Así perdona Dios


El Evangelio de la misa de hoy, 10 de marzo, de san Mateo 18,21-35 (que podemos leer íntegramente más abajo), nos muestra la voluntad divina de que perdonemos siempre siempre:

Se acercó Pedro y dijo a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”
Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.» ( Mt 18, 21-22).

      Viajaba en una ocasión en tren, el convertido y famoso novelista inglés Cronin. En el mismo departamento que él, viajaba un muchacho que parecía estar muy nervioso. Movido por la curiosidad, no exenta de preocupación, Cronin le preguntó:

      —¿Qué te pasa, muchacho?

      —Vengo de la cárcel respondió el joven-. Durante nueve años he vivido encerrado entre rejas lejos de mi familia. Cometí unos delitos que avergonzaron a mis padres…,  ahora me han dado la liberta, y vuelvo hacia ellos. En todo este tiempo no he sabido nada de ellos. No me he atrevido a escribirles. Pero ahora, al darme la libertad, he escrito una carta pidiéndoles perdón. Les he pedido que si me perdonan, como señal para que yo lo sepa distinguir, cuelguen en el manzano que hay en la huerta de casa, por la que va a pasar delante de ella, una cinta blanca de una rama visible. Si es así, yo entenderé que me perdonan y me acercaré a casa; si no, pasaré de largo. Ya faltan solamente dos pueblos para que lleguemos al mío, y estoy muy inquieto.

       Hubo una pausa angustiosa mientras el tren se acercaba implacable a su destino. Luego el muchacho continuó con una petición:

      —Por favor, la próxima tapia que viene es la finca de mi padre. No me atrevo a mirar, ¡no puedo! Tenga la bondad de mirar usted.

    Aquel muchacho recogió la cabeza entre sus manos mientras el tren comenzaba a rebasar la tapia. Cronin, que miraba tenso pro la ventanilla, dio un salto. Cogió al muchacho por los brazos.

      —Hijo, mira! ¡Mira el manzano!

    El muchacho levantó la cabeza y miró. No daba crédito a lo que veía: colgadas de cada una de las ramas del manzano, había, no una cinta blanca, sino docenas de cintas., sus padres le perdonaban con generosidad desbordante….[1]

Dios perdona siempre, incansablemente, sean cual sean nuestros pecados e infidelidades, y perdona misericordiosamente, sobrepasando los límites de lo imaginable, porque su amor por nosotros es tan grande que está dispuesto a todo por salvarnos —la cruz de su Hijo es la muestra—. Así es Dios, nuestro Dios; el mismo que nos recomienda que hagamos nosotros lo mismo, de modo que nos pareceremos a Él, que nos quiere santos. Así perdona Dios, y así -contando con su gracia- hemos de perdonar nosotros.

En la parábola del «hijo pródigo» el padre misericordioso todos los días salia hada una loma por ver si venía su hijo que tiempo atrás había abandonado la casa familiar. Con incansable constancia todos los días, lleno de amor paterno, le esperaba…, esperaba que su hijo, arrepentido, volviera. «Se levantó y fue a padre. Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y conmovido, corrió y se echó al cuello de su hijo, cubriéndolo de beso.» (Lc 15,20-21)

El amor misericordioso de Dios es de tal grandeza que hace incasable su actitud al perdón. «Mas tú todo lo perdonas porque todo es tuyo, Señor que amas la vida» (Sb 11,24-26), y «pasas por alto los pecados de los hombres, para atraerles a misericordia.» (Sab 11,23).  Y Ya podremos hacerle feos, que Él no retrocede ni cambia en su predisposición a acogernos. No hay pecado que pueda retraer el amor misericordioso divino; es más aunque la conciencia -esa última instancia íntima del alma humana- pueda inculparnos como pecador irredento, no hay que perder la esperanza en que Dios en su amor infinito -que es más que todo, de cuanto hay- puede revertir la situación y salvarnos: «Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo» (1 Jn 3,19-20).

