Simone Weil, “La gravedad y la gracia”

Simone Weil, “La gravedad y la gracia”

Después de 25 años, he vuelto a leer una obra que me impacto en su momento, y que hoy como ayer y como siempre,  me maravilla. Durante cuatro capítulos, os ofrezco  frases del escrito de Simona Weil, “La gravedad y la gracia”. Simona Weil fue una mujer genial, sabia, mística, deslumbrante, generosa y esforzada hasta la inmolación, filósofa de le ética, de una moral metafísica. Es pero que os guste. Pero antes que nada os ofrezco unas líneas sobre su biografía.

Simone Weil nació en 1909, en París, de familia judía de la alta burguesía francesa,  intelectual  (de izquierdas) y laica. En su adolescencia estudia intensamente filosofía y literatura clásica. Dotada de una inteligencia excepcional, fue una estudiante brillante. A los 22 años fue nombrada profesora de filosofía del liceo. A los 25 años pidió excedencia para trabajar durante más de un año, junto a los obreros, como operaria manual en varias fábricas, entre ellas la Renault;  para “pensar con las manos” y abrir su sistema de ideas a la “espiritualidad del trabajo”. Después volvió a la docencia, por breve tiempo.

En 1936 participó en la guerra civil española,  en el bando republicano, en la brigada del anarquista Durruti. Un accidente (se derramó encima un caldero de agua hirviendo) la obliga a volver a Francia. De la guerra, le queda el sentimiento de horror por la brutalidad y el desprecio por la verdad y el bien, por ambas bandos.

Posteriormete, trabó amistad con el escritor francés Bernanos, que había luchado en el otro bando. Cuando Bernanos escribe “Les grands cimitières sous la lune”, obra inquietante sobre la complicidad en las matanzas, ella le escribe una carta de desesperado asentimiento: “Ya no sentía la menor necesidad de participar en España en una guerra que no era de campesinos famélicos contra terratenientes y un clero cómplice, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia… Usted está ahora más cerca de mí que aquellos compañeros de las milicias de Aragón, aquellos compañeros a los que amaba”.

En 1937 visita Italia, y en una capilla de Asís se siente impulsada a arrodillarse, por primera vez en su vida. En la pascua de 1938 asiste a los oficios religiosos en la abadía de Solesmes. El cristianismo ocupa un lugar preponderante en sus pensamientos; tiene alguna experiencia mística, a la que prefiere resistir.

Es el año 1940, Hitler está en su apogeo y su condición de judía comienza a acarrearle problemas.  El comienzo de la guerra y la ocupación alemana la empujaron de nuevo a una existencia azarosa. A los 31 años, se desplazó con su familia a Marsella donde entró en contacto con el padre dominico Perrin con quien sostuvo largas conversaciones sobre la fe cristiana. Con el padre Perrin se plantea el tema de su bautismo, pero, a pesar del aliento del sacerdote, Simone no da el paso. Sus razones y sus dudas, expuestas en cartas y notas, aparecerán más tarde en los libros “Espera de Dios” y “Carta a un religioso”.

El dominico, para ponerla a salvo del creciente antisemitismo alemán le procuró refugio cerca de Gustavo Thibon, un escritor y filósofo que vivía en el campo, y allí trabajó un tiempo como obrera agrícola.  Con Thibon entabla una amistad breve, pero importante: a él confiará ella sus libros de notas, antes de partir, en mayo de 1942, a Nueva York con su familia. Thibon, por su parte, será uno de sus más fervientes admiradores: “no he encontrado jamás en un ser humano semejante familiaridad con los misterios religiosos; jamás la palabra sobrenatural me ha parecido tan llena de sentido como a su contacto”. Él, tras su muerte, editará una compilación de sus notas, bajo el título “La gravedad y la gracia“. Este libro, junto con “Espera de Dios”, son sus obras más notables.

Simone, una vez en Nueva York, trata de unirse al movimiento de la resistencia: viaja a Londres e intenta ingresar a Francia como combatiente, pero sólo logra un puesto en la organización Francia Libre, donde redacta informes. Muere de tuberculosis el 24 de agosto, en un hospital inglés, sola y prácticamente desconocida, tenía 34 años. Es sepultada en Kent. “Se apagó hacia las 10:30. Parecía muy serena”, escribe un testigo. Sus últimos rastros los hallamos en las respuestas al cuestionario de los médicos cuando la internaron en la clínica. ¿Religión? “Soy judía”, declaración al doctor Roberts, “pero deseo hacerme católica, aunque todavía existe un punto pendiente”. ¿Profesión? “Soy filósofa y me intereso por la humanidad”.

En esos momentos, es prácticamente desconocida. No había publicado ningún libro y se había mantenido apartada de los círculos literarios. Al fin de la guerra, sus amigos comienzan a editar sus escritos. El filósofo Thibon publicó, con el título La gravedad y la gracia, un cuaderno de notas que ella le había confiado, el padre dominico Perrin hizo lo propio con unos textos que tituló A la espera de Dios. Pronto encontró personas que comparaban sus escritos con los Pensamientos de Pascal o con algunas páginas de Kierkegaard. Pero no será hasta los años 90 cuando tengan su apogeo.

