El Evangelio (que puede leer abajo) de hoy, miércoles de Pascua, trata sobre la aparición del Señor resucitado a dos discípulos de retornaban a su pueblo, Emaús, a 13 Km[1]. de Jerusalén; donde habían paso el domingo en medio del dubitativo alborozo entre todos los próximos a Jesús por la noticia —aún por consolidarse— de que, al no encontrarse en el sepulcro su cuerpo y tras aparecerse a varias de la mujeres, había resucitado.
En el trayecto, Jesús se hizo el encontradizo, poniéndose a su paso a andar en la misma dirección, y entablando conversación. Jesús enseguida les notó con un halo de pena y hasta decepción; aunque las mujeres habían dicho haber visto a los ángeles y al Señor comunicando la resurrección, quizá por lo poco que se valoraba la palabra de mujeres por aquel entonces, no las creyeron. Jesús se interesó por la conversación que les bullía. Ellos le contaron con lo ocurrido en Jerusalén: la pasión, muerte y los rumores de la supuesta aparición del profeta Jesús de Nazaret. Algo de lo que todo el mundo hablaba en la ciudad.
Entonces Jesucristo tomó la palabra, y de ser tomando por alguien que no se había enterado de lo que había sucedido, comenzó a explicarles el sentido de ese al que ellos tenían por un profeta y que a la luz de las Escrituras se trataba del Mesías…
Al llegar a Emaús, ellos, hospitalariamente, invitaron a Jesús a pasarla noche allí, pues él hizo ademán de continuar el camino y ya anochecía.
Se pusieron a cenar, entonces Jesús «tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo fue dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.»
Y claro, ante tal aparición del Resucitado, salieron a toda prisa a recorrer nuevamente los 13 km. camino de Jerusalén a contar a todos la verdad de la Resurrección.
Algunas reflexiones:
- Estos discípulos se volvían decepcionados a su mundo anterior, sin considerar creíble el testimonio de las mujeres, tal vez si hubiera sido hombres… Hoy día existe también esa consideración respecto a la ciencia a la hora de considerar lo que es verdad o no; parangonando, lo «científicamente» aprobado entonces era la palabra de los hombres, la opinión femenina no se sujetaba a la «cánones» de lo que había considerarse como cierto.
- Jesús sale al encuentro, ayer y hoy, de cada ser humano, se hace el encontradizo y nos acompaña en el camino de nuestra vida. Si le permitimos que nos hable, su palabra nos encandilará el corazón, como a los discípulos que sentían ardor cuando les explicaba las Escrituras.
- Jesús no invade, no se autoinvita, hace como que va de paso… Se queda con ellos y con nosotros, si se le invita, si le abrimos en corazón. Entonces Él entrará en nuestras vidas.
- El reconocimiento de Jesucristo por los discípulos se produce en el momento en que sentados a la mesa Jesús bendice y reparte el pan… En instante de la Eucaristía que nos hace entrar en comunión con Él. Ahí se descubre con los ojos de la fe lo que hasta antes era invisible a los ojos de la carne. Coincidiendo con otras apariciones, por el aspecto físico de Jesús resucitado no era reconocible, tan solo ocurre cuando interviene la fe.
- De inmediato, sin esperar al día de mañana, salen camino de Jerusalén a anunciar la Buena Nueva: la gran verdad: ¡Jesús existe! Así como nosotros que conocemos a Cristo tenemos que comunicar a los hombres la Palabra de Dios.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):
AQUEL mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana la sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria».
Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adónde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
…oo0oo…
PALABRAS PAPA LEON XIV
(Audiencia, 8-10-2025)
Hoy quisiera invitaros a reflexionar sobre un aspecto sorprendente de la resurrección de Cristo: su humildad. Si recordamos los relatos evangélicos, nos damos cuenta de que el Señor resucitado no hace nada espectacular para imponerse a la fe de sus discípulos. No aparece rodeado de huestes de ángeles, no hace gestos sensacionales, no pronuncia discursos solemnes para revelar los secretos del universo. Al contrario, se acerca discretamente, como un viandante cualquiera, como un hombre hambriento que pide compartir un poco de pan (cf. Lc 24,15.41).