Esta actitud incasable de amor misericordioso, que lo perdona todo, siempre y sin medida, propia de Dios, es propuesta por Él para todos nosotros como actitud vital: nos invita a que seamos como Él es: «Sed bondadosos los unos para con los otros, compasivos, perdonándoos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo.»  (Ef 4,32). «¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces? Jesús le dijo: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.» (Mt 18,21-22). » Nada nos asemeja más a Dios que el estar siempre dispuestos a perdonar» (San Juan Crisóstomo[2] ) .

El problema no está en obtener el perdón de Dios. Para Dios, el problema, consiste -dada la libertad con que nos ha creado- en hacernos aceptar su perdón. Quien se niega a ser amado, se niega a amar; quien se niega a ser perdonado, se niega a perdonar, y quien se niega a perdona se niega a ser perdonado. Esta actitud de hierro es una férrea postura de cerrazón y rechazo impenetrable, de autocondena, de autocastigo, de odio destructivo hacia sí mismo… es ya algo demoniaco. Aún así, aunque todo parezca perdido, Dios, en su misericordia salvadora, lo puede todo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21-35):

EN aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

 En el mundo judío se perdonaba hasta 3 o 4 veces- Pedro, sabiendo cómo era Jesús, le plantea hasta cuantas veces deben perdonar sus discípulos y le dice que si hasta 7 veces, pensando que ya era un buen número. Pero Jesús le deja boquiabierto: «setenta veces siete«, es decir, siempre. Si queremos parecernos al Señor, tenemos que ser como él, de modo que no nos cabe otra alternativa a este respecto del perdón.

Y cuenta Jesús una parábola sobre el Reino: Dios perdona una deuda una suma desorbitante, de debía diez mil talentos, unas 300 toneladas de oro, es decir, lo que sería hoy unos 18.000.000.000 euros; algo impagable, claro. Y en cambio, éste al que Dios le ha perdona misericordiosamente tanto, todo, en cambio, es incapaz de perdonar una pequeña deuda con él de otra persona, cien denarios, el salario de tres meses, unos 5.000 euros. Este desequilibrio del tanto amor misericordioso que Dios ha tenido con él y él el tan poco con su deudor, pone en evidencia el interior inhumano de esa persona inmisericorde, lo que le compromete su destino final en el Reino.

Este es el perdón singularísimo del cristiano: perdonar siempre y la cantidad que sea. Algo que la gente mundana es incapaz de comprender y menos de admitir y que tampoco se vería capaz de hacer; pero nosotros, los creyentes en Cristo, contamos con su gracia, y actuamos con la fuerza de ésta y a imagen y semejanza del Señor.

Por lo demás, decir, que perdonar no supone olvidar, es decir, borrarlo de la memoria -eso sucederá en el Reino de los cielos y si se concede alguna gracia especial-; pero a los efectos de la calidad del perdón, el que no se olvide, no merma el perdón. Si a uno le viene el recuerdo, lo suyo es rechazarlo, lo recordarlo, no reviviirlo alimentándolo en la memoria. Hay que rechazarlo siempre, como cualquier otro pensamiento o tentación de cualquier tipo que aparezca a la imaginación.  

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Palabras del papa Francisco

(Angelus, 17 de septiembrede 2023)

Hoy el Evangelio nos habla de perdón (cfr Mt 18,21-35). Pedro pregunta a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» (v. 21).

Siete, en la Biblia, es un número que indica plenitud, y por tanto Pedro es muy generoso en los presupuestos de su pregunta. Pero Jesús va más allá y le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (v. 22). Es decir, le dice que cuando se perdona no se calcula, que está bien perdonar ¡todo y siempre! Precisamente como hace Dios con nosotros, y como está llamado a hacer quien administra el perdón de Dios: perdonar siempre. Yo esto lo digo mucho a los sacerdotes, a los confesores: perdonad siempre como perdona Dios.

