B. PASCAL, Pensamientos

Estos pensamientos que hemos escogido de la obra “Pensées”[1] del gran filósofo, científico, matemático, escritor y teólogo francés Blaise (Blas) Pascal (1623-1662), tras su conversión religiosa y en pro de la fe cristiana y sobre el ser humano.

         La inmortalidad del alma es una cosa que nos importa tanto, que nos interesa profundamente, que es fuerza haber perdido todo sentimiento para permanecer en la indiferencia sobre saber lo que es. Todas nuestras acciones y todos nuestros pensamientos deben tomar una ruta tan diferente, según que podemos esperar o no bienes eternos, que es imposible dar un paso en la vida con buen sentido y juicio, como no sea regulándolo según las ideas que se tengan sobre este punto, que ha de constituir nuestro supremo fin. Artº I, p.8

         Así nuestro primer interés y nuestro primer deber estriba en buscar luces sobre tal punto, del que depende toda nuestra conducta. Y por esto, entre los no persuadidos, yo pongo una capital distancia entre aquello que trabajan con todas sus fuerzas para instruirse y aquellos otros que viven sin tomarse la pena de pensar en ello. Artº I, p.8

        Es seguramente un gran mal estar en duda: pero es al menos un deber indispensable buscar cuando se está en duda; y aquel que no busca es a la vez muy desgraciado y muy injusto. Cuando con esto vive tranquilo y satisfecho; cuando de ello hace profesión, y en fin vanidad, y que su alegría y su vanidad toman pie precisamente en tal estado, no encuentro palabras para calificar a tan extravagante criatura. Artº I, pp.9-10

         Así como ignoro de dónde vengo, no sé adónde voy;  y tan solo sé que, en saliendo de este mundo, he de caer para siempre, o en la nada, o en las manos de un Dios irritado, sin saber a cuál de estas condiciones me tocará para la eternidad caer; he aquí mi estado, lleno de miseria, de debilidad, de oscuridad. De lo que concluyo que debo pasar todos los días de mi vida sin preocuparme de lo que me pueda acontecer. Tal vez podría encontrar algún aclaramiento sobre mis dudas, pero no quiero tomarme la pena de ello, ni hacer algo para buscarlo; y después, tratando con desprecio a los que trabajan en este cuidado, quiero ir, sin previsión y sin miedo, a probar fortuna en un acontecimiento tamaño, y dejarme muellemente conducir a la muerte, en la incertidumbre de la eternidad de mi condición futura. Art º I, p.10

         Es en verdad glorioso que la religión tenga por enemigos hombre tan poco razonables y la oposición de éstos le sea tan  poco peligrosa que aún le sirve para la fe cristiana no tiende sino a establecer  principalmente estas dos cosas: la corrupción de la naturaleza y la redención por Jesucristo. 11

         Nada es tan importante al hombre como su estado; nada le es tan temible como la eternidad. Artº I, p.11

         Nada acusa más claramente una extrema debilidad de espíritu que le desconocer cuál es la desgracia de un hombre sin dios; nada señala hasta tal punto la mala disposición de un corazón, que el no desear la verdad de las promesas eternas; nada es más cobarde que fingirse valiente en contra de Dios. Artº I, p. 13

         Por la fe conocemos su existencia; por la gloria conocemos su naturaleza. Y yo he demostrado ya que no se puede conocer bien la existencia de una cosa sin conocer su naturaleza. Artº II, p. 15

         Si hay Dios, es infinitamente incomprensible, puesto que, no teniendo ni parte ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros; somos, pues, incapaces de conocer cómo es, ni si es siendo así, ¿quién osará proponerse resolver esta cuestión? No nosotros, que carecemos de relación con él. Artº II, p.15

        ¿Quién censura, pues  a los cristianos si no pueden darnos la razón de su creencia, cuando lo que ellos profesan es precisamente  una religión que no puede dar razón; ellos declaran al exponerlas al mundo que es una  necedad. ¡Y después os quejáis de que no la justifiquen! Si la justificasen, no cumplirían su palabra; es justamente con esta flata de pruebas con lo que evitan parecer faltos de sentido. Si: pero téngase en cuenta que si esto excusa a los que le ofrecen tal como es, y les salva de ser censurados, estos no excusa a aquellos que la reciben. Artº II, p.15

