú la piensas así, tú la piensas así… En todas las comunidades hay buenos teólogos, que ellos discutan, que ellos busquen la verdad teológica porque es un deber, pero nosotros caminemos juntos, orando unos por otros y haciendo obras de caridad. Y así hagamos la comunión en camino. Esto se llama ecumenismo espiritual: caminar el camino de la vida todos juntos en nuestra fe, en Jesucristo el Señor. Se dice que no se puede hablar de cosas personales, pero no resisto la tentación. Estamos hablando de comunión… comunión entre nosotros. Y hoy estoy muy agradecido al Señor porque hoy son 70 años desde que hice la Primera Comunión. Pero hacer la primera comunión todos debemos saber que significa entrar en comunión con los demás, en comunión con los hermanos de nuestra Iglesia, pero también en comunión con todos los que pertenecen a comunidades diversas pero creen en Jesús. Agradezcamos al Señor por nuestro Bautismo, agradezcamos al Señor por nuestra comunión, y para que esta comunión termine siendo de todos, juntos.
Queridos amigos, sigamos adelante entonces hacia la plena unidad. La historia nos ha separado, pero estamos en camino hacia la reconciliación y la comunión. ¡Y esto es verdad! ¡Y esto tenemos que defenderlo! Todos estamos en camino hacia la comunión. Y cuando la meta nos parezca demasiado distante, casi inalcanzable, y nos veamos sorprendidos por el desaliento, que nos anime la idea de que Dios no puede hacer oídos sordos a la voz de su propio Hijo Jesús y no atender su oración y la nuestra, para que todos los cristianos sean verdaderamente una sola cosa.
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Catena Aurea
San Agustín, ut supra
Pero si consideras la hora en que hablaba, unos y otros estaban aún en el mundo. Cuando dice: «Ya no estoy en el mundo», no podemos entender sus palabras según el progreso del corazón y de la vida. ¿Podemos acaso suponer lícitamente que estuviese poseído en algún tiempo de afectos mundanos? No puede creerse otra cosa sino que, aquel que antes estaba en el mundo, revelaba que ya no continuaría en él con presencia corporal. Por ventura, ¿no decimos todos los días de alguno que marcha o está próximo a morir, que ya no es de este mundo? Por eso, explicando lo que había dicho, añadió: «Yo a ti voy». Y recomendando después al Padre a aquellos que iba a abandonar su presencia corporal, dijo: «Padre Santo, guarda en tu nombre a los que tú me diste». Así es, que ruega como hombre a Dios por los discípulos que de El recibió. Pero atendamos a lo que sigue: «Para que sean una misma cosa como nosotros». No dijo para que seamos ellos y nosotros una misma cosa, así como nosotros somos uno. En verdad, ellos son una misma cosa en su naturaleza, así como nosotros lo somos en la nuestra 1. El hombre y Dios es una misma persona, entendiendo al hombre en aquello que ruega y a Dios en que es uno mismo con Aquel que ruega.
San Agustín, De Trin. l. 4
Puedo decir en verdad, porque es cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo: yo y ellos no somos una misma cosa, pero sí somos uno, porque la cabeza y el cuerpo es un Cristo. Pero demostrando su divinidad consustancial con el Padre, quiere que los suyos sean uno en Cristo, no tanto por la misma naturaleza, en virtud de la cual los hombres se vuelven iguales a los ángeles, sino aun más por la concordia de la misma caridad, con cuyo fuego inflamados conspiran a una misma bienaventuranza. El mismo sentido tienen estas palabras: «Para que sean uno, así como nosotros somos uno»: para que a la manera que el Padre y el Hijo son uno, no sólo en la igualdad de sustancia, sino que también de voluntad, así ellos, entre los que el Hijo es mediador con Dios, sean uno, no tanto porque ellos son de la misma naturaleza, cuanto por el vínculo del amor.
Crisóstomo, ut supra
Volviendo el Señor a hablar como hombre, dice: «Cuando estaba con ellos, yo los guardaba en tu nombre»: esto es, por tu protección. Habla humanamente, y dirigiéndose al pensamiento de los que creían que les reportaría más utilidad su presencia.
