Como la vid y los sarmientos, permanecer en el Señor, para amar en verdad y con obras

El Evangelio de la Liturgia del día de hoy, 6 de mayo, es según san Juan 15,1-8, y trata de la necesidad que tenemos de estar unidos a Jesucristo, para recibir la vida de gracia, como los sarmientos reciben la sabia de la vid.

Permanecer es un término penetrante y amplio: pertenencia: estar en un lugar del que tiene origen, al que pertenece y esta referenciado, vinculado, unido, y consistencia: le proporciona fundamento al ser, cimenta, le da resistencia, hace irrompible, da estabilidad; es la consistencia que la fe, la confianza, seguridad, de saberse en quién se apoya, sostiene y vive. 

Permanecer en Cristo es estar unido a Él de esta forma tan firme e íntima de pertenecerle y consistir en Él.

Al ser bautizados nos vinculamos a Cristo, le pertenecemos, somos cristianos, y hemos de estar y vivir según está vivificabildad que nos proporciona la vitalidad del Señor de la Vida. Esta íntima amistad con Cristo, que nos hace hijos en el Hijo, nos otorga la sobrenaturalidad de gracia santificante de estar unidos a la Vid vivificante de los sarmientos. La savia que suministra la Vid a los sarmientos permanecemos a Jesucristo es la vida que tiene su fuente en la Santísima Trinidad,

En el evangelio de la misa de hoy se da una constante -repetitiva insistencia de Jesús-: la de la permanencia o unión intima con El. Todo depende de esto, el fruto que podamos dar depende de ello, e incluso, el Padre cuidará (podará) el sarmiento, a cada uno de nosotros, para que de más fruto. Es tan importante esta unión que llega a decir con rotundidad: sin mí no podéis hacer nada.

Después Jesús añade algo más: si mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Que podíamos decir: si guardáis mis palabras, hacéis mi voluntad, que es sustancialmente de estar unidos a Él, y los frutos, porque de lo contrario no hay tal unión. Y acaba con la promesa del pedid y se realizará, en el sentido de los frutos, de recibir la gracia santificador, esto es infalible, y el que se realice lo demás pedido, en cuanto se ajuste a lo anterior y según el propósito y el tiempo de Dios Padre.

Y finaliza con la gloria que Dios Padre redice por todo ello, por la unión de los cristianos con su Hijo, Cristo, que da fruto, mucho fruto. Esta es la gloria de Dios: el que sus hijos den el fruto de la plenitud.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 15, 1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

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PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO:

(Regina Caeli, 2 mayo 2021)

En el Evangelio (Jn 15,1-8), el Señor se presenta como la vid verdadera y habla de nosotros como los sarmientos que no pueden vivir sin permanecer unidos a Él. Y dice así: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos» (v. 5). No hay vid sin sarmientos, y viceversa. Los sarmientos no son autosuficientes, sino que dependen totalmente de la vid, que es la fuente de su existencia.

Jesús insiste en el verbo permanecer”. Lo repite siete veces en el pasaje del Evangelio de hoy. Antes de dejar este mundo e ir al Padre, Jesús quiere asegurar a sus discípulos que pueden seguir unidos a él. Dice: «Permanezcan en mí y yo en ustedes» (v. 4). Este permanecer no es una permanencia pasiva, un “adormecerse” en el Señor, dejándose mecer por la vida. No, no. No es esto. El “permanecer en Él”, el permanecer en Jesús que nos propone es una permanencia activa, y también recíproco. ¿Por qué? Porque sin la vid los sarmientos no pueden hacer nada, necesitan la savia para crecer y dar fruto; pero también la vid necesita los sarmientos, porque los frutos no brotan del tronco del árbol. Es una necesidad recíproca, es una permanencia recíproca para dar fruto. Nosotros permanecemos en Jesús y Jesús permanece en nosotros.

En primer lugar, lo necesitamos a Él. El Señor quiere decirnos que antes de la observancia de sus mandamientos, antes de las bienaventuranzas, antes de las obras de misericordia, es necesario estar unidos a Él, permanecer en Él. No podemos ser buenos cristianos si no permanecemos en Jesús. Y, en cambio, con Él lo podemos todo (cf. Flp 4,13). Con él lo podemos todo.