María de Magdala lo confunde con un jardinero (cf. Jn 20,15). Los discípulos de Emaús creen que es un forastero (cf. Lc 24,18). Pedro y los demás pescadores creen que es un simple transeúnte (cf. Jn 21,4). Habríamos esperado efectos especiales, signos de poder, pruebas abrumadoras. Pero el Señor no busca eso: prefiere el lenguaje de la proximidad, de la normalidad, de la mesa compartida.
Hermanos y hermanas, en esto hay un mensaje precioso: la Resurrección no es un giro teatral, es una transformación silenciosa que llena de sentido cada gesto humano. Jesús resucitado come una porción de pescado delante de sus discípulos: no es un detalle marginal, es la confirmación de que nuestro cuerpo, nuestra historia, nuestras relaciones no son un envoltorio para tirar. Están destinados a la plenitud de la vida. Resucitar no significa convertirse en espíritus evanescentes, sino entrar en una comunión más profunda con Dios y con nuestros hermanos, en una humanidad transfigurada por el amor.
En la Pascua de Cristo, todo puede convertirse en gracia. Incluso las cosas más ordinarias: comer, trabajar, esperar, cuidar de la casa, apoyar a un amigo. La Resurrección no resta vida al tiempo y al esfuerzo, sino que cambia su sentido y su «sabor». Cada gesto realizado en gratitud y comunión anticipa el Reino de Dios.
Sin embargo, hay un obstáculo que a menudo nos impide reconocer esta presencia de Cristo en lo cotidiano: la pretensión de que la alegría debe ser sin heridas. Los discípulos de Emaús caminaban tristes porque esperaban otro final, un Mesías que no conociera la cruz. A pesar de haber oído que la tumba está vacía, son incapaces de sonreír. Pero Jesús está a su lado y, con paciencia, les ayuda a comprender que el dolor no es la negación de la promesa, sino el modo en que Dios ha manifestado la medida de su amor (cf. Lc 24, 13-27).
Cuando por fin se sientan a la mesa con Él y parten el pan, se les abren los ojos. Y se dan cuenta de que su corazón ya ardía, aunque no lo sabían (cf. Lc 24, 28-32). Esta es la mayor sorpresa: descubrir que bajo las cenizas del desencanto y del cansancio siempre hay un rescoldo vivo, a la espera de ser reavivado.
Hermanos y hermanas, la resurrección de Cristo nos enseña que no hay historia tan marcada por el desengaño o el pecado que no pueda ser visitada por la esperanza. Ninguna caída es definitiva, ninguna noche es eterna, ninguna herida está destinada a permanecer abierta para siempre. Por distantes, perdidos o indignos que nos sintamos, no hay distancia que pueda apagar la fuerza infalible del amor de Dios.
A veces pensamos que el Señor sólo viene a visitarnos en momentos de recogimiento o de fervor espiritual, cuando nos sentimos con fuerzas, cuando nuestra vida parece ordenada y luminosa. En cambio, el Resucitado se acerca en los lugares más oscuros: en nuestros fracasos, en las relaciones desgastadas, en los trabajos cotidianos que pesan sobre nuestros hombros, en las dudas que nos desaniman. Nada de lo que somos, ningún fragmento de nuestra existencia le es ajeno.
Hoy, el Señor resucitado viene junto a cada uno de nosotros, tal como recorremos nuestros caminos -los del trabajo y el compromiso, pero también los del sufrimiento y la soledad- y con infinita delicadeza nos pide que nos dejemos calentar el corazón. No se impone con clamores, no exige ser reconocido inmediatamente. Con paciencia espera el momento en que nuestros ojos se abran para ver su rostro amigo, capaz de transformar la decepción en confiada espera, la tristeza en gratitud, la resignación en esperanza.
