Sobre las guerras de religión

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Mucho se ha alegado por los laicistas, incrédulos y enemigos de la fe cristiana, acerca de que la historia del Occidente cristiano y de sus Iglesias es una historia de luchas, conquistas, orgullo, codicia, explotación, de someter a pueblos con la cruz y la espada e imponerlos sus supuestos valores más elevados…

Sin embargo, cabe decir, que las llamadas guerras de religión no enfrentan a las religiones, sino a las degeneraciones de la religiosidad[1]. Como enseñó Max Scheler, el valor de lo santo y lo divino vincula, enlaza y unifica a los seres, íntima e inmediatamente. Lo que separa a los hombres no es la religión sino la superstición, el sectarismo y el fanatismo. No es correcto juzgar una realidad por sus expresiones deformadas, patológicas, en lugar de hacerlo por sus manifestaciones normales. Conviene, pues, distinguir entre la esencia de una realidad y sus corrupciones y patologías. El Papa afirma: “no actuar razonablemente, no actuar según el logos (palabra o razón) es contrario la naturaleza de Dios”. Han habido ocasiones en las que la verdadera fe cristiana se ha mezclado con prácticas supersticiosas, o con el uso de la violencia de momentos históricos, o con la dialéctica marxista de la lucha de clases. La Iglesia, reconociéndolo, ha pedido reiteradamente perdón.

 

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[1] “Estas odiosas consecuencias (los daños que los hombres se han hecho con guerras religiosas) no pertenecen a la religión  en sí misma, sino al formas particulares suyas y, por lo tanto, no procuran argumento contra la utilidad de las religiones, excepto de aquellas que han fomentado estas atrocidades”. STUART MILL, J., La utilidad de la religión, Alianza Ed., Madrid 1986, p.40. Muchos errores en este sentido fueron consecuencia de la enorme presión que ejercieron los poderes civiles para intervenir en la Iglesia e intentar utilizarla como un instrumento de lucha política. El hecho de que algunos eclesiásticos no lograran o no pudieran resistir esa intromisión, o se intoxicaran de la mentalidad imperante en una época determinada. El daño que nos han hecho los que han identificado “la verdad” con “el poder” que se detenta. Para todos sus discípulos es el héroe del amor, un héroe sin poder, que no se valió de la fuerza, que no deseó gobernar sino servir. Esta concepción la ha empañado la historia de su Iglesia, que ha incorporado a su acervo cultural el ideal no del servidor, sino de los héroes griegos y germánicos, cuya meta era la de conquistar, triunfar, destruir… y la realización de su vidas era el orgullo, el poder, la fama y una insaciable capacidad para matar y esclavizar. Para el héroe pagano, el valer de un hombre, su “hombría”, era su fuerza, la violencia de su poder; el que nos e decide a usar la fuerza es débil. La veneración del éxito histórico parece ser incompatible con el espíritu de la cristiandad no sólo desde mi punto de vista “racionalista” y “humanista”. Lo que es decisivo para la cristiandad no son las hazañas históricas de los poderosos conquistadores romanos. El teólogo Barth decía: “Cristo padece. Por lo tanto, no conquista. No triunfa. No tiene éxito… No consigue nada más que… su crucifixión. Lo mismo podría decirse de su relación con su pueblo y sus discípulos”. El cristianismo enseña y enseñará por siempre que el éxito mundano no es decisivo.