Jesús ilustra después esta realidad a través de una parábola, que también tiene que ver con los números. Un rey, después de que le suplicara, perdona a un siervo la deuda de 10.000 talentos: es un valor exagerado, inmenso, que oscila entre las 200 y las 500 toneladas de plata: exagerado. Era una deuda imposible de saldar, incluso trabajando una vida entera: y sin embargo ese señor, que hace referencia a nuestro Padre, lo perdona por pura «compasión» (v. 27). Este es el corazón de Dios: perdona siempre porque Dios es compasivo. No olvidemos cómo es Dios: es cercano, compasivo y tierno; así es la forma de ser de Dios. Después, este siervo, al cual se le había perdonado la deuda, no tiene ninguna misericordia con un compañero que le debe 100 denarios. También esta es una cifra consistente, equivalente a cerca de tres meses de sueldo – ¡como diciendo que perdonarnos entre nosotros cuesta! -, pero para nada comparable con la cifra precedente, que el señor había perdonado.

El mensaje de Jesús es claro: Dios perdona de forma incalculable, excediendo cualquier medida. Él es así, actúa por amor y por gratuidad. Dios no se compra, Dios es gratuito, es todo gratuidad. Nosotros no podemos repagarlo pero, cuando perdonamos al hermano o a la hermana, lo imitamos. Perdonar no es por tanto una buena acción que se puede hacer o no hacer: perdonar es una condición fundamental para quien es cristiano. Cada uno de nosotros, de hecho, es un “perdonado” o una “perdonada”: no olvidemos esto, nosotros somos perdonados, Dios ha dado la vida por nosotros y de ninguna forma podremos compensar su misericordia, que Él no retira nunca del corazón. Pero, correspondiendo a su gratuidad, es decir perdonándonos unos a otros, podemos testimoniarlo, sembrando vida nueva en torno a nosotros. Fuera del perdón, de hecho, no hay esperanza; fuera del perdón no hay paz. El perdón es el oxígeno que purifica el aire contaminado por el odio, el perdón es el antídoto que cura los venenos del rencor, es el camino para calmar la rabia y sanar tantas enfermedades del corazón que contaminan la sociedad.

Preguntémonos, entonces: ¿yo creo que he recibido de Dios el don de un perdón inmenso? ¿Advierto la alegría de saber que Él siempre está preparado para perdonarme cuando caigo, también cuando los otros no lo hacen, también cuando ni siquiera yo logro perdonarme a mí mismo? Él perdona: ¿creo que Él perdona? Y ¿sé perdonar a su vez a quien me ha hecho daño? Al respecto, quisiera proponeros un pequeño ejercicio: intentemos, ahora, cada uno de nosotros, pensar en una persona que nos ha herido, y pidamos al Señor la fuerza para perdonarla. Y perdonémosla por amor del Señor: hermanos y hermanas esto nos hará bien, nos devolverá la paz en el corazón.

María, Madre de Misericordia, nos ayude a acoger la gracia de Dios y a perdonarnos los unos a los otros.

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A continuación unas líneas del «Discurso del Papa en el encuentro con los jóvenes de de Eslovaquia, 14 de septiembre de 2021», dedicadas al perdón:

Si yo les pregunto: “¿En qué piensan cuando van a confesarse?” —no lo digan en voz alta—, estoy casi seguro de la respuesta: “En los pecados”. Pero —les pregunto, respondan—, ¿los pecados son verdaderamente el centro de la confesión? [“¡No!”] No los escucho… [“¡No!”] Muy bien. ¿Dios quiere que te acerques a Él pensando en ti, en tus pecados, o pensando en Él? ¿Qué desea Dios, que te acerques a Él o a tus pecados? ¿Qué desea? Respondan [“¡A Él”]. Más fuerte, que soy sordo [“¡A Él!”]. ¿Cuál es el centro, los pecados o el Padre que perdona todo? El Padre. No vamos a confesarnos como unos castigados que deben humillarse, sino como hijos que corren a recibir el abrazo del Padre. Y el Padre nos levanta en cada situación, nos perdona cada pecado. Escuchen bien esto: ¡Dios perdona siempre! ¿Lo han entendido? ¡Dios perdona siempre!