El Resucitado sólo desea manifestar su presencia, hacerse nuestro compañero de camino y encender en nosotros la certeza de que su vida es más fuerte que cualquier muerte. Pidamos, pues, la gracia de reconocer su presencia humilde y discreta, de no esperar una vida sin pruebas, de descubrir que todo dolor, si es habitado por el amor, puede convertirse en lugar de comunión.
Y así, como los discípulos de Emaús, también nosotros volvemos a nuestras casas con un corazón que arde de alegría. Una alegría sencilla, que no borra las heridas, sino que las ilumina. Una alegría que nace de la certeza de que el Señor está vivo, que camina con nosotros y nos da en cada momento la posibilidad de recomenzar.
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PALABRAS PAPA FRANCISCO
(Regina Caeli. 23-4-2023)
El Evangelio narra el encuentro de Jesús resucitado con los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,13-35). Se trata de dos discípulos que, resignados ante la muerte del Maestro, el día de Pascua deciden abandonar Jerusalén y volver a casa. Quizá estaban un poco inquietos porque habían escuchado a las mujeres que venían del sepulcro y decían que lo habían encontrado vacío… Mientras caminan tristes hablando de lo sucedido, Jesús se les acerca, pero ellos no lo reconocen. Él les pregunta por qué están tan tristes, y ellos exclaman: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!» (v. 18). Y Jesús pregunta de nuevo: «¿Qué ha ocurrido?» (v. 19). Ellos le cuentan toda la historia, Jesús les hace contar lo sucedido. Luego, mientras caminan, les ayuda a releer los hechos de modo diverso, a la luz de las profecías, de la Palabra de Dios, de todo lo que había sido anunciado al pueblo de Israel. Releer: esto es lo que Jesús hace con ellos, ayudarles a releer. Detengámonos en este aspecto.
En efecto, también para nosotros es importante releer nuestra historia junto a Jesús: la historia de nuestra vida, de un cierto periodo, de nuestras jornadas, con las desilusiones y las esperanzas. También nosotros, como aquellos discípulos, podemos encontrarnos perdidos en medio de los acontecimientos, solos y sin certezas, con muchas preguntas y preocupaciones, con desilusiones, muchas cosas. El Evangelio de hoy nos invita a contarle todo a Jesús con sinceridad, sin temer molestarlo -Él nos escucha-, sin tener miedo de decir algo equivocado, sin avergonzarnos de lo que nos cuesta comprender. El Señor está contento cuando nos abrimos a Él; solo de este modo puede tomarnos de la mano, acompañarnos y hacer que vuela a arder nuestro corazón (cfr. v. 32). También nosotros, como los discípulos de Emaús, estamos llamados a dialogar con Jesús, para que, al atardecer, Él se quede con nosotros (cfr. v. 29).
Existe un buen modo para hacer esto, y hoy quisiera proponéroslo: consiste en dedicar un tiempo, cada noche, a un breve examen de conciencia. ¿Qué ha pasado hoy dentro de mí? Esta es la pregunta. Se trata de releer la jornada con Jesús: abrirle el corazón, llevarle las personas, las decisiones, los miedos, las caídas, las esperanzas, todas las cosas que han sucedido; para aprender gradualmente a mirar las cosas con ojos diversos, con sus ojos y no solo con los nuestros. Así podremos revivir la experiencia de aquellos dos discípulos. Ante el amor de Cristo, incluso lo que nos parece fatigoso e inútil puede aparecer bajo otra luz: una cruz difícil de abrazar, la elección de perdonar una ofensa, una victoria no alcanzada, el cansancio del trabajo, la sinceridad que cuesta, las pruebas de la vida familiar… nos aparecerán bajo una luz nueva, la luz del Crucificado Resucitado, que sabe transformar cada caída en un paso adelante. Pero para hacer esto es importante quitar las defensas: dejar tiempo y espacio a Jesús, no esconderle nada, llevarle las miserias, dejarse herir por su verdad, permitir que el corazón vibre con el aliento de su Palabra.