Pero también Jesús, como la vid con los sarmientos, nos necesita. Tal vez nos parezca audaz decir esto, por lo que debemos preguntarnos: ¿en qué sentido Jesús necesita de nosotros? Él necesita de nuestro testimonio. El fruto que, como sarmientos, debemos dar es el testimonio de nuestra vida cristiana. Después de que Jesús subió al Padre, es tarea de los discípulos, es tarea nuestra, seguir anunciando el Evangelio con la palabra y con obras. Y los discípulos —nosotros, discípulos de Jesús— lo hacen dando testimonio de su amor: el fruto que hay que dar es el amor. Unidos a Cristo, recibimos los dones del Espíritu Santo, y así podemos hacer el bien al prójimo, hacer el bien a la sociedad, a la Iglesia. Por sus frutos se reconoce el árbol. Una vida verdaderamente cristiana da testimonio de Cristo.

¿Y cómo podemos lograrlo? Jesús nos dice: «Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá» (v. 7). También esto es audaz: la seguridad de que aquello que nosotros pidamos se nos concederá. La fecundidad de nuestra vida depende de la oración. Podemos pedir que pensemos como Él, actuar como Él, ver el mundo y las cosas con los ojos de Jesús. Y así, amar a nuestros hermanos y hermanas, empezando por los más pobres y sufrientes, como Él lo hizo, y amarlos con Su corazón y dar en el mundo frutos de bondad, frutos de caridad, frutos de paz.  

Encomendémonos a la intercesión de la Virgen María. Ella permaneció siempre unida a Jesús y dio mucho fruto. Que Ella nos ayude a permanecer en Cristo, en su amor, en su palabra, para dar testimonio del Señor resucitado en el mundo.

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Catena Aurea

 

San Hilario De Trin. lib. 9.

Apresurándose a terminar el sacramento de su pasión corporal por el amor al cumplimiento del precepto paterno, se levanta. Mas a fin de esclarecer el misterio de su asunción corpórea, mediante la cual nosotros estamos en El como los sarmientos en la vid, añade: «Yo soy la verdadera vid».
 

San Agustín In Ioannem tract., 80.

Esto lo dice porque es la cabeza de la Iglesia, y nosotros sus miembros, el mediador entre Dios y los hombres, el que es hombre Cristo Jesús. En verdad que son de una misma naturaleza la vid y los sarmientos. Pero cuando añade la palabra verdadera ¿no prescinde de aquella vid de que ha tomado la comparación? De tal modo se dice vid por semejanza, como se dice cordero, oveja y otras cosas análogas, de manera que más bien son verdaderas las cosas que se toman por comparación. Pero diciendo «Yo soy la verdadera vid», se distingue de aquella otra, de la cual dice Jeremías: «¿Cómo se convirtió en amargura la vid ajena?» ( Jer 2,21). Porque, ¿cómo había de ser verdadera vid, la que se esperaba que produjera uvas y produjo espinas?
 

San Hilario ut supra.

Mas para distinguir de su humilde condición corporal la majestad excelsa del Padre, dice que el Padre es el labrador cuidadoso de esta vid: «Y mi Padre es labrador».
 

San Agustín De verb. Dom. serm., 59.

Damos nosotros culto a Dios, y Dios nos lo da a nosotros. Pero de tal manera damos culto a Dios, que no lo hacemos mejor porque le damos culto por la oración, no con el arado; mas cuando El nos cultiva nos hace mejores, pues su cultura, consiste en no cesar de extirpar con su palabra todas las malas semillas que arraigan en nuestros corazones, abrirlos con el arado de la predicación, plantar las semillas de los preceptos y esperar el fruto de la piedad.
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 75.

Y así como Cristo se basta a sí mismo, los discípulos necesitan del auxilio del labrador, por lo cual nada dice de la vid, sino de los sarmientos. «Todo sarmiento que en mí no produzca fruto, lo quitará». Aquí alude implícitamente, al decir fruto, al hecho de que nadie puede estar en El sin las obras.
 

San Hilario ut supra.

Todos los sarmientos inútiles y estériles que tenga que cortar, serán destinados al fuego.
 

Crisóstomo ut supra.