San Agustín, in Ioannem, tract., 107
En nombre, pues, del Padre, guardaba a sus discípulos el Hijo-hombre, constituido con ellos en presencia corporal; pero el Padre guardaba en nombre del Hijo a los que en nombre de Este le pedían. No debemos creer esto en un sentido carnal, como si el Padre y el Hijo les guardaran alternativamente, porque a un tiempo nos guardan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; pues la Escritura no nos ilustra si no desciende a nosotros. Entendemos, pues, que, al hablar así el Señor distingue las personas sin separar la naturaleza. Cuando el Señor guardaba a sus discípulos con presencia corporal, no esperaba el Padre a que el Hijo se ausentase para guardarlos, sino que ambos les guardaban con su poder espiritual. Y cuando el Hijo retiró su presencia corporal, los guardó con el Padre espiritualmente. Porque, cuando el Hijo-hombre recibió el cargo de guardarlos, no quitó la custodia del Padre. Y cuando el Padre los dio a guardar al Hijo, no los dio privándolos de su presencia, sino que dio al hombre-Hijo, sin separar de Dios al mismo Hijo. «Guardé a los que me diste, y ninguno de ellos pereció, más que el hijo de perdición (esto es, el traidor a Cristo, predestinado a la perdición), para que se cumpliera la Escritura», que había profetizado de él ( Sal 108).
Crisóstomo, ut supra
Y en verdad, entonces él solo pereció, pero después muchos, Dice, pues: «Ninguno de ellos pereció»; esto es, en cuanto de mí dependa, no se perderán. Lo que más claramente dice en otra parte: «No los echaré fuera» ( Jn 6,37), pero si por sí mismos se salieren por un error, yo los atraeré a mí. Sigue: «Ahora, pues, vengo a ti». Tal vez preguntará alguno: ¿acaso no podrá guardarles marchándose? Puede, en verdad, pero manifestó por qué lo decía, añadiendo: «Esto lo hablo en el mundo, para que tengan mi gozo completo en sí mismos»; esto es, para que no se turben, siendo como son imperfectos. Con estas palabras les dio todas las seguridades de su gozo y descanso.
San Agustín, ut supra
O de otro modo, ya más arriba queda expresado cuál sea este gozo, cuando dice: «Para que sean uno como uno somos nosotros»: «he aquí su gozo» (esto es, el que El les ha reportado), y que para completarlos, dice «he hablado en el mundo». Dice que ha hablado en el mundo el que poco antes había dicho «ya no estoy en el mundo», porque aun no se había ido y estaba aún aquí, y al momento había de marchar, y se consideraba ya ausente.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 81
El Señor indica nuevamente el motivo por qué sus discípulos son dignos de gozar de toda la protección del Padre, diciendo: «Yo les di tu palabra, y el mundo les aborreció». Como si dijera: «Por ti y por tu palabra han sido aborrecidos».
San Agustín, in Ioannem, tract., 108
Todavía no habían experimentado los padecimientos que siguieron después, pero, como de costumbre, habla en pretérito, cuando se refiere a lo futuro. Después expresa la causa por qué el mundo los aborrece, diciendo: «Porque no son del mundo». Les fue dado a ellos que no fuesen del mundo como El, y sigue: «Como yo, que no soy del mundo». El Señor nunca fue del mundo, porque, aun en la forma de siervo, fue concebido por el Espíritu Santo, por el cual fueron ellos regenerados. Aunque ya no eran de este mundo, era, sin embargo, necesario que estuviesen en él. «No pido que los saques de este mundo».
Beda
Como si dijera: Ya apremia el tiempo en que yo sea sacado de este mundo y, por tanto, es necesario que ellos no salgan ahora de él. Pero lo que sigue «Sino que los libres del mal», si bien puede entenderse de todo el mal, quiere decir principalmente de la apostasía.
San Agustín, ut supra
Repite, pues, la misma sentencia, diciendo: «No son de este mundo, como yo no lo soy».
Crisóstomo, ut supra
Había dicho antes: «Los que me diste del mundo», hablando allí de la naturaleza, pero aquí de las malas obras; dice, pues: «No son de este mundo», porque nada hay en ellos común con la tierra, pues se han hecho ciudadanos del cielo, en lo que les manifestó su amor alabándolos ante su Padre. En lo que dice como, manifiesta su igualdad con el Padre por la unidad; pero tratándose de nosotros con Cristo, existe inmensa distancia entre unos y otros. Cuando dijo primero «Guárdalos de mal», no habla sólo de los peligros, sino de la permanencia en la fe, por lo que añade: «Santifícalos en la verdad».