Podemos comenzar hoy dedicando esta noche un momento de oración durante el que preguntarnos: ¿Cómo ha sido mi jornada? ¿Cuáles han sido las alegrías, las tristezas, las cosas aburridas, cómo ha ido, qué ha pasado? ¿Cuáles han sido las perlas de la jornada, quizá escondidas, por las que dar gracias? ¿Ha habido un poco de amor en lo que he hecho? ¿Y cuáles son las caídas, las tristezas, las dudas y los miedos que he de llevar a Jesús para que me abra vías nuevas, me conforte y me anime?
Que María, Virgen sapiente, nos ayude a reconocer a Jesús que camina con nosotros y a releer -la palabra: re-leer– ante Él cada día de nuestra vida.
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Catena Aurea
Glosa
Después de la manifestación de la resurrección de Jesucristo a las mujeres por medio de los ángeles se da a conocer la resurrección por medio del mismo Cristo. Por ello dice: «Y dos de ellos, en aquel mismo día, iban», etc.
Teófil
Algunos dicen que uno de éstos era San Lucas y que por ello ocultó su nombre.
San Ambrosio
El Señor también se había manifestado a dos de sus discípulos, aparte, en la misma tarde: a Amaón y a Cleofás.
San Agustín De conc. evang. lib. 3, cap. 25
No tomemos como un absurdo la palabra ciudadela, puede llamarse una villa como la titula San Marcos. Después la describe diciendo: «Que distaba de Jerusalén sesenta estadios, y se llamaba Emaús».
Beda
Esta es Nicópolis, ciudad distinguida de la Palestina que después de la guerra de la Judea fue restaurada por el príncipe Marco Aurelio Antonino, habiéndole cambiado la forma y el nombre. Un estadio -como dicen los griegos-, es un espacio de camino determinado 1, como había dispuesto Hércules, y es la octava parte de una milla, por lo tanto, sesenta estadios representan un espacio de siete mil cincuenta pasos,esto es siete millas y media. Este fue el espacio de camino que recorrieron aquellos que, estando seguros de la muerte y sepultura del Salvador, aún dudaban acerca de su resurrección. Porque nadie dudará que la resurrección -que se verificó después del séptimo día llamado sábado- está representada en el número ocho. Los discípulos que marchaban hablando del Señor habían completado seis millas del camino emprendido, porque se dolían de que El, habiendo vivido sin ofensa, hubiera llegado a la muerte que sufrió en el sexto día de la semana. Habían completado también la séptima milla porque no dudaban que hubiese descansado en el sepulcro. Pero no habían recorrido más que la mitad de la octava milla, porque no creían de un modo perfecto en la gloria de la resurrección que ya se había verificado.
Teófil
Los citados discípulos hablaban entre ellos de lo sucedido, no como creyendo en ello, sino como admirados por cosas tan extrañas. Por ello sigue: «Y ellos iban conversando entre sí de todas estas cosas que habían sucedido».
Beda
Cuando hablaban de El, Jesús se aproximó y los acompañaba, para inculcar en ellos la fe de la resurrección y para cumplir lo que había ofrecido, de que «cuando estén congregados en mi nombre dos o tres, allí estoy yo en medio de ellos» ( Mt 18,20). Por esto sigue: «Y como fuesen hablando y deliberando el uno con el otro, se llegó a ellos el mismo Jesús».