         Examinemos, pues, este punto, y digamos: Dios existe o no existe. ¿A qué respuesta nos inclinaremos? La razón nada puede decidir en esto. hay un caos infinito que nos separa. Un juego se está jugando a tal infinita distancia; saldrá cara o cruz. ¿Por cuál apostaréis? La razón nada os dice; por la razón ninguna de las dos soluciones puede ser defendida. Artº II, p. 15

         No censuraréis, pues, por equivocados a aquellos que han realizado su elección; porque vosotros no sabéis nada. No; pero yo les censuro no por lo que han escogido, sino por haber hecho una elección; porque aunque tanto el que dice cara como el que dice cruz estén en falta equivalente, los dos están en falta: lo razonable es no apostar. Artº II, p.15

         Si, pero es fuerza apostar; esto no es voluntario; y estáis embarcados; no aportar que hay Dios es apostar que no hay Dios. ¿Que partido tomaréis, pues? Veamos; puesto que es fuerza escoger, veamos que es lo que nos interesa menos: tenéis dos cosas que perder, la verdad y el bien, y dos cosas que dar en prenda, vuestra razón y vuestra beatitud; y vuestra naturaleza tiene que temer dos cosas: el error y la miseria. Vuestra razón no es ni más ni menos lastimada, puesto que es necesario escoger, escogiendo una cosa más bien que la otra. He aquí un punto dilucidado; pero ¡y vuestra beatitud?

         Pesemos la ganancia y la pérdida, tomando cruz, es decir, apostando que Dios existe. Estimemos los dos casos posibles: si ganáis, lo ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada. Apostad, pues, que existe, sin vacilar…  Esto es admirable; si, fuerza es apostar; pero se apuesta tal vez demasiado. Puesto que existe un tal azar la ganancia y pérdida, aunque no pudieseis ganar sino dos vidas por una sola, ya deberíais aportar. Artº II, p.16

         La verdadera naturaleza del hombre, su verdadero bien y la verdadera virtud, y la verdadera religión son cosas cuyo conocimiento es inseparable. Artº III, II, p. 19

         Si uno no se conocer a sí mismo, como un ser lleno de soberbia, de ambición, de concupiscencia, de debilidad, de miseria y de injusticia, se es bien ciego. Y si, conociendo esto, no nace un deseo de ser de ello liberando, ¿qué diríamos de un hombre… (tan poco razonable)? ¿Puede, pues, no tenerse en gran estima una religión que tan bien conoce los defectos del hombre? ¿Puede experimentarse otra cosa que deseo ante la verdad de una religión que nos promete para este mal tan deseables remedios? Artº III, XII, p. 24

         Es necesario que, para hacer feliz al hombre, le enseñe que hay un Dios; que hay obligación de amarle; que nuestra verdadera felicidad consiste en ser en El; que reconocer que estamos rodeados de tinieblas que nos impiden conocerle y amarle; y que así, ya que nuestros deberes nos obligan a amar a Dios, y nuestras concupiscencias nos apartan, hay que decir que estamos llenos de injusticia.  Artº. IV, I, p.25

         Levantad los ojos hacia Dios, dicen unos, ved a quién semejáis, y quién os ha hecho para que lo adoréis; podéis convertiros en semejantes a El; la sabiduría, os igualará si queréis seguirle.  Y los otros dicen: Bajad los ojos a la tierra, débiles criaturas, y mirad a las bestias, de las cuales sois los compañeros. Artº IV, I, p. 25

         ¿Cómo darían remedio a vuestros males si no los han conocido siquiera? Vuestras principales enfermedades son el orgullo que os substrae a Dios, la concupiscencia que os liga a la Tierra; peor ellos, los filósofos, no han hecho otra cosa sino dar pasto a una, por lo menos, de estas enfermedades. Artº IV, I, p. 26

         La miseria trae la desesperación; el orgullo, la presunción.

         La encarnación muestra al hombre su gran miseria, con lo grande del remedio que ha sido necesario. Artº IV, VI, p. 30

        La suprema adquisición de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan. Cuando no conoce esto, la razón es débil. Artº V, I, p.32

         Si todo se somete a al razón, nuestra religión no tendría nada de misterio ni de sobrenatural. Art V, II, p. 32

         La fe dice, en verdad, lo que los sentidos no dicen, pero no lo contrario. Está por encima, no en contra. Artº V, IV, p. 33

         Los que se pierden no se pierden sino por falta de ver una u otra de estas dos cosas. Se puede conocer a Dios y no a la propia miseria, o conocer la propia miseria y no a Dios. Pero no se puede conocer a Jesucristo sin conocer a la vez a Dios y a la propia miseria. Artº XIV, II, p. 82