San Agustín, ut supra
Así son preservados del mal, como pidió anteriormente que sucediera. Puede preguntarse: ¿cómo no eran ya del mundo, si no estaban santificados en la verdad? ¿Acaso por estar santificados en la misma, progresan en santidad sin el auxilio y la gracia de Dios? Son santificados en la verdad los herederos del Nuevo Testamento, de cuya verdad fueron figura las ceremonias del Antiguo Testamento. Y, cuando son santificados en la verdad, se santifican en Cristo, que dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» ( Jn 14,6). Sigue: «Tu palabra es la verdad». En el Evangelio griego se lee logoV; esto es, Verbo. Santificó, pues, el Padre, en verdad; esto es, en su Verbo Unigénito, a sus herederos y coherederos.
Crisóstomo, ut supra
O de otro modo: «Santifícalos en la verdad», hazlos santos dándoles el Espíritu Santo y una sana doctrina, porque los santos preceptos de Dios instruyen y santifican el corazón. Y por lo que aquí habla de los dogmas de Dios, añade: «Tu palabra es verdad»; esto es, en ella no se encuentra mentira y nada nos muestra en apariencia. Me parece que también significan otra cosa estas palabras: «Santifícalos en la verdad»; esto es, destínalos a la predicación. Por lo que sigue: «Así como tú me enviaste al mundo, así yo los envié».
Glosa
Para lo que Cristo fue enviado, para lo mismo son enviados ellos. Por lo que San Pablo dice: «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, y puso en nosotros el Verbo de reconciliación» ( 2Cor 5,19). La palabra que emplea, como, no implica igualdad entre El y los Apóstoles sino en cuanto es posible aplicarla a los hombres. Dice que El los envió al mundo, siguiendo la costumbre de usar el tiempo pretérito por el futuro, dando por hecho lo que se había de hacer.
San Agustín, ut supra
Claramente se ve por esto que aún habla de los Apóstoles, pues este nombre de apóstoles, que es griego, significa enviados, y por cuanto constituido Cristo Cabeza de la Iglesia, son ellos sus miembros. Dice: «Y por ellos me santifico a mí mismo»; esto es, yo los santifico en mí mismo, siendo ellos yo. Y para que entendiéramos que cuando dice «Por ellos me santifico a mí mismo» lo decía porque los santificaba en sí, otra vez añadió: «Y sean santificados en la verdad». Esto es, en mí, según que el Verbo es la verdad, en la que el mismo Hijo del hombre fue santificado desde el principio. Cuando «El Verbo se hizo carne» ( Jn 1,14), entonces, se santificó en sí. Esto quiere decir que se santificó a sí hombre en sí Verbo, porque el Verbo y el hombre son uno en Cristo. Respecto de sus discípulos, dice: «Y por ellos me santifico yo a mí mismo, esto es, a ellos en mí, porque ellos en mí soy yo mismo, para que sean santificados en la verdad». ¿Qué quiere decir «Y ellos», sino: como yo y en la verdad que yo soy?
Crisóstomo, ut supra
O de otro modo: «Por ellos me santifico a mí mismo». Esto es, me ofrezco a mí mismo a ti en sacrificio, pues santas se llaman cuantas víctimas se ofrecen a Dios, porque antiguamente la santificación era en figura, como en la oveja, mas ahora es en la misma verdad. Y por esto añade: «Para que sean ellos santificados en la verdad», pues te los ofrezco en sacrificio. Por lo que finalmente dice que El mismo que se ofrece es la cabeza de ellos, o que se inmolan a sí mismos, como dice el Apóstol a los romanos: «Ofreced vuestros cuerpos a Dios en hostia viva, santa, agradable a Dios» ( Rom 12,1), etc.
Notas
- A diferencia del modo en que los seres humanos comparten la naturaleza humana, «las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios… ‘Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina’ (Cc. de Letrán IV, año 1215: DS 804)» ( Catecismo de la Iglesia Católica, 253).
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