Teófil
Una vez asumido el cuerpo glorioso, no había dificultad en las distancias porque ya podía encontrarse donde le pareciese, pues las leyes naturales no regían ya a su cuerpo, sino las espirituales y sobrenaturales. Por esto -como dice San Marcos- ellos le veían con otra forma, en la que no podían reconocerle. Prosigue: «Mas los ojos de ellos estaban detenidos para que no le conociesen», esto es, para que no penetrasen todos sus propósitos y descubriendo la herida, encuentren la medicina. Y no se presentaba de modo que pudiese ser visible para todos, sino únicamente para aquéllos que El quisiese que le viesen, para que comprendiesen que aquel cuerpo que había padecido, era el mismo que había resucitado. Y para que no duden acerca del silencio que guarda al vulgo sobre esto, da a entender que su trato después de la resurrección no debe ser digno de todos los hombres, sino más bien divino, lo cual es una figura de la futura resurrección, en la que conversaremos como ángeles e hijos de Dios.
San Gregorio in Evang. hom. 23
No se les manifiesta de modo que puedan conocerle y en ello obra con suma prudencia, haciéndolo así respecto de los ojos del cuerpo, a la vez que les abría los ojos interiores del corazón, a pesar de que ellos le amaban interiormente, pero dudaban. Presentándose entre ellos les dio a conocer que hablaban de El mismo pero como aún dudaban sobre si conocerle, les ocultó su aspecto. Pero les dirigió palabras interesantes, porque sigue: «Y les dijo: ¿Qué pláticas son ésas que tratáis?», etc.
San Gregorio
Conversaban entre sí como si ya desconfiasen de que el Salvador podría vivir, lamentándose de su muerte. Por ello sigue: «Y respondiendo uno de ellos, cuyo nombre era Cleofás, le dijo: «Tú sólo», etc.
Teófil
Como diciendo: ¿Tú sólo eres peregrino, y como habitas fuera del término de Jerusalén, desconoces por ello lo que aquí ha sucedido?
Beda
Dice esto porque lo creían un peregrino, cuya cara no conocían. Y en verdad que para ellos era un peregrino, porque una vez realizada la gloria de la resurrección estaba muy distante de ellos, por lo que aparecía como peregrino para ellos, puesto que no creían aún en su resurrección. Pero el Señor pregunta: «Y El les dijo: ¿Qué cosa?». Y se pone a continuación la respuesta, cuando dicen: «De Jesús Nazareno que fue un varón profeta». Le confiesan profeta y se callan que sea Hijo de Dios porque como aún no creían con verdadera fe, y andaban con recelos de caer en manos de los judíos que los perseguían, como no sabían quién era, ocultaban lo que en realidad creían. A cuya recomendación añadieron: «Poderoso en obras y en palabras».
Teófil
Primero se debe obrar y después se debe hablar. Nadie es atendido si antes no demuestra que practica lo que dice. La acción precede a la vista, porque si no limpias el espejo del entendimiento por medio de las acciones, no puede decirse que brilla la hermosura deseada. Por esto sigue todavía: «Delante de Dios y delante de los hombres». Primero se debe agradar a Dios, y después, en cuanto sea posible, se debe cuidar de la inocencia ante los hombres, para que precediendo el honor de Dios, podamos vivir de modo que no se escandalicen los demás.
Griego
A continuación expresan la causa de su tristeza: la entrega y la pasión del Salvador, cuando sigue: «Y cómo le entregaron». En seguida aparece el lamento de los que desesperan: «Mas nosotros esperábamos que había de redimir a Israel». Dijo esperábamos, no esperamos, como si la muerte del Salvador se pareciese en algo a la de los demás.
Teófil
Esperaban que Jesucristo salvaría y redimiría a Israel de todos los males que le asediaban, especialmente del dominio de los romanos. Creían también que sería un rey terreno que podría librarse de la sentencia de muerte lanzada contra El.
Beda
Con razón, pues, andaban tristes, y se reprendían a sí mismos por haber llegado a esperar que los redimiría Aquel que ya estaba muerto y en cuya resurrección no creían. Pero lo que más sentían era que había sido muerto sin motivo alguno, cuando lo creían inocente.