Y como aún los más virtuosos necesitan del labrador, añade: «Y a todo el que dé fruto, lo limpiará, para que dé más fruto». Dice esto por las tribulaciones que a la sazón padecían, manifestándoles que las tentaciones los harían más valerosos, porque el limpiar (esto es, podar) el sarmiento, le hace más fructífero.
 

San Agustín ut supra.

¿Quién hay tan limpio en esta vida que no haya de serlo más y más? Por donde, si dijéramos que no hay pecado en nosotros, nos engañamos a nosotros mismos ( 1Jn 1,8). Limpia, pues, a los limpios, esto es, a los que dan fruto, para que den más, cuanto más limpios están. Cristo es vid, según aquello que dice: «Mi Padre es mayor que yo» ( Jn 14,28), y es también labrador en cuanto a aquello: «Mi Padre y yo somos una sola cosa» ( Jn 10,30). Y no lo es al modo de aquellos que ayudan exteriormente a la planta, sino que le da incremento interiormente. Por esta razón se presenta El mismo como labrador también, cuando dice: «Ya vosotros estáis limpios por la palabra que he hablado». He aquí que El también limpia los sarmientos, cosa que corresponde al labrador, no a la vid. ¿Y por qué no dice estáis limpios por el bautismo, con el cual os habéis lavado, sino porque también en el agua la palabra es la que limpia? Si quitamos la palabra, ¿qué quedará en el agua sino agua? Unese la palabra a este elemento, y el sacramento se realiza. ¿De dónde viene al agua la virtud de tocar al cuerpo y limpiar el corazón, sino de la palabra, no porque se pronuncie, sino porque es creída? Aun en la misma palabra una cosa es el sonido que se extingue y otra la virtud que persiste. Es tanta la virtud de esta palabra de fe en la Iglesia de Dios, que por ella el que la cree, el que ofrece, bendice y derrama el agua, limpia al infante, aunque éste no puede creer.
 

Crisóstomo.

O bien dice: Estáis limpios por las palabras que he hablado a vosotros, y esto es mientras habéis recibido la luz de la doctrina y os habéis separado del error judaico.

 

Crisóstomo In Ioannem hom., 75.

Como había dicho que ya estaban limpios por la palabra que les había dicho, enséñales por dónde tenían que empezar en las obras que habían de practicar. Por eso les dice «Permaneced en mí».
 

San Agustín In Ioannem tract., 81.

No de igual manera ellos en El, que El en ellos, porque lo uno y lo otro es para provecho de ellos, no de El, siendo así que los sarmientos están en la vid de tal suerte que en nada lo ayudan, sino que de ella reciben la vida. O sea, que la vid está en los sarmientos para comunicarles vida, no para recibirla de ellos. De esta forma, teniendo en sí a Cristo y permaneciendo ellos en Cristo, aprovechan en ambas cosas ellos, no Cristo. Por esto añade: «Así como el sarmiento no produce fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no estáis en mí». ¡Gran prueba en favor de la gracia! Alienta los corazones humildes, abate los soberbios. Por ventura, ¿no resisten a la verdad los que juzgan innecesaria la ayuda divina, y, lejos de ilustrar su voluntad, la precipitan? Porque aquel que opina que puede dar fruto por sí mismo, ciertamente no está en la vid: el que no está en la vid no está en Cristo, y el que no está en Cristo no es cristiano.
 

Alcuino.

Todo fruto de buena obra procede de aquella raíz que nos salvó con su gracia, que nos hace progresar con su auxilio para que podamos dar más fruto.
 

Glosa.

Por esta razón dice repetidamente y con mayor desarrollo: «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos; el que está en mí (creyendo, obedeciendo, perseverando) yo también en él (iluminándole, auxiliándole, dándole perseverancia), éste (y no otro) da mucho fruto».
 

San Agustín ut supra.

Mas para que nadie sospechase que de sí mismo puede dar algún fruto el sarmiento, aunque sea poco, añade: «Porque sin mí nada podéis hacer». No dice: poco podéis hacer, porque si el sarmiento no estuviese en la vid viviendo de su raíz, ningún fruto dará. Y aunque Cristo no fuese vid sino un mero hombre, no tendría virtud para dar vida a los sarmientos, a no ser Dios también.
 

Crisóstomo ut supra.