Les doy un pequeño consejo: después de cada confesión, quédense un momento recordando el perdón que han recibido. Atesoren esa paz en el corazón, esa libertad que sienten dentro. No los pecados, que no están más, sino el perdón que Dios te ha regalado, la caricia de Dios Padre. Eso atesórenlo, no dejen que se lo roben. Y cuando vuelvan a confesarse, recuerden: voy a recibir una vez más ese abrazo que me hizo tanto bien. No voy a un juez a ajustar cuentas, voy a encontrarme con Jesús que me ama y me cura. En este momento quisiera dar un consejo a los sacerdotes: yo les diría a los sacerdotes que se sientan en el lugar de Dios Padre que siempre perdona, abraza y acoge. Demos a Dios el primer lugar en la confesión. Si Dios, si Él es el protagonista, todo se vuelve hermoso y la confesión se convierte en el sacramento de la alegría. Sí, de la alegría, no del miedo o del juicio, sino de la alegría. Y es importante que los sacerdotes sean misericordiosos. Nunca curiosos, nunca inquisidores, por favor, sino que sean hermanos que dan el perdón del Padre, que sean hermanos que acompañan en este abrazo del Padre.

Pero alguno podría decir: “Yo igualmente me avergüenzo, no logro superar la vergüenza de ir a confesarme”. No es un problema, es algo bueno. Avergonzarse en la vida en ocasiones hace bien. Si te avergüenzas, quiere decir que no aceptas lo que has hecho. La vergüenza es un buen signo, pero como todo signo pide que se vaya más allá. No permanecer prisionero de la vergüenza, porque Dios nunca se avergüenza de ti. Él te ama precisamente allí, donde tú te avergüenzas de ti mismo. Y te ama siempre. Les cuento algo que no está en la gran pantalla. En mi tierra, a esos descarados que hacen todo mal, los llamamos «sin-vergüenza».

Y una última duda: “Padre, yo no consigo perdonarme, por tanto, ni siquiera Dios podrá perdonarme, porque caigo siempre en los mismos pecados”. Pero —escucha—, ¿cuándo se ofende Dios, cuando vas a pedirle perdón? No, nunca. Dios sufre cuando nosotros pensamos que no puede perdonarnos, porque es como decirle: “¡Eres débil en el amor!” Decirle esto a Dios es tremendo, decirle “eres débil en el amor”. En cambio, Dios siempre se alegra de perdonarnos. Cuando vuelve a levantarnos cree en nosotros como la primera vez, no se desanima. Somos nosotros los que nos desanimamos, Él no. No ve unos pecadores a quienes etiquetar, sino unos hijos a quienes amar. No ve personas fracasadas, sino hijos amados; quizá heridos, y entonces tiene aún más compasión y ternura. Y cada vez que nos confesamos —no lo olviden nunca— en el cielo se hace una fiesta. ¡Que sea así también en la tierra!

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Catena Aurea

 

San Jerónimo

El Señor había dicho anteriormente: «Guardaos de tener en poco a uno de estos pequeñitos» ( Mt 18,10) y añadió: «Si pecare tu hermano contra ti, recíbelo» ( Mt 18,15), etc. y prometió una recompensa diciendo: «Si dos de vosotros se convinieren, toda cosa que pidieren les será hecha», etc.; provocado el apóstol Pedro por estas palabras, hace una pregunta y ved aquí lo que de ella se dice: «Entonces Pedro, llegándose a El, dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le perdonaré?» etc. Y añade a la pregunta su parecer diciendo: «¿Hasta siete veces?»
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,1

Creyó él haber dicho muchas veces, pero ved la contestación de Cristo amigo del hombre: «Jesús le dice: no te digo hasta siete veces», etc.
 

San Agustín, sermones, 83,3

Me atrevo a decir, que aunque pecare setenta veces ocho veces, le perdonéis y si cien veces y cuantas veces pecare, perdonadle. Porque si Cristo encontró mil pecadores y sin embargo, a todos los perdonó, no debéis limitar la misericordia. Porque dice el apóstol ( Col 3,13): «Perdonaos mutuamente las ofensas que hayáis cometido los unos contra los otros, como Dios os perdonó a vosotros en Cristo».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,1

Las palabras «setenta veces siete veces» no significan un número determinado, de suerte que el perdón concluya con el número, sino que expresa que debe ser siempre y sin interrupción.
 