         El Dios de los cristianos no consiste en un Dios simplemente autor de verdades geométricas y del orden de los elementos: esto es propio de paganos y de epicúreos. No consiste simplemente en un Dios que ejerce su providencia sobre al vida y sobre los bienes de los hombres, para dar una dichosa serie de buenos años a los que le adoraran: esto es propio de los judíos. Para el Dios de Abrahán y de Jacob, el Dios de los cristianos es un Dios de amor y de consolación; es un Dios que llena el alma y el corazón que posee; es un Dios que hace sentir interiormente la propia miseria y la misericordia infinita, que se une al fondo de las almas; que llena de humildad, de gozo, de confianza, de amor; que los hace incapaces de toro fin que no sea El mismo. Artº XIV, VII, p. 83.

         El conocimiento de Dios sin el de nuestra miseria provoca a orgullo. El conocimiento de nuestra miseria sin le de Jesucristo provoca a la desesperación. Pero el conocimiento de Jesucristo nos salva del orgullo y de la desesperación porque en El encontramos a la vez a Dios, a nuestra miseria y el camino de repararla.  Artº XIV, VII, p. 84

         Nosotros podemos conocer a Dios, sin conocer nuestras miserias, y nuestras miserias sin conocer a dios; y hasta conocer a Dios y nuestras miserias sin conocer el medio de salvarnos y de las miserias que nos abruman. Pero no podemos conocer a Jesucristo sin conocer a la vez a Dios, y a nuestras miserias, y el remedio de nuestras miserias; porque Jesucristo no es solamente Dios, sino el Dios reparador de nuestras miserias. Artº XIV, VII, p. 84.

         El corazón tiene sus razones, que la razón no conoce: se ve esto en mil cosas. Digo que el corazón ama naturalmente al ser universal; y se ama también naturalmente a sí mismo, si a ello se entrega; y se endurece entre lo uno, o contra lo otro, según elige.  Si habéis abandonado lo uno o lo otro, ¿vuestro amor nacerá de la razón? Es el corazón lo que siente a Dios, y no la razón. La fe es esto: Dios sensible al corazón, no a la razón. Artª XVI, III, p.97

         La dignidad del hombre consistía, cuando su estado de inocencia, en dominar sobre las criaturas, y en usar de ellas; pero hoy consiste en separarse y en someterse a ellas. Artª XVI, XII, p.101

         Hay de común entre la vida ordinaria de los hombres y la de los santos lo siguiente: que todos aspiran a la felicidad; y que no difieren sino según el objeto en que la colocan. Y los unos y los otros llaman enemigos a los que les impiden alcanzarla.

         Es preciso juzgar de lo que es bueno o malo, según la voluntad de Dios, que no puede ser ni injusto ni ciego, y no por la nuestra, siempre llena de malicia y de error.  Artª XVI, XIV, p.102

      (Grande es la) diferencia entre reposo y seguridad de conciencia; anda proporciona la seguridad, si no es la verdad; y nada proporciona el reposo, si no es la sincera investigación de la verdad.  Artª XVI, XXII, p.105

         Hay dos verdades de fe igualmente constantes: una, que el hombre, en el estado de la creación, o en el de la gracia, está elevado pro encima de toda la Naturaleza y se convierte en semejante a Dios, y participa de la divinidad; otra, que en el estado de corrupción y de pecado, ha caído de aquel estado, y se ha hecho semejante a las bestias. Estas dos proposiciones son igualmente firmes y seguras.  Artª XVI, XXII, p.106.

         Los hombre sienten menosprecio pro la religión; le tienen odio y miedo de que sea verdadera. para corregir esto, conviene empezar pro demostrar que la religión no es contraria a la razón; luego, que es venerable, e infundir respeto pro ella; después, hacerla amable, hacer desear a los buenos que sea verdadera; y, en fin, demostrar que ella es verdadera; venerable, porque ha conocido bien al hombre; amable, porque le promete el verdadero bien.  Artª XVI, XXVI, p.107

         Las condiciones más cómodas para vivir según el mundo, son las más difíciles para vivir según Dios; y, al contrario nada es tan difícil, según el mundo, como la vida religiosa; anda es más fácil, según Dios; nada es tan cómodo como un gran empleo y grandes bienes según el mundo; nada más difícil que vivir en él según Dios, y sin tomar en él parte y gusto.  Artª XVI, XXVII, p.108

         La historia de la Iglesia debe ser llamada propiamente “la historia de la verdad”.  Artª XVI, XXXI, p.109           

         Hay tres medios de creer: la razón, la costumbre y la inspiración.   Artª XVI, XLII, p.112

         Jamás se hace el mal tan plena y alegremente como cuando se hace por (un falso principio) de conciencia.  Artª XVI, XLIII, p.112

         La verdad misma no es más que un ídolo fabricado. Porque la verdad sin la caridad no es Dios.   Artª XVI, LXII, p.119.