En la actualidad, en círculos progresistas cristianos está considerada como una mística del siglo XX por la forma tan radical en la que abrazó la fe en la figura de Cristo, apoyando y viviendo con la gente más desfavorecida y llevando su compromiso con los problemas de las personas desheredadas. No sólo entregó su tiempo, su inteligencia y su dinero a las acciones en las que participaba sino que quiso asumir la miseria y los dolores de la condición obrera trabajando y viviendo en sus mismas condiciones, la ausencia de privilegios y la austeridad en las necesidades personales.

Miguel Morales

 

Fragmentos de “La gravedad y la gracia”   (1/3)

Todos los movimientos naturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad física. La única excepción la constituye la gracia.

Siempre hay que esperar que las cosas sucedan conforme a la gravedad, salvo que intervenga lo sobrenatural.

Dos fuerzas reinan en el universo: luz y gravedad.

Todo cuanto denominamos bajeza constituye una manifestación de la gravedad. Además, ya lo dice el propio término.

Lo bajo y lo superficial están a una misma altura. Ama con vehemencia y con bajeza: frase posible. Ama con profundidad y con bajeza: frase imposible.

Es cierto que un mismo sufrimiento es bastante más difícil de soportar por una causa elevada que por una baja.

En diversas ocasiones, estando así, llegué a ceder cuando menos a la tentación de pronunciar palabras hirientes. Obediencia a la gravedad. El pecado mayor. Se corrompe de ese modo la función del lenguaje, que es la de expresar las relaciones de las cosas.

No juzgar. Todos los defectos son iguales. No hay más que un defecto: carecer de la facultad de alimentarse de luz. Puesto que, abolida esa facultad, todos los defectos son posibles.

Rebajarse es subir con respecto a la gravedad moral. La gravedad moral hace que caigamos hacia lo alto.

Una desgracia demasiado grande coloca al ser humano por debajo de la piedad: asco, horror y desprecio.

Perdonar. No se puede. Cuando alguien nos ha hecho daño, se crean determinadas reacciones dentro de nosotros. El deseo de venganza es un deseo de equilibrio esencial. Búsquese el equilibrio en otro plano. Hay que llegar por sí mismo hasta ese límite. Allí se palpa el vacío. (Ayúdate a ti mismo, y el cielo te ayudará…) .

Comprender (en cada cosa) que hay un límite y que no se le rebasará (o casi) sin ayuda sobrenatural, y pagando a continuación el precio de un terrible rebajamiento.

La energía liberada por la desaparición de los objetos que antes constituían móviles tiende siempre a ir para abajo.

Los bajos sentimientos (envidia, rencor) son energía degradada.

Toda forma de recompensa supone una degradación de energía.

El contento de sí mismo por una buena acción (o una obra de arte) constituye una degradación de energía superior. Por eso la mano derecha debe ignorar…

Como el gas, el alma tiende a ocupar la totalidad del espacio que se asigna. Sería contrario a la ley de entropía el que un gas se contrajera y dejara espacios vacíos. No ocurre así con el Dios de los cristianos. Se trata de un Dios sobrenatural, mientras que Jehová es un Dios natural.

No ejercer todo el poder de que se dispone es soportar el vacío. Ello va en contra de todas las leyes de la naturaleza: sólo la gracia lo puede conseguir.

La gracia colma, pero no puede entrar más que allí donde hay un vacío para recibirla, y es ella quien hace ese vacío.

“Él se vació de su divinidad” (Flp 2,7)..      Vaciarse del mundo. Asumir la condición de esclavo. Reducirse al punto que se ocupa en el espacio y en el tiempo. A nada.

Los bienes materiales apenas serían peligrosos si aparecieran solos y no vinculados a bienes espirituales.

Renunciar a todo cuanto no sea la gracia, y no desear la gracia.

Si llegamos hasta ahí, estaremos fuera de peligro, porque Dios colma el vacío. No se trata en absoluto de un proceso intelectual en el sentido en que hoy lo entendemos. La inteligencia nada tiene que buscar: tiene que limpiar el terreno. Tan sólo es útil para las tareas serviles.

La realidad del mundo la hacemos nosotros con nuestro apego. Es la realidad del yo trasladada por nosotros a las cosas. En modo alguno es la realidad exterior. Esta no es perceptible más que por medio del desapego total. Mientras quede un hilo, habrá asimiento.

La desgracia que obliga a sentirse apegado a objetos miserables deja al descubierto la miserable condición del apego. Por ese lado se vuelve mas patente la necesidad de desapegarse.

El apego es forjador de ilusiones, y sea quien sea el que pretenda lo real debe ser un despegado.

En cuanto se sabe que algo es real, ya no se puede estar apegado a ello.

El apego no es otra cosa que la insuficiencia para sentir la realidad. Nos asimos a la posesión de una cosa porque creemos que si dejamos de poseerla deja de existir. Mucha gente no es capaz de sentir con toda su alma que existe una diferencia absoluta entre la destrucción de una ciudad y su irremediable exilio lejos de esa misma ciudad.

“Y así que se hubieron saciado de lágrimas…” (Iliada) –un medio más de hacer soportable el peor de los sufrimientos.

Para no tener que ser consolado, no llorar.

Cualquier dolor que no desasga es dolor perdido. Nada hay más horrible, frío desierto, alma encogida. Ovidio. Esclavos de Plauto.

 

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