San Agustín, sermones, 83,7

Sin embargo, no puso el Señor ese número sin su objeto. La ley fue dada en diez preceptos y si la ley está comprendida en el número diez, el pecado está significado por el número once. Porque ya pasa del diez y lo quebranta; el número siete suele tomarse por un todo porque el tiempo corre entero entre los siete días y once veces siete forman setenta y siete y El quiso que se perdonaran todos los pecados porque con el número setenta y siete quiso significar todos los pecados.
 

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

O también porque el número seis parece designar la obra y el trabajo y el número siete la cesación y el reposo. Por consiguiente, aquel que ama al mundo y ejecuta las cosas que hay en él, u obra las cosas del mundo, peca siete veces. Pedro comprendió algo de esto, cuando preguntó si a las siete veces se debía perdonar; pero como Cristo sabía que algunos cometerían más pecados que los comprendidos en ese número, añadió al siete el número setenta, expresando de este modo que se debía perdonar a los hermanos que viven en el mundo y que pecan en el uso de las cosas de este mundo; pero si alguno pecare más de esos pecados, ya no tendrá perdón.
 

San Jerónimo

También puede entenderse el número setenta veces siete, esto es, cuatrocientas noventa veces, en el sentido de que se debe perdonar al hermano tantas veces cuantas pecare.
 

Rábano

De una manera, sin embargo, se da el perdón al hermano que lo pide, a saber: uniéndonos a él con los lazos de la caridad, como hizo José con sus hermanos y de otra manera, al enemigo perseguidor, a saber, deseando y si nos es posible, haciendo el bien como hizo David cuando lloró a Saúl.

 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,1

El Señor añade una parábola, a fin de que a nadie le resulte excesivo el número setenta veces siete veces.
 

San Jerónimo

Era muy común entre los sirios y sobre todo en la Palestina, el añadir una parábola a las cosas que decían, con el objeto de que los oyentes que no podían conservar en la memoria los preceptos dichos sencillamente los conservaran mediante comparaciones y ejemplos. De ahí que se diga: «Por eso el Reino de los Cielos es comparado», etc.
 

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

El Hijo de Dios, así como es sabiduría, justicia y verdad, así también es El mismo, Reino; pero no de alguno de aquellos que están aquí abajo, sino de todos los que están allí arriba, en cuyos sentidos reinan la justicia y todas las demás virtudes y que, si han sido hechos habitantes del cielo, es porque llevan la imagen del hombre celestial. Este Reino de los Cielos, es decir, el Hijo de Dios, cuando tomó carne, uniéndose entonces así al hombre, fue hecho semejante al hombre rey.
 

Remigio

O también, por Reino de los Cielos se puede entender muy bien la Iglesia santa en la que opera el Señor lo que dice en esa parábola. Por la palabra hombre se designa algunas veces al Padre, como en aquel pasaje: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre rey, que trató de casar a su hijo» ( Mt 22,2); otras veces se designa al Hijo. Aquí puede aplicarse a los dos, al Padre y al Hijo, que son un solo Dios; y a Dios se le llama Rey porque dirige y gobierna todo lo que creó.
 

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

Los servidores en esta parábola son los dispensadores de la palabra, a quienes está confiado el negociar y hacer producir los intereses del cielo.
 

Remigio

O también se entiende por siervos del hombre rey a todos los hombres, a quienes creó para que lo alabaran y a quienes dio la ley de la naturaleza y a quienes pide cuentas cuando discute su vida, sus costumbres y sus actos, para dar a cada uno según sus obras ( Rom 2). Por eso sigue: «Y habiendo empezado a tomar las cuentas», etc.
 

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

El rey nos hará rendir cuentas de nuestra vida cuando sea necesario que todos nosotros seamos manifestados delante del tribunal de Cristo ( 2Cor 5). No queremos decir con esto que Cristo necesite mucho tiempo para tomar esta cuenta. Porque el Señor hará por virtud admirable -al querer poner a las claras las almas de todos- que cada uno recuerde en poco tiempo todas sus acciones y dice: «Y habiendo comenzado a tomar las cuentas», etc. porque dará principio a tomar las cuentas por la casa de Dios ( 1Pe 4). De ahí es que le será presentado al principio del juicio el hombre a quien El dio muchos talentos y que en lugar de hacerlos fructificar presentó, a pesar de la obligación que se le había impuesto, grandes pérdidas. Es verosímil que en estos talentos que él perdió, estén representados los hombres que por causa suya se han perdido, resultando de aquí el haberse hecho deudor de muchos talentos por seguir a esa mujer, que se sienta sobre un talento de plomo y que lleva el nombre de iniquidad.
 