Teófil
No parece que fuesen del todo incrédulos aquellos hombres, por lo que ahora sigue: «Y ahora sobre todo esto, hoy es el tercer día que han acontecido estas cosas». En lo que parece que recordaban que Jesús les había ofrecido resucitar al tercer día.
Griego
También hacen mención de lo que habían oído a las mujeres acerca de la resurrección, cuando dicen: «Aunque también unas mujeres de las nuestras, nos han espantado», etc. En verdad dicen esto como no creyendo, porque dicen que fueron asustados, es decir, que estaban desconcertados. Pues no consideraban como verdadero el relato o lo referido a la presencia del ángel, sino que su estupor y turbación nacían de ello. No admitían, sin embargo, lo que San Pedro les había dicho sobre el particular, porque no decía que había visto al Señor, sino que deducía su resurrección porque su cuerpo no estaba en el sepulcro. Por esto sigue: «Y algunos de los nuestros», etc.
San Agustín De conc. evang. lib. 3, cap. 25
Cuando San Lucas dice que San Pedro corrió al sepulcro, a la vez que afirma que Cleofás dijo que fueron algunos de los discípulos, parece corroborar a San Juan que dice que dos fueron al sepulcro, pero antes mencionó sólo a San Pedro porque María le había anunciado primero este acontecimiento.
Notas
- Unos 180 metros.
Teófil
Como los antedichos discípulos estaban sumidos en la mayor duda, el Señor los reprendió. Por esto dice: «Y Jesús les dijo: ¡Oh necios…!»; casi lo mismo habían dicho los que presenciaron la crucifixión ( Mt 27,42): a otros salvó y no ha podido salvarse a sí mismo. «…y tardos de corazón para creer en todo lo que los Profetas han dicho!» Sucedió que creían algo de lo sucedido, pero no todo. Creen lo que dicen los Profetas sobre la crucifixión del Salvador, como aquello del Salmo ( Sal 21,17): «Taladraron mis pies y mis manos»; pero no creían lo que se decía de la resurrección, como aquella otra cita del salmo ( Sal 15,10): «No permitirás a tu santo experimentar la corrupción». Conviene, por lo tanto, dar fe a lo que dicen los profetas tanto de los tormentos, como de las glorias del Señor, ya que los tormentos abren el paso a las glorias. Por esto sigue: «¿Pues qué, no fue menester que el Cristo padeciese estas cosas, y que así entrase en su gloria?», esto es, según la humanidad.
San Isidoro
Aun cuando convenía que el Cristo padeciese, los que le crucificaron merecían castigo porque no se proponían realizar lo que Dios tenía dispuesto, por ello su acción fue impía. Pero Dios convirtió su iniquidad en remedio general de los hombres, como se emplea la carne de las víboras en curar a los envenenados.
Crisóstomo
El Señor probó a continuación que todo esto no sucedió de un modo eventual, sino como realización de lo que ya tenía planificado. Por esto sigue: «Y comenzando desde Moisés y de todos los profetas, se lo declaraba en todas las Escrituras que hablaban de El», como diciendo: a pesar de que sois tardos, yo os volveré prontos explicándoos los misterios de las Sagradas Escrituras. Porque el sacrificio de Abraham, cuando sacrificó el cordero -después de dejar a Isaac- prefiguró todo esto, pero también en las demás Escrituras proféticas se encuentran distribuidos los misterios de la pasión y resurrección del Señor.
Beda
Y si Moisés y los profetas han hablado de Jesucristo y han predicho que entraría en la gloria por medio de la pasión, ¿cómo puede gloriarse de llevar el nombre de cristiano quien no se ocupa de investigar de qué modo las Escrituras se refieren a Cristo? En este concepto no aspira a la gloria que desea tener con Cristo por medio de la pasión.