Ved aquí, pues, que el Hijo coopera, no menos que el Padre, al bien de sus discípulos. Porque si el Padre limpia, El contiene, lo que hace que los sarmientos den fruto. Sin embargo, es cosa clara que también el Hijo limpia, y que el permanecer en la raíz es también propio del Padre, que engendró la raíz. Es, pues, un gran perjuicio el no poder hacer nada; mas no se detiene aquí, sino que prosigue: «Si alguno no estuviere en mí, será arrojado fuera (esto es, no gozará de los cuidados del labrador) y se secará (esto es, perderá todo aquello que hubiere recibido de la raíz, privado de su auxilio y de su vida), y lo amontonarán».
 

Alcuino.

Los ángeles serán los podadores que lo echarán al fuego eterno para que arda.
 

San Agustín ut supra.

Tan despreciables serán estos sarmientos si fueren separados de la vid, como gloriosos mientras en ella permanecieren. Una de estas dos cosas convienen al sarmiento: o estar en la vid o en el fuego. Si no está en la vid estará en el fuego, así como si no está en el fuego estará en la vid.
 

Crisóstomo ut supra.

Designando cómo se está en El, añade: «Si estuviereis en mí y mis palabras estuvieren en vosotros». Esto es, por medio de las obras.
 

San Agustín ut supra.

Sólo debemos decir que sus palabras están en nosotros cuando hacemos lo que mandó, y amamos lo que prometió. Porque aunque sus palabras estén en la memoria, si no se manifiestan en obras no se considera el sarmiento en la vid, porque su vida no nace del tronco. ¿Qué otra cosa puede quererse al estar en el Salvador, sino lo que no se aparta de la salvación? Lo que apetecemos en tanto que estamos en Cristo, es distinto de lo que queremos mientras estamos en el siglo. Porque mientras estamos en la vida de este siglo deseamos muchas veces cosas que ignoramos son en nuestro daño; pero no sucede así estando en Cristo, el cual no nos concede lo que nos perjudica. La oración del Padre nuestro pertenece a sus enseñanzas, y, por tanto, no debemos separarnos de la letra y espíritu de esta oración, para que se nos conceda lo que pedimos.

  

Crisóstomo In Ioannem hom., 75.

Manifiesta después el Señor que todos los que le tendían asechanzas, arderían no permaneciendo en Cristo. Mas también explica que ellos mismos serán inexpugnables (para que así den mucho fruto), diciendo: «En esto ha sido glorificado mi Padre». Equivale a decir: si ha de ser para gloria del Padre el que vosotros fructifiquéis, no despreciará el Padre su propia gloria. Porque el que da fruto, es discípulo de Cristo. Por lo que añade: «Para que seáis hechos mis discípulos».
 

Teofilacto.

Los frutos de los apóstoles son las naciones que por su enseñanza han sido convertidas a la fe y conducidas a la gloria de Dios.
 

San Agustín In Ioannem tract., 82.

Lo mismo se dice con glorificado que con clarificado: Lo uno y lo otro viene de una palabra griega doxa 1 , que quiere decir gloria . Y debo aducir esto para que no lo atribuyamos a gloria nuestra, como si lo tuviéramos por nosotros mismos. Es una gracia de El, y, por tanto, la gloria corresponde a El, no a nosotros. ¿Por quién, si no, producimos el fruto, sino por Aquel cuya misericordia nos favorece? De aquí que añade: «Como mi Padre me amó a mí, así yo a vosotros»: ved de dónde nacen nuestras buenas obras. ¿De dónde debían proceder sino de la fe, que se obra por el amor? Al decir «Como me amó mi Padre así yo a vosotros», no manifiesta igualdad de naturaleza entre El y nosotros (como la que hay entre El y su Padre), sino la gracia, por la cual es mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesucristo. Se muestra mediador en aquello que dice: «Mi Padre me amó, y yo os amo», porque el Padre nos ama también, pero en El.
 

Crisóstomo ut supra.

Si, pues, el Padre os ama, confiad; si es para gloria del Padre, fructificad. Después, para excitar su diligencia, continúa: «Permaneced en mi amor». Cómo ha de hacerse esto, lo explica diciendo: «Si guardareis mis preceptos».
 

 

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