         La Sagrada Escritura no es una ciencia del entendimiento, sino del corazón. Ella no es inteligible sino para los rectos de corazón. El valor que , para los judíos, hay sobre la Escritura existe también para los cristianos. La caridad no es solamente el objeto de la Sagrada Escritura, sino la puerta.   Artª XVI, LXXXIV, p.124.

         Las invenciones de los hombres van avanzando de siglo en siglo. La bondad y la malicia del mundo son, en general, las mismas.   Artª XVI, LXXXVI, p. 125.

         Yo he pasado una gran parte de mi vida creyendo que había una justicia; y en esto no me engañaba; porque hay una, según Dios nos la ha querido revelar. Pero yo no la tomaba así, y me equivocaba; porque yo creía que nuestra justicia era esencialmente justa, y que yo poseía el modo de conocerla y juzgarla. Pero me he encontrado tantas veces falto de recto juicio, que al final he entrado en desconfianza sobre mí, y acerca de los demás en seguida 181‑2

           Como la moda hace cambiar el buen gusto, así hace cambiar también la justicia 183

           “Summum jus, summa injuria”. La pluralidad es la mejor vía, porque ella es visible y porque dispone de la fuerza para hacerse obedecer; sin embargo, tal es la opinión de los menos expertos. 184

           De haber sido posible, hubiérase colocado la fuerza entre las manos de la justicia; pero la fuerza no se deja manejar a gusto de uno, porque es una cualidad palpable, mientras que la justicia es una cualidad espiritual, de la que se puede disponer como se quiera; lo que se ha hecho, pues, es colocar la justicia en manos de la fuerza; y así es llamado “justo” aquello que es forzoso obedecer.

           De aquí viene el derecho de la espada, porque la espada otorga un verdadero derecho.

           Sin eso veríamos la violencia de un lado y la justicia del otro 184

           No sucede lo mismo en la Iglesia, porque en ella existe una verdadera justicia y ninguna violencia 184

           Sin duda la igualdad de los bienes es cosa justa, pero no pudiendo que a fuerza obedecer la justicia, se ha hecho que fuese justo obedecer a la fuerza, a fin de que la fuerza y la justicia se encontrasen juntas y hubiese paz, que es el soberano bien 185

         El espíritu cree naturalmente, y la voluntad ama naturalmente; de manera que, a falta de verdaderos objetos, se ligan a los falsos. Artº XXV, XLIX, p. 198.

         Nuestra naturaleza consiste en el movimiento; el pleno reposo es la muerte.   Artª XXV, LXVI, p. 201.

         En el espíritu de sutilidad los principios son de uso común y se presentan ante los ojos de todo el mundo. No hay que volver la cabeza sin  hacerse violencia. Solo se trata de tener buena vista. Pero eso si que es bien necesario, tenerla buena, ya que los principios están tan desleídos y son en tan gran número, que es casi imposible que no se escapen algunos y la omisión de un principio conduce al error; así, es necesario tener la vista clara para ver todos los principios, y luego el espíritu recto para no razonar falsamente sobre los principios conocidos. p. 262

         El juicio es aquel a quien pertenece el sentimiento, como las ciencias pertenecen al entendimiento. La sutilidad es el privilegio del juicio; la geométrica, el del entendimiento. p. 263

         Hay, pues, dos suertes de espíritus: unos que penetran viva y profundamente las consecuencias de los principios, y éstos son los sutiles; y otros que comprenden un gran número de principios sin confundirlos, y éstos son los geométricos. Lo uno representa rectitud de espíritu; lo otro, amplitud de espíritu. Y se puede ser lo uno sin lo toro, pudiendo ser aquél fuerte y estrecho, y pudiendo ser también amplio y débil. p. 264

 

…………………………………………

[1] Origen, Barcelona, 1982.