Muletas para el cielo

          “Así como son muchas las mansiones en la casa del Padre, así también son distintos los caminos que conducen a ella” (S. Bernardo)[1].

         “El juicio de cada alma debe completarse con el juicio de todas las almas. El hombre no es enteramente hombre sino en la humanidad. Como el cristiano no es verdaderamente cristiano sino en la Iglesia. Y el dogma de la comunión de los santos no significa otra cosa. Cada pecador, por individual que sea, interesa a toda la humanidad. El juicio particular y el general son, pues correlativos, se implican y suponen mutuamente”(M. García Morente)[2].

 

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           —A ver, Pedro —dijo el Juez Supremo—, acércame la lista de sus obras.

           Al tenerla en sus manos:

           —¡Ah, pero si está la hoja en blanco! No ha realizado ninguna obra buena en toda tu vida. ¿Cómo es posible esto? ¿Hay quien de los presentes conozca a este hombre? ¿Hay alguien que pueda decir algo en su favor?

           Se levantó una mano.

           —Adelante, hable.

           —Señor, él es mi hermano. El pobre quedó de niño parapléjico, y estuvo toda su vida sin salir de casa, postrado casi siempre en cama. Yo le tuve que atender hasta el día de mi muerte. Es cierto, Señor, que no hizo nada, pero la vida no le dio oportunidad de hacerlo. Todo fue silencio en él. Pero, Señor, es la persona a la que más he querido … —y mientras decía esto se le empañaron los ojos, y no pudo continuar.

           Dios, conmovido, se levantó majestuoso de su trono y dijo:

           —Tu amor y su silencio paciente son dos buenas muletas para que un paralítico entre en mi cielo. Que pase, Pedro.

 

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             Nadie se salva por sí solo.

         La salvación es gracia ya dada e iniciada. Se comunica entre los hombres, en sus relaciones diarias, constituyéndose en comunión salvadora.

         Quien hace de su relación con los otros un servicio de amor otorga gracia, salvación, posibilita el trascendimiento de los otros como respuesta a ese ser amado. Quien ama fraternalmente asumiendo la situación vital del otro además de salvarse, salva.

         Todos somos responsables de la gracia de todos. Somos los unos para los otros sacramento de salvación. Existe una solidaridad universal de la gracia y de la salvación. Somos transmisores de la corriente de Amor que dimana del Espíritu Santo que nos habita.

 

         Ningún hombre ha quedado fuera el compromiso solidario de Cristo. La gracia de la salvación alcanza a toda la humanidad. Dios se hace hombre, sale de sí, se da, se entrega, y salva al otro, a la humanidad asumida en Jesucristo. Dios al crear al hombre sabía de su condición, de su contingencia posible, y lo crea sabiendo `ya’ que tendría que salvarlo. Dios Padre está presente en la creación y en la encarnación-redención. Si no asumimos al otro, si no nos ponemos en su lugar, con sus problemas, sus padecimientos, sus deficiencias,… nos alejamos de la humanidad redentora de Cristo, de la comunión solidaria que nos salva. “Cristo, pues, al asumir la naturaleza humana, unió a sí con cierta solidaridad sobrenatural a todo el género humano como una sola familia”[3].

 

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         Hay una responsabilidad ineludible en el amar, pero también la hay y no menor en el dejarse amar. Quien se deja amar salva, cabe decir. Quien se deja amar, posibilita que la otra persona ejerza la vocación su ser más auténtica. ¡Cuántos de nosotros carecemos de la humildad y de la exquisita sensibilidad para permitir que el otro nos ame! ¡Qué bello es humanizar desde la `pasividad’! ¡Qué sublime posibilitar la salvación desde nuestra necesidad de amor, desde la pobreza que se abre al amor de los demás!

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] “Apología ad Guillelmum”, c. IV.

[2] “Ejercicios Espirituales”, Espasa-Calpe, Madrid 1961, p.68.

[3] VATICANO II,  Decreto “Apostolicam actuositatem”, n.8.