Griego
Como dijo el evangelista: «Los ojos de ellos estaban detenidos, para que no le conociesen». El Señor tuvo sujetos sus sentidos en su misma presencia hasta el momento en que iluminase sus corazones por medio de la fe. Por esto sigue: «Y se acercaron a la aldea a donde iban, y El dio muestras de ir más lejos».
San Agustín De quaest evang. 2, 51
Ello no pertenece a la mentira, porque no todo lo que fingimos es mentira, sino que, cuando fingimos lo que nada significa, entonces es cuando mentimos. Pero cuando nuestra ficción tiene algún objeto no es mentira, sino que lleva un viso de verdad, de otro modo todo lo que han dicho los sabios y los santos varones, y aun el mismo Dios, en sentido figurado, lo consideraríamos como mentira, porque según se cree generalmente, la verdad no consiste en tales expresiones. Como las palabras, también las obras se figuran sin mentira, para significar alguna cosa.
San Gregorio in evang. hom. 22
Como todavía era peregrino en sus corazones por la fe, fingió que iba más lejos. Fingir decimos que es componer, por esto a los que hacen obras de barro los llamamos alfareros 1. La verdad sencilla nada hace con doblez, sino que se les presentó como cuerpo como lo tenían en la inteligencia. Pero no podía ser extraños a la caridad estos que marchaban con la caridad, así que lo invitan a su hospedería. Por esto sigue: «Mas lo detuvieron por fuerza». De lo que deducimos que no sólo debemos ofrecer hospitalidad a los peregrinos, sino que debemos obligarles.
Glosa
Y no sólo le obligan con obras, sino también con palabras. Sigue, pues: «Diciéndole: ‘Quédate con nosotros, porque es tarde, y está ya inclinado el día'», esto es, al ocaso.
San Gregorio ut supra
Aquí se ve cómo Jesucristo es recibido por los suyos, y cómo honra por sí mismo a los que le invitan. Prosigue: «Y entró con ellos». Le ponen la mesa, le ofrecen alimentos y conocen en el modo de partir el pan al que no habían conocido por la explicación de las Escrituras. Prosigue: «Y estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan, y lo bendijo, y habiéndolo partido, se lo dio. Y fueron abiertos los ojos de ellos, y lo conocieron».
Crisóstomo. vel anonimus un Cat. graec. Patr
Esto se dice, no de los ojos materiales, sino de los del espíritu.
San Agustín De conc. evang. lib. 3, cap. 25
No estaban, sin embargo, tan ciegos, que no vieran algo, pero había algún obstáculo que les impedía conocer lo que veían (lo que suele llamarse niebla, o algún otro obstáculo). No porque Dios no podía transformar su carne y aparecer diferente de como lo habían visto en otras ocasiones, ya que también se transformó en el Tabor antes de su pasión, de tal modo que su rostro brillaba como el sol. Pero ahora no sucede así, pues no recibimos este impedimento inconvenientemente, sino que el que Satanás haya impedido a sus ojos el reconocer a Jesús, también ha sido permitido por Cristo. Hasta que llegó al misterio del Pan, dando a conocer que cuando se participa de su Cuerpo desaparece el obstáculo que opone el enemigo para que no se pueda conocer a Jesucristo.
Teofilacto
También dio a entender otra cosa, a saber: que se abren los ojos a quienes comen de este Pan para que puedan conocer al Señor. En verdad es grande el poder de la Carne de Jesús.
San Agustín De quaest. 2, 51
Que el Señor haya hecho ademán de ir más lejos cuando acompañaba a sus discípulos, explicando las Sagradas Escrituras a quienes ignoraban que fuese El mismo, significa que ha inculcado a los hombres el poder acercarse a su conocimiento a través de la hospitalidad; para que cuando El mismo se haya alejado de los hombres -al cielo- sin embargo, se quede con aquellos que se muestran como sus servidores. Aquel que una vez instruido en la doctrina participa de todos los bienes con el que lo catequiza, detiene a Jesús para que no vaya más lejos. He aquí, por qué estos fueron catequizados por la palabra, cuando Jesucristo les expuso las Escrituras. Y como honraron con la hospitalidad a Aquel que no conocieron en la exposición de las Escrituras, lo conocieron en el modo de partir el Pan. No son buenos delante de Dios los que oyen su palabra, sino los que obran según ella ( Rom 2,13).