San Jerónimo

No se me oculta que hay algunos que ven al diablo en el hombre que debía los diez mil talentos y que entienden por la mujer y los hijos vendidos (mientras continúa él en la malicia) la necedad y los malos pensamientos. Porque así como a la sabiduría se la llama esposa del justo, así también a la necedad se la llama mujer del injusto y del pecador. ¿Pero cómo el Señor le perdona a él los diez mil talentos y él no nos perdona a nosotros, que somos sus consiervos, los cien denarios? Ni lo admiten los hombres prudentes y la interpretación eclesiástica lo rechaza.
 

San Agustín, sermones, 83,6

Es preciso decir, que como la ley es dada en diez preceptos, él debía diez mil talentos, esto es, todos los pecados que se cometen contra la ley del Señor.
 

Remigio

El hombre que peca, no puede levantarse sólo con su voluntad y consiguientemente no tiene en sí nada para que se le pueda perdonar los pecados. De aquí lo que sigue: «Y como no tuviese», etc. La mujer del necio es la necedad, el placer de la carne o la ambición.
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 1,25

Esto significa que el trasgresor del Decálogo debe sufrir castigos por su ambición y sus malas obras, representadas aquí por su mujer y sus hijos. Ese es su precio, puesto que el precio del hombre vendido es el suplicio del hombre condenado.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,3

No manda esto llevado de un sentimiento cruel sino de un afecto inefable. Porque con esto quiere llenarle de santo temor y hacerle que suplique y no se venda. Resultado que se deja ver por lo que añade: «Y arrojándose a sus pies el siervo, le rogaba», etc.
 

Remigio

En las palabras «Y arrojándose a sus pies» se ve la humillación y la satisfacción del pecador y en las palabras «Ten un poco de paciencia conmigo», la voz del pecador que pide tiempo para vivir y corregirse. Grande es la benignidad y la clemencia del Señor para con los pecadores conversos; siempre El está preparado para perdonar los pecados mediante el bautismo y la penitencia. Por eso sigue: «Y compadecido el Señor», etc.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,3-4

Ved la sobreabundancia del amor divino. Pide el siervo que se le prolongue el tiempo y El le concede más de lo que le pide, perdonándole y concediéndole todas las deudas. Incluso hizo más. El quería darle desde el principio, pero no quería que su donativo viniese solo, sino acompañado de las súplicas del siervo, a fin de que no se retirase éste sin mérito personal. Mas no le perdonó las deudas antes de pedirle cuentas, para enseñarle cuántas eran las deudas que le perdonaba y hacerle de este modo más benigno para su consiervo. Todas las cosas hechas hasta ahora, fueron efectivamente oportunas. Confesó él sus deudas y el Señor prometió perdonárselas; suplicó arrojándose a sus pies y comprendió la grandeza de sus deudas; pero lo que después hizo fue indigno de lo primero. Porque sigue: «Y habiendo salido halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios y trabando de él le quería ahogar», etcétera.
 

San Agustín, sermones, 83,6

Cuando se dice, «que le debía cien denarios» ese número se refiere al número diez, que es el de la Ley. Ciento repetido cien veces, hace el número diez mil y diez veces diez ciento; así los números diez mil talentos y cien talentos no se separan del número consagrado a expresar las transgresiones de la Ley. Los dos servidores son deudores y los dos tienen necesidad de pedir perdón porque todo hombre es deudor a Dios y tiene a su hermano por deudor.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,1

La diferencia que existe entre los pecados que se cometen contra el hombre y los que se cometen contra Dios, es tan grande como la que hay entre diez mil talentos y cien denarios. Esto se hace aun más claro por la diferencia de pecados y el corto número de los que pecan. Nosotros nos abstenemos y evitamos pecar delante del hombre que nos ve, y delante de Dios, que nos está viendo, no cesamos de pecar, obrando y hablando todo lo que nos parece sin el menor miedo. De aquí es, que la gravedad de estos pecados proviene no solamente porque los cometemos contra Dios, sino también porque los cometemos abusando de los beneficios con que El nos ha llenado. Porque El nos ha dado la existencia y todo lo ha creado por nosotros. Inspiró en nosotros un alma racional, nos mandó a su Hijo, nos abrió el cielo y nos hizo hijos suyos. ¿Le recompensaríamos nosotros dignamente aunque muriéramos todos los días por El? De ninguna manera, esto redundaría principalmente en utilidad nuestra y a pesar de esto, infringimos sus leyes.
 

Remigio

Así, en el deudor de diez mil talentos están simbolizados aquellos que cometen los mayores crímenes y en el de cien denarios los que cometen los menores.
 

San Jerónimo

Para que esto se comprenda mejor, es preciso explicarlo con algunos ejemplos. Si alguno de vosotros cometiere un adulterio, un homicidio o un sacrilegio -crímenes horrorosos- estos diez mil talentos le serán perdonados cuando lo suplique y perdone los males menores que otro ha cometido contra él.
 

San Agustín, sermones, 83,6

Pero aquel siervo malo, ingrato, inicuo, no quiso perdonar lo que a él, que no lo merecía, se le perdonó. Sigue el pasaje: «Y trabando de él, le quería ahogar diciendo: «Paga lo que debes».
 

Remigio

Esto es, insistía con energía para que le pagase lo que le debía.
 

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

Según mi opinión, lo quería ahogar porque había salido de la presencia del rey. Porque delante del rey no hubiera tratado de ahogarlo.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Cuando se dice que salió, no se entiende que fue después de pasado mucho tiempo, sino inmediatamente, resonando aun en sus oídos las palabras del beneficio, abusó maliciosamente del perdón que le dio su Señor. Lo que después hizo, se ve por lo que sigue: «Y arrojándose su compañero a sus pies, le rogaba diciendo: Ten un poco de paciencia», etc.
 

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

Observad la finura de la Escritura, que nos presenta al siervo que debía mucho arrojado a los pies del Señor y en actitud de adorarle y al que debía cien denarios, arrojado, pero sin actitud de adorar, sino de suplicar a su consiervo, diciendo: «Ten un poco de paciencia».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Pero el ingrato siervo no respetó las palabras que lo salvaron. Porque sigue: «Mas él no quiso».
 

San Agustín, quaestiones evangeliroum, 1,25

Es decir, tuvo tan mala voluntad, que trató de que castigaran a un compañero, pero él se marchó.
 

Remigio

Esto es, de tal manera se encendió en cólera, que llegó al punto de querer ser vengado y le mandó a la cárcel hasta que le pagase la deuda; es decir, que después de prender a su hermano se vengó de él.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Ved la caridad del Señor y la crueldad del siervo. El primero perdona diez mil talentos y el segundo no quiso perdonar cien denarios; el siervo pide a su Señor y obtiene el perdón completo de toda la deuda y al siervo su compañero le suplica que le deje tiempo para poder ganarlo y ni aun esto le concede. Se movieron a compasión los que no debían y por eso sigue: «Y viendo los otros siervos sus compañeros lo que pasaba, se entristecieron mucho».
 

San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,25

Se entiende por consiervos a la Iglesia, que liga a unos y desliga a otros.
 

Remigio

También pueden entenderse por consiervos a los ángeles, los predicadores de la santa Iglesia, o cualquier fiel, que al ver que a un hermano suyo, que ha conseguido el perdón, no quiere compadecerse de su consiervo, se entristece a causa de su perdición. Sigue: «Y fueron a contar a su Señor todo lo que había pasado», etc. Ciertamente vienen, pero no con el cuerpo sino con el corazón, a contar a su Señor su dolor y a manifestarle sus tristezas. Sigue: «Entonces le llamó su Señor», etc.; le llama ciertamente por la sentencia de muerte y le manda dejar este mundo diciéndole: «Siervo malo, te perdoné toda la deuda porque me lo rogaste».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Y a decir verdad no lo llamó siervo malo cuando debía diez mil talentos, ni tampoco le injurió, sino que se compadeció de él. Por el contrario, cuando correspondió con ingratitud, entonces es cuando le dice siervo malo. Esto es lo que significan las palabras: «¿pues no debías tú también tener compasión?», etc.
 

Remigio

Y es digno de saberse que no se lee que aquel siervo diese a su Señor respuesta alguna; en esto se manifiesta que cesará toda clase de excusa en el día del juicio y en seguida después de esta vida.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Y puesto que no se hizo mejor por el beneficio, se le deja la pena para que se corrija. Por eso sigue: «Y enojado su Señor le hizo entregar a los atormentadores», etc. Y no dijo simplemente: «le entregó», sino «enojado», palabra que no empleó cuando mandó que fuese vendido y que es más bien propia de un amor que quiere corregir, que no de un desahogo de la cólera; mas aquí es la sentencia de un suplicio y de un castigo.
 

Remigio

Se dice que se enoja el Señor cuando se enfurece contra los pecadores. Los atormentadores son los demonios que siempre están preparados para recibir las almas perdidas y para atormentarlas con los castigos de una condenación eterna. ¿Mas por ventura el que ha sido arrojado a la condenación eterna, podrá hallar espacio para corregirse, o puerta para salirse? No; la palabra «hasta que» significa lo infinito. De manera que forma el siguiente sentido: siempre estará pagando, pero jamás satisfacerá completamente y siempre por lo mismo sufrirá la pena.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Todo esto nos manifiesta que será continuamente, esto es, eternamente castigado y que jamás habrá pagado. Aunque son irrevocables los dones y las vocaciones de Dios, sin embargo, la malicia ha llegado a tal punto, que parece destruye esta misma ley.
 

San Agustín, sermones, 83,7

Dice el Señor: «Perdonad y os será perdonado» ( Lc 6,37); pero yo os he perdonado primero, perdonad vosotros al menos después. Porque si no perdonareis, os volveré a llamar y os reclamaré cuanto os haya perdonado. No engaña ni es engañado Cristo, que ha dicho estas palabras: «Del mismo modo hará también con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano». Mejor es que claméis con la boca y perdonéis con el corazón, que el que seáis dulces en las palabras y crueles en el corazón. Dice el Señor: «De vuestros corazones» a fin de que, cuando imponéis una penitencia por caridad, no abandone la mansedumbre a vuestro corazón. ¿Qué cosa hay tan caritativa como el médico que maneja el instrumento de hierro? Centra su atención en la herida para curar al hombre. Porque si no hace más que tocarla, se pierde el hombre.
 

San Jerónimo

Añade el Señor: «De vuestros corazones» para que nos alejemos de toda paz basada en la hipocresía y en la ficción y manda a Pedro bajo la comparación del rey Señor y el siervo, que así como el deudor de diez mil talentos ha conseguido, suplicando a su Señor, que se le perdone toda la deuda, así también Pedro debe perdonar a sus consiervos, que cometen pecados menores.
 

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

También quiere enseñarnos que seamos fáciles en perdonar a los que nos han hecho algún daño, especialmente si reparan sus faltas y nos suplican que los perdonemos.
 

Rábano

En sentido alegórico, el siervo que debía diez mil talentos es el pueblo judío, sometido al decálogo de la Ley, a quien perdonó muchas veces el Señor las deudas, cuando en sus apuros y haciendo penitencia, imploraban su misericordia. Pero una vez que salían bien de sus aflicciones, no tenían compasión con nadie y exigían con rigor cruel todo lo que se les debía; no cesaba de maltratar al pueblo gentil, como si le estuviera sometido, le exigía la circuncisión y las ceremonias de la Ley como si fuese deudor suyo y atormentaba cruelmente a los profetas y a los apóstoles, que les traían la palabra de la reconciliación. Por esta perversa conducta los entregó el Señor en manos de los romanos, para que demolieran hasta los cimientos de su ciudad, o en manos de los espíritus malignos, para que los castigaran con tormentos eternos.

 

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[1] LÓPEZ MELÚS, RAFAEL Mª., Caminos de santidad V, ejemplos que edifican, Edibesa, Madrid, 2000, p. 277.

[2] Hom. sobre S. Mateo, 61.

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