San Gregorio in evang. hom. 3
Todo el que quiere entender lo que oye, apresúrese a practicar lo que ya puede comprender. El Señor no fue conocido mientras habló, pero se dejó conocer cuando fue alimentado. Prosigue: «Y El entonces, se desapareció de su vista».
Teofilacto
No tenía el cuerpo de tal modo que debiese permanecer con ellos por mucho tiempo para acrecentar así su afecto. Por esto sigue: «Y se dijeron uno a otro: ¿por ventura no ardía nuestro corazón dentro de nosotros, cuando nos hablaba en el camino, y nos explicaba las Escrituras?».
Orígenes
En esto dan a conocer que los sermones pronunciados por el Salvador, encienden los corazones de los que los oyen en el fuego del amor divino.
San Gregorio in homil. pentec
El alma se enardece al oír la palabra divina, desaparece el hielo de la pereza y el espíritu se eleva al deseo y a la ansiedad de las cosas del cielo. Conviene, pues, oír las divinas enseñanzas, y lo que es enseñado por medio de la ley, como si se inflamase por una porción de antorchas.
Teofilacto
Ardía, pues, el corazón de aquéllos o por el fuego de las palabras del Salvador, por las que se sostenían tantas verdades, o bien porque mientras El explicaba las Escrituras, tocaba interiormente el corazón de los que le escuchaban, haciéndoles comprender que era el Señor quien hablaba. Se alegraron tanto que se volvieron a Jerusalén sin detenerse ni un momento. Prosigue: «Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén». Se levantaron al momento y anduvieron once kilómetros por espacio de muchas horas.
San Agustín De conc. evang. lib. 3, cap. 25
Ya corría la voz de que Jesús había resucitado, y era proclamado por las mujeres y Pedro, a quien se había aparecido. Por lo tanto, estos dos encontraron a los de Jerusalén hablando de lo mismo cuando vinieron a comunicarles sus experiencias. Sigue pues: «Y encontraron congregados a los once, y a los que estaban con ellos, diciendo que había resucitado el Señor verdaderamente, y se había aparecido a Simón».
Beda
Parece muy natural que el primero de los hombres a quien Jesús debía aparecerse era a Pedro, como atestiguan los cuatro evangelistas y San Pablo.
Crisóstomo
No se aparecía a todos del mismo modo cuando sembraba la semilla de la fe, porque el primero que lo vio y se cercioró, lo refería a los demás; después, continuando con el uso de la palabra, disponía el ánimo de quien le oía para que viese. Por esto se apareció primero al más digno y fiel de todos. Convenía, pues, que el alma fiel que lo había visto primero, no se turbase con aquella visión inesperada, por esto lo vio Pedro antes que los demás porque el primero que le había confesado como el Cristo era el primero que había merecido verle después de la resurrección. Del mismo modo, porque le había negado quiso aparecérsele primero para que no desesperase. Después de San Pedro se apareció a los demás, unas veces a muchos, otras veces a pocos, como dicen los dos discípulos. Prosigue: «Y ellos contaban lo que les había sucedido en el camino, y cómo le habían conocido al partir el pan».
San Agustín ut supra
San Marcos dice: «Lo anunciaron a los demás, aunque no les creyeron» ( Mc 16,13), cuando San Lucas dice que ya estaban diciendo que verdaderamente había resucitado el Señor, no indica otra cosa sino que había allí algunos que no querían creer.
Notas
- En Latín figulus (alfarero) viene del verbo fingo que significa fingir o componer.
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[1] 70 estadios (185 m. el estadio) = 12.